ONE DAY OR DAY ONE?

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Sinopsis

El amor, para Scarlet, era una cicatriz más, una promesa rota que la había enseñado a cargar sus batallas en silencio. Rota en rincones que nadie se molestó en mirar, aprendió a creer solo en sus propias fuerzas. Y así vivía, con sus sueños a cuestas y la amarga certeza de que ya no quedaba espacio para la ilusión. Pero la vida, con su propio timing, tenía otros planes. Lucas no apareció para completarla, sino para susurrarle al alma que ella ya era un universo entero. Él la ama como siempre soñó que alguien lo haría: con la ternura incondicional de un golden retriever, con promesas tejidas en acciones, y con esa voz que grita "te elijo" incluso en el silencio más profundo. No busca salvarla, solo acompañarla en su camino para sanar. Porque al final, el amor no solo se siente, se elige. Y esta vez, quizás, Scarlet se atreva a elegir ser amada sin filtros, sin máscaras, sin miedo. ¿Podrá su corazón, demasiado acostumbrado a enamorarse y a romperse, atreverse a confiar en que esta vez, el amor que elige, no la deje en ruinas otra vez?

Genero:
Romance
Autor/a:
Kintsukiz
Estado:
En proceso
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

¿DIA UNO?

SCARLET

Estaba sentada en la cafetería de la universidad, conversando con Natalia sobre el tema que me tenía dando vueltas en la cabeza desde hacía días. Hace dos días había faltado a un examen importante por culpa del trabajo: se les ocurrió la brillante idea de hacer una reunión de última hora por un problema que hubo esa mañana con un cliente, y terminó alargándose más de la cuenta gracias a una pelea entre un abogado y un asistente legal. Como resultado, no llegué a tiempo, y el profesor Javier Rodríguez, que daba Derecho Penal, era famoso por ser especialmente inflexible con los exámenes.

—¿Tú crees que me ayude si le explico la situación? Ya sabes que ese profesor me hace sentir medio incómoda —le dije, dudando.

—Es eso o tener que pagarle, y tú y yo sabemos que no tienes dinero para eso —respondió con toda la crudeza que la caracteriza cuando ella habla—. Pero si intenta hacer algo raro, te vas. Vemos cómo resolvemos después, pero al menos deberías intentarlo primero.

Suspiré.

—Está bien, lo intentaré —respondí, resignada.

Le di un sorbo a mi jugo de naranja, observando como los hielos se derretían con rapidez. Entonces, lo vi. Estaba unas mesas más atrás. Tenía la cabeza medio ladeada hacia nosotras. En cuanto hicimos contacto visual, giró rápidamente hacia su celular, fingiendo que no me había estado mirando, sin embargo, yo sí lo observe.

Era lindo. De esos lindos que parecen dibujados con calma: rostro delgado sin exagerar, con facciones suaves pero definidas. Sus cejas, gruesas y pobladas, enmarcaban unos ojos almendrados de un tono enigmático, con una mirada que ya desde lejos atrapaba, prometiendo una profundidad que invitaba a descifrarla. Su nariz es grande, con un puente alto, pero armoniza perfectamente con la estructura de su cara. Tenía la piel blanca con un ligero toque bronceado —no me sorprende, con este calor de Guayaquil— y el cabello negro, un poco revuelto, como si una brisa traviesa lo hubiera acariciado.

Y pensé: «Es totalmente mi tipo».

Pero no tenía tiempo para esas cosas. Debía resolver otro asunto primero. Terminé mi bebida, y nos fuimos.

Caminábamos bajo el sol, y llegamos casi arrastrándonos al aula donde el profesor Rodríguez estaba terminando su clase. Esperamos afuera hasta que el último alumno salió.

Le expliqué brevemente la situación, me observo detenidamente durante unos segundos que se sintieron como horas. Tenía esa mirada intensa, supongo que por algo era profesor de Penal, ¿no? Cuando por fin terminó ese escaneo del alma que me hizo sentir desnuda hasta el espíritu, bajó la mirada, entrelazó sus manos y soltó un suspiro. No me pareció una buena señal.

