El Desertor

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Sinopsis

Huir no siempre es de cobardes; a veces, retroceder nos permite sobrevivir, ver un panorama más amplio e incluso tomar impulso para un nuevo viaje. Esta es la historia de Isaías, quien huyó de una guerra. ¿Fue cobardía? ¿O hay algo más de lo que cuentan esos pasos rápidos?

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Vargus Drakan
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Un solo paso

Habían pasado pocas horas desde el amanecer, cuando el sonido de metal chocando, los gritos y el olor del campo de batalla inundaban los sentidos de Isaías. La gran entereza y el fervor con la que él mismo se dirigía hacia la contienda se fueron apagando poco a poco, como un fuego moribundo bajo la llovizna incesante que empapaba la llanura, y su propio espíritu parecía perderse y disolverse entre la ligera neblina que lo rodeaba. Él no pudo avanzar más para reforzar la línea frontal. Anonadado e impotente, observó lo que le depararía metros adelante. Intentó tomar fuerzas y pensar por qué llegó hasta allí. Su patria lo había mandado para defender sus tierras; su familia lo había enviado por gloria; su prometida lo despidió con la esperanza de que regresara como un héroe ante todos. Pero él, con los pies enraizados y su espada temblando, solo tenía un pensamiento que se repetía como el relinchar de los caballos y los quejidos de dolor, que apenas podía escuchar fuera del invasivo sonido de su corazón: “Quiero vivir”, una simple idea que cruzó su mente ante la carnicería que se erguía delante de él. Un paso, uno solo, fue suficiente para sellar su destino. Retrocedió y como si de un cuerpo de caballería se tratase al ver a los enemigos, aceleró el paso, rápido, más y más. Su espada cayó y él, sin mirar atrás, se convirtió en un desertor.

Los sonidos se iban atenuando conforme huía; los gritos y estruendos de la batalla se hacían distantes, ahora parecían susurros cargados de maldiciones. Eran simplemente molestos, e Isaías deseaba que se terminaran de alguna forma. No supo cuánto corrió; su cuerpo parecía no sentir cansancio, su pecho subía y bajaba rápidamente, y sus piernas parecían estar hechas de acero. Las pisadas eran firmes y veloces, dispuestas a no detenerse ante los obstáculos del terreno. Su larga carrera parecía no tener fin, pero, conforme el tiempo transcurría, el avance se hacía más lento y pausado.

Por fin libre del pánico, comenzó a aclarar su mente. Lo primero que notó fue el dolor de sus extremidades y el leve temblor que acompañaba cada paso, ahora notablemente más lento y con una carga de fatiga sobre él. Comprendió que su cuerpo estaba llegando a su límite, que si se detenía e intentaba tomar un descanso, las fuerzas terminarían por abandonarlo y lo invadiría la somnolencia, quedando desmayado en plena intemperie, así que continuó su camino. Miró a su alrededor; entre el sudor que le recorría la cara y el cansancio acumulado, le resultaba difícil enfocar su mirada. Afortunadamente, su yelmo no le estorbaba gracias a la gran abertura frontal, y sus ojos vagaban en busca de algún matorral cercano donde tumbarse y esperar no ser atrapado por los hombres de un Mariscal de Campo. Si fuese así, su destino estaría sellado —la horca sería el castigo más indulgente que podría enfrentar.

Había recorrido un extenso tramo de terreno, y los pequeños grupos de árboles que dejaba atrás se hacían cada vez más frecuentes. Sin embargo, la mayoría eran pinos delgados, relativamente jóvenes y pequeños, desprovistos de la maleza necesaria para ofrecer refugio, incapaces de esconder su voluminosa figura. Su desesperada carrera lo había desorientado por completo; creía haber huido en una dirección cercana al campamento de las tropas reales, pero el paisaje le gritaba lo contrario.

