Planeta azul
El medidor de humedad del GSD-20 llevaba la aguja al límite, algo que Syna, en sus incontables expediciones por la bóveda celeste, jamás creyó posible. Sabía que la nave era un poco anticuada, pero lo compensaba haciendo uso de su experiencia y habilidades como piloto.
Gracias a ello, era una pieza invaluable en el desarrollo y expansión de Vesper, la colonia en la que nació y creció. Era un lugar humilde en los confines de Andrómeda, más específicamente en un satélite hasta entonces desconocido al que llamaron Gaia, en el que siglos antes un grupo de colonizadores espaciales decidió instalarse y fundar el que sería hogar de miles de humanos que huían de la devastación en la Vía Láctea.
En sus inicios, era una estructura de pocos kilómetros de ancho que contaba con varios pisos y un área adaptada para cultivar, pero, a medida que fue prosperando, nuevos pobladores aparecieron y, de forma casi automática, terminaron expandiéndose.
Poco a poco pasaron de forzar la germinación de semillas en invernaderos diminutos y medir minuciosamente cada ración de comida para no morir de hambre, a tener áreas de bosque y sembradíos que se perdían en el horizonte. Quizá no fuera una copia exacta de aquella ‘Tierra’ que algunos hologramas mostraban, aunque, considerando los destinos que sufrieron otras muchas colonias, Vesper era un paraíso en comparación.
Eso, al menos, hasta que las fuentes de agua empezaron a quedarse cortas ante el aumento de la población. Pronto se vieron obligados a buscar en las estrellas y planetas aledaños, y cuando estos también pasaron a ser explotados hasta la sequía por los humanos, no tuvieron más alternativa que enviar a sus exploradores a seguir buscando.
Algunos se organizaron por equipos para facilitar el trabajo, pero Syna, consciente de que su eficiencia era mayor estando sola, se limitó a aceptar el encargo, cargar el GSD-20 con suficientes provisiones, ponerse su traje y despegar en dirección opuesta a sus compañeros, directo hacia lo desconocido.
Se aproximó a distancias temerarias de todo aquello que pareciera conducirla a su objetivo, pero el escáner de su nave aún funcionaba lo bastante bien como para advertirle que no perdiera su tiempo allí.
Así transcurrieron semanas de búsqueda exhaustiva sin resultados ni noticias positivas de los demás expedicionarios. Incluso, a veces la paranoia de haberse quedado incomunicada la invadía y revisaba que aún pudiera enviar y recibir señales desde su centro de mano, solo para comprobar que sí, y ofuscarse por la falta de éxito en la misión.
Finalmente, durante la octava hora del amanecer de su viaje, escuchó el sonido de su detector indicando que había hallado agua. Y no un simple lago. La aguja del medidor de humedad dio un giro brusco hacia el lado contrario, la luz de este se encendió, y Syna supo qué hacer.
—GSD, activa los escudos térmicos e inicia la secuencia de frenado aerodinámico —ordenó, acomodándose en el asiento de piloto. El vehículo contaba con la posibilidad de despegar, conducir y aterrizar de manera independiente, pero ella prefería ser quien llevara la batuta. Quizá por orgullo, quizá por precaución, o quizá por una mezcla de ambas. Fuera como fuera, esta no sería la excepción.
La nave ingresó gradualmente a la atmósfera y, cuando hubo atravesado las espesas formaciones de gas casi líquido que flotaban por doquier, sus ojos verdes admiraron por primera vez el océano. Uno tan grande e imponente que iba más allá de donde mirara, sin importar la dirección.
Vientos gélidos y una gran presión no tardaron en ser recibidos por el armazón del vehículo, pero la exploradora, precavida como siempre, se preparó para hacerle frente a cada posible contratiempo; y el sistema se estabilizó al instante. Solo necesitaba explorar los alrededores, tomar muestras del agua y, si la fortuna le sonreía, regresaría a su hogar. Ya no como una piloto condecorada, sino como la mujer que cambió la historia de Vesper.
