Estación 128

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Brenda solo quería volver a casa. Pero un despertar inesperado la arroja a un pueblo olvidado, cubierto por una niebla asfixiante y poblado por sombras que observan. Con la memoria fragmentada y la creciente certeza de que no está sola, se ve atrapada en la red de un culto que castiga la verdad y adora secretos oscuros. Entre la brutalidad familiar y los ritos prohibidos, Brenda debe luchar por su supervivencia. Pero, ¿Cómo escapar de un lugar que no está en ningún mapa, y dónde la única salida podría ser el horror más profundo?

Genero:
Horror
Autor/a:
DwightHL
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Estación 128

En una fría noche, Brenda regresaba de su trabajo, un día agotador como todos los demás, donde cada segundo en su cubículo se sentía como una eternidad. Cuando llegó el tren, decidió sentarse en el último vagón, pues solía estar más vacío. Ella era del tipo de persona que prefería estar en silencio durante el viaje, mientras escuchaba música en sus auriculares ignorando a los demás, y así lo hizo. En sus oídos se podían escuchar las notas del saxofón de Charlie Parker, aunque ella no era una gran amante del jazz, escuchar Summertime solía reconfortarle en su soledad, pues la transportaba a aquellas noches cuando su padre ponía sus viejos vinilos, el sonido del disco y el humo del cigarrillo llenaba el espacio que había entre ellos dos, como si la música fuera la única manera de conectar con aquel severo hombre de semblante distante, en esos momentos no eran necesarias palabras entre ellos para entenderse. Ella miraba por la ventana, asaltada por estos pensamientos, las luces melancólicas de la ciudad que parecían bailar y sincronizarse al son de la música, las ventanas se empañaban y dos pequeñas gotitas nacían casi al unísono, competían entre ellas, pero una se detuvo en seco, dejando a la otra avanzar en soledad. Todo ese ambiente casi onírico, y el leve balanceo, fue como un suave arrullo del cual no pudo escapar, y sin darse cuenta, se quedó dormida.

Un chirrido agudo como metal retorciéndose, desgarró su sueño, se levantó de golpe, su corazón martillaba su pecho, como queriendo romper sus costillas, su momento de paz le fue arrebatado. Desconcertada, observó el viejo vagón, las partículas de polvo flotaban por el aire, y el cuero de los asientos desgastado, lucía años de abandono, el moho de las ventanas parecía querer esconder el exterior, como si de cierto modo la protegiera de algo más; el rítmico traqueteo del tren, fue sustituido por el silbido constante de la brisa que se colaba por la puerta, ligeramente abierta, quizás alguien había intentado entrar sin éxito alguno. Se acercó e intentó abrirla con todas sus fuerzas, conforme el aire salía de su boca, la puerta fue cediendo hasta abrirse y dejarla salir, apenas puso un pie afuera, el gélido aire estremeció todo su cuerpo, se sentía tan frío como dentro de una hielera, miró a su alrededor, buscando alguna señal de donde se encontraba, pero lo único que la acompañaba era la niebla; una niebla tan densa que tan solo extendiendo la mano parecía que podrías agarrarla, el hierro oxidado del tren seguía crujiendo al son del viento, los árboles imponentes se alzaban y se entrelazaban alrededor como oráculos de su llegada, la maleza se había apoderado incluso del carril del tren, algunas raíces que sobresalían del suelo, lo habían roto. Tras analizar su situación decidió caminar por las vías. Caminó unos minutos, hasta toparse con un túnel que pasaba por debajo de una gran montaña, se acercó, a un lado se encontraba una tabla de madera a modo de cartel o más bien advertencia. No pasar, Brenda se quedó un momento en silencio. «¿Cómo no lo pensé antes?» y buscó en sus pertenencias esperando encontrar su teléfono. Mientras revolvía y caía en cuenta de su situación, sus movimientos empezaban a ser más frenéticos, repasaba mentalmente su contenido, cuaderno, lápiz y cartera... una y otra vez, pero sin importar cuanto buscó, su teléfono parecía haberse esfumado. Volteó su bolso dejando caer todo su contenido al suelo, buscando hasta el último escondrijo. Nada, rápidamente corrió de regreso a la estación, entró nuevamente al vagón. «Seguro se cayó al suelo» murmuró. Pero sin importar su minuciosa búsqueda, no dio resultado, En un segundo, su pecho se apretó, no dejando pasar aire. Brenda intentó respirar superficialmente; cada pequeña pizca de oxígeno se convirtió en una victoria, hasta que por fin recobró su color. Ya recuperada buscó determinar donde estaba, en ese pequeño anden se encontraba una vidriera agrietada. Detrás debería indicar las paradas y donde se encuentra esta, con la manga de su chaqueta limpió el cristal, poco a poco la suciedad se iba desvaneciendo, y con ello la imagen general del mapa era cada vez más clara, con su vista buscó el punto que marcaba su lugar actual, sus ojos recorrieron cada estación. 126, 157, 192... Su respiración que hasta ese momento tenía controlada se entrecortó nuevamente, la sensación anterior no fue nada en comparación a esta. El punto marcaba 128, nunca antes había escuchado de esa estación, todos los años que tomó el tren, habían grabado en su retina, todo el mapa de rutas, pero jamás escuchó hablar de una con la numeración 128, el número resonó en su cabeza, pero no importaba cuantas vueltas le daba, nunca estuvo ni vio a nadie de allí. decidida a salir de ese lugar, corrió de nuevo al túnel pero al dar un paso dentro. Un fuerte olor metálico y a humedad, invadió su sentido, casi dejándola con dificultades para respirar y tosiendo, quizás otra advertencia de que no debía entrar a ese lugar.