Su andar se ralentizó a un pequeño trote, casi como un ejercicio matutino o un calentamiento fuera de las barracas, esos que Isaías solía realizar con disciplina cada amanecer, aunque ahora su cuerpo lo obligaba a ese ritmo por pura extenuación. Empezó a ascender y descender pequeñas colinas, un terreno que el ejército no había atravesado en su marcha hacia la batalla. Luego, en el descenso de una pendiente, divisó a lo lejos una línea verde que se volvía más prominente con cada zancada. Era justo lo que esperaba: ¡un bosque! Los árboles dispersos que había dejado atrás le habían confirmado que ese era el camino hacia su salvación, así que no cambió el rumbo. Ahora, con el objetivo a la vista, apretó los dientes y con pura fuerza de voluntad, siguió su paso firme hacia aquel mar de árboles.

Ahora cada paso estaba acompañado de un trastabillar, pues las fuerzas de Isaías menguaban con el avance. Sus pisadas, antes poderosas, se habían convertido en un torpe arrastrar y desgarrador esfuerzo. Aquella oportunidad de salir impune del castigo que recibiría si las unidades de búsqueda lo encontraran se había convertido en su tormento. Podía ver el bosque, o al menos su silueta. Ya totalmente exhausto, su cuerpo le exigía detenerse. Sus párpados eran pesados, casi no distinguía su entorno, se encontraba mareado. Su marcha ya no lo llevaba hacia el frente como un poderoso corcel trotando por las praderas; ahora simplemente lo impulsaba lentamente y hacia los costados de vez en cuando, dificultando su avance cada vez más, como si de un animal herido se tratase dando sus últimos pasos hacia su cruel final. Su boca estaba abierta y jadeante, tratando de tragar grandes bocanadas de aire en busca de mantener su conciencia a flote. Su ya deteriorado cuerpo se movía por terquedad y el poco ímpetu que le quedaba, pero aun así la distancia que lo separaba de su escondite y probable escape era considerablemente amplia.

Cada pequeño paso que lograba dar, cada tambaleo que no resultaba en un desplome, se sentían como victoria, como un gran logro para el agotado Isaías. La distancia que recorrió y los obstáculos que superó con gran agilidad resultaron numerosos; sin duda alguna, cualquier otra persona en su situación se habría derrumbado a mitad de camino. Pero ahora, casi al final del que podría ser el día más difícil de su vida, con la esperanza de descansar y pasar desapercibido en la espesura del bosque, la ironía lo golpeó: el único obstáculo que no percibió lo detuvo. No las colinas que dificultaron su avance, ni el terreno lodoso por la lluvia, ni los soldados del ejército que seguramente patrullaban en busca de aplicar su merecido castigo, ni siquiera sus piernas que temblaban de dolor como implorando por detenerse. Lo que lo detuvo: una pequeña piedra enterrada en el camino. Su propia concentración lo traicionó, su vista absorta, perdida entre las ramas de los árboles que apenas podía divisar por sus cansados párpados, le jugó una mala pasada. El anhelo de terminar su andar lo cegó a todo lo demás, y por eso su bota de metal impactó aquel diminuto guijarro, tropezando de manera inevitable.

Su cuerpo se inclinó hacia adelante, seguido de un par de pasos rápidos. Era la inercia del golpe. Abrió los ojos al sentir que su cuerpo, incontrolable, comenzaba a desplomarse. Por un reflejo instintivo, echó la cabeza y el torso hacia atrás para recuperar el equilibrio, pero era un acto completamente fútil. A duras penas, logró cambiar la trayectoria y cayó como un peso muerto, aterrizando de rodillas.

—¡Aaaah! —Un alarido breve salió de sus labios secos y agrietados, que ahora contrastaban de forma cruel con el barro húmedo y las pequeñas rocas del suelo. El lodo salpicó su armadura, como si la tierra misma lo estuviera abrazando para brindarle su último lugar de descanso. Al sentir el golpe en sus rodillas, los músculos, ya debilitados, no pudieron tensarse para aminorar la caída. El dolor pasó por su columna vertebral, recorriendo su cuerpo hasta la cabeza y obligándolo a levantar la vista hacia el cielo. Cerró los ojos con fuerza por la intensa sensación que lo abrumaba. De forma instintiva, sus puños se cerraron mientras cruzaba los brazos sobre su abdomen, encorvándose sobre sí mismo como buscando consuelo.

