Me cogí al pastor en la pila bautismal

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Sinopsis

Anécdota de Diana, quien de forma inesperada, un domingo en que ningún miembro de la iglesia acudió al templo, aprovechó para mostrar fotografías eróticas al pastor para seducirlo e intimar con él de formas que no había imaginado.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Relatos_de_Dani
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Mi nombre es Diana. Crecí en una familia evangélica y creyente.

Vivía en una comunidad religiosa nueva y pequeña, con apenas 30 feligreses. El pastor era un hombre joven, de cabello castaño y ojos claros. A lo mucho tendría 26 años. Yo acababa de cumplir 16. Mi madre me educó como buena cristiana, así que yo asistía todos los domingos a la oración dominical al pequeño templo en la colonia donde vivía, alejado de la ciudad.

Esto pasó en el año 2010, en pleno mundial de fútbol. En mi ciudad les encanta el deporte, así que la mayoría de los feligreses dejaron de asistir al templo los días domingo para ver un partido. Yo seguí asistiendo, a pesar de que cada día había menos feligreses en la oración, pero cada vez éramos pocas personas, que casi no escuchaban el sermón. Durante estos días, el pastor se veía desanimado, así que me comprometí a asistir todos los domingos temprano para acomodar las flores en el altar y que todo se viera más bonito antes de iniciar la oración; sin embargo, cada domingo llegaban menos hermanos.

El día domingo 11 de julio de ese año fue la final de fútbol. Llegué temprano y acomodé las flores en el templo. El pastor entró diez minutos antes de lo normal, abrió las puertas y se sentó en la primera banca del templo. Yo me acomodé en una de las bancas y saqué mi biblia esperando que llegaran más hermanos. Pasaron los minutos y después de media hora, el templo seguía vacío.

El pastor se levantó y cerró las puertas del templo, suspirando con resignación. Después se acercó hasta donde yo estaba sentada leyendo la biblia.

—Si quieres, puedes irte a tu casa, parece que todos estarán mirando el partido de hoy.

Bajé la mirada, algo apenada de que me hablara con tanta franqueza, y me levanté de hombros.

—Yo puedo escucharlo, a eso vine.

Me sonrió de una manera que no esperaba que lo hiciera. En lugar de caminar al altar, se sentó a mi lado. Entonces pude percibir con mayor claridad el aroma de su perfume, era un tono maderado y floral que me gustaba mucho. Me dijo que notaba que yo era una hermana muy fiel y me preguntó si había algo que me inquietara de lo que quisiera hablar.

Le respondí que no, que hacía lo que me habían enseñado. A ser buena cristina, orar todos los días, perseverar y orar. Después insistió:

—No puede ser que solo quieras venir. A veces, cuando sentimos que hemos ofendido a Dios, nos preocupamos por estar más atentos a la oración, debido a que sentimos culpa y pesar. A tu edad, sé que se pueden cometer muchos errores.

Bajé la cabeza avergonzada. De alguna manera lo sabía. Me aterró pensar que se lo habían contado. Meses atrás, empecé a chatear con uno de los jóvenes del templo que también veía en la escuela. Lo que empezó como una amistad, después se convirtió en curiosidad sobre las cosas que otros estudiantes que no eran de nuestra iglesia hacían. Se mandan fotos entre ellos. Este “amigo”, empezó a sugerir que podríamos hacer eso también, entre nosotros, sin que nadie lo supiera. Después de mucha presión, cedí y le compartí fotos, complaciendo cada petición que me hacía: desnuda, apretando mi pecho, con mi vagina sin depilar, con un cubo de hielo en mis pezones. Cada vez que enviaba una de estas fotos, él me decía cosas que me hacían sentir bien: que le gustaba mi cuerpo, que lo excitaba, que haría lo que fuera para estar conmigo.

Sin embargo, un día me enteré que compartió esas fotos con sus amigos. Cuando lo supe, me molesté y me asusté de que mis padres se enteraran, de que otros miembros de la iglesia lo supieran o peor aún, que las vieran. Así que empecé a asistir al templo con más frecuencia, pidiéndole a Dios que, por favor, borrar esas fotos de todos los celulares donde estaban.

Todo esto le conté al pastor. Él me escuchó en silencio y, cuando notó en mi voz que me angustiaba, se acercó más y apoyó su mano sobre mi falda para tranquilizarme. Al terminar esperaba que me regañara, en lugar de eso, me preguntó:

—¿Todavía tienes las fotos?

Asentí. Guardaba las fotos con la esperanza de que un día desaparecieran, así sabría que Dios me escuchó y cumplió lo que le pedí.