—Señorita Miranda, entiendo su situación. Pero si todo se resolviera así de sencillo, entonces yo no tendría fama de ser inflexible, ¿no cree? —dijo con tono firme, como si su reputación valiera más que mi esfuerzo.

Supe en ese instante que no tenía oportunidad. Estaba a nada de suplicarle con lágrimas, porque esa nota era importante para mí. Pero antes de que cayera la primera, él añadió:

—Pero...—hizo una pausa, lenta, medida— podríamos resolverlo de otra manera.

Y ahí estuvo. Esa mirada. Esa que conozco de memoria.

Deseo. Lujuria. Hambre.

Por eso me sentía incómoda con él. Mi intuición hablaba antes de que mi mente pudiera procesar la escena. Mi cuerpo lo sabía.

—Disculpe, profesor. Puede que esté muy necesitada de esa nota… pero no tanto como para entregar a cambio mi cuerpo ni mi tiempo. Si tengo que repetir esta materia, lo haré. Pero no voy a negociar con mi dignidad.

Salí de aquel lugar con la mano temblando por los nervios.

Corrí al pasillo donde Natalia me esperaba. Le conté todo. Ella me escuchó y me apoyó. Sabíamos que no podíamos denunciarlo sin pruebas contundentes, pero no me dejó sola. Y eso bastaba por ahora.

Nos fuimos de allí. Con la rabia en el pecho y la dignidad intacta.

Estuvimos conversando sobre cómo era posible que hombres tan asquerosos estén dando clases en una carrera que se supone es para proteger tus derechos. Para rematar, esa clase era de Derecho Penal. Indignante, mínimo.

Nos tocaba la siguiente clase: Derecho Civil. Sentía que ese día iba a morir por estrés, ansiedad o ambos.

La encargada de enseñarnos la maravillosa materia —nótese el sarcasmo— era la profesora Carlota Cedeño. Ella no solo imponía respeto, daba auténtico miedo. De esas personas que no necesitan levantar la voz para hacerte temblar: bastaba con su silencio, su mirada de hielo o el simple sonido de sus tacones acercándose por el pasillo.

Su reputación le precedía. Había hecho llorar a más de uno en clase. No por gritarles ni humillarles, sino por esa forma cortante de corregirte, por la manera en que convertía cualquier error en un crimen de Estado. No era que se me dificultara la materia —de hecho, me gustaba—, pero con ella no había margen para el error. Literalmente: o lo hacías bien, o lo hacías de nuevo. Así que todo el mundo entraba a esa clase como quien entra a una batalla legal real, con miedo, respeto y los apuntes subrayados en tres colores.

Salimos exhaustas de ahí. Pero lo importante era que sobrevivimos un día más a Civil.

Scarlet y Natalia: 1

Civil: 0

La última clase era Derecho Ambiental, pero el profesor no pudo asistir. Así que aprovechamos ese respiro para ir a comer un postrecito —porque lo merecíamos, porque lo necesitábamos y porque ya era tradición. Fuimos a la cafetería más cercana fuera de la U porque la nuestra había cerrado, pedimos una mojada de chocolate y un té helado de menta. El combo sagrado.

Mientras hablábamos de las clases, de la vida y de ese profesor, noté que un chico entraba a la cafetería. El mismo chico que había visto más temprano ese día. Lo había sacado de mi cabeza temporalmente, entre el estrés, los nervios y las ganas de llorar... pero ahora, más relajada, todo volvió. Como un flashazo.

—Cierto, olvidé mencionártelo antes, pero más temprano, antes de ir a hablar con el profesor Rodríguez, vi que un chico guapo me estaba mirando —le dije con una sonrisa divertida—. Es completamente mi tipo, pero no me le voy a acercar. Y dudo que él lo haga. Ya sabes, los chicos guapos están acostumbrados a que uno les hable primero, y conmigo eso nunca va a pasar.

Se rio con esa risa de quien te conoce demasiado.

