La Biblioteca de los Animales Olvidados

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Sinopsis

En un rincón olvidado del mundo, existe una biblioteca que nadie visita. No hay lectores. No hay palabras. Solo hay historias que respiran en silencio, y dentro de ellas, la vida de animales que un día fueron abandonados. Cada historia guarda un rescate. Cada línea, una herida que aún no ha cerrado. Allí, entre estanterías polvorientas y susurros que nadie escucha, llega Emma, una joven que ha dejado de hablar… no porque no pueda, sino porque ya no encuentra sentido a hacerlo. Lo que parecía un simple trabajo se convierte en un viaje inesperado: acompañada por perros con miedo a las caricias, gatos que no se dejan mirar, y líneas en blanco que sangran memorias, Emma empieza a entender que su propio silencio también es una historia que merece ser contada. Una novela de ternura y redención, para quienes alguna vez se sintieron como un animal perdido. Para quienes todavía esperan que alguien lea lo que llevan por dentro.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
𝓪.𝓶.𝓬
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Chapter 1: Un espacio sin nombre


Emma llegó a casa a las 10:30 p. m., como cada noche. Cerró la puerta con suavidad, como si no quisiera molestar a nadie, aunque no había nadie a quien molestar.

Se quitó los zapatos sin encender las luces. Sabía de memoria cuántos pasos había del pasillo al baño. Cuántos del baño a la cocina. Cuántos desde el sofá —que no usaba— hasta su cama, donde caía rendida, más por rutina que por sueño.

El vapor llenó el espejo mientras se duchaba. El agua tibia no la relajaba, pero al menos le recordaba que seguía ahí. Que su cuerpo aún era cuerpo. Que el día había terminado.

Cuando salió envuelta en una toalla, escuchó el timbre suave del celular.

—¿Hola? —preguntó, sin mirar la pantalla.

—¡Al fin contestas! ¿Te fuiste a vivir a una cueva o qué?

Emma sonrió apenas. Era su mejor amiga. Su única amiga, en realidad. No se veían mucho, pero cuando hablaban, era como si nada hubiese cambiado.

—Estoy cansada —dijo Emma.

—Siempre estás cansada. No me digas que otra vez doble turno.

—Biblioteca en la mañana. Tienda de dulces en la tarde. Y repetir mañana.

—Emma… ¿tú estás bien?

Silencio.

—Estoy sobreviviendo. Supongo.

Del otro lado, su amiga suspiró. Pero no insistió. Nunca lo hacía. Solo le contó lo que había comido, que el gato nuevo de su vecina la odia, y que soñó con una palmera gigante que hablaba. Lo de siempre.

Cuando colgaron, Emma se sentó en el borde de la cama, todavía con el cabello mojado, mirando la nada como si esperara algo.

Nadie toca puertas vacías. Nadie escucha a quien no habla.

A las seis de la mañana del día siguiente, la alarma sonó. Emma se vistió en silencio, recogió su bolso y salió hacia la biblioteca. A las 7:30 a. m. ya estaba dentro.

Los libros olían a años sin ser abiertos. A polvo, a olvido. No eran libros actuales, ni interesantes. Eran aburridos, desactualizados, y estaban ahí solo por inercia.

La biblioteca no era ni fría ni cálida. Era un espacio que existía entre el aire, donde nadie entra, donde nadie pregunta.

Ese día, como todos los demás, no entró nadie.

Emma pasó sus horas limpiando, alineando lomos torcidos, respirando un aire estancado. Pensaba en nada. Pensaba en todo.

A las tres de la tarde, mientras organizaba la sección de historia —una que nadie visitaba— notó un hueco extraño entre dos tomos gruesos.

Había un libro delgado, pálido, casi imperceptible. No tenía título. No tenía letras. Ni siquiera parecía tener textura.

Lo sacó con cuidado.

—¿Y tú de dónde saliste? —murmuró.

Era completamente liso. Emma lo abrió. Vacío. Cada página estaba en blanco. Cada hoja, silenciosa.

Frunció el ceño.

—Esto no tiene sentido…

Siguió hojeando. Una a una, las hojas pasaban sin dejar huella, pero algo cambió.

El aire pareció estremecerse.

Emma se quedó quieta. El silencio se volvió distinto, más pesado, como si contuviera una respiración que no era suya.

Giró la cabeza. Nada. Todo seguía igual.

Y entonces lo sintió.

Una especie de tirón. Una presencia invisible pero clara. Como si alguien hubiese abierto una puerta que solo ella podía ver. Como si algo —o alguien— la invitara a cruzar.

Emma tragó saliva.

—Esto es una locura… —susurró, pero no cerró el libro.

Ni dio un paso atrás.

Porque a pesar de todo, de las rutinas grises, de los silencios eternos, de los días idénticos que pasaban sin nombre…

Su alma, dentro de todo, se mantenía con vida.

Y al fin, no tenía nada que perder.

Con una fuerza callada.

Con una mirada que, aunque cansada, seguía intentando superarlo todo.