El enigma de tu recuerdo

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Sinopsis

«Desperté sin pasado, solo con un nombre... y un hombre que acecha mis sueños. Pero en un mundo donde la magia arde y los secretos pueden matar, el amor podría ser el hechizo más peligroso de todos». Sus recuerdos se han perdido. Sus poderes, no. Evangeline Harris despierta sin pasado ni recuerdos, solo con la persistente sensación de que algo, o alguien, le falta. Entonces, empieza a soñar con él. Un desconocido con una voz que ella reconoce. Un tacto que se siente como un hogar. Una conexión que no puede explicar… ni evitar. Sin embargo, a medida que sus recuerdos comienzan a regresar, la verdad se vuelve más oscura. Existe un poderoso artefacto por el que todos están dispuestos a matar. Y, de algún modo, Eva es la clave para encontrarlo. Mientras el peligro la acecha, se ve obligada a cuestionarlo todo: qué es real, qué es una ilusión… y si el hombre de sus sueños es su salvación… o su perdición. Porque recordar la verdad podría costarle todo. Y olvidarlo a él podría costarle aún más.

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Capítulo 1 - EVANGELINE

Su rostro fue lo primero que vi.

No las paredes pálidas. Ni la luz parpadeante sobre mí. Solo él: alto, delgado, descansando contra el borde de la cama como si fuera su lugar.

Su cabello era oscuro, probablemente negro, despeinado lo justo para parecer que no se había esforzado. Unos cuantos mechones caían sobre su frente, dándole un encanto descuidado y natural.

Sus rasgos eran suaves, casi tranquilos, pero sus ojos decían algo completamente distinto. Oscuros y tormentosos, brillaban con emociones que no podía nombrar. Había algo roto en ellos. Incluso algo familiar. Pero la luz de la habitación era demasiado tenue para verlo con claridad... o quizás yo simplemente no estaba lista para hacerlo.

—¿Qué puedes decirme hoy, Evangeline?

La voz me hizo volver en sí.

Parpadeé y el hombre desapareció.

La habitación se transformó de nuevo en el consultorio de la doctora Richardson, tan silencioso y clínico como siempre.

El suave tictac del reloj sobre la estantería era el único sonido, aparte de mi propia respiración. Su oficina estaba diseñada para dar comodidad, con una calma estéril. Las paredes eran de un blanco puro, sin marcas, casi demasiado limpias, como si no tuvieran historia. Igual que yo.

Una pared entera era de cristal y ofrecía una vista amplia y despejada del horizonte de Chicago. Torres elegantes de cristal y acero se alzaban hacia las nubes, y sus reflejos se extendían sobre la superficie brillante del río. Los barcos pasaban a la deriva sin ninguna prisa. El tráfico en Wacker Drive se movía en corrientes pacientes y brillantes allá abajo, lejos de mi realidad. Desde aquí arriba, la ciudad parecía demasiado ordenada, como un lugar al que no pertenezco del todo.

A lo lejos, alcancé a oír el sonido ahogado de una sirena, distante y desvaneciéndose. La vida seguía su curso. Solo que la mía no.

El mobiliario era moderno y minimalista, todo en gris oscuro y azul marino, dispuesto con precisión clínica. Una sola orquídea, amarilla con venas rosadas, reposaba en una maceta blanca sobre el escritorio de la doctora Richardson; era el único toque de color en la estancia.

Un toque de lavanda emanaba del difusor en la repisa detrás de su escritorio, ocultando el olor clínico a cera para pisos.

Me senté en un sofá gris bajo, de cojines más firmes de lo que aparentaban, y crucé una pierna sobre la otra, apretando los dedos alrededor de la manga de mi chaqueta. Una mesa de centro de madera oscura se extendía entre la doctora y yo, con su superficie vacía, salvo por una caja de pañuelos plateada y una taza de cerámica que decía «Confía en el proceso».

Ella estaba sentada frente a mí, con las piernas cruzadas y el portapapeles en el regazo. Su cabello rubio y lacio caía justo debajo de los hombros, sin un solo mechón fuera de su sitio. Incluso su forma de ajustarse las gafas, deslizándolas hasta la punta de la nariz, parecía ensayada, como si lo hubiera hecho miles de veces.

¿Qué se suponía que debía decir hoy? ¿Lo mismo del sueño otra vez? ¿Creería que estoy mal de la cabeza por obsesionarme con el rostro de un extraño?