—Scarlet, uno nunca sabe qué va a pasar en la vida ¿sabes? Quizá esta vez sí se acerque a hablarte —dijo con ese tono de quien parece saber algo que tú no.

La miré incrédula.

—Ajá, claro. Porque el universo siempre ha sido súper considerado conmigo, ¿verdad? —respondí con mi mejor intento de desinterés.

Pero en el fondo...

Muy en el fondo... quería que tuviera razón.

Quería que esta vez, por fin, fuera mi oportunidad.

Aunque ya no confiaba en las ilusiones. Ilusionarme antes solo me había servido para romperme más. Me obligué a dejar de pensar en eso, a no hacerme películas en la cabeza, y retomé la conversación con Natalia, sin saber lo que pasaría después.

LUCAS

Llegué a la cafetería a repasar unos temas de la clase de Marketing. Me tocaba dar el examen en una hora. Aunque la materia nunca se me ha complicado demasiado, no estaba de más darle un repaso de última hora.

Estaba por sentarme cuando algo —alguien— llamó mi atención.

Unas mesas más adelante estaba una de las mujeres más hermosas que mis ojos habían visto hasta ese momento. Su cabello negro, abundante y con suaves ondas, atrapaba la luz de la tarde, creando reflejos sutiles que acentuaban su movimiento al girar levemente la cabeza. Tenía unos ojos grandes y expresivos que transmitían una calidez acogedora y una chispa de alegría que invitaba a acercarse. Eran como un remanso de paz con un brillo travieso. Su piel morena clara tenía la calidez de la tierra después del sol, un tono suave y natural que parecía invitar al tacto. Y su sonrisa... era como si el aire mismo se hiciera más ligero. Sus dientes blancos contrastaban con el tono de sus labios, y la curva que se formaba era pura felicidad irradiada, capaz de contagiar hasta al alma más seria.

Por un momento, todo se detuvo.

De pronto, noté un cambio en su expresión. Su mirada se volvió inquieta, como si algo le preocupara. Llevó el vaso a sus labios, le dio un sorbo a su bebida y cuando levantó la cabeza, nuestras miradas se cruzaron.

Me congelé.

Inmediatamente fingí mirar el celular, como si no hubiese estado viéndola todo ese rato. ¿La incomodé? No me había dado cuenta de cuánto tiempo la estuve observando. Bueno… admirando.

Me sentí mal. No era mi intención incomodarla. Sentí la necesidad de acercarme, de explicarle, de decirle que simplemente no pude evitar quedarme embobado con su presencia. Que no era algo vulgar, sino algo raro, casi sagrado.

Tomé aire y me dije: hazlo, acércate y díselo con respeto.

Pero justo cuando levanté la mirada, ella ya estaba guardando sus cosas. Agarró a su amiga y se fueron casi corriendo de ahí.

Mi corazón se cayó un poco.

Definitivamente fue por mí. No quiero justificarme, pero... en mi defensa, ella era demasiado hermosa. Como para no mirar. Como para no querer quedarme ahí un rato más.

Suspiré.

Sin saber si volvería a verla algún día. Pero si el universo me daba otra oportunidad, no dudaría ni un segundo en acercarme a ella.

Pasaron veinte minutos volando. Ya no tenía tiempo para repasar. Recogí mis cosas y me fui directo a clase de Marketing.

El profesor Romero —hombre de corbata chillona y humor seco— estaba ya en el aula. Tenía esa energía de tío con experiencia en ventas que juraría que fue vendedor de enciclopedias en los 90. Siempre hablaba con las manos, como si intentara cerrar un trato cada vez que explicaba algo.

Nos dio las instrucciones típicas: tiempo límite, cero celulares, no se aceptan preguntas (ni miradas desesperadas de auxilio). Repartió las hojas y se sentó con los brazos cruzados, observando el salón como si estuviera vigilando un robo en proceso.

Terminé el examen, le di un último repaso y me levanté a entregarlo. Al salir del aula, ahí estaba Eduardo esperándome, apoyado contra la pared como si estuviera posando para una foto de catálogo de “vago con encanto”.

