Mi novio, su compañero y la venganza perfecta

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Sinopsis

El novio de Ariana, Brady, la ha estado engañando durante meses. ¿Cómo se entera? Una tanga sospechosa y su compañero de piso, Reese, quien termina de encajar todas las piezas. Pero eso no es todo lo que él hace. Aunque ella no esperaba recibir la noticia de la infidelidad de su novio, tampoco estaba preparada para la propuesta de su compañero de piso. Págale con la misma moneda... Con él.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Gigi
Estado:
Completado
Capítulos:
34
Rating
4.5 12 reseñas
Clasificación por edades:
18+

1: El Roommate, la Novia y el Infiel

Reese Pearsall era un hombre tan alto y corpulento que solía quedarse a un lado para no llamar la atención. Medía un metro noventa y cinco, con hombros anchos, piernas largas y un torso en forma de V. Su físico delataba de inmediato que era un atleta.

Acababa de salir de la ducha tras un largo día de clases, práctica de lacrosse y gimnasio. Mientras estaba en la cocina con solo una toalla blanca a la cintura, abrió el envoltorio de una barra de proteína.

Aunque rara vez se quedaba en las zonas comunes, el sonido del último revolcón de su roommate, Brady, lo obligó a salir de su cuarto.

El exterior de ladrillo del edificio podía engañar a cualquiera, porque por dentro todo era tablaroca. No había nada que separara los dormitorios de los dos hombres, salvo un pasillo estrecho con el baño al fondo.

Callado y pensativo, entre molesto y asqueado, le dio un mordisco a la barra bañada en chocolate y arrancó un trozo con los dientes.

Reese escuchaba el movimiento detrás de la puerta de Brady. Se oía el roce apurado de la ropa al ponerse, la forma frenética en que hablaba su compañero y el pánico en la voz de la mujer que lo acompañaba.

Entonces llamaron a la puerta...

Al escuchar esa voz, los ojos de Reese se clavaron en la entrada.

Ariana.

—Brady... —llamó ella suavemente, dando unos golpecitos más.

Brady salió disparado de su cuarto sin camisa. Tenía los ojos llenos de susto y se encontró con la mirada de Reese.

—¡No abras! —le ordenó con un susurro desesperado—. ¡Olvidé que venía esta noche!

Reese inhaló profundamente y sus fosas nasales se dilataron. Suspiró mientras se agarraba del borde de la barra de la cocina.

—No pensaba hacerlo —mintió.

Reese siempre actuaba como si respetara el código entre hombres. Al diablo la ética, ¿no? Él y Brady no eran solo roommates. Eran compañeros de equipo, colegas, y Brady lo consideraba un amigo cercano.

En realidad, lo único que Reese quería era que atraparan a Brady.

Las mentiras, los engaños, el gaslighting y las infidelidades. Reese sabía que Brady era el peor novio del planeta. Era un imbécil de primera categoría.

Sin embargo, cada vez que ella aparecía, Reese se quedaba callado.

—¡Brady! ¡¿Hola?! —llamó Ariana de nuevo, golpeando con más fuerza.

Reese miró hacia la puerta y luego fulminó con la mirada a su compañero, que estaba metiendo a su conquista al pasillo.

—Espera en el baño hasta que nos vayamos. Luego Reese te dejará salir.

A Reese le dio un tic en el ojo al oír que lo involucraban en eso. Odiaba tener que ayudar en lo más mínimo.

Afuera del apartamento, Ariana empezaba a irritarse. Ella y Brady habían quedado a una hora. Él pasaría por ella a las ocho para ir al restaurante. Eso le daba tiempo de ducharse y cambiarse después de la práctica de lacrosse.

«¿Por qué tarda tanto?», se preguntó.

—¡Brady!

Justo cuando iba a tocar por milésima vez, la puerta se abrió. Su puño cerrado chocó contra una piel cálida.

Era Reese, parado en el umbral como si el marco de la puerta hubiera sido hecho a su medida. Ariana retiró la mano de aquel pecho caliente y retrocedió sorprendida.

—¡Lo siento! —Se aclaró la garganta y bajó la mirada al suelo—. ¿E-está Brady? Se supone que íbamos a...

