El depredador.
El sueño empieza a invadirme sentado en la terraza con un cigarro en la mano. Tengo horas aquí sin hacer nada, solo esperando la puta llamada que me confirme que todo va como quiero.
No me dejo vencer y me llevo a los labios otro vaso de whisky que no hace más que quemarme la garganta cuando baja.
Recorro la terraza convencido de cuanto tiempo echaron a la basura mis padres construyendo esta casa para mi futura esposa, cosa que no tendré jamás.
Le doy otra calada al puro y expulso el humo con lentitud. ¿A quién se le ocurre que yo podría enamorarme de alguien? Solo a ella, tan soñadora que eso la condujo a forjar una familia con un hombre incapaz de proporcionarle la seguridad que necesitaba. Sí, hablo de mi madre.
Junto a mi padre murieron en una emboscada preparada por su propio aliado, Ali. Era el líder de la mafia italiana hasta conocer la muerte por mis propias manos; él y el perro al que le dio el encargo que no debía.
Me costó ser quien soy para y llegar a él, pero lo hice. Y eso me posicionó desde una pequeña isla a nivel de los jeques más sanguinarios de la mafia y, lo mejor, sin rostro que puedan reconocer.
Caput, es lo que soy para ellos. Gael Valdez Harden para el mundo, un hombre rico y de moral intachable. Lo hice así haciendo uso de la única hazaña que puedo atribuírsele a mi padre:
«La fachada de la legalidad te da libertad para moverte en ambos mundos».
Esa frase es una de las pocas cosas que me permito recordar de él. Cuando ellos murieron, me dejaron toda una fuente de lavado de activos, empresas reales, otras solo en papel y una gran fortuna. Fue cosa de nada para mí notar que el dinero no es suficiente resguardo en este mundo, sobre todo si tienes socios tan traicioneros. Y yo debía asegurarme de que lo que a ellos les pasó no le volviera a suceder a ningún Valdez.
Hace ya más de 6 años de su partida y de la creación de un imperio el cual lidero.
Solo somos mi hermana y yo, Lía Valdez. En esta familia de dos me he asegurado de que reciba el correcto entrenamiento, que sea capaz de defenderse, que conozca la red y cómo se manejan los negocios. Es perfectamente capaz de rebanarle la garganta en segundos a cualquier sicario; aun así, no lo ha hecho. Le otorgue las competencias para defenderse no para convertirla en mí. Y sí, es un capricho.
El celular vibra sobre la mesa de hierro, vislumbro en la pantalla el nombre culpable de la jaqueca palpitándome la sien con su retraso. Renca. Mi mejor «hombre» de confianza, poseedora de unas curvas tan letales que harían caer a cualquiera.
Me estiro, lo tomo y deslizo el dedo sobre el aparato respondiendo la llama.
—Tardaste. —Le reclamo porque este es un encargo que le asigné desde esta mañana.
—Ese gusano de Sergio Andropov era escurridizo. —La voz de ella llena el ambiente, tan sutil y seductora, aun cuando habla de trabajo. Quién diría que detrás se esconde una de las almas más oscuras del planeta.
—Pero ya tengo su cabeza —continúa diciendo y me termino lo que queda de whisky—. La voy a enviar, empacada, con moño, tal cual lo pediste.
La noticia que recibo me da alivio y satisfacción. Jamás soporté a los Andropov, no solo por su origen ruso, sino porque se creen los más sanguinarios; se les olvida que antes que ellos estoy yo. Le doy otra calada a mi puro antes de hablar. La nicotina es algo que aquieta la necesidad de un estímulo externo, pues suelo aburrirme fácil.
—Mándaselo a Knyaz, quiero que le pongas una nota:
«Cuando los aliados no te sirven, los decapitas, una simbología exacta de que el cuerpo te sirve de una mierda si el cerebro ya se pudrió. Estilo la Bratva. Espero te guste». Caput.
Escucho la risa perversa de Renca a través de la línea.
—Dalo por ejecutado. Es una lástima, me perderé su rostro mientras lea eso —dice y cuelgo.
Mis plantas tocan el piso en cuanto me dirijo a la puerta corrediza; paso el pasillo.