Apreté los labios y respiré hondo cuando ella se inclinó hacia adelante en su asiento.

—Nada nuevo ni especial —respondí finalmente a su pregunta.

Ella asintió mientras escribía en su portapapeles.

—¿Hay algo que te gustaría compartir? —preguntó, como si buscara una confesión.

Inhalé aire con fuerza.

—Bueno —comencé—, no es nuevo, pero me molesta.

Ella inclinó la cabeza, estudiándome con atención. —¿Te gustaría contarme?

Tragué saliva.

—Es el mismo sueño que sigo teniendo.

Ella asintió con comprensión y se quitó las gafas.

—¿Sobre el hombre alto, oscuro y misterioso? —cuestionó.

Volví a tragar saliva.

—Pero cada vez es distinto —intenté explicar—. Como si cada vez que sueño con él, viera algo nuevo.

Ella arqueó una ceja. —¿Como qué?

Miré hacia el techo.

—Es casi como si el escenario fuera único a veces. La habitación es la misma... estoy acostada en la cama y él entra. Lo veo pasearse por el dormitorio como si buscara algo.

—¿Pero él no te ve a ti?

Respiré hondo, eligiendo mis palabras con cuidado.

—A veces sí. Otras, solo entra, agarra algo y se va. A veces incluso oigo otras voces de fondo, como si vinieran del pasillo.

—Y cuando te ve, ¿qué hace?

Me tomó un momento prepararme para la respuesta, recordando los sueños.

—Se acerca, se sienta a mi lado y se queda mirándome durante lo que parecen horas —dije con el ceño fruncido—. Y cuando me habla, solo me pregunta si estoy bien.

La doctora Richardson asintió, entrelazando las manos.

—¿Algo más? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Bueno, lo más probable es que ese hombre sea alguien de tu pasado. O que te recuerde algo de tu pasado —me informó—. Lo cual, sin duda, es algo bueno.

Mis hombros se relajaron al recostarme contra el sofá.

—No te preocupes, Evangeline —dijo, inclinándose hacia adelante—. Tus recuerdos volverán con el tiempo. Solo tenemos que ser pacientes.

Asentí.

—¿Hay algo más que te gustaría tratar conmigo?

Me tomó otro momento pensar en algo.

—Conseguí un cuaderno hace unos días —le conté—. Cuando recibo alguna especie de recuerdo sobre algo que creo que pasó en mi pasado, lo anoto.

La doctora Richardson se reclinó en su asiento mientras hablaba.

—¿Y qué más?

Negué con la cabeza.

—Nada nuevo.

Ella asintió.

—Está bien, creo que por hoy es suficiente —me sonrió.

Exhalé un suave suspiro mientras ella se ponía de pie.

—Te veré mañana, Evangeline —dijo con una sonrisa mientras yo me levantaba.

Ella caminó hacia la puerta cerrada y la abrió para mí mientras yo recogía mi bolso, que estaba en el suelo junto a mis zapatillas.

—Que tengas un día maravilloso —me dedicó una sonrisa al llegar a la puerta.

Ella solo me sacaba unos siete centímetros, pero era porque llevaba tacones de cinco centímetros.

—Gracias, igualmente —respondí, saliendo al pasillo iluminado.

—Dale recuerdos a tu hermano —gritó hacia el pasillo mientras yo me dirigía al ascensor.

∞∞∞

En el tren de regreso a casa, escribí en mi diario.

9 de agosto de 2017

Querido diario:

El sentimiento es abrumador. No saber quién eres ni quién se supone que debes ser.

Todos a mi alrededor parecen estar tan seguros de sí mismos. Como si hubieran recibido las respuestas que yo sigo buscando.

Me dijeron que fue una especie de accidente de senderismo. Una caída, un golpe en la cabeza. Eso decían los informes.

Pero a veces me pregunto: ¿qué tipo de excursión termina con una pérdida total de memoria y un hermano al que ni siquiera podía imaginar hace tres semanas?

El misterio de mi pasado no me atormenta tanto como el vacío. Como si algo enorme hubiera formado parte de mi vida y ahora hubiera desaparecido.

Los médicos se sorprendieron de lo rápido que sané. Preston, mi hermano mayor, dijo que simplemente tuve suerte; «eres una sanadora rápida», bromeó. Pero no se sintió como suerte. Se sintió... raro. Como si algo importante me hubiera pasado, pero mi cuerpo se negara a guardar las pruebas.