—Ya viene.

La voz de Reese sonó grave, sombría y aburrida, con un toque de irritación.

—Está bien... —Ariana intentó asomarse por un lado, pero Reese se movió para bloquearle el paso—. ¿Puedo pasar? Quizá pueda esperar en el sofá.

—No —respondió él con firmeza.

Ariana se obligó a mirarlo a los ojos. Frunció el ceño tratando de entender qué le pasaba.

«¿Qué bicho le picó?»

Llevaba casi dos años aguantando la personalidad cortante de Reese. Era el segundo año que su novio vivía con él y ella no entendía qué tipo de amistad tenían.

Reese era apático, frío e indiferente a todo. Nunca sonreía y hablaba poco. Cuando decidía abrir la boca, sus palabras nunca eran amables ni cariñosas.

Parecía una nube de tormenta, oscura y lenta, lista para empapar al mundo con agua helada.

«¿Qué le pasa a ella?», pensó él.

Reese suspiró y se cruzó de brazos mientras la recorría con la mirada.

Llevaba el pelo corto y oscuro recogido en una coleta perfecta. Su maquillaje resaltaba su piel canela y combinaba con su vestido corto de color amarillo pálido. Sus pies, con una pedicura impecable, asomaban por unas sandalias blancas de tiras. También notó que llevaba las uñas de las manos pintadas de blanco, aunque intentaba esconderlas entre la tela del vestido.

No lograba entenderlo.

¿Se hacía la tonta?

¿Estaba ciega?

¿Era estúpida?

¿O estaba desesperada?

Llegó a pensar que era todo eso junto. No podía comprender cómo una chica como Ariana estaba con un tipo como Brady.

Brady era insoportable, ruidoso y engreído. Cualquier otra mujer lo habría dejado hace siglos. Ariana era linda y dulce. ¿Por qué seguía con él?

Reese conocía su historia.

Eran novios desde la preparatoria.

Brady entró a la Universidad de Mifflin un año antes que ella, y ella lo siguió. Ahora que él estaba en segundo año, llevaba casi diez meses engañándola. Reese tampoco entendía por qué Brady no la dejaba.

«¿Por qué no se queda soltero y ya?»

—¿Y bien? ¿Te quedas viendo así a todos tus invitados o solo a mí? —Ariana soltó una risita nerviosa.

Reese no contestó. Siguió mirándola fijamente, pero no era una mirada cualquiera. Era como si estuviera analizando cada uno de sus movimientos.

Calculador.

Atento.

Ariana intentó de nuevo sacar un poco de conversación.

—¿No me vas a ofrecer algo de beber mientras me haces esperar aquí afuera? —preguntó con una sonrisa amistosa y tono de broma.

—No —respondió Reese con una rudeza que le borró la sonrisa de golpe.

Esa sola palabra acabó con cualquier esperanza de llevarse bien con él.

—Vale... —susurró ella, mirando hacia otro lado—. Ya me lo imaginaba.

Ariana se ajustó la coleta con los dedos. Bajo la mirada intensa de Reese, se habría mordido el pelo si lo tuviera más largo. Al final, optó por morderse una uña.

«¿Por qué siempre me mira como si quisiera cortarme en pedacitos?»

El silencio se volvió eterno hasta que Brady apareció por detrás.

—Hola, nena. —Empujó a Reese para hacerse paso—. ¿No te dije que esperaras en el coche?

Reese y Brady se miraron un momento. Brady se veía desesperado mientras se revisaba los bolsillos para confirmar que tenía las llaves, la cartera y el celular.

—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó Ariana, molesta porque su novio la había dejado a solas con Reese.

—Por nada, es que... Reese se tardó mil años en la ducha. —Brady se rió con nervios y le dio un golpe juguetón a Reese en el pecho—. Ve a ponerte una camisa, hermano.

«Qué pedazo de imbécil...»

Reese no lo dijo en voz alta.

Miró a Brady, le lanzó una última mirada pesada a Ariana y levantó una ceja con escepticismo.

