1 Cómo no me fui antes
Mi turno había terminado hacía una hora, pero por enrollarme con la enfermera con la que lo hago de vez en cuándo, me entretuve de más y aquí sigo aún en el hospital.
Al ir de camino a la salida, el jefe de urgencia me llama.
—Doctora Corven, la necesito en urgencia, vienen cinco ambulancias por un tiroteo.
—Y a mí qué, si soy neurocirujana —levanta una ceja—. Mi turno ya terminó hay otro médico de guardia —doy la vuelta.
—Hizo un juramento hipocrático, doctora Corven, que dice —lo imito modulando mientras le doy la espalda. Volteo y lo observo de mala gana.
—Estás horas las quiero de vuelta. Viejo sin vida —le susurro al pasarle por al lado.
—¿Dijo algo?
—Sí, viejo sin vida —le digo en voz alta, abre y cierra la boca frunciendo el ceño.
—No, porque sea amigo de tu padre, Sabrina, vas a tratarme así —lo dejo hablando solo.
Allegra, una de mis mejores amigas, es la adicta al trabajo, yo soy adicta al dinero, el buen sexo y una vida. Y si me hice cirujana, en realidad fue para demostrar solo que podía hacerlo, más que porque querer hacerlo, amo cada oportunidad en la que los viejos, o gente grande, ven que Corven, de quién tanto hablan y admiran el trabajo en neurocirugía es en realidad su hija, ya que mi padre se jubiló hace años.
Entro a la sala de urgencia de mala gana ya vestida de nuevo para ponerme a salvar vidas y escucho a gente del personal casi que luchar con una mujer que no se queda quieta, parece ser una oficial de policía que discute con ellos.
—Solo cosanme la herida y déjenme volver.
—Señorita.
—Soy Teniente. Me costó bastante ascender así que diganme Teniente Cooper —el enfermero suspira—. La bala entró y salió, no entiendo porque tanto espamento.
—Perdió sangre y...
—Pierdo sangre cada mes, ahora —saca su arma y le apunta a lo que el paramédico alza las manos y algunas enfermeras gritan— solo cose la bendita herida así puedo irme, mi unidad está allí y el desgraciado que vengo siguiendo hace tanto también, no me voy a quedar aquí a que me hagan sana, sana, colita de rana, mientras mis agentes mueren.
Me acerco mientras la urgencia es un caos, sé muy bien que si es policía no puede dispararle a un civil, menos en un hospital, menos si intenta ayudarla y menos aún siendo Teniente, y lo sé porque anduve con un fiscal al cuál escuchaba atenta hasta que dejó de gustarme.
—A ver si nos calmamos —entro colocándome guantes y con una jeringa para tranquilizarla—. Oficial deje el...
—¿Sabina?
«No.puede.ser. Dios me odia ¿Verdad? ¿Es por ser algo homosexual? No, tiene que ser por haberle hecho sexo oral a esa monja en el confesionario ¡No, esto es culpa de la estúpida de Allegra por no retractarse!
La cuestión es que ahora tengo a la Bully que me acosaba en mi adolescencia aquí, la misma idiota que no pronunciaba nunca la R de mi nombre para molestarme, la misma que desapareció hace 15 años frente a mí ahora, siendo una Teniente de policía.
—Tú —digo con una ira naciendo de pronto en mí—. Baja ahora mismo el arma, ni siquiera debes desenfundarla y menos si nadie te apunta. Estás pálida has perdido mucha sangre, de aquí no te vas —ella guarda su arma que ya le empezaba a temblar en la mano.
—¡Me iré de acá, Ricitos, quieras o no!
—Quiero ver que tan lejos llegas, inútil.
—¿Se conocen? —pregunta el paramédico.
—Sí —dice ella.
—No —digo yo y ella frunce el ceño.
—Créeme que yo recuerdo algunas cosas muy bien —me acerco y le pego la cabeza contra la camilla—. Au, eso me dolió ¿Ella me puede tratar así? —le pregunta a él.
—Te trato como me da la gana, llámalo justicia kármica —le digo— ¿No tienes trabajo que hacer? Carter —me dirijo al joven— Yo me encargo.
—Pero eres neurocirujana —replica él.
—¿Insinúas que no puedo o no sé como hacer una sutura de un brazo, porque opero cerebros? —él niega abriendo los ojos grandes— Cierra con la cortina y vete.
—Nerd —me dice ella—. No has cambiado nada, Sabina. Bueno ahora eres neurocirujana, tu padre debería estar orgulloso.
—Lo está. Ahora cállate, sácate el chaleco y déjame trabajar —se saca con dificultad el chaleco y le pido que desabotone su ropa, pero claro que la descarada se saca su camiseta y yo solo me centro en ver la herida—. Al parecer no es nada grave, que lástima, porque no te vas a morir —se ríe.
—Te queda bien el rubio.
Intenta tocarme y le aparto la mano de un golpe, pero también noto que está mareada.
—Estás muy pálida —noto hematomas y al ver el chaleco noto los agujeros—, les diré que te pongan una transfusión —me saco los guantes luego de haberla cosido. Intenta tomar mis manos y me aparto bruscamente— ¡No me toques! —levanta las cejas con sorpresa.
Salgo de ahí dejándola en la camilla con la ropa ensangrentada mientras le voy a avisar a las enfermeras que le coloquen una transfusión, pero al ingresar de vuelta a llevarle un ambo limpio, ella ya no está, ni su ropa, ni su chaleco.
