La Autopsia del Rey

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Sinopsis

En Japón, donde las sombras son más viejas que el acero y la lealtad se escribe con sangre, un líder gobierna el imperio de una mafia. Con el corazón tan frío como la hoja que siempre lleva en la mano, ha renunciado a la idea de entender el amor y la compasión, hasta que es su mano derecha, un hombre nacido para servir y obedecer ha sido destinado a estremecer su alma. Mientras la organización qué formó con sus propias manos comienza a desmoronarse, el jefe deberá enfrentar el precio de crear un vínculo que podría significar su perdición.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
KarmaDramaa
Estado:
En proceso
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

La Primera gota

El primer rayo de sol atravesaba con cautela las finas cortinas de papel de arroz, esparciendo sombras alargadas por las paredes de madera pulida. Abrí los ojos lentamente, como si cada parpadeo fuera un acto de voluntad contra el peso de la noche que aún habitaba mis venas.

No había paz en aquel cuarto decorado con sobriedad, el aroma a incienso se mezclaba con el humo del tabaco y sake. Tan pronto como mis ojos se acostumbraron a la luz, sentí náuseas qué me revolvieron el estómago, tan inevitables como el fuerte dolor de cabeza que parecía martillar mi cráneo con insistencia.

Apenas pude sentarme cuando note la precensia a mi lado. Un joven hombre, un par de malos menor, dormía profundamente, la piel pálida de su espalda desnudate apenas cubierta por las sábanas. Recorrí su espalda con la mirada descubriendo las líneas tensas y la vulnerabilidad de su anatomía. No sabía su nombre, realmente no recordaba como había llegado hasta allí. Solo sabía que la noche anterior estaba todo perfecto, casi tanto para sentirse satisfecho, pero ahora se había acabado y lo único que lo reemplazaba eran las náuseas.

De inmediato una mueca de asco se formó en mi cara mientras pasaba las manos por mi frente, tirando las largas tiras de cabello liso lejos de mi rostro. Y entonces una voz corto el silencio.

— Buenos días, jefe

Samuel apareció en el umbral, elegante y puntual como siempre, con una bata roja bordada con hilo dorado qué deposito con cuidado en la mesita de noche a mi lado. No dijo más, no miro al joven con el que compartía mi cama. Simplemente sabía que no debía estar allí y que pronto se marcaría, no debía ni dudar en que de manera fría y cortante Samuel podría echarlo con éxito para que yo no fuera molestado más adelante. Era tranquilizante, podia contar con ello, después de todo, por algo Samuel era mi mano derecha.

Me estiré con pereza en mi lugar, evitando hacer mucho ruido para no despertar al invitado. Me puse de pie descubriendo por completo mi cuerpo sin un solo arapo. No iba a mentir, siempre era gracioso notar como Samuel tenía un sexto sentido para mirar hacia otro lugar justo en los momentos precisos.

Entonces tome la bata y me vestí con movimientos medidos, mientras Samuel esperaba con la misma paciencia de siempre. Trone mi cuello y me dirigí hacia la salida, con los pies descalzos sobre el piso, pulido una y otra vez para mi comodidad.

Durante el recorrido hacia mi verdadera habitación, me dirigí hacia mi acompañante, notando como llevaba una libreta en su mano, apretandola con fuerza, probablemente por la importancia de su contenido.

— ¿Hay noticias? — pregunté, casi con la esperanza de que la respuesta fuera un simple e imposible "no".

Samuel comenzó a hablar, con voz baja pero firme. — Sí, hay tres novedades jefe. Primero, la mercancía llegó a Osaka sin incidentes, pero uno de nuestros hombres fue arrestado. Riku se encargará de silenciar al fiscal. Naoya ha terminado el prototipo del nuevo sistema de reconocimiento facial. Y... Hubo un retraso en el traslado del sector oriental. Nada grave, pero los números no cuadran con el informe anterior.

No me preocupaba, estaba seguro de que él podía encargarse de eso antes de que yo terminara de fumar mi primer cigarrillo de la mañana.

— Estoy revisándolo y me encargaré de arreglarlo — dijo, casi como si pudiera leerme la mente — También tiene dos reuniones hoy: una con la Dama Carmesí, y otra con el proveedor de armas de Yakarta.