—¿Puedo verlas? —me preguntó el pastor.

Avergonzada, saqué mi celular del bolso. Busqué las imágenes y le entregué el celular para que pudiera verlas. Bajé la mirada. Me sentía avergonzada de lo que él pensaría de mí cuando las viera y no quería ver su reacción. Pensaba que se desilusionaría por haber hecho semejante estupidez.

—Pero esta no eres tú, ¿o sí? No lo pareces. Si alguien me enseñara estas fotos y me dijera que eres tú, no le creería.

Levanté la mirada, el pastor seguía viendo mi celular. Después me miró a los ojos y me regaló una sonrisa.

—Y tienes un cuerpo muy lindo… bueno, eso diría si esta fueras tú, pero no lo eres.

Sonreí. Me pareció divertido que no lo creyera.

—Si soy yo.

—No es verdad.

—Sí, se lo juro.

—¿Tienes este lunar?

Me enseñó una de las fotos. En ninguna de las fotografías se veía mi rostro. En esta, yo estaba desnuda y acostada sobre mi cama, la había tomado hacia abajo, mis pechos no se veían, pero mi vientre sí, mi mano estaba entre mis piernas tapando mi vulva, pero dejando que se asomara algo de bello. Él se refería a que justo debajo de mi ombligo tengo un lunar y le dije que sí lo tenía.

—No te creo. Déjame ver.

Habló en un tono juguetón, como un reto. Sonreí asumiendo el mismo tono juguetón de su voz. Me levanté la blusa solo un poco para mostrar mi ombligo.

—Mire —le dije señalando con mi dedo—, ahí está.

Él se acercó para mirar, colocando el celular a un lado para compararlo con la foto. Mientras negaba con la cabeza, buscó otra foto en el celular.

—Y esta marca —dijo señalando una marca de nacimiento que tengo a un costado del pecho izquierdo—. No creo que la tengas.

Sin pensarlo, levanté más la blusa. Ese día yo usaba un top deportivo debajo y tuve que hacerlo a un lado solo para mostrar la piel de mi pecho, tapando mi pezón con la mano. Ahí está, le dije.

—No, pero déjame ver bien.

Apartó mi mano de mi pezón, me bajó el top deportivo hasta la cintura y levantó mi blusa, haciendo que la sostuviera con mi barbilla para dejar mis pechos al descubierto. Dejó el celular a un lado sobre la banca y acarició mis pechos con suavidad. Se me escapó un suspiro, sentí un escalofrío, pero no fue una sensación desagradable.

—Bueno, sí se parece, pero, no estoy seguro…

No esperaba lo que pasó después. Se inclinó hacia delante y chupó mi pezón. Mis pechos eran pequeños, y mi “amigo” había dicho que no era lo mejor de mi cuerpo, comparado con mis caderas y nalgas. Pero entonces, ahí estaba el pastor, mientras yo inhalaba el aroma de su perfume, empezó a succionar mi pezón izquierdo hasta introducir casi todo mi pecho en su boca. Después de unos segundos cambió de lado e hizo lo mismo con el pezón derecho, mantenía las manos en mi cintura. Se me enchinó la piel y me acomodé reclinándome en la banca.

—¿Tu amigo hizo esto?

Negué con la cabeza y le dije que no llegamos tan lejos, aunque él me lo pidió.

—¿Hasta dónde llegaste con tu amigo? ¿Solo le mandaste fotos?

De nuevo hizo que me sintiera avergonzada y sonrojada mientras recordaba. Le confesé que detrás del patio de la escuela nos habíamos besado, que él se excitó y quiso que metiera su pene en mi boca, pero que me negué a hacerlo. Después de eso fue que compartió las fotos con sus amigos.

—¿Tú no querías hacerlo?

—¡No, claro que no! Me gustaba, eso era todo, y me gustaba cómo me sentía con él, nada más.

—Es bueno que no te convenciera —mientras hablaba, empezó a acariciar mi vientre desnudo con una mano, mientras que con otra frotaba mis pechos—, él no hubiera sabido qué hacer. De joven todos son inexpertos, o quizá tú lo decepcionabas a él.

—No es tan complicado.

—¿Eso crees? Cómo lo harías —se levantó y se paró frente a mí, yo seguí sentada en la banca, así que tenía su pantalón y cinturón enfrente, podía ver su pene abultándose bajo el pantalón de vestir—. Imagina que soy él.