—Loco, por poco te quedas toda la noche ahí —dijo con ese tono burlón que ya me sabía de memoria.

—Ya sabes que siempre me gusta asegurarme de haber respondido bien —le solté con esa mirada de “no empieces hoy”.

—Lo sé, lo sé, eres un perfeccionista. Solo molestaba —respondió con las manos arriba, como si yo fuera a arrestarlo.

Me reí, aunque no tanto como para darle demasiada victoria, y salimos caminando.

Regresamos a la cafetería. Quería ver si por suerte ella seguía ahí... pero no.

Busqué con la mirada, repasando cada rincón, cada mesa, cada silla desordenada...

Nada. Ni la sombra de ella.

Eduardo lo notó enseguida.

—¿A quién buscas con tanta desesperación? ¿Se te perdió una belleza o qué? —dijo con su típico tono de galán de medio pelo, aunque su historial lo respaldaba. El man tenía récord.

Él siempre fue el coqueto, el Casanova del grupo. En cambio yo... cuando me enamoro, soy todo o nada. Y casi siempre terminaba en nada, con el corazón arrastrado por el piso.

No me había cerrado al amor, pero tampoco iba a regalarlo nuevamente sin motivo.

Aunque esta vez...

Esta vez se sentía diferente.

—Pues sí. Aunque no diría que se me perdió —respondí, cruzándome de brazos—. Sería más como un... ¿la espanté?

La escena se me vino a la cabeza de nuevo. La mirada, la forma en que se fue tan rápido. Definitivamente creía que había hecho algo mal.

Eduardo se quedó en silencio. Ya sabía lo que venía. Él sabe que cuando alguien se me mete en la cabeza, no hay forma de sacarla.

—Espera —hizo una pausa dramática, de esas que usaba cuando quería molestarme—. ¿De verdad dejaste ir a una belleza? ¿Estás pendejo? A ver, dime: ¿cómo era? ¿Blanquita? ¿Chiquita? ¿Rubiecita como las que me gustan?

Lo miré con una mezcla entre juicio y resignación.

—Eduardo...

—¿Qué? —dijo, fingiendo que no entendía qué había hecho mal.

—Sabes perfectamente que estás describiendo tu tipo de belleza. No aplica para todos. A mí me gustan otro tipo de mujeres. Un poco...—me detuve, buscando la palabra justa— diferentes.

—Y por eso nunca vamos a pelear por una chica —rió como si acabara de confirmar un tratado de paz.

Y no era mentira. Desde que nos conocimos en primer semestre, nunca tuvimos problemas por eso. Gustos distintos, vidas paralelas. Era el equilibrio perfecto entre el drama y el meme.

Dejamos el tema ahí y nos sentamos a matar el tiempo mientras esperábamos la siguiente clase: Metodología de la Investigación.

Solo el nombre ya me daba sueño. Iba a necesitar mínimo tres litros de café para no caerme de la silla.

Spoiler: no sirvió.

Aunque en realidad solo me tomé un espresso. Y ni eso me salvó. Me regañaron más veces de las que me gustaría admitir. Eduardo tampoco se quedó atrás: casi se cae de la silla porque se quedó dormido en una posición digna de yoga extremo. Un par de regaños, algunas risas por lo de mi amigo y así concluyó la que, en mi humilde pero muy honesta opinión, es la clase más aburrida de toda la carrera.

Al salir, yo insistí en ir nuevamente a la cafetería. Sentía que debía estar ahí. Como si algo fuera a pasar.

Íbamos saliendo cuando una de las tantas admiradoras de Eduardo lo detuvo. Y ahí lo tenías, desplegando su encanto de siempre, coqueteando como si estuviera en un episodio de The Bachelor. Me alejé, más por salud mental que por cortesía. No tenía ganas de escucharlo narrar detalles innecesarios sobre la noche anterior, como si contara una victoria deportiva. Eduardo siempre fue... expresivo. Demasiado.

