RUPTURAS
Tuve una pesadilla.
Me desperté agitado, jadeando, el corazón a punto de salir del pecho. Mi hermana gemela entró corriendo a la habitación.
—¡¡Oliver, ¿qué pasó?! —gritó, encendiendo la luz de inmediato.
La claridad me golpeó los ojos, y entonces lo noté: estaba en el suelo, al lado de mi cama. Ahora entendía por qué ella había venido a auxiliarme.
—N-no pasó nada —murmuré, muerto de vergüenza, mientras me incorporaba y recogía las sábanas con rapidez.
—¡Ah, estúpido! Me asustaste. Pensé que te había pasado algo peor que... caerte de la cama —dijo soltando una carcajada sonora, tan fuerte que seguramente despertó a todos en casa.
Intenté taparle la boca, pero ella reaccionó mordiéndome con fuerza. Al final, fue peor para ella: terminó quejándose del dolor mientras se sobaba los dientes.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclamó una voz fría desde la puerta.
Era una mujer demasiado alta, aunque no la reconocía como mi madre. Nunca la sentí como tal.
—Otra vez tú —dijo, con el rostro lleno de desagrado. Yo solo pude bajar la mirada hacia el suelo.
—Claro... siempre eres tú —añadió con desprecio, antes de alejarse rápidamente de la habitación.
Mi hermana se quedó mirándome. No dijo nada, pero en sus ojos vi claramente lo que intentaba ocultar: lástima.
—Perdón, no quise causar esto —murmuró Olivia, cerrando la puerta mientras susurraba.
—Ya estoy acostumbrado —le respondí con una sonrisa forzada, y me dirigí de nuevo a mi cama.
Pero ni siquiera pude volver a dormirme. Entre la pesadilla y la caída, ya no tenía caso. Justo en ese momento sonó la alarma. Me levanté con desgano y empecé a arreglarme.
Olivia y yo asistíamos a una preparatoria demasiado privilegiada para lo que realmente éramos. Nuestra hermana mayor, Stephania, era quien nos llevaba cada mañana antes de ir a la universidad.
—¡Oye, saco de basura, muévete! Ese es el lugar de mis cosas —soltó Stephania mientras lanzaba su mochila al asiento.
—¡Fani, no le digas así a Oliver! —protestó Olivia con tono protector, aunque enseguida añadió, riendo—. Es mi sirviente, yo soy la que debería decirle eso.
Su risa resonó por todo el auto. Intenté ignorarla.
—Bueno, al menos yo sí puedo andar por ahí vagando y ustedes no —respondí mientras bajaba del coche, cerrándole la puerta en la cara a Olivia.
Fue ahí cuando noté que ya habíamos llegado a la preparatoria. Como siempre, todos se quedaron mirando. Algunos corrieron a ayudar a Olivia, la “diosa del campus”, mientras que yo seguía siendo... su sombra. Su sirviente. No le di importancia y me encaminé a la entrada. Justo cuando iba entrando, vi cómo le cerraban la puerta en la cara a Olivia. No pude evitar reírme.
Después de eso, llegó la hora de entrar a clases. Mi aula estaba al otro extremo del enorme patio. Esquivando balones, alumnos y bebidas derramadas, finalmente logré llegar. Pero claro, como siempre, al abrir la puerta me tropecé y caí estrepitosamente al suelo. Las risas se escucharon por todo el salón. Algunos se burlaban, otros me miraban con desprecio.
Me levanté rápido, disimulando la vergüenza, y caminé hasta mi butaca. A mi lado estaba sentado Aiden Smith, el chico más serio —y probablemente más antisocial— de todo el colegio. Su sola presencia incomodaba a cualquiera. Yo, sin embargo, ya estaba acostumbrado. Por eso la maestra me había puesto a su lado.
—H-hola —saludé con una voz baja mientras me sentaba. Nunca esperaba respuesta de su parte; para él, yo no existía.
Pero esta vez, para mi sorpresa, me miró con desagrado. Eso ya era nuevo: al menos me estaba registrando.
—Ahj... ¿Aiden, hiciste tu parte de la tarea? —pregunté, mirándolo con cierta resignación.
—¡¡¿Por qué preguntas si ya sabes la respuesta?!! —bufó con molestia.
Solo le sonreí. Me dispuse a hacer su parte lo más rápido que pude, pero justo entonces llegó la maestra.
—Oliver, deja de hacer la tarea de tu compañero —dijo, mirándome de reojo mientras me arrebataba el cuaderno.
—Chicos, si su compañero no hizo nada, ustedes no deben preocuparse —continuó, y luego me dirigió una sonrisa condescendiente—. Que sea la última vez, Oliver.—Y por cierto —agregó, ahora más seria—, como proyecto final harán una investigación sobre química orgánica. Esta vez tendrán tres semanas.