Simplemente asentí, manteniendo el silencio hasta que finalmente llegamos a la sala al final del pasillo más resguardado de la mafia. Samuel abrió la puerta lavada en negro con grabados de dragones rojos en ella, dándome el paso para ingresar sobre mis pasos.

La habitación era absursamente amplia, desproporcionada para el habitad de un solo hombre. Ni siquiera el eco se atrevía a instalarse allí. Los ventanales eran altos como los de un templo, cubiertos por cortinas de terciopelo negro, dejaban pasar apenas una luz tamizada qué bailaba sobre la madera oscura del suelo qué contrastaba con las alfombras tejidas a mano que se extendían desde la entrada hasta el balcón.

Sobre la cama, había sábanas negras bordadas con dibujos carmesí, biombos pintados a mano y piezas antiguas decorando zonas estratégicas. Era consciente de que cuando pasaba mucho tiempo allí dejaba todo desordenado, la bata mal doblada, botellas de sake sin terminar, libros tirados pero Samuel ya se había encargado de limpiar todo, desde la habitación que daba hacia el armario hasta el jardín interior donde los bambús, perfectamente alineados, daban un poco de vida a la sala.

Era un escenario montado para alguien como yo, me hacia pensar que esos lujos tenían sentido, que esas paredes eran sinónimo de poder, y no de encierro. Era casi vulgar, me gustaba.

Mientras yo me dejaba caer en mi cómoda cama, Samuel se acercó con el desayuno ya preparado, impecablemente servido, como era costumbre. Té verde, arroz, caldo medicinal y tres pequeñas cápsulas, nunca he preguntado para que sirven, solamente espero que ayuden con las náuseas. Lo tome en el mismo orden, con el mismo gesto automático de cada día.

— Buen provecho — Soltó Samuel mirándome a un lado.

Simplemente asentí sin mirarlo, todavía medio dormido mientras observaba el reflejo distorsionado de mi rostro en la superficie del té. No estaba pensando en nada en especial, pero no era difícil distraerse con la mirada de Samuel clavada en mi cara.

— ¿Se te ofrece algo, nene? — Moleste sin ofrecerle una mirada, mientras escuchaba como él daba un paso atrás, dándome mi espacio.

— ¿Hay algo más que necesite de mi, jefe?

— A menos de que me puedas dar un estómago y un cerebro nuevo, no creo

Mencioné con desinterés, apenas levantando la vista para notar el semblante pensativo del chico con gafas frente a mi. ¿Acaso enserió lo está considerando?

— Es lo que la gente llama una broma, Samuel. Ja, ja, es gracioso, ríete

No movió ni un dedo.

— Pff, estoy bien Samuel. No te preocupes, solo encargate de lo que tengas que hacer y vuelve luego

Simplemente asintió antes de hacer una reverencia ante mi y retirarse de manera respetuosa. Era tan estirado, como un joven con alma de anciano.

En cuanto cerro la puerta me levante para dirigirme al armario, una habitación llena de diferentes vestimentas hechas a mano como antiguos trofeos de una vida que no terminaba de pertenecerme, recorrí cada una de ellas con la mirada, pase mis dedos sobre cada tela, sintiendo las texturas, los hilos tensos, la historia bordada en cada una.

Y entonces me detuve y elegí un kimono oscuro, negro como el ala de un cuervo, con detalles bordados en plata que dibujaban olas en movimiento. Un patrón reservado para los señores de las costas, según viejas tradiciones de quien sabe. El forro interno era de seda roja, apenas visible. Me lo puse con calma, asegurando el obi con firmeza, dejando que la tela se adaptara a la forma de mi cuerpo como una armadura ritual.

Mientras acomodaba las mangas y observaba el equilibrio del conjunto frente al espejo, algo se quebró en el aire.

No fue un sonido fuerte, fue algo pequeño, sutil... un chasquido casi imperceptible, como si una baldoza hubiese cedido, o una gota de agua hubiese tocado una superficie equivocada. Pero en este lugar, donde cada cosa tenía su debida posición, el más leve desvío era suficiente para encender mis alarmas.

