Prólogo
Escuela Primaria - Día de la Excursión.
El aire vibraba con el bullicio de los niños de primaria emocionados por su excursión al zoológico. Melissa, de cinco años, con su característico cabello blanco contrastando con el uniforme azul, se mantenía apartada, observando el alboroto con una mezcla de fascinación y temor. De repente, un torrente de voces inundó su mente, no las voces audibles de sus compañeros, sino un murmullo caótico de pensamientos: (¡Quiero ver los monos!), (No te acerques a mí), (Tengo hambre).
Melissa se llevó las manos a la cabeza, sus ojos esmeralda se llenaron de lágrimas. ¡Cállense! ¡Cállense!, suplicó en voz alta, atrayendo miradas confusas. La maestra, una mujer de rostro amable, se acercó preocupada.
Profesora: ¿Melissa, cariño, qué sucede?
Melissa, abrumada, solo pudo señalar a la multitud. Sus... sus cabezas están gritando.
La maestra intercambió una mirada de preocupación con otra profesora. Debe estar cansada, murmuró, sin entender el caos que se desataba en la mente de la pequeña Melissa. Mientras la maestra intentaba calmarla, fragmentos de pensamientos ajenos seguían bombardeando su mente. Entre ellos, uno que destacaba por su intensidad: ¿Cómo pudiste, Sofia? ¿Cómo pudiste hacerme esto?
Melissa se estremeció, sin comprender la fuente de esa ira.
Dos años antes
En la calidez de su hogar, Melissa, con apenas cuatro años, jugaba en la alfombra mientras sus padres discutían en la habitación contigua. Las palabras eran incomprensibles para ella, pero el tono cargado de tensión la hacía encogerse. De repente, un pensamiento claro y doloroso resonó en su mente: (No puedo seguir así):
La puerta se abrió de golpe y su madre salió de la habitación, con lágrimas corriendo por su rostro. Ignorando a Melissa, salió de la casa, dejando a su padre con la mirada perdida. Esa noche, Melissa escuchó a su padre sollozar en la oscuridad.
Tres años después
La Señorita Isabel, una mujer de voz suave y ojos compasivos, sostenía la mano de Melissa, ahora de unos 7 años, mientras caminaban por el jardín del orfanato. El sol de la tarde proyectaba largas sombras, y el aire olía a flores.
Isabel: Sabes, Melissa, algún día tendrás la oportunidad de ir a la escuela de verdad. Como los otros niños.
Melissa: Melissa apretó la mano de la Señorita Isabel, sus ojos fijos en el suelo— Tengo miedo, ¿Y si no les agrado? ¿Y si se asustan... ya sabes, por... esto?
La Señorita Isabel se agachó y levantó el rostro de Melissa, sus ojos llenos de cariño.
Isabel: Mi niña, eres especial. Eres inteligente, amable y tienes un corazón enorme. No dejes que el miedo te impida brillar.
Melissa sonrió tímidamente, pero en su mente, una pequeña voz susurraba: Pero soy diferente. Y la gente le teme a lo diferente.
Noche.
Ese mismo día en la noche el recuerdo golpeó a Melissa como una ola helada. Tenía seis años. La policía estaba en su casa. Su madre...
Melissa: Mamá... —Recuerda cuando vio a la pareja de su madre asesinarla con un cuchillo— No pude detenerlo... Perdóname mamá... -Dice entre lagrimas.
Un oficial se arrodilló frente a ella, su voz suave pero firme. "Lo siento mucho, Melissa. Tu madre... ella falleció. Y tu padre...".
El oficial hizo una pausa, intercambiando una mirada con su compañero. "Él también falleció, hace tres años, en un accidente automovilístico".
Melissa no pudo llorar. Estaba demasiado aturdida. Así terminó en el orfanato, sola en el mundo.
Unos años después.
Ahora, a los diecisiete años, Melissa se encuentra de pie frente a las puertas del orfanato, lista para reclamar su vida.
Melissa: Han sido años difíciles, pero he aprendido a sobrevivir. Y ahora... ahora es mi momento de vivir.
Vuelve su mirada hacia el lector, una chispa de desafío en sus ojos esmeralda.
Melissa: Mi nombre es Melissa White. Se que lo que acabas de leer es algo confuso jeje, por eso te doy la bienvenida a mi historia, ven y vamos a descubrir que me depara el destino.