Hasta que me duela el alma

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Sinopsis

Hasta que me duela el alma Una historia de deseo, arte y despedidas. Elizabeth tiene veinte años y un corazón que no le pertenece del todo. Vive sabiendo que el tiempo se le escapa, que cada latido puede ser el último… pero no está dispuesta a irse sin sentirlo todo. Sin amar, sin crear, sin tocar el cielo, aunque sea por un segundo. Cuando conoce a Andrés, un hombre marcado por el dolor y el silencio, siente por primera vez el vértigo de vivir sin medida. Él no sabe que ella está muriendo. Ella no sabe que él también arrastra sus propias cicatrices. Entre pinceles, caricias robadas y miradas que queman, nace un vínculo tan intenso como efímero. ✦ ¿Y si el cuerpo ya no resiste, pero el alma aún quiere quedarse? ✦ ¿Y si perder la virginidad fuera solo una excusa para aferrarse a la vida? ✦ ¿Y si el amor más verdadero nace cuando ya no hay tiempo? Prepárate para sentir hasta que duela. Porque algunas historias no están hechas para durar… están hechas para arder.

Genero:
Romance
Autor/a:
karen
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

Si pudieras detener el tiempo… ¿lo harías?

Para Elizabeth Ospino, la respuesta era un no rotundo. Había leído ese poema muchas veces: “Si pudiéramos detener el tiempo, el mundo sería distinto... Pero el tiempo presente es el más bello de ver crecer…”

No sabía quién lo escribió, pero lo sentía suyo. ¿De qué servía detener el tiempo si ni siquiera había empezado a vivir la mitad de lo que ya se le había escapado?

Elizabeth no quería pausar la vida. Quería respirarla. Quería sentirla. Vivirla completa, sin atajos, sin filtros. Cada derrota, cada caricia, cada risa y cada abrazo. A sus veinte años, ya había entendido que incluso las tristezas tenían un propósito. Ella las había abrazado. Las había aceptado. Porque, al final, esa era su historia.

Vivía en Medellín, Colombia. Tenía el cabello corto, negro como el carbón, los ojos oscuros como la noche, la piel pálida y apenas medía metro y medio. Sus amigos la llamaban Eli. Y aunque el mundo pudiera verla como una chica frágil, dentro de ella habitaba una fuerza silenciosa.

Desde pequeña amaba el color amarillo. De niña, solía caminar hasta la pradera donde vivían sus abuelos. Allí, las rosas ardían bajo el sol. El rojo profundo de sus pétalos se mezclaba con el dorado del sol de la tarde. Parecían estar en el infierno… pero felices. Ardían, sí. Pero no se rendían.

Una vez, a los doce años, juró haberlas escuchado susurrarle: —No te rindas. El mundo querrá verte ardiendo. Pero tú puedes arder sin quemarte. O mejor aún: puedes quemarlos a ellos.

Desde entonces, lo tuvo claro: si iba a estar en el infierno, lo viviría con intensidad. Ella ardería... pero a su manera.

La pintura era su refugio. El arte su lenguaje secreto. Estaba en su segundo semestre de universidad, y se preparaba para el evento más importante de su vida: un concurso donde sus obras podrían ser expuestas en un museo de renombre internacional. Faltaban seis meses. Ya tenía cuatro pinturas listas. Solo le quedaba una, la más complicada: un cuadro que debía representar el tema “Amar a alguien puede doler”.

Y ella… jamás había estado enamorada.

¿Cómo plasmar en un lienzo algo que nunca había sentido?

Su corazón había sido su mayor reto desde que tenía diez años. Un día colapsó en el patio del colegio. Sintió su cuerpo apagarse mientras el mundo seguía corriendo a su alrededor. Al despertar en el hospital, escuchó por primera vez el término: insuficiencia cardiaca congestiva. Su corazón no funcionaba como debía. Desde entonces, cada latido era una victoria silenciosa.

Los médicos le dieron cuidados. Sus padres le dieron amor. Pero el miedo… ese se lo guardó para ella sola.

Una noche de insomnio, tomó un lienzo y dibujó ese cielo azul que había visto mientras se desvanecía. Era su manera de seguir viva. De inmortalizar lo que la hacía resistir.

Sofía había sido parte vital de esa resistencia. Su mejor amiga desde los trece. Una chica hermosa, popular, segura. El opuesto de Elizabeth en muchas cosas, pero iguales en otras tantas. Se conocieron en un colegio nuevo, cuando Elizabeth tuvo que cambiarse por recomendación médica. Sofía fue la primera que no la trató como una enferma. Compitieron en notas, se empujaron mutuamente a ser mejores, se hicieron inseparables.

Una vez, Sofía obligó a Elizabeth a jugar fútbol, aun cuando su corazón se lo prohibía. Ella aceptó. Corrió. Sudó. Cayó. Y metió el gol del triunfo.

Despertó en el hospital. De nuevo. Pero con una sonrisa escondida bajo el cansancio.

Sofía fue a visitarla y le regaló una medalla de primer lugar.

—Eres el número uno… por ahora —le dijo con una sonrisa desafiante.

Y en ese “por ahora”, nació una promesa tácita entre las dos.

Volviendo al presente, Elizabeth luchaba con su última pintura. El amor le parecía algo ficticio, una excusa literaria para vender libros. Pero necesitaba creer. Necesitaba imaginar. Cada noche veía películas románticas con Sofía, buscando una chispa, una inspiración.

A veces se preguntaba si alguna vez llegaría alguien a mirarla como Oswald miraba a Sofía. Si alguien querría tocar su piel frágil, su corazón débil, su alma intensa.

No lo sabía. Pero mientras lo descubría, seguiría pintando.

Pintaría la duda. Pintaría el dolor. Pintaría la esperanza.

Porque, aunque nunca hubiera amado, sí sabía lo que era arder por dentro.

Y con eso, tal vez, sería suficiente para terminar su obra más difícil.