Chapter 1
Ha pasado mucho tiempo desde la Cuarta Guerra Shinobi, y el mundo ninja, o lo que queda de él, ha vivido una paz aparente. Las aldeas se han transformado en ciudades prósperas, en gran parte porque el mundo estuvo al cuidado de Konoha y sus grandes shinobis. Pero esa paz fue una máscara más, una que cubrió la verdad durante ese periodo: una aldea pequeña y humilde, nacida entre los escombros de la Cuarta Guerra Shinobi, surgió no para traer la paz, sino todo lo contrario: para causar estragos y derramar más sangre.
Esta aldea fue construida por solo cuatro personas, quienes encontraron la paz y la armonía en su propio sufrimiento y en el dolor ajeno. Ellos, con sus propias manos, pusieron cada piedra y levantaron cada cabaña. Además, ayudaron a huérfanos que quedaron sin padres después de la guerra, niños que encontraban mendigando en las calles o robando. Estas personas les dieron un propósito para seguir viviendo, nada más que eso.
Los cuatro fundadores no tenían nombres propios. Ellos mismos se los dieron para ser recordados en un futuro lejano por lo que fueron en el mundo shinobi.
La primera persona se nombró Lady King. Destacaba por su belleza imponente y su cabello largo, color rojo cereza, que caía como una cascada de fuego sobre sus hombros. Su fuerza era legendaria, y su habilidad en el taijutsu la convertía en una guerrera de gran carácter, siempre con la espalda recta y una mirada desafiante en su ojo visible. Un parche en forma de calavera, con el emblemático símbolo de un clan legendario —nada menos que el clan Uchiha—, cubría su ojo izquierdo. No era la forma del parche lo que llamaba la atención, sino el rencor que esta mujer sentía hacia ese clan. Una sutil tensión se apoderaba de su mandíbula cada vez que el nombre Uchiha era pronunciado. Declaró que no quería ver vivo a ningún miembro de ese "clan maldito".
El segundo personaje, que también destacaba en esta aldea, se puso Eclipse. Sus iris, de un negro profundo, reflejaban la imagen de un eclipse solar. Poseía un gran talento para crear y copiar jutsus con solo verlos una vez, de forma casi similar a los Uchihas. Sin embargo, tenía una pequeña debilidad: debía forzar un poco su vista para observar el jutsu y luego poder copiarlo. Eclipse se movía como una sombra; rara vez se le veía a la luz del día, y las personas se encogían ligeramente a su paso, susurrando y evitando su mirada fría y distante. Sus manos, si se atrevían a mirarlas, parecían absorber la luz, y sus dedos, largos y precisos, se movían con una eficiencia letal, siempre listos. Casi nunca fracasaba, y rara vez alguno de sus enemigos salía vivo de un combate con él.
La tercera persona que ayudó a levantar esta aldea era una joven de cabello azul recogido en rollos, quien vivía en los extremos de su propia mente. Tenía un problema que a veces no podía controlar. A veces, su rostro se iluminaba con una euforia contagiosa: sus ojos brillaban y sus pasos ligeros la llevaban a ayudar a cada alma en la aldea. Pero en otras ocasiones, una oscuridad se apoderaba de ella. Su cuerpo se tensaba, los músculos de su mandíbula se apretaban, y sus ojos podían desorbitarse con una energía febril que anunciaba su estado maníaco, un peligro para todos. Y cuando la melancolía la invadía, su figura se encogía, se arrastraba hasta su cama, donde permanecía inerte por días, el mundo exterior olvidado. A pesar de todo, era una habilidosa en ninjutsus médicos y salvó a muchas personas.
Por último, el más enigmático de los cuatro era un joven de cabello gris corto, tan impactante que hasta Eclipse le temía. Lo que lo hacía único era su sonrisa: una constante, casi inamovible, que jugaba en sus labios. No importaba el peligro, si las espadas silbaban o la sangre manchaba el suelo, esa sonrisa jamás flaqueaba, un rictus de serenidad que, para sus enemigos, se volvía una promesa de pesadilla. Sus ojos, profundos y observadores, parecían guardar secretos, y aunque sus labios sonreían, una frialdad calculada podía detectarse en la forma en que su cabeza se inclinaba ligeramente ante una amenaza. Aquel que se atreviera a borrar esa expresión de su rostro, jamás volvería a ver el mundo real o despertaría de nuevo, atrapado en los intrincados genjutsus que tejía incluso en los sueños. Así se nombró: El Soñador, un nombre ideal para él.
Mientras ellos seguían levantando su aldea lentamente, continuaban ayudando y rescatando a niños y jóvenes. Para conseguir alimentos y suministros básicos, tuvieron que aceptar misiones de mala muerte: secuestrar, asesinar, robar, causar caos en otras aldeas por órdenes de terceros. Solo servían a aquellos a quienes les llegaba el precio. Así entrenaron a los jóvenes y niños de su aldea.
Un día, unos jóvenes, un hombre y una mujer, llegaron a esta aldea con un solo propósito: no fue para hacerlos reflexionar, sino para guardar un gran secreto, ya que la joven mujer estaba embarazada. El joven hombre ya sabía de la existencia de esta "aldea de la muerte", pero no le importó mucho. La trajo aquí para que naciera su hijo. Así fue: la joven mujer estaba en la última semana de embarazo, y el niño nació. Sin embargo, los padres lo dejaron encargado a los cuatro fundadores de esta aldea. Casi todos los días venían de visita para ayudarlo a entrenar o contarle cuentos durante la noche, hasta que un día nunca más volvieron a pisar esa aldea.
Allí empezó la pesadilla de aquel niño. Fue entrenado día y noche, sin importar si hacía mucho calor, si el frío le congelaba los pies o si la lluvia fría lo bañaba completamente. La sangre que corría por sus venas le daba mucha fuerza y resistencia. Fue enviado a misiones peligrosas sin importar su edad. Cada misión fue una evolución para él, ya que fue apagando esas emociones que no sentía y que lo hacían sufrir por dentro. Sin embargo, por muy apagadas que estuvieran sus emociones, algo ardía en él, que a veces lo quemaba.
Más aún, en una ocasión, su corazón latió con una fuerza intensa, ya que regresaba de otra misión y encontró a unos niños jugando en el bosque. Ya era de noche.
El joven, escondido entre la oscuridad de las ramas, los observaba con una mezcla de fascinación y confusión. Su cuerpo, acostumbrado a la rigidez del entrenamiento, se relajó imperceptiblemente, pero un sutil temblor recorrió sus manos. Su corazón latía con una fuerza inusual, y sus ojos, generalmente inexpresivos, se entrecerraron en un esfuerzo por comprender aquella nueva sensación.
—No sé por qué siento esto —murmuró, su voz apenas un susurro que se perdía en el crepúsculo—. ¿Por qué necesito acercarme a ellos? No lo entiendo. ¿Quiénes son estos niños? No lo comprendo.