Legalmente, era una adulta. ¿Pero emocionalmente? Solo estaba... flotando. Preston firmó el papeleo, hizo las llamadas y programó mis citas. Seguí la corriente porque no tenía otra opción. Porque no recordaba a nadie más que pudiera hacerlo.

Él me dijo que mis padres ya no estaban. Muertos, ambos. Nunca lloré, ni una sola vez.

No estaba segura de qué era peor: no poder recordar haberlos perdido o no poder recordar si los amaba siquiera.

Tal vez si tuviera otra tía o un primo por ahí, esto se sentiría menos... claustrofóbico. Pero solo éramos Preston y yo.

Cada mañana al despertar, es como si viviera la vida de otra persona. Fingiendo ser una versión de mí misma que no recuerdo haber elegido. Y ese sentimiento crece cada vez más, como un peso presionando mis costillas, amenazando con romperlas.

Me pregunto por la chica en el espejo. ¿Era divertida? ¿Era amable? ¿Le gustaba el olor a lluvia? ¿Se quedaba dormida con libros apretados contra su pecho?

Ojalá pudiera preguntárselo.

El tren redujo la velocidad poco a poco, chirriando suavemente a lo largo de las vías mientras la ciudad se desdibujaba por las ventanas. Me recosté contra el frío plástico de mi asiento, con la página temblando en mi mano a medida que nos acercábamos a mi parada.

Bajé del tren y mis pies caminaron en piloto automático por la ruta conocida: pasando por la acera agrietada cerca de la lavandería, la tienda de arte cerrada con tablas que aún tenía pintura salpicada en la ventana, y el callejón donde siempre parecía haber alguien fumando.

El edificio de apartamentos era viejo, de ladrillo rojo con hiedra trepando hasta la mitad del segundo piso. Adentro, las escaleras crujieron bajo mis pasos mientras subía al cuarto piso. El pasillo olía vagamente a limpiador de pino y a lo que sea que la señora Alston, del 4B, estuviera quemando para la cena.

Aún no había caído el sol, pero las sombras dentro de nuestra unidad siempre llegaban temprano. Un brillo cálido se filtraba por las ventanas de la cocina, suavizando los bordes de los muebles desiguales que Preston insistía en que tenían «encanto».

La cocina era pequeña, apenas lo suficientemente ancha para dos personas. Azulejos amarillos desteñidos cubrían las paredes y una mesa de madera desvencijada se apoyaba contra la ventana que daba a la escalera de incendios. Un pequeño huerto de hierbas reposaba en el alféizar: albahaca, menta y un triste intento de lavanda.

Preston ya se movía alrededor de la estufa, tarareando desafinado una lista de reproducción que se negaba a actualizar. Una cacerola siseaba mientras la salsa de tomate burbujeaba a fuego lento. El aire olía a ajo, orégano y pan tostado. Estaba haciendo espaguetis otra vez. Era su recurso cuando no quería pensar.

Él siempre cocinaba cuando no quería hablar de algo. No es que pudiera probar que ocultaba algo, solo era una sensación; su sonrisa a veces llegaba un segundo tarde. Como si tal vez él estuviera interpretando un papel y yo fuera la única que aún no se había aprendido los diálogos.

—¿Necesitas ayuda? —pregunté, acercándome a él.

—Nop —dijo demasiado rápido, alejándome con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Ve a leer o algo así. Yo me encargo.

Aunque quería aprender a seguir viviendo mi vida tal como era, resultaba difícil con un hermano que básicamente lo hacía todo por mí, como si a sus ojos fuera una niña indefensa.

Preston me aseguraba siempre que él era el mayor, tres años por delante de mí, lo que significaba que debía cuidar de ambos. Lo único que podía hacer era esconderme en mi habitación y meter la nariz en una de las muchas novelas que tenía. Eso o ir a mis citas con el terapeuta y el médico durante el día. Otras veces, cuando Preston salía a trabajar, visitaba la librería de la calle y pasaba por la cafetería de la esquina.

Solo pensar en la cita de mañana con la doctora Channing me hizo contener un gemido. Pero estaba agradecida de que Preston me diera espacio y libertad para ir a esas citas sola. Se sentía mucho más cómodo.