Llevamos años de aliados, casi cuatro. Todo se fue a la mierda desde que el liderazgo se fue a las manos de Knyaz. Según entiendo, los humos se le fueron a la cabeza por haber asesinado al antiguo líder de la Bratva y hacerse dueño de ese puesto. Ahora cree que puede hacer lo mismo conmigo. Mató a varios de mis hombres, me ha hecho perder dinero, destruyendo dos embarcaciones; pese a ello callé, aguardando el momento exacto, y ya había llegado.
Envió a una de sus líderes a representarlo en Midway. Y hoy se lo devuelvo empaquetado porque este es mi territorio; aquí entra y sobrevive solo quien yo quiera que lo haga. Las relaciones comerciales han mantienen, sin embargo, con cada cosa que hacen, penden de un hilo.
«Estúpido, para pasar por encima de mi cabeza tendrías que volver a nacer. Tú solo eres un narcotraficante, un asesino. Yo, en cambio, soy quien permite circular la droga que vendes y las putas que tienes. Sin mí, sin puertos, sin mis conexiones, no tendrías nada por liderar. Desde esta pequeña isla muevo el mundo, cabrón. Hacerme caer a mí no es matar a un simple líder», pienso.
Mantengo el paso llegando a las escaleras que me guían a la sala. Bajo y prosigo a la puerta principal, le echándole mano a las llaves del auto que descansan en la repisa de la entrada.
Una vez fuera subo al Bugatti Chiron, que dejé aparcado sobre el camino empedrado, ese que da la bienvenida a la casa. Ya recibí la noticia esperada, por tanto, es momento de darle atención a otro asunto en la lista. Ya lo he postergado demasiado.
Paso una mano por el volante de cuero negro napa, recorro la textura del hilo rojo sangre, cruzados en forma de espina dorsal que lo decora.
En medio, el emblema es un ave con las alas rotas. Debajo de él, la frase en latín: «Fiat silentium», (que se haga el silencio).
De inmediato el escáner invisible reconoce mi pulso y temperatura. El tablero cobra vida junto a la intervención del sistema CORVUS llenando el espacio. Es una voz grave, sin emoción, que nada más responde a mí.
Bienvenido, señor Gael. Todos los sistemas operativos están activos. Zona asegurada.
El timón es redondo y me proporciona el agarre perfecto cuando alcanzo la velocidad requerida.
—Enciende el motor —ordeno.
El sistema responde y el rugido llega cuando piso el acelerador, aun en parqueo.
Arranco y el portón de negro en la entrada reconoce el vehículo, abriéndose al instante, me da la salida.
No tardo mucho en acelerar sobre el camino empolvado, que abandono tan pronto tengo acceso a la autopista. Las luces de los faroles y los vehículos iluminan mi rostro a la vez que rebaso todo lo que se me atraviesa. No tardo más de quince minutos en llegar a mi destino.
La edificación del hospital central resalta correctamente iluminada, mientras busco un espacio discreto en el cual parquearme.
Me estaciono y le echo mano al traje ridículo de enfermero. Debo ponérmelo para poder ingresar, saco también el carnet que me identifica como empleado de este lugar. Me visto. Con rapidez, emprendo la marcha sintiéndome más que un payaso.
Todo por un cabrón que se metió donde no debía y vio demasiado. Vengo a terminar el trabajo con mis propias manos, ya que Renca le disparó, pero el maldito está en UCI y no lo voy a dejar despertar.
Se supone que es uno de los míos, pero la regla es clara: nadie me ve, solo hablo directamente con Renca, y a este hijo de puta le ganó la curiosidad, por tanto, le llegó la muerte.
Intento escapar buscando refugio en las autoridades siendo un testigo protegido. Gran estupidez; así se hubiera largado de Midway, sería cosa de unas llamadas para localizarlo. En fin, supongo que la desesperación hace a la gente más idiota.
Llego a la entrada y uno de los porteros revisa el carnet antes de darme acceso al hospital.
En el elevador oprimo el tercer piso. La apertura de las puertas me deja en un pasillo poco iluminado. Son las dos de la mañana y no hay prácticamente personal, una de las razones por las que elegí esta hora. Al llegar a la puerta de cristal, paso el carnet por el detector y un pitido se dispara.