Su espíritu se llenó de valor, entró ignorando como cada fibra de su cuerpo le gritaba que se alejara, mientras más se adentraba, la niebla iba cediendo terreno a una oscuridad más palpable, hasta ser como una manta que apenas la dejaba ver, mientras caminaba, el crujir de la madera podrida de las vías resonaba y un goteo incesante dejaba un eco en todo el lugar, extendió sus brazos intentando no chocar con nada, hasta que sus dedos temblorosamente palparon algo rustico, irregular y húmedo. Su vista, como pudo se acopló parcialmente a la penumbra, logrando ver lo que hasta ese punto solo había podido tocar. Raíces enormes y enredadas cerraban todo el camino adelante, sin dejar si quiera un pequeño espacio para mirar del otro lado, algo parecía no querer dejarla ir, cayó al suelo sin poder creer lo que estaba viendo, esto no tiene ningún maldito sentido, ¿Qué clase de árbol puede hacer esto? pensó. En tan solo un instante su cuerpo Se rindió ante el temor, se levantó de un salto y corrió sin mirar atrás, sus pasos hacían eco en todo el lugar, justo antes de salir, sintió como si alguien le hubiera tomado pie y cayó bruscamente al suelo, gateó hasta llegar a la entrada, aunque el aire era espeso forzó sus pulmones lo más que pudo hasta llenarlos de oxígeno, se sintió un poco mareada, pero ya afuera se sentía segura, caminó hasta la estación una vez más, sin mirar un segundo atrás, al llegar, respiró aliviada y se sentó en un borde que sobresalía del andén, lentamente sus ojos se humedecieron, empezaron a deslizarse pequeñas gotitas por sus mejillas.

—¿Ahora qué hago? No quiero estar aquí, yo quiero estar en casa acostada con mi novio, yo no hice nada malo. —Murmuró al aire.

«¿Por qué alguien me atraería aquí?». Pensó, mientras miraba el suelo y secaba sus lágrimas. Minutos después miró a su alrededor, entre los árboles, escuchó algo moverse, velozmente se acercó, logró distinguir siluetas humanoides que parecían moverse erráticamente, interactuaban entre ellas, como una especie de danza amorfa, aunque dudó por un momento si seguirlas o no. «Quizás sean personas atrapadas como yo... o alguien que pueda ayudarme. Además, si me quedo aquí, cuando anochezca... el frío me matará» Apretó sus dientes decidida y se encaminó sigilosamente a donde había visto las figuras moverse, cuando llegó no encontró a nadie, solo algunas huellas las cuales siguió hasta un camino, sin siquiera titubear empezó a recorrer el sendero siguiendo las huellas, aunque no sabía si era buena idea, era la única opción, la niebla era omnipresente, una sensación de estar siendo observada no la abandonó por más que caminó, miraba atrás, una y otra vez, pero era como si los mismos arboles tuvieran ojos, tras unos metros escuchó como la copa de un árbol se estremecía.

—Que raro debe ser un pájaro muy grande— Susurró para tranquilizarse. al llegar a un camino rocoso, respiró aliviada, quizás allí encontraría ayuda... lo recorrió hasta toparse con un pequeño cartel metálico, el cual estaba mordido por el óxido, decía Bienvenidos a. como si el tiempo mismo lo hubiera consumido.