—¡Esta imbécil!
Corro por dónde creo que puede haberse ido y la encuentro apuntando a Carter, el paramédico, que me tiraba, sexy, pero estúpido, ya que ni siquiera prestó atención cuando le dije que ella no puede dispararle y por ende no va a hacerlo.
—No va a dispararte, no puede, ni debe hacerlo.
—Déjame volver.
—Volverás, pero adentro.
—¡No voy a quedarme a jugar al doctor contigo, Sabrina!
—Bueno al parecer si sabes realmente como es mi nombre, solo te hacías la idiota todos estos años atrás ¿Sabes qué, Willow? Vete —miro al joven—, llévala, si algo le pasa ella se hará responsable, déjala a una cuadra del lugar, no creo que llegue muy lejos con la cantidad de sangre que ha perdido es más en cualquier momento... —se desmayó y me acerco a ella pateándola un poco. Luego me agacho cerca de ella y le doy tremenda bofetada que le gira el rostro y le deja la mano marcada —Esa fue por hacer mi vida un infierno —otra más— y esa por desaparecer.
—¿Era necesario ser tan brusca? —pregunta Carter.
—¿Qué? Le empareje los lados, aparte viene de un operativo, nadie va a sospechar nada. Por cierto, no te veo ir por una silla de ruedas —voltea los ojos y se marcha.
Va y vuelve con una silla, la cargamos, le pido una habitación, la pasamos a la camilla y mientras está dormida la esposo a la cama con sus propias esposas, despierta justo a tiempo antes de irme.
—Ah, ya despertaste durmiente.
—¿Qué carajos? —dice despertando desconcertada por donde está— ¿Quién me pegó?
—Tenías un mosquito... en cada mejilla —frunce el ceño— eran enormes como una casa —Ve las esposas—. Tuve que tomar medidas.
—Estás muy comprometida con tu misión espacial, Buzz Lightyear —se mete la mano al bolsillo.
—¿Buscas esto? —le muestro las llaves.
—Dame eso Ricitos de oro ¡Tengo que irme y...! —la callo colocando una mano en su boca y con la otra le pego la cabeza a la cama.
—Escucha versión barata de la Barbie policía. Tu gente ya termino la misión o lo que sea que estaban haciendo, G.I Joe made in China, los escuché hablar por la radio. Ahora harás mi trabajo más sencillo o te duermo para que te calmes —me observa frunciendo el ceño y con la mano libre aparta mi mano de su boca.
—Eres una doctora Sovietica, poco suave, poco pedagógica y nada convencional. Cambiaste Ricitos.
—Y tú sin embargo sigues siendo la misma idiota que buscaba intimidar a los demás —me aparto de ella—. Escucha, imbécil, tengo que irme a una cirugía, estarás aquí hasta mañana, ya hago pasar a tu gente y que te cuenten de la misión y como salió todo —dejo la llave de las esposas bajo su atenta mirada sobre un mueble alto.
—Sabina, espera... —pero marcho igual— ¡Maldita idiota, necesito irme! —me río mientras me marcho.
Termino la cirugía a uno de los delincuentes que en realidad muere en la sala de operaciones y de verdad intente salvarlo, aunque si soy honesta tampoco lo intente tanto. Hay gente que merece morir por ser una mierda, como este mal nacido.
—Hora de muerte —miro el reloj de la pared—. 1:23 a.m. una escoria menos en el mundo.
Digo eso y la mayoría se queda boquiabierto. No soy tan prudente como lo era mi padre, soy tan buena o más que él, pero lo que tengo de buena lo tengo de imprudente y boca floja.
—Interno cierra tú, total no creo que lo mates ya muerto.
Me retiro del quirófano y el director del hospital Joseph Ward es quién me espera del otro lado del vidrio.
—Doctora Corven, tiene que moderar lo que habla.
—No estoy aquí por mi prudencia, estoy aquí porque soy buena en lo que hago.
—Sabrina —me toma el brazo—, tu padre es mi amigo y eres mi ahijada, pero si sigues siendo así de imprudente la junta directiva va a intervenir, y ahí ni yo, ni tu apellido va a salvarte.
—Lo sé, tío.
—No te digo que no te expreses, pero ¿Lo sabes? —asiento— ¿Y vas a...?
—Ser más precavida o intentarlo. Solo quiero irme a casa, ha sido un día extremadamente largo y el idiota de Parker me piyó justo de salida. Yo no soy Allegra y quiero mis horas de vuelta, no quiero que me las paguen.
—Bien, ve a descansar.
Salgo de trabajar y le hablo a la única persona tan dispuesta como yo a salir por un trago a esta hora.
—Hola, imbécil ¿Ya saliste?
—Afirmativo, pedazo de mierda ¿Cuál es tu propuesta?
—Vamos por un trago, invito la primera ronda —lo escucho dudar— y la segunda —escucho que no está convencido—. No seas una rata vividora, Dom.
—Bien —me toca la espalda—, vamos por mis dos rondas gratis.
Es increíble que alguna vez me acosté con este imbécil y ni siquiera estábamos borrachos, solo había mucha química entre nosotros y quisimos probar, y lo que probamos y comprobamos es que a química que tenemos es a nivel de amistad y nada más.
Pero el mayor error de mi vida no fue tirarme a mi amigo, sino haberme enamorado de ella la primera vez, algo que no va a volver a ocurrir.