—Hm. —Fue un sonido cargado de juicio antes de cerrar la puerta del apartamento de un golpe.

Ariana saltó por el estruendo, pero sintió que por fin podía respirar de nuevo.

—Vaya —dijo mientras caminaba hacia las escaleras—. ¿Por qué siempre es tan...?

—No empieces —la regañó Brady.

—¿Qué? —Ella se encogió de hombros—. Siempre es muy grosero. No entiendo por qué volviste a vivir con él.

Brady resopló antes de presionar el botón del elevador.

—Es mi mejor amigo. A ti no te gusta ninguno de mis amigos. Ni mis compañeros de equipo, ni...

—Está bien —cortó Ariana. Era la misma discusión de siempre.

No es que le disgustaran los amigos de Brady. Lo que pasaba era que sentía que él actuaba diferente cuando estaba con ellos. Siempre quería lucirse y comportarse de forma exagerada. Sacaban un lado de Brady que no le gustaba.

Y Reese... bueno, él se hacía odiar por sí solo.

—Te ves muy guapa esta noche —dijo Brady, tirando un poco del borde de su falda para cambiar de tema.

Ariana sonrió levemente y se sonrojó.

—Tú también —respondió ilusionada.

Ella lo tomó de la mano y entrelazó sus dedos. Brady le sonrió, pero había algo en sus ojos que a Ariana no le cuadraba.

Era una mirada sospechosa que le revolvió el estómago.

—¿Estás bien? —le preguntó mientras subían a su sedán plateado.

Brady nunca le abría la puerta del coche. Era algo que ella siempre notaba pero que prefería no decir. Sentía que, si lo hacía por obligación, no valdría nada.

—Estoy bien —contestó Brady cortante—. Solo tengo muchas cosas en la cabeza con el inicio del lacrosse y las clases.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?

Ariana siempre buscaba la forma de quitarle peso de encima a su novio. Pensaba que, si él tenía menos que hacer, tendría más tiempo para ella. Pero últimamente parecía que, por más que ella lo ayudara, él nunca tenía tiempo.

Bueno, sí tenía tiempo, pero se lo dedicaba a otras chicas...

Por eso ella insistió tanto en salir esa noche. Además, era su tercer aniversario. ¿Cómo iba él a olvidarlo?

Brady condujo hasta el restaurante donde tuvieron su primera cita. Era un lugar italiano, pequeño pero elegante, al que la llevó cuando ella estaba por terminar la preparatoria. Después de meses hablando por redes sociales y mensajes, ella viajó a la universidad para visitarlo. En ese mismo restaurante, él la convenció de que se inscribiera en Mifflin el siguiente semestre.

Tras estacionarse, caminaron bajo el toldo color vino adornado con luces brillantes. Brady seguía recitando una lista de tareas que Ariana tendría que hacer por él.

—Ah, ¿y puedes pasar mañana por mi cuarto antes de ir a trabajar? Necesito que laves mi jersey antes del partido —añadió rápido—. Puede que yo no esté, pero si no, Reese te abrirá.

Ariana fue contando los recados con los dedos para no olvidarlos.

—Comprar una botella de agua nueva, pasar por la biblioteca a imprimir tu ensayo de geografía, ir al súper por más barras de proteína y lavar tu jersey... ¡Anotado!

Brady le sonrió, encantado de que ella hiciera cualquier cosa por él. Era como su asistente personal. La adoraba, y aun así, no sentía ni un poquito de culpa por sus engaños.

De hecho, ya quería que terminara la cita para volver a mensajearse con todas las chicas que tenía en su agenda.

Según él, ser honesto con Ariana sería hacerle un daño innecesario. En su mente retorcida, dejarla en la ignorancia era un acto de bondad porque sabía que ella lo idolatraba.

Le encantaba eso.

Más de lo que la amaba a ella.

Ella había estado loca por él desde la preparatoria; lo llenaba de cumplidos, cariño y regalos. Ariana lo tenía en un pedestal, tanto que fue a la misma universidad que él. No podía romperle el corazón con la verdad, pero tampoco pensaba dejar de serle infiel.

Porque Brady era un perro.

Y Ariana no tenía la más puta idea.