Feliz ante esa posibilidad, continuó descendiendo y escrutó aquella superficie de color azul intenso. No era el único planeta que hiciera gala de esa tonalidad, pero sí el único que la tenía sin estar hecho solo de gases. Era maravilloso, indescriptible.
En ese momento, distinguió lo que parecía ser una isla de suelo violeta y, al acercarse más, notó que no se trataba de tierra, sino más bien de una formación de algas en estado sólido que permanecía inmóvil ante las olas que la impactaban sin clemencia.
—GSD, nos preparamos para obtener muestras —dijo, preparándose ella también. Se puso su casco, activó los sellos del traje, y sus pupilas se dilataron por la emoción.
Cuando la distancia se había acortado lo suficiente como para proceder con la siguiente fase del plan, la nave disparó un arpón de tres metros contra el océano. Este abrió su punta, succionó una cantidad generosa de agua, y las nanofibras que lo unían al vehículo tiraron de él para recuperarlo.
—¡Misión cumplida! —celebró Syna al corroborar que las compuertas volvían a cerrarse, ahora con una posible solución a lo que hacía dos décadas aquejaba a los suyos.
Sin embargo, cuando se disponía a dar media vuelta y emprender la ruta de regreso, la formación de algas comenzó a elevarse, como si quisiera tocarla. En un parpadeo, algo aún más grande y opaco se cernió sobre la masa violeta, también dirigiéndose a la nave y dando la sensación de ser una boca colosal. En lugar de dientes, emanaba densa oscuridad y, como si el espacio fuera una simple tela, lo desgarró para acortar las millas que los separaban.
La sonrisa de la piloto se esfumó y, reacia a ser engullida, impactada, o lo que aquello quisiera hacerle, activó la máxima velocidad mientras maldecía a gritos por haber corrido tal suerte.
Las fauces de la entidad desconocida, negándose a dejar ir a quien había interrumpido su letargo, aumentaron la intensidad de absorción. Protuberancias alargadas y violáceas que Syna enseguida identificó como tentáculos se abrieron paso a través del agua hasta acercarse peligrosamente a ella, y la mujer gritó horrorizada. Incluso podría jurar que carcasas de otros vuelos de exploración colgaban de ellos, pero, si era cierto o no, la traía sin cuidado.
—¡GSD, dobla la máxima potencia! —la desesperación la había invadido. No daba órdenes, chillaba de pánico—. ¡Ahora! ¡Desactiva el mecanismo de seguridad y hazlo!
El vehículo, que por primera vez desde su ensamblaje recibió aquel comando, apagó la mayoría de las luces internas y externas para destinar esa energía a su cometido, desactivó de modo parcial el escudo térmico, y barrió la bóveda celeste tan rápido, que la exploradora pensó que iban a ser aplastados bajo la presión del planeta o que chocarían contra algo con tanta fuerza que se desintegrarían.
Por fortuna, a pesar de que el GSD-20 era un modelo que solían llamar anticuado, su calidad y fiabilidad eran innegables. En segundos que se sintieron infinitos, salió de la atmósfera plagada de gas líquido, y tanto él como la mujer volvieron a flotar en la negrura del espacio. Había gastado gran parte de la ración de combustible que necesitaban para su retorno, pero a salvo de lo que moraba en aquel océano infinito.
Syna, aún alterada, sudando frío y jadeando, quiso contactar a sus compañeros para advertirles de lo sucedido y solicitar una posible asistencia. No obstante, tras incontables intentos fallidos, cayó en cuenta de que durante la huida los sistemas de comunicación sufrieron daños considerables. Posiblemente algo que podría reparar después de un merecido descanso.
Por ahora, la infinidad del cosmos era la menor de sus preocupaciones. Si la rescataban, regresaba por sus propios medios, moría en soledad… Todos los escenarios le sonaban mejor que ser consumida por eso. Eso que descansaba en el planeta azul.
Fin.