La empujo, siendo abordado por una enfermera que me recibe dentro de la unidad con extrañeza.
—¿Eres nuevo? —Su sonrisa es coqueta—. ¿Pensé que me tocaría turno con Karla hoy?
—Pues ya ves que no. —respondo seco; no me interesa en lo más mínimo interactuar con nadie de este lugar. Sigo mi camino llegando al cubículo que buscaba. Hay un pequeño letrero, que lo identifica como Box6.
Deslizo la cortina y el hombre que busco yace entre tubos, lleno de cables que le dan una apariencia moribunda. Es joven, 19 años, rubio y excelente para el combate cuerpo a cuerpo. Es una pena perder tan buen ejemplar.
Un policía lo acompaña. Mis movimientos son calmos. En apariencia, lo que hago es revisar al supuesto paciente bajo la vigilancia de quien lo resguarda. Saco la jeringa empuñándola; acto seguido, volteo incrustando el objeto de golpe en el cuello de quien tuvo la mala suerte de ser el vigilante.
La toxina le quita la capacidad de reaccionar, le arrebata la posibilidad de emitir palabra casi de forma inmediata. A los triadas les gusta inventar, crearon una un ejemplar alterado de la neurotoxina botulínica, tiene los mismos efectos básicos, solo que esta actúa en segundos. El adormecimiento muscular suele ser el primer efecto.
El policía abre los ojos de una manera desorbitada, se va al piso y lo sostengo antes de que el estruendo de la caída alarme a alguien. Lo dejo en el suelo, dentro del cubículo.
Me centro en mi objetivo real, ni entiendo cómo diablos siquiera está vivo si Renca le disparo a la cabeza.
Saco la segunda jeringa, la cual contiene el mismo líquido cristalino, que le pondrá fin a su letargo. Inyecto el contenido directamente en la solución intravenosa. El aparato muestra rallas tornándose rectas, pita y lo apago. Evito con ello que la dichosa enfermera lo escuche.
Espero al menos tres segundos antes de acercarme a su cuello. Palpo el área que me grita la desaparición del pulso. Tiro la jeringa en el zafacón más cercano, marchándome de este agujero; no obstante, antes de atravesar la puerta, la enfermera hace un segundo intento de hablar mientras sigo buscando la salida. Hay gente en este mundo que no tiene ni el más mínimo sentido común; por ello también carecen de orgullo.
Desando la ruta que me trajo hasta aquí. Mis pasos ahora son más acelerados. No me conviene estar en este lugar cuando noten al fallecido.
Freno notando a la mujer que discute con otro doctor como si fuera su empleado. Su voz corta, baja y aun así filosa.
—Tu ineptitud casi le cuesta la vida a este paciente. Lo abriste como si fuera una caja de cartón. ¿Sabes cuántos minutos tardaste en casi matarlo? ¡Doce! Los conté mientras descomprimía su cabeza.
El instinto me incita a prestarle más atención de la que debo. Le reparo de pies a cabeza y esa altivez que posee me causa una fascinación peligrosa.
El doctor hace un amago de hablar, pero ella se marcha dejándole la palabra en la boca y yo sonrío al verla alejarse con esa ausencia de sumisión. Parece una reina. Tuerzo los labios, con los ojos aún puestos en el pasillo por el cual desapareció.
Tiene lo que me gusta. Haré una excepción a causa de ello. Continúo abandonando el jodido hospital yéndome a la parte trasera donde dejé el Bugatti.
Me quito la ropa de enfermero, hastiado de la apariencia de pelagatos, abotono la camisa negra y el pantalón jean oscuro que me caracterizan y finalizo sacando la mochila del asiento del copiloto colgándola en mi hombro.
Regresó a la salida del hospital. En la pared próxima a la puerta, recuesto mi espalda, allí tomo uno de los libros que hay dentro de la mochila. Uno al zar. Resulta ser:
El arte de mentir.
Lo abro sin buscar una página específica, pues no lo leo. Lo que me estoy imaginando es a la pelinegra del pasillo, la misma que estoy esperando ahora. Fijo la vista en mi reloj, son las tres de la mañana y estoy casi seguro de que, con el carácter que se carga, está por atravesar esa puerta.