—¡Maldito reino y su guerra! ¡Malditos los que se decían ser mi familia! ¡Que se pudran todos! —gritó, aún con la cabeza agachada y temblando de dolor.

—¡Mierda! ¡Que su muerte sea peor que la mía! Estarán en agonía, bastardos; ninguno se salvará —comenzó a soltar maldiciones que parecían desahogar su alma cansada. Gritos roncos brotaban de su garganta reseca, la cual anhelaba el alivio de un trago de agua o el dulce néctar de un buen vaso de cerveza que alguna vez compartió con sus compañeros en las tabernas.

—Estúpido rey, nos condenaste a todos por el bastardo de tu hijo. Al menos el hijo de puta morirá pronto, jejejeje —al final, acabó mascullando las palabras y riendo tristemente con la mirada perdida en el cielo, ahora rojo por el ocaso que se hacía más prominente. Se quedó así un momento, respirando con dificultad después de su arrebato. Notó que el cielo ya estaba despejado, libre de los nubarrones que habían azotado la región desde que el ejército partiera a estas planicies una semana antes. La luz del atardecer iluminaba el entorno; los árboles del bosque, que se encontraban a unos 68 pasos de distancia, se tiñeron con la luz del atardecer. Parecía que la luz se abría paso entre el follaje y bañaba el bosque, como si intentara burlarse de Isaías, señalando su meta, pero sin el poder de alcanzarla. No era una distancia grande para él si estuviera en su mejor estado, pero en lo precario de su situación, ni siquiera podía ponerse en pie.

Intentó dar fuerzas a sus piernas, pero estas se negaban a responder. Las sentía entumecidas por el golpe y la posición tampoco le favorecía. Por pura frustración, golpeó sus muslos cubiertos con su ahora sucia armadura.

—Por la Diosa, muévanse, maldita sea, no me fallen ahora —acabó murmurando Isaías, y sus manos, lánguidas, cayeron a los costados como en señal de rendición. Su mirada estaba fija en la tierra; su figura era lamentable. El cuadro que se formaba en ese momento era el epítome exacto de la derrota.

Alzó su cara por última vez, observando cómo la oscuridad comenzaba a envolver el horizonte, y cerró los ojos con pesar. Su aliento se comenzó a relajar, camino a volverse un leve suspiro, y el cansancio amenazaba con volverse una calma solemne. Poco a poco, perdía la lucidez. Las imágenes que vio en el campo de batalla se entremezclaron con los recuerdos de su vida, pasando como un velo que lo cubría en un letargo amargo.

Lentamente ante sus ojos, pasaron sus días como soldado, sus compañeros, los días de entrenamiento y sufrimiento, cómo marcharon juntos con la idea de salir triunfantes, las fogatas y las canciones, los días de invierno junto a la chimenea en la gran mansión, la mirada indiferente de su padre, los paseos de amor calculado que le ofrecía su prometida, y, al final, su último recuerdo: una ventana, un atardecer y una mujer postrada en una cama... Como si el tiempo se detuviera, algo se apretó en su pecho, su garganta se contrajo y, como si de una pequeña brasa se tratase que, al encontrarse con una yesca, su voluntad se encendió como una llama, respiró hondo, balanceó su cuerpo hacia adelante y se postró con las manos en el suelo.

—¡Me niego a morir así! ¡Aun si tengo que arrastrarme como un perro, no voy a rendirme! —Con las manos apoyadas en la tierra, comenzó a arrastrarse. Sus ojos solo podían observar la tierra que araba con las manos y el metal de sus guantes perdiendo su lustre ante ella. Solo pudo mover su cuerpo casi inerte unas decenas de pies de distancia cuando algo le golpeó la cabeza, cortando su último hilo de conciencia. Se sumergió en una oscuridad abismal. Lo último que escuchó fue algo moviéndose entre los matorrales y acercándose, el sonido del metal de su yelmo al chocar contra el suelo, que marcó el final de su huida. El tintineo de su armadura sonó tristemente perdiéndose en la inmensidad del paisaje.