Mis dedos dejaron de ajustar la tela lentamente.

Mi cuerpo se tenso

Camine despacio, deslizando mis pies descalzos sobre la madera, sin hacer ruido. Crucé la habitación, deslizandome entre las columnas con pasos calculados, hasta llegar a la vitrina de cristal que se ocultaba en el fondo de la habitación. Allí reposaba una katana, envainada sobre un soporte de madera negra con diferentes inscripciones desgastadas con el tiempo.

Abrí la vitrina sin titubeos. El cristal no emitió más que un susurro al deslizarse. Tome la empuñadura envuelta en piel oscura y tiras rojas, sintiendo un peso familiar. Al extraer la el brillo brilló con apenas y leve sonido, cortando el aire.

Volví la mirada hacia el jardín interior, donde algo había alterado la armonía, algo estaba fuera de su lugar. Y con la katana firme en mi mano, comencé a buscar el origen del sonido, preguntándome si los fantasmas de mi pasado habían decidió volver o si los enemigos del presente finalmente habían cruzado el umbral.

A cada metro recorrido, mis sentidos se agidizaban, como si el aire se volviera más denso. Cruce al jardín, dejando atrás las cortinas bordadas qué lo separaban del dormitorio. La katana descansaba su peso en mi mano derecha, inclinada hacia atrás, lista para cortar sin aviso.

El sonido volvió.

Un leve roce, como si unas uñas diminutas hubieran arañado la madera pulida del piso. No era una falla de la estructura, era algo... que respiraba.

Me giré en seco, con un solo impulso mi cuerpo se torció con la velocidad de una serpiente y mi brazo un corte al aire, dirigido con una precisión infalible al rincón de donde provenía el ruido.

La hoja se detuvo un centímetro exacto del cuello de la figura.

Y entonces la vi.

Una niña estaba allí, de pie, sin pestañear, casi aguantando la respiración.

No pasaba los siete años, su piel era de un blanco casi irreal, cono si la sangre hubiese olvidado recorrer su cuerpo. Sus ojos, grandes y almendrados, mostraban sorpresa y miedo. Llevaba el cabello suelto, largo hasta la cintura, lleno de rizos dorados como el oro, con un flequillo que rozaba sus cejas de forma milímetrica. No parecía sucia, ni vestía andrajos. Al contrario.

Vestía un vestido de lino antiguo, sin costuras visibles, del color del hueso. Los bordes de la tela tenían figuras doradas, formando espirales simétricos. Sus pies descalzos contrastaban con la madera del suelo, y aún así no dejaban marca alguna.

No respiraba fuerte, no lloraba. Solo me miraba. ¿Acaso me conocía?

Baje la katana lentamente, sin apartar la vista de ella. Cada parte de mi cuerpo permanecía alerta, pero había algo en su precensia que me llamaba la atención.

— ¿Quién te dejo entrar? — pregunté con voz firme.

La niña ladro la cabeza, como un cuervo curioso, pero no dijo nada. Tampoco pestañeo.

— Te estoy hablando, contesta — repetí, esta vez más frío. Pero no hubo respuesta.

Nadie entraba a esa habitación. Nadie salvo Samuel y yo. Ni siquiera los que tenían mi más grande y sincera confianza. Y esa no era una niña que uno encuentra perdida donde sea, su vestido estaba limpio, sus manos sin marcas, su cabello perfectamente peinado. Como si alguien la hubiera preparado. Como si alguien la hubiera enviado.

Pero ¿quién?

Y más importante... ¿Para qué?

— Responde ahora mismo — mi voz se quebró apenas, un desliz qué odie en el momento en que sucedió.

La niña inclinó su cabeza hacia abajo, se llevó las manos al estómago, no parecía estar muy bien.

Mis dedos se cerraron con más fuerza alrededor del mango de la katana. Rápidamente mire alrededor, buscando respuestas entre posibilidades imposibles. No había nadie más allí.

¿Samuel?

¿Por qué permitiría esto? ¿Por qué rompería el acuerdo? Él sabía lo que significaba este lugar.

¿Acaso era un mensaje? ¿Una traición? ¿Una advertencia?