Todavía me costaba confiar en él por momentos. No eran solo los recuerdos perdidos, sino la forma en que siempre respondía a mis preguntas con la vaguedad justa para evitar que siguiera preguntando. Y no porque supiera poco de él, sino porque apenas compartíamos nada en común a pesar de ser sangre de su sangre. No había ningún parecido que pudiera encontrar entre nosotros.

Preston era rubio, pero su cabello era más grueso, más desordenado y de un color ceniza claro. Mientras tanto, mi cabello era más fino, con rizos suaves que caían sobre mis hombros, y de un tono rubio caramelo amarronado. Por no mencionar que sus ojos eran azul cielo, mientras que los míos eran del color del café.

Pero incluso sin mirar nuestro aspecto físico, nuestras personalidades parecían polos opuestos.

Preston era extrovertido, alegre y seguro. Yo era tímida, callada y una ratona de biblioteca, o al menos eso he aprendido de mí misma. Y de repente me hizo preguntarme más sobre quién soy. Sobre las cosas que aún no sé.

Había mirado los álbumes de fotos que me mostró: viajes familiares, cumpleaños, selfies borrosas, pero ninguna me despertó nada. Ni siquiera un destello de reconocimiento. Era como ver la vida de otra persona. Una vida en la que me habían dejado caer sin previo aviso ni invitación.

Me hundí en el sofá de la sala, de tela desgastada pero familiar. Lancé mi diario sobre la mesa de centro, al lado de una pila de novelas cuyos títulos aún no reconocía. Tomé una, hojeé las primeras páginas, pero no pude concentrarme.

El apartamento estaba silencioso, pero no de forma pacífica. Más bien como el silencio entre dos respiraciones, siempre esperando el regreso de algo que nunca volvía.

La cena fue tranquila al principio, a excepción del tintineo de los cubiertos y algún sorbo ocasional de Preston. Comimos espaguetis con pan de ajo y una ensalada que era mayormente lechuga y arrepentimiento.

Preston intentaba sacar conversación de nuevo, preguntando por mi día y si había recordado algo. Era nuestra rutina normal desde hacía tres semanas. Y él seguía sintiéndose como un extraño para mí, ya que ni siquiera recordaba haber tenido un hermano mayor en mi vida.

Compartíamos el apellido, quizás incluso la sangre, pero no los recuerdos. No había pruebas. Solo historias y fotos viejas que no me parecían reales.

Enrollé un fideo en mi tenedor y vi cómo la salsa de tomate goteaba en el plato.

—Preston —dije, bajito.

Él hizo una pausa en medio del corte, con el tenedor en el aire. Sus ojos azules se posaron en los míos, alertas y esperanzados. —¿Sí?

Dudé, ya arrepintiéndome. —Olvídalo.

—Eva... —su tono se suavizó—. Puedes decirme lo que sea.

Me removí en el asiento, intentando no estremecerme bajo el peso de su atención.

Tragué saliva, intentando relajar los hombros.

Abrí la boca e inhalé profundamente.

—¿Tuve yo...?

Mi hermano me observaba con los ojos muy abiertos y llenos de curiosidad desde el otro lado de la mesa.

Arqueó una ceja cuando no continué.

—¡Cielos, has recordado algo! —exclamó alegremente, con una amplia sonrisa en el rostro.

¿Cielos? Era la segunda vez que decía eso esta semana. No «Dios» o «gracias a Dios», sino... cielos. Tenía la intención de preguntarle al respecto, pero la palabra siempre me tomaba desprevenida. Como algo que debería entender, pero no lo hacía.

—No —negué rápidamente con la cabeza—. No, quiero decir...

Suspiré.

—Olvídalo.

—¡No, vamos! —se quejó—. Suéltalo, querida hermana —sonrió de lado, inclinándose hacia adelante.

Me tensé ante la palabra «hermana», pues aún no me había acostumbrado.

—Bueno, es un poco personal.

Él me lanzó una mirada molesta.

—Suéltalo —desafió.

Dudé, tratando de encontrar la forma correcta de explicarlo.

—Antes de mi accidente... ¿acaso tenía... un novio o algo así?

En el segundo en que las palabras salieron de mi boca, quise retractarme. No sabía por qué importaba, pero lo hacía.

Preston se quedó helado.

Su sonrisa se desvaneció.

Y por primera vez desde que le conocía, se veía... en conflicto.

Y en ese momento, lo supe: había algo que no me estaba diciendo.