Volvió su mirada hacia Aiden:
—Y tú, Aiden, sé consciente. Aunque sea amiga de tu familia, no quiere decir que siempre voy a aprobarte las cosas.
Terminada la clase, salimos del aula. Los equipos habían quedado iguales, así que tuve que seguir a Aiden, intentando al menos hablar con él y acordar algo...
—¿Por qué me sigues, inútil? —replicó Aiden, volteando hacia mí con fastidio—. ¿Acaso no tienes amigos a quienes molestar?
—Todos aquí saben que no tengo amigos —respondí con seriedad—. Te sigo porque quiero hacer un acuerdo para el proyecto. Tenemos que tomárnoslo en serio. Yo quiero estudiar Bioquímica en la universidad... y esto definitivamente no me está ayudando.
—¿Y a mí qué me importa? —bufó, volviendo a caminar.
Llegamos hasta la salida de la preparatoria. De pronto, Aiden se detuvo. Se quedó observando los alrededores por unos segundos, lo cual me confundió.
—¿Ella es tu hermana, no?
Volteé hacia la derecha. Allí estaba Olivia... pero algo no estaba bien. Lo supe con solo verla. Su rostro estaba pálido, su mirada inquieta.
—Sí, es mi hermana —respondí.
Cuando volví a mirar a Aiden, noté su expresión de desagrado.
—Bien... ¿qué tal si hacemos el proyecto en tu casa? —me propuso con una sonrisa perturbadora.
—Mmmh... mi familia no permite tener invitados —le dije con preocupación. Algo en Olivia no me dejaba tranquilo. Esa expresión no era normal.
—Bueno, entonces no hacemos el proyecto —dijo con indiferencia, caminando hacia un auto estacionado frente a la escuela.
Dudé. Pero al verlo subirse al auto, lo seguí apresurado.
—¡Está bien! —alcé la voz—. Pero solo hasta las seis de la tarde.
Aiden me dirigió una sonrisa fingida, pero al menos parecía haber aceptado. Supongo que eso era un acuerdo.
Me fui directo con Olivia, para ayudarla. La llevé a los baños de la preparatoria.
—¡¡¿Por qué mierda no trajiste el suministro?!! —espetó. La cubrí con mi suéter de inmediato.
—¡No necesito tu estúpida ayuda! —gritó, empujándome con fuerza contra el lavamanos.
—¡Maldita! —solté, sintiendo el dolor punzante del golpe.
—¡Tú no vives con este dolor, porque eres un simple HUMANO! —gritó. Sus ojos se tornaron diferentes. Traté de ocultarlos, pero antes de que pudiera hacer algo más, me golpeó otra vez con una fuerza brutal.
—¡¿SABES QUÉ?! ¡MEJOR VETE AL CARAJO! —grité de vuelta, levantándome y yendo hacia la puerta. Pero justo cuando estaba a punto de salir, escuché su respiración agitada. Me detuve.
Volteé... y entonces lo vi. Lo que más temía.
Sus colmillos. Largos, filosos. Asomaban de su boca, y sus ojos brillaban con una mirada hambrienta.
Por un momento olvidé que yo era solo un humano.
Cerré la puerta con seguro y retrocedí, mientras los golpes violentos de Olivia comenzaban a sacudir la puerta.
Tuve que llamar a nuestro hermano mayor.
—¿Qué pasó, cobarde? —dijo André al llegar—. Ah, cierto... no puedes manejar esta situación.
Entró sin más al baño, y en segundos, le inyectó un tranquilizante a Olivia.
—Sí, ya lo saben... Bueno, me voy. Tengo que hacer un trabajo —dije tomando mi mochila y el suéter del suelo.
—Ah, cierto. De hecho, tu “amigo” ya lleva un rato esperando... junto con su hermano —añadió André mientras cargaba a Olivia al hombro como si fuera un saco de papas—. Ven, te llevaré.
Subimos al auto. El camino duró unos treinta minutos. Al llegar, efectivamente, Aiden estaba allí, sentado en el porche como si llevara horas.
Apenas el auto se detuvo, salí corriendo hacia él.
—Lo siento, tuve un asunto urgente —dije agitado, acomodando la mochila al hombro.
—Como sea... —respondió sin el menor interés. Solo pude sonreír de lado.
—Bueno… pues, ¿a qué entrar? —intenté animar un poco la situación.
Los dos hermanos se levantaron, pero justo cuando iba a abrir la puerta de casa, André se interpuso, cruzado de brazos.
—Inútil. Sabes que no podemos recibir visitas —me miró con esa expresión suya... entre desprecio y cansancio.