Inspiré profundo, conteniendo la furia creciente en mi pecho.

Porque si esto era una jugada de Samuel, había cruzado un límite.

Uno que ni siquiera él tenía permitido tocar.

Pero realmente no tenía sentido, una parte de mi sabía que no era obra suya. Era un hombre listo, así que no me traicionaría de manera tan obvia, no de forma en que él fuese el primer sospechoso. Solo quedaba preguntarle.

Ya que la niña no parecía con el suficiente entusiasmo para cooperar, la tome del brazo, no muy fuerte, pero lo suficiente para moverla rápidamente hacia dentro de la habitación y recoger el teléfono móvil qué descansaba sobre la mesa de noche al lado de la cama.

La niña comenzó a patalear débilmente por lo que la ignore, manteniendo el agarre, deje la katana sobre la cama y deslicé la tapa del móvil rojo, el logo del clan brilló un instante andntes de que marcara un número memorizado.

— Samuel — dije intentando disimular mi enojo sin éxito — ¿Me vas a explicar por qué hay una mocosa en mi habitación?

— ¿Perdón? ¿Mocosa? No entiendo, jefe. ¿De que habla? — respondió incrédulo y confuso lo cual solo me enojo más.

— ¡Ven ahora mismo! — rugí con furia escupida como una lanza —¡Deja lo que estés haciendo y ven aquí o juro que te corto la lengua y después averiguo que me estas escondiendo!

Corté la llamada de inmediato, sin esperar respuesta.

El peso de la rabia vibraba en mi pecho. Deje caer el teléfono sobre la mesita de noche, tome la katana aún desvainada y empuje a la niña casi sin fuerza a la cama. Ella parecía real ahora, antes era un espectro silencioso, pero el filo brillante de la katana reflejada en cuanto se dio la vuelta sobre la cama hizo que rompiera su quietud. Retrocedió con torpeza, asustada, con la mirada casi enloquecida.

Su movimiento fue torpe, desesperado, como si la amenaza hubiese desactivado ese estado robótico en el que se encontraba.

— Ahora sí reaccionas...

Con un rápido movimiento, jale su pierna en cuanto vi sus intenciones de escapar, sujetandola del tobillo antes de que se arrastrara hacia la puerta. La niña forcejeó unos segundos.

— ¡Mírame! — ordené

Ella lo hizo, los ojos grandes, vidriosos, y el miedo puro en su expresión desarmo algo en el interior de mi pecho, aunque no lo suficiente como para soltarla, teniendo sospechas de que podía llegar a ser cualquier tipo de trampa.

— No te muevas de aquí — Mis palabras se clavaron como un decreto.

La niña obedeció, congelada por el miedo, sin emitir sonido alguno. Sus labios temblaban apenas.

Allí me reincorpore y solté su delgada pierna para buscar por el lugar un cigarrillo y un encendedor qué rápidamente tome entre mis manos. Mire de reojo a la niña justo antes de dirigirme a la puerta. Salí de la habitación, asegurandome de dejarla encerrada y entonces encendí el cigarrillo con mano firme, aspire profundamente y camine a través del pasillo mientras el sonido de mis pasos era acompañado por el roce metálico, constante y cortante de la katana contra el suelo.

Apenas le di unas caladas al cigarrillo, dejando que el humo se escapase por mi nariz, caminando de un lado al otro hasta que mis movimientos se detuvieron al ver a Samuel apareciendo al fondo del pasillo, casi corriendo, totalmente apurado.

Deje caer mi cigarrillo.

No espere explicaciones.

Lo enfrente con la furia desbordante, corrí hacia él y lo empuje brutalmente contra la pared, sujetándolo por el cuello de la camisa. El impacto hizo vibrar las paredes de madera con un sonido sordo. Sin dejarle espacio para moverse, lo arrinconé, colocandome frente a él, pecho contra pecho. Podía sentir su respiración entrecortada mezclarse con la mía, ambos jadeando, pero por motivos distintos. Nuestros rostros estaban tan cerca que nuestros alientos se cruzaban como cuchillas invisibles, casi compartiendo el mismo oxígeno.

— ¿Estás intentando traicionarme? – solté bajo, con los dientes apretados, los ojos inyectados en sangre — ¿Acaso quieres que te mate?