Y cuando por fin lo soltaron, me detuvieron a mí.

Una chica a la que había ayudado meses atrás con Matemática —una materia que, para mi suerte, se me daba con facilidad— se me acercó toda emocionada a darme las gracias. Me alegró saber que había aprobado, en serio. Pero la chica tenía una energía algo... peculiar. Tipo infantil, pero no del tipo adorable. Más bien del tipo que da un poco de vergüenza ajena. Hacía chistes malos, reía como si tuviera eco y me tocaba el brazo cada dos frases. Hice lo posible por no ser grosero, aunque mentalmente ya estaba redactando mi plan de escape.

Después de varios “bueno, me tengo que ir”, logré liberarme.

Entre una cosa y la otra, ya había pasado una hora. La cafetería estaba cerrada.

Suspiré. Pensé que quizás tendría la oportunidad de verla nuevamente. Pero aún quería despejar mi mente, así que nos dirigimos a una cafetería cercana fuera de la universidad. Estaba más llena de lo habitual; era la hora en la que terminaban la mayoría de las clases.

Entramos y…ahí estaba.

Tan hermosa como unas horas atrás. Como si el tiempo no le afectara, como si estuviera hecha para brillar en cualquier contexto.

Hicimos contacto visual durante unos segundos —pero para mí, fue en cámara lenta, a lo película romántica barata pero efectiva—. Y noté algo que me alivió el alma: no parecía incómoda al verme.

Sonrió.

Y luego giró hacia su amiga.

¿Me sonrió a mí? ¿O a su amiga?

Bueno, daba igual. El corazón ya se me había aligerado. No la había hecho sentir mal como temía.

Me acerqué al mostrador y pedí un croissant de chocolate con un capuchino. Eduardo, fiel a su lado aesthetic —ese que vive por los tonos neutros y las fotos con luz cálida—, pidió solo un latte de vainilla. Elegimos una mesa cerca de ellas.

—La encontré —le dije a Eduardo con una sonrisa de oreja a oreja. Como si hubiera ganado el premio a mi vida entera.

—¿A quién? ¿A tu belleza? ¿Dónde está? —dijo con la sutileza de un megáfono, mirando a todos lados como si estuviéramos en una subasta de chicas.

Disimula un poco, ¿quieres? —le dije entre dientes, haciendo equilibrio entre la emoción y la vergüenza ajena.

Le señalé con la cabeza y la mirada quién era.

—Wow —respondió, analizándola unos segundos antes de girarse hacia mí—. Definitivamente tenemos gustos diferentes. Pero admito: es muy linda. Aunque no sea mi tipo.

—Obvio. Yo tengo malos ratos, no malos gustos —le dije, intentando calmar el temblor nervioso que ya me invadía.

Me quedé callado un momento. Algo dentro de mí se afirmaba.

—Le voy a hablar, Eduardo. Me voy a arriesgar. Aunque me rechace en público.

—Tú eres todo o nada —respondió con una carcajada ahogada—. Dale, no te voy a detener otra vez. Pero si te rechaza... yo no te conozco.

Me reí por fuera. Por dentro, temblaba.

Entonces me levanté. Temblando por completo, pero con el corazón decidido.

Esa mujer iba a ser mía. O al menos, iba a saber mi nombre.

SCARLET

Noté cómo el chico guapo, junto a quien claramente era su amigo, se sentaba cerca de nosotras. Eso me dio la oportunidad perfecta para observarlo con más calma, ahora sin prisas ni jugo en mano.

De cerca era todavía más atractivo. Tenía las pestañas largas, de esas que parecen puestas a propósito por algún dios aburrido y detallista. Sus ojos eran más claros que los míos —los míos, color barro después de la lluvia, los suyos como avellanas bajo el sol. Lo observé disimuladamente solo un ratito más.

Volví a centrarme en lo que me estaba contando Natalia.

—No sabes lo que pasó ayer —dijo con ese tono como si estuviera a punto de contarme una tragedia griega.

No lo era.

