La Misma Cara de la Moneda
Érase una vez una mujer sumamente ambiciosa, amargada y cruel que trabajaba en una empresa multimillonaria en Nueva York, dedicada a productos de belleza. Estos cosméticos resultaban sospechosos, ya que su precio era considerablemente inferior al de la competencia. Pero, aun así, la gente los usaba porque la ignorancia es felicidad. La mente maestra detrás de todas estas mentiras era nada menos que la Licenciada (en marketing) Helen Nelly Walton Pérez. Su belleza incomparable le permitió ascender en la empresa, ya que realizaba ciertos “favores” para los ejecutivos más pudientes (porque pueden)
Nelly era una mujer alta, de cabello rubio ondulado y un cuerpo voluptuoso con curvas pronunciadas. Sin embargo, su temperamento era temible y rara vez sonreía. La calidez familiar nunca formó parte de su infancia; creció en un hogar donde los gritos eran más comunes que las caricias y la toxicidad lo impregnaba todo. Con el tiempo, aquello no solo endureció su carácter, sino que la llevó por el camino de la corrupción. Una noche, antes de año nuevo en una fiesta llena de excesos y pudor, Helen completamente ebria, deambuló por la lujosa mansión de uno de los dueños de Pure Eiluzion Corp. Tropezando con muebles e incontables pies, terminó abriendo un armario, el cual confundió con el cuarto de baño. En ese instante, un destello verde y brillante la envolvió por completo. Abrocharte el cinturón, Dorothy… porque Kansas dice “adiós”.
Cuando despertó, se encontró en una vieja cabaña de madera. Salió y solo veía árboles secos y un abandono inminente. Aún mareada por el alcohol, dio un paso afuera, intentando recuperar el equilibrio. Se quito la mano de la cara y mientras alzaba la vista, en un parpadeo una sombra cayó sobre ella desde las alturas. No pudo reaccionar. Algo afilado se hundió en su cuello, y un ardor abrasador le recorrió las entrañas. Era un vampiro en frenesí, con los ojos desbordando un líquido oscuro.
Cayó al piso. Con el poco aliento que le quedaba murmuro:
― ¿Por qué yo? Lo último que pudo ver, fueron unos pies pálidos con uñas afiladas. Su cuerpo se convulsionó y murió.
La oscuridad la reclamó de nuevo. Cuando despertó, el mundo había cambiado. Los colores eran más vibrantes, cada detalle se revelaba con una nitidez impecable. Miró sus manos: pálidas, frías, afiladas. Ya no era humana. La eterna vida le daba la bienvenida. Toco sus colmillos largos y afilados, sintió una lujuria insaciable de hambre que despertaba en su interior.
Giró la cabeza en todas direcciones, y vio a lo lejos un viejo letrero, a pesar de las grietas y la pintura desvanecida, las letras aún eran legibles: ShadoVeil. Era como si su visión se hubiera amplificado. Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar lo que había sucedido. La mordida. El cambio. Toco la herida en su cuello, vio sangre, no sintió dolor.
Su mente se llenó de preguntas mientras la necesidad de alimentarse se volvía cada vez más insoportable. Busco al culpable, pero su atacante había escapado, apretó sus colmillos jurando venganza mientras hacia un bulto de tierra con su mano. Levanto la mirada al sentir una presencia… volteo atrás. Era una figura femenina con cuernos y cola de demonio, vestida con el uniforme de un general. Cada hebilla, cada medalla y cada pliegue del atuendo irradiaban poder, autoridad y disciplina.
—Bienvenida al nuevo mundo, recluta. ¿Tienes hambre?