Mis nudillos temblaban mientras mantenía el agarre en el mango de la katana, manteniendola lejos pero lista para cortar, realmente lo único que hacía que Samuel siguiera con vida era la delgada línea de mi autocontrol.

Pero Samuel no se inmutó.

No retrocedió ni un centímetro, no apartó la mirada. Y con su voz firme, baja y vibrante soltó:

— Jefe... Hiroshi, yo nunca te traicionaría. Jamás. Prefiero acabar con mi propia vida antes de eso

Y entonces me detuve. Mi mirada descendió un segundo, desde los labios tensos de Samuel hasta esos ojos azul claro ocultos bajo sus lentes que actualmente estaban olvidados en el suelo por el golpe, ojos robados de algún ancestros extranjero. Fríos como el acero, pero honestos.

Dudé, vaya que dude. Pero algo en Samuel me impedía cruzar esa línea, siempre lo habia habido.

Finalmente afloje la presión. Lo solté, dejando salir un suspiro contenido de mi boca.

— Bien. Te creo

Y jure ver como una sonrisa se asomaba por las comisuras de sus labios. No era una risa burlona, más bien de agradecimiento. Y entonces se agachó a recoger sus gafas, las limpio levemente y se las volvió a colocar. Seguí cada uno de sus movimientos, aún levemente tenso.

— Pero si tu no dejaste entrar a la niña. ¿Entonces de donde salió?

Y señale al fondo del pasillo con mi mano libre, ambos dirigimos nuestras miradas a la puerta, que casi se veía como una amenaza. Casi me sentía avergonzado, intimidado por una niña, pero al dirigir una mafia tenía que estar alerta de absolutamente cualquier cosa sospechosa. Hasta algo como eso.

— No lo sé, pero voy a averiguarlo. ¿Puedo verla?

Asentí sin más remedio y lo seguí de cerca. Vi como se tomó su tiempo para girar el pomo, casi tanto como para desesperarme y entonces se adentró en la sala, buscando alrededor la figura de una infante.

— La deje en la cama, pero se debió haber intentado esconder

— ¿La asustaste? — se giró para verme, casi con un aire de decepción — No creo que haya sido muy buena idea

— Bueno, ¿qué querías que hiciera? Para ser justos, ella me asustó a mi primero. Odio a los niños y aún más a los que invaden mi espacio personal

Dije con molestia mientras cerraba la puerta detrás de nosotros y lo miraba buscar por doquier.

— No son tan malos

— Son humanos diminutos qué gritan y lloran, me parece suficientemente malo – escupí irritado, mientras imitaba su forma torpe de correr con los dedos. Tan solo note como el ponía los ojos en blanco — Aunque esta niña es rara, no dijo ni una palabra, eso lo hace más aterrador, parecía un fantasma

Me miró como si estuviera loco por un segundo, justo antes de desaparecer por un lado de la habitación en donde mi vista ya no alcanzaba. Espere que dijiese algo pero tan solo reino un silencio sepulcral.

— Oye... ¿La encontraste? — hable fuerte antes de acercarme a la zona en donde había desaparecido.

Y entonces la vi.

Allí, tendida sobre el suelo, entre la alfombra desplazada y las sombras largas de las persianas semi abiertas, yacia la niña. Inmóvil. Pequeña. Demasiado frágil para estar sola.

Su vestido estaba arrugado, sus brazos estirado con una rigidez antinatural. El cabello lleno de hermosos rizos cubría parte de su rostro. Parecía haber caído de forma violenta.

Me detuve en seco, mi expresión se endureció. Por un segundo, se detuvo el tiempo.

Samuel caminó hacia ella, se arrodilló junto a su cuerpo con lentitud. No habló. No hizo ruido. Apenas con la yema de sus dedos tocó su cuello, buscando su pulso. Luego acercó su rostro al de ella, intentando percibir algún rastro de aliento.

— Demonios, ¿qué pasa? — solté, rompiendo el silencio por la ansiedad que me provocaba la calma de Samuel — Habla, joder

Samuel tragó saliva y apenas giro su cabeza hacia mí.

— Está muerta.