—Los padres de ahora andan descontrolados. ¿Puedes creer que mi mamá salió a las cuatro de la tarde y regresó a las nueve de la noche? ¡Sin avisar! —soltó indignada mientras tomaba un sorbo de su té helado.

No pude evitar reírme. Siempre lo hacía. Natalia tenía esa habilidad de sacarme del mundo, de quitarle peso a mis pensamientos sin ni siquiera intentarlo.

Me aliviaba el corazón estar con ella. Natalia Valero. Una chica de veinte años con un hogar amoroso, cuyos grandes problemas eran cosas como esa o que su papá se olvidara de recogerla de la universidad. A veces sentía que la cuidaba, como si fuera mi responsabilidad asegurarme de que su vida se mantuviera suave, intacta, lejos del caos. Cuando me daba espacio —porque también era bien terca— intentaba aconsejarla desde ese rincón suave que aún me queda. De verdad esperaba que nunca le tocara una vida como la mía.

Y mientras me reía con ella, también me dolía. Porque en secreto, yo deseaba haber tenido una vida así. Un hogar. Una rutina. Una red.

Mi realidad era otra. Mi “problema” más grande era cómo controlar bien mis gastos para llegar a fin de mes sin pasar hambre. O el miedo de que me despidan del trabajo y no tenga dónde ir. Ya sabes... la vida cuando perdiste a tus padres antes de tiempo. Cuando tu adultez llega sin permiso, sin aviso, y sin instrucciones. Cuando lo único que tienes es tu voluntad y un par de cicatrices.

Y justo en medio de todo ese torbellino emocional... se acercó él.

El chico guapo.

Alcé la mirada, curiosa.

Seguro va a pedirle el número a Natalia, pensé. Lo típico. La vida es así.

—Disculpa—su voz era baja, pero clara. Nerviosa. Verdadera—. Quisiera saber si... ¿puedo tener tu número?

¿Espera... qué?

¿Me lo preguntó a ?

¿No a Natalia?

¿No a la chica más hermosa que mis ojos habían conocido hasta ese momento? ¿No a la que sin importar adónde fuéramos siempre se robaba todas las miradas como si el mundo girara a su ritmo?

Parpadeé varias veces. Confundida. Incrédula.

¿Yo? ¿En serio a mí?

Él pareció notar mi sorpresa y agregó rápidamente, como si el corazón lo empujara a hablar antes de arrepentirse:

—Lo que pasa es que... me pareciste muy linda. Y quisiera conocerte un poco más, invitarte un café, o... algo que te guste.

Me giré hacia Natalia. No ayudó.

Tenía esa expresión de “te lo dije” marcada en la cara. Si tuviera un balde de palomitas, estaría comiéndoselas y riéndose a carcajadas mientras me observaba con los ojos brillando. Como una mamá orgullosa viendo a su hija dar su primer beso (o recibir su primer colapso mental, lo mismo da).

—Claro —me reí, nerviosa—. Préstame tu celular y te lo anoto.

Me lo entregó. Sus manos temblaban un poquito, o tal vez eran las mías. Anoté mi número y puse mi nombre.

—Scarlet... —repitió en voz baja—. Qué lindo nombre.

Y me sonrió.

Dios. Su sonrisa.

Fue como si le hubieran regalado el juguete más deseado de su infancia. Esa sonrisa no era coqueta, era genuina. Sincera. Ilusionada.

Algo dentro de mí se alteró. Como si el corazón me recordara que aún estaba vivo.

—Bueno, me retiro. Las dejo seguir conversando —dijo con educación, sonriendo de nuevo, y se fue.

Me quedé congelada.

Natalia me miraba con una ceja levantada y una sonrisa burlona que no necesitaba decir palabra.

—¿Qué carajos acaba de ocurrir?

No sé si lo dije en voz alta o solo lo pensé, pero en ese instante, la cafetería ya no era solo nuestro lugar favorito. Ahora también era el lugar donde algo nuevo había comenzado. Y yo. no sabía si estaba lista. Pero quería descubrirlo.

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