Ruleta Rusa.
Me siento en esta mesa vieja, la madera cruje como si supiera lo que viene. Frente a mí, un revólver descansa, frío, con una sola bala perdida en alguna de sus seis recámaras. El aire huele a polvo y a nada, y mis manos tiemblan, pero no de miedo, sino de cansancio. Levanto la mirada y ahí está ella, la Muerte, envuelta en sombras, con ojos que no parpadean. No dice nada al principio, solo me observa, como si ya supiera todo lo que voy a decir. Pero yo hablo primero.
"¿Qué esperas de mí?" digo, con voz rasposa y gastada. "Si quieres llevarme, hazlo rápido. Si no, déjame jugar mi juego."
Ella sonríe, una curva helada en su rostro sin carne. "Juguemos entonces," responde, y su voz es un eco que se mete en mis huesos. "Te haré preguntas. Responde como quieras, pero si tus palabras me aburren con su vacío, ese gatillo será tu juez. Si me sorprendes, tal vez encuentres algo. Empiezo: ¿Qué es la vida para ti?"
Agarro el revólver, lo apoyo contra mi sien. El metal está helado, pero no tanto como mi pecho. "¿La vida? Un chiste malo que alguien olvidó rematar. Despertar, arrastrarme, ver cómo todo se desmorona. Es un camino de mierda que no lleva a ningún lado." Mi dedo aprieta el gatillo. Clic. Nada. Solo el sonido seco de una recámara vacía. La Muerte no se inmuta.
"Segunda pregunta," dice, inclinándose un poco más cerca. "¿Qué significa el amor?"
Suelto una risa amarga, el cañón aún pegado a mi cabeza.
"¿Amor? Una mentira que te venden para que no te sientas tan solo. Lo tuve, o creí tenerlo, y se pudrió como todo lo demás. Es un cuchillo que te clavan despacio, y cuando te das cuenta, ya no sangras, solo te quedas vacío." Clic. Otro disparo en blanco. Mi respiración se acelera, pero no siento alivio, solo hastío.
"Tercera," sigue ella, su voz cortante como vidrio. "¿Para qué existes?"
Miro la mesa, las grietas en la madera, las manchas de quién sabe qué. "¿Para qué? No hay un maldito 'para qué'. Estoy aquí porque sí, un error que nadie corrigió. Camino, respiro, pero no vivo. Soy un eco que se va apagando, y ni siquiera sé por qué sigo sonando." Clic. El tambor gira, y la bala sigue escondida. Mis ojos se nublan, pero no lloro. No me queda eso.
"Cuarta pregunta," dice la Muerte, y ahora su sombra parece tragarse la luz de la lámpara. "¿Qué te ata a este mundo?"
Bajo el arma un segundo, solo para mirarla fijo. "¿Atarme? Nada. Los hilos se cortaron hace tiempo. La gente se va, los días se gastan, y yo solo miro cómo todo se deshace. Este mundo es una jaula que ya no tiene puerta, pero tampoco salida." Vuelvo a apuntarme. Clic. Cuatro intentos, y sigo aquí, atrapado en esta mierda de juego.
"Quinta," susurra, y por primera vez siento un peso en sus palabras, como si esperara algo. "¿Qué harías si te doy otra oportunidad?"
El revólver tiembla en mi mano. Pienso en responder con otra verdad podrida, en decirle que no quiero sus migajas, que no hay nada que valga la pena. Pero algo se quiebra dentro de mí, un pedazo que no sabía que aún estaba ahí. "No lo sé," digo, y mi voz se rompe. "Tal vez buscaría un maldito motivo. Tal vez intentaría no ser este desastre que soy. O tal vez solo me sentaría a esperar que vuelvas, porque no sé hacer otra cosa." Levanto el arma por quinta vez, mi dedo en el gatillo, y la miro a los ojos. Ella no dice nada, solo espera.
Clic.