Le dije que no hacía falta que imaginara que era alguien más. Desabroché su cinturón, bajé el cierre y saqué su pene bajando su ropa interior. Era de un color claro, venoso y no muy grande, pero grueso. Levanté la mirada y abrí la boca. Saqué la punta de la lengua y empecé a lamer la punta de su pene. Soltó una exclamación al sentirme. Sabía que tenía que hacerlo despacio. Usé una mano para sujetar su pene y masturbarlo suavemente, había visto videos y sabía cómo hacerlo. Despacio, adelante y atrás, mientras con la otra mano acariciaba sus testículos, solo con la punta de los dedos.

Un poco de líquido transparente salió de la punta de su pene. Seguí lamiendo, empujando la piel hacia atrás y lentamente descubriendo su cabeza. Entonces abrí la boca e intenté meter su pene en mi boca, succionando a la vez. El pastor empezó a gemir mientras acariciaba mi cabello. Empecé a salivar lo más que podía, cubriendo su pene completo en mi saliva. Esta empezó a escurrir por sus testículos y muslos, también se deslizó de la comisura de mis labios y bajó por mi cuello. Además, era como si menstruara en ese momento, pues sentía un líquido viscoso entre mis piernas, deslizándose por mi muslo.

Le dije que me mancharía la blusa y me la quité, dejándome solo el top deportivo en mi cintura y la falda larga. Él aprovechó para quitarse el pantalón por complejo y la ropa interior, dejándose los zapatos, la camisa y la corbata. Estaba por meter de nuevo su pene en mi boca cuando me detuvo.

—Lo haces, pero no todo es el pene. Para complacer a tu esposo también tendrás que lamer más abajo, intenta con mis huevos.

Asentí, mirándolo a los ojos. Entonces saqué la lengua y empecé a lamer la piel de su escroto, primero despacio, pero después los introduje en mi boca, salivando y succionando. Él me sujetó por la nuca, gimiendo de placer. Entonces dijo:

—Ya me había imaginado esto…

—¿Cuándo? —le pregunté.

—Muchas veces. Te he visto en las bancas de adelante, mientras estoy… ven, te muestro.

Me tomó de la mano y me llevó hasta el altar. Me pareció divertido verlo caminar así, con el pene erecto y sin pantalones dentro del templo, y al mismo tiempo, me empecé a sentir ansiosa de que hiciera algo más, de que me inclinara frente a él y separara mis nalgas. Sentí muchas ganas de que me viera.

—Aquí, arrodíllate —dijo señalando la parte detrás del altar.

Había un espacio vacío donde podía acomodarme de rodillas mientras él predicaba. Lo hice y él se acomodó hacia delante, como si fuera a empezar la oración del domingo.

—Así, mientras busco el primer pasaje… hazlo.

Metí de nuevo su pene en mi boca, pero esta vez no usé las manos. Moví la cabeza adelante y atrás, introduciendo su pene hasta mi garganta, conteniendo unas leves arcadas y salivando. Él siguió gimiendo, suplicándome que no parara mientras lo escuchaba hojear la biblia, como si en verdad estuviera buscando un pasaje para recitarlo mientras yo seguía y seguía y seguía. Lo sujeté de las nalgas para empujarlo hacia delante, más y más sin parar, hasta que, de repente, todo su cuerpo se tensó y sentí que mi boca se llenaba de su leche pastosa. No pude evitar atragantarme y tosí, pero sin sacar su pene de mi boca. El semen escurrió por mi cuello y entre mis pechos.

—Le dije que sabía cómo se hace —aseguré como si hubiera ganado una apuesta.

Él me miró y pensé que me besaría, pero no lo hizo. Solo señaló un lugar donde la alfombra del altar se había manchado de sus fluidos, solo un poco, pero me dijo que debíamos seguir en otro lugar. Pensé que saldríamos del templo para ir a su habitación en el segundo piso, pero en vez de eso, apartó la alfombra y levantó las tablas de madera. Debajo se encontraba la pila bautismal. Me ayudó a bajar sosteniéndome la mano y luego él bajó. En ese espacio pude sentir el peso de sus ansias por estar conmigo y entendí a qué se refería cuando dijo que muchas veces lo había imaginado. Se acercó a mí y empezó a besarme el cuello. Sus manos no se quedaban quietas, pasaban de acariciar mis pechos a mi culo, mis piernas, mi espalda, y mi cuello. Me giró de espaldas a él y me pidió que me inclinara hacia delante. En lugar de quitarme la falda, lo que hizo fue levantarla hasta mi cintura. En ese punto yo ya me sentía igual de ansiosa, desesperada de que me viera, pero avergonzada al recordar qué ropa interior traía.