Pasan unos minutos hasta que escucho el sonido que esperaba, el de las puertas de cristal abriéndose. Llevo el rostro a las páginas.
Se tarda más de lo supuesto en la salida y evito voltear o dar a entender lo que no debo. Finalmente, pasa por mi lado y su aroma me embriaga. Es sándalo, no rosas, no tampoco, no logro determinarlo. Me permito mirarla porque está de espalda a mí.
La firmeza de sus pasos, sumada al movimiento de la tela, le otorga un equilibrio perfecto entre el poder y la sensualidad. Mi mirada sigue descendiendo, lenta, intencional, y me detengo justo ahí; en el contorno de su cadera, en esos glúteos firmes, como hechos para desafiar la imaginación.
—Mierda —susurro, mis labios se curvan y mi mente redacta las mil maneras en las que quiero hacer que me vea como nunca ha mirado a nadie. Porque sí camina como una diosa. Yo seré la causa de que se doblegue.
La bata le cuelga de un brazo y el bolso en el otro. Su cabello está recogido en una coleta y aun así se nota la cabellera exuberante. Es bajita, delgada y de buenas curvas, pero lo que me tiene aquí, observándola, es esa mujer imponente. Me induce unas ganas de verla suplicar.
—Hey —le digo provocando que se gire y me mire con el entrecejo fruncido—. Tu número.
Me oigo exigente pues no le hago una petición. Gira, sus parpados descienden, eso le ofrece la apariencia de verme por encima del hombro, es altanera. Me molesta que su mirada se encuentre con la mía. La gente evade la fijeza de mis ojos frecuentemente, en cambio ella la sostiene. Ayuda menos que se me ponga dura al determinar el marrón bañado por un destello amarillo haciéndolos irreales. El conjunto de unas pestañas abundantes le da un toque divino.
—NO.
Corta las palabras, dispuesta a hablar lo menos posible sin parecer maleducada; su tono deja claro que no le interesa flirtear. Sonrió otra vez porque no esperaba menos de ella y me llena de orgullo saber cuán certero fui.
—¿No al número o no a que sea apropiado? —vuelvo a intervenir impidiendo que se vaya. Ella se toma unos segundos en responderme.
—Ambas.
Mantiene la postura de hacerse la difícil. Así que recurro a la mejor arma: alimentar el ego de tu contrincante. Levanto las manos en señal de rendición.
—Tenía que intentarlo —argumento, sin perder la sonrisa.
Ella se cruza de brazos y me mira extrañada. El hecho de que aún no se haya marchado lo dice todo.
Caíste, princesa.
—Pareces alguien que nunca se deja alcanzar. Y eso me da curiosidad —alego, manteniendo su interés.
Guarda silencio, tratando de parecer inexpresiva, cosa que no funciona conmigo, que a kilómetros puedo oler su duda. Cuento los minutos que se tarda en responder, mientras saco el lapicero del bolsillo delantero de la mochila.
—1808-00180856.
La escucho pronunciar y de inmediato empiezo a anotar en la portada del libro.
—¿No tienes celular? —cuestiona con un deje de burla.
—No pedí tu número para guardarlo de souvenir —increpo.
Tengo poca tolerancia a las preguntas estúpidas.
—Pienso usarlo. —Procuro adoptar esta vez una postura más dócil; este tipo de personas les espanta la imposición, primero hay que ganárselos—. Pero no me gusta depender de los dispositivos electrónicos— Continuó explicándole—, así que no siempre lo tengo encima.
Ella entrecierra los ojos. Hay una chispa de duda hasta que luego, vuelve a su estado natural de mujer inalcanzable. Me da la espalda retomando su andar.
Quedo ahí unos segundos más, permitiéndome volver a observarla. No sé qué historia tiene esta mujer que la hizo construir muros tan altos, pero de repente quiero romperlos. Conocer la herida y lamerla.
Nota de autor:
Si eres nuevo por aquí, sigue leyendo. Caput tendrá alguna que otra corrección y agregaré nombres a los capítulos, ya que está en proceso de autopublicación, pero su estructura seguirá siendo la misma.
Gracias por darle una oportunidad a esta historia. Un beso enorme y gracias por leer. 💜