El sonido resuena, y no sé si estoy vivo o muerto. El revólver cae sobre la mesa, y la Muerte sigue ahí, inmóvil, mirándome como si el juego no hubiera terminado. Entonces, su sombra se estira, y el aire se vuelve más pesado. Levanta una mano huesuda, y siento un escalofrío que me atraviesa el alma.
"Sexta pregunta," dice, y su voz ahora es un murmullo que parece venir de todas partes y de ninguna. "¿Qué precio pagarías por saber si esa bala está aún en el tambor?"
Mi corazón late por primera vez en lo que parece una eternidad. La miro, sus ojos vacíos clavados en los míos, y el revólver sigue ahí, mudo, entre nosotros. No respondo. No sé si quiero saberlo. Mi mano se acerca al arma otra vez, pero se detiene a medio camino. Ella espera, y el silencio se alarga, cortante, infinito.
El silencio que siguió a su pregunta fue diferente. No era el silencio vacío de antes, lleno de polvo y hastío. Este era un silencio denso, vibrante, como el aire antes de una tormenta. Mi corazón, ese músculo olvidado, latía con una fuerza terca y dolorosa.
La sexta pregunta. No era sobre el pasado, ni sobre el presente. Era sobre el futuro, aunque solo fuera el futuro de los próximos segundos. Era una elección, no un veredicto.
Mis ojos se despegaron de los suyos y cayeron sobre el revólver. Un objeto tan simple, tan estúpido. Seis huecos, una promesa. Cinco veces había apostado todo a la nada, y había ganado. ¿O había perdido? ¿Qué precio pagaría por saber? ¿Por tener la certeza? La certeza de la bala o la certeza del vacío. La certeza del fin o la certeza de tener que seguir jugando.
Y de repente, lo entendí. El juego no era con ella. Nunca lo fue. El juego era conmigo mismo. Y la certeza era la verdadera muerte, porque eliminaba la única cosa que me había mantenido con el arma en la mano: la pregunta.
Lentamente, muy lentamente, retiré mi mano de la mesa. La apoyé sobre mi rodilla, y sentí el temblor recorrer mi cuerpo entero. No era cansancio. Era otra cosa. Algo parecido al terror, pero también al vértigo.
Levanté la vista hacia ella.
"No pagaré ningún precio", dije, y mi voz salió extrañamente firme, aunque susurrada. "Porque si sé la respuesta, el juego se acaba. Y si el juego se acaba, ya no queda nada por lo que preguntar".
Hice una pausa, el aire entrando en mis pulmones como si fuera la primera vez.
"Prefiero la duda", concluí. "Prefiero no saber si la bala está ahí. Porque si no lo sé, puedo elegir no apretar el gatillo. Puedo elegir levantarme de esta mesa".
La Muerte me observó, su rostro sin carne inescrutable. Por un instante, creí ver una chispa en el fondo de sus cuencas vacías. No de sorpresa, sino de… reconocimiento. La sombra que la envolvía pareció perder su peso, volverse más tenue.
"Esa," dijo su voz, que ahora no era más que un murmullo en el borde de la audición, "es la primera respuesta que no nace del cansancio, sino de la voluntad".
Su figura comenzó a desvanecerse, a disolverse en el aire polvoriento como el humo de una vela recién apagada. La silla frente a mí quedó vacía. El frío en la habitación se disipó, reemplazado por la promesa de la mañana que se colaba por la ventana sucia.
El revólver seguía sobre la mesa. Una pregunta de acero y madera.
No lo toqué.
Me levanté, y mis piernas, aunque temblorosas, me sostuvieron. Caminé hacia la ventana y la abrí. El aire de la madrugada, fresco y húmedo, me golpeó la cara. Olía a tierra mojada. Olía a una posibilidad.
No sabía si la bala seguía en el tambor.
Y por primera vez, no me importaba.
(Fin.)
Escrito por Noir Felshade.