—Lo sé, pero solo será un momento. Además, esto define si entro o no a la universidad para estudiar Bioquímica —puse cara de súplica, aunque sabía que con André eso no servía de mucho.
—Mira, Oliver... sabes que te apoyo con esa carrera, pero también sabes cuáles son las reglas —dijo sin apartar la vista. Esta vez, su desagrado no era conmigo.
—Ay, por favor, André, solo deja que hagan el proyecto y ya —intervino el hermano de Aiden, con un tono sarcástico que encendió aún más la tensión.
—¿Y por qué no van a tu casa, Nick? —replicó André, clavándole una mirada desafiante.
—Bueno, André... está bien, pero no quiero que vengas con reclamos si le llega a pasar algo a tu hermanito —respondió Nick con burla, pero no terminó la frase. Fue interrumpido.
En un segundo, André ya estaba frente a él, agarrándolo por la camisa con fuerza.
—¡Maldito infeliz! —gruñó entre dientes. Vi un pequeño destello azul en sus ojos... y eso me alarmó. Demasiado.
Intervine enseguida, colocándome entre ellos.
—¡Wow! ¡Ya son las seis! Creo que será mejor hacer el proyecto en la escuela, ¿qué te parece, Aiden? —mi voz temblaba un poco, al igual que mis manos. El sudor me corría por la frente. No quería que esto se saliera de control.
—Como sea... —respondió Aiden, dándose media vuelta. Agarró a su hermano por la camisa y se lo llevó sin decir más.
Yo solo pude suspirar con fuerza… y luego solté un golpe sobre la cabeza de André.
—¡¡¡Estúpido!!! —grité antes de entrar corriendo a la casa.
Subí rápido a mi habitación. No quería ver a nadie. No quería hablar. Solo quería respirar... pero entonces escuché pasos. Lentos, pesados. Venían justo detrás de mí.
—¡¡¡OYE, ERA POR TU PROPIO BIEN! ¡TE DEFENDÍ, DEBERÍAS AGRADECER ESO!!! —gritó André desde el pasillo, con la voz tan cargada de furia como siempre.
—¡¡¡¿Y ASÍ ARRUINASTE MI OPORTUNIDAD DE QUE AIDEN TRABAJARA CONMIGO?! ¿MI OPORTUNIDAD PARA ENTRAR A BIOQUÍMICA?! ¡¡¡ESTABA TAN CERCA!!! —le grité con la garganta ardiendo, cerrándole la puerta con tanta fuerza que el marco tembló.
Silencio.
Solo el sonido de mi respiración agitada. Y entonces...
—¡¡Por si no lo sabes... mi madre te sacó de la lista para la universidad Shetnan!!
El mundo se detuvo.
Mi mente se quedó en blanco.
Shetnan... mi única meta. Mi única salida.Y ahora… ¿ni siquiera eso?
Una presión en el pecho me ahogó. Las piernas me fallaron. Me dejé caer al suelo, con la espalda contra la puerta, y sentí cómo las lágrimas comenzaban a correr. No pude detenerlas. No quise.
Todo había sido en vano.
La puerta se abrió lentamente. André entró. Me miró, su rostro inexpresivo. Su voz suave, pero vacía.
—L-lo siento… no quise decir eso.
Lo miré, con los ojos nublados, el corazón hecho trizas.
—Pues eso exactamente dijiste… —susurré. Mi voz quebrada apenas salía.
Hice una pausa. Un nudo me cerraba la garganta.
—¿Sabes siquiera lo miserable que soy?¿Tienes idea de cómo es levantarte todos los días sabiendo que en esta casa nadie te quiere?¿Que nada de lo que hagas será suficiente?¿Que ni siquiera me ven como parte de esta familia?
Mi voz se quebró en el último tramo. Sentía la rabia y el dolor mezclarse como un veneno.
André no dijo nada.
No intentó acercarse.
No me abrazó.
No pidió perdón.
Solo me miró... como si fuera un problema más que tenía que cargar.
Y entonces lo entendí.
No era parte de ellos.Nunca lo fui.Nunca lo seré.
Me puse de pie. Caminé lentamente hacia él, con el rostro empapado y la mirada vacía.
—Gracias por confirmarlo —susurré.
Pasé a su lado. No me detuvo. No me dijo nada. Solo se quedó allí, parado. Inmóvil.Como siempre.
Subí las escaleras. Paso a paso. Sintiendo cómo algo dentro de mí moría un poco más.Fui a la habitación de mi padre ya que era un lugar el cual me consolaba. Cerré la puerta.
Y esta vez, no lloré.
Solo me dejé caer sobre el suelo.En silencio.Solo.Completamente solo