A él no le importó, ni siquiera dijo nada. Descubrió mis nalgas y bajó mis bragas hasta el piso de la pila bautismal. Yo estaba mirando las flores junto al altar, esperando sentir su pene entrando por mi vagina cuando separó mis nalgas, pero en lugar de eso sentí su lengua. Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo y mi espalda se erizó. Era una sensación que ni siquiera había imaginado.

—Espere, no-no-no-no —supliqué intentando que se detuviera, pero porque me sentía avergonzada. El pastor estaba lamiendo mi culo vorazmente, no solo lamía alrededor, sino que introducía su lengua hasta donde podía. Quería frenarlo con las manos, pero tenía que apoyarme sobre el borde de la pila bautismal o me caería hacia delante. Él no se detuvo y empecé a gemir. La sensación pasó de ser extraña a placentera. Mi vagina ya palpitaba de deseo cuando introdujo sus dedos.

Dejó de lamer y se inclinó hacia atrás, jadeando y tomando aire. Me dijo que estaba deliciosa y me sonrojé. Usó ambas manos para separar mis nalgas y entonces sí, sentí cómo su pene entraba en mí, pero no lo hizo por la vagina, donde pensé que lo sentiría. Lo hizo por mi culo. Al principio fue doloroso, pero estaba tan lubricado en saliva y dilatado por su lengua, que no tardé en acostumbrarme a la sensación. Despacio, sus gemidos de placer hacían eco en el templo con mis quejidos, pero ya no quería detenerlo. Solo le suplicaba que lo hiciera despacito. Y lo hizo. Buscó mis pechos con sus manos y los apretó, mientras su pelvis se movía adelante y atrás, suavemente, podía sentir las palpitaciones de mi culo y su pene al mismo tiempo. Mis piernas se acalambraron y cedieron, pero él no salió de mí. Sujetándome de las caderas, me mantuvo pegada a él y lentamente nos arrodillamos. Acomodé las manos y las rodillas sobre el piso de la pila bautismal, bajé la cabeza hasta sentir también el piso de la pila con mi mejilla. Y entonces él empezó a moverse más rápido.

Yo no podía hablar ni procesar lo que estaba pasando. El pastor me tenía de perrito penetrándome por el culo, cada vez más y más rápido. Sentí el olor que al inicio fue desagradable y pensé que él se detendría, pero no lo hizo. No sabía que el sexo podría ser de esta manera. Siguió adelante, separando mis nalgas con las manos, entonces empezó a azotarme con fuerza, jadeando de placer y moviendo su pelvis más y más rápido. Mi vulva palpitaba, dentro de mí suplicaba que también me penetrara por la vagina, pero como no lo hacía, empecé a imaginarlo. Imaginé lo rico que sería que el pastor tuviera dos vergas, que fuera una especie de demonio. Después de todo, esto que hacíamos definitivamente no era de Dios, pero era lo más rico que había experimentado en la vida. Me imaginé una segunda verga penetrando mi vagina y empecé a gemir descontroladamente, suplicándole más y más, que, por favor, no se detuviera, más rápido, más fuerte, que estaba a punto…

De repente vi todo en blanco, mis ojos giraron hacia atrás, la saliva escapaba de mi boca y mi cuerpo entero se tensó. Mis piernas temblaron y traté de estirarlas, pero el pastor las contuvo. Grité cómo nunca había gritado y el pastor me penetró con más fuerza, me nalgueó hasta dejarme las nalgas moradas, cosa que comprobé al día siguiente, y me jaló del cabello hacia atrás mientras convulsionaba de placer. En ese momento no lo pensé, pero él me dijo que también se había venido dentro de mi culo, que no pudo contenerse cuando me escuchó gemir.

Cuando se detuvo, me dejé caer y permanecí recostada de lado, recuperando el aliento. Suspirando e inhalando. El pastor también se recargó en el borde de la pila bautismal, con el pene al aire, manchado de semen y mierda, pero me sentí tan excitada de que eso no le importara y en ese momento, ni siquiera pensé en ello.

Cuándo recuperé el aire, me miró sonriendo. Me dio la espalda y se acomodó en cuatro, mostrándome su culo.

—Ahora quiero que tú me metas el dedo.

Me sorprendió y me reí, pero no porque fuera algo divertido, sino porque me sentí excitada de hacerlo. Pero era mi primera vez. A partir de ese domingo empezamos a vernos dos o tres veces al mes, y recuerdo con más satisfacción una vez que nos vimos en un motel para que yo hiciera eso, pero es mejor que lo cuente en otra ocasión.