La mejor noticia
POV DE DAISY
Miré el reloj antes de encender el fósforo para prender los candelabros dorados de la mesa del comedor. Carter debería llegar a casa en los próximos diez minutos. ¡Me muero de ganas de darle mi noticia! ¡Sé que se pondrá tan contento como yo!
Lo llamé más temprano y le dije que planeaba una cena especial para compartir una noticia muy emocionante esta noche. Él prometió llegar a tiempo.
Mientras baño el asado en su jugo, oigo sus neumáticos entrar en nuestro camino de grava. Saco el asado del horno y lo pongo en el centro de la mesa. Acomodo las zanahorias y las papas para que todo se vea perfecto. Por los nervios, vuelvo a mover los panecillos y las judías verdes, rezando para que le guste.
Escucho que se abre la puerta principal. Me aliso el frente de mi vestido negro, el único que tengo, y aprieto las manos con fuerza frente a mí. No he dejado de sonreír de oreja a oreja desde que me enteré. Me empiezan a arder las mejillas, pero no me importa nada.
Sus llaves suenan en la cerradura mientras las saca y abre la puerta de par en par. «¿Daisy? ¡Algo huele de maravilla!», grita Carter mientras se quita los zapatos. Tira las llaves en el cuenco junto a la puerta. Oigo sus pasos por el pasillo hacia el comedor, donde lo espero con ansias.
Se le abren los ojos de par en par al ver el banquete que preparé antes de clavar su mirada en mí. Me recorre el cuerpo con ojos hambrientos, lo que siempre me hace sonrojar. Se acerca y me rodea la cintura con los brazos para luego besarme con ternura.
«Esto se ve increíble. ¿A qué se debe todo esto?», pregunta finalmente mientras se separa para sentarse a la cabecera de la mesa. Tomo su plato y empiezo a llenarlo con muchísima comida. Se lo pongo enfrente y le sirvo una copa de vino. Me siento a su lado, incapaz de probar bocado. Tengo que soltar la noticia o voy a explotar. No aguanto más.
«¡Tengo buenas noticias! Excelentes, de hecho. La mejor de las noticias», solté de golpe. «Bueno, yo creo que es genial y estoy muy emocionada por contártelo. Ni siquiera he llamado a mi mamá todavía...».
«Daisy, espera, espera. Ve más despacio», me dice soltando una risita. «Sabes que no te entiendo cuando te pones así de acelerada».
Se me calientan las mejillas y el cuello de la vergüenza. Murmuro una disculpa y respiro hondo para calmar los latidos de mi corazón. «¡Por fin me avisaron hoy que me aceptaron para la residencia en Montana! ¡Puedo empezar el mes que viene!». Junto mis manos para intentar contener la alegría, pero mi sonrisa se ensancha aún más mientras me acerco a él. «¿No es fantástico?», pregunto sin aliento.
La sonrisa se le queda congelada en la cara mientras me mira en shock. «Entonces, espera... ¿no estás embarazada?», pregunta tras un silencio largo e incómodo.
«¡¿Embarazada?!», chillo horrorizada y me alejo de él. «¿Qué? ¡No! ¡Claro que no estoy embarazada!», exclamo con un escalofrío. Tener un bebé justo antes de empezar la residencia sería lo más parecido a mi peor pesadilla.
No es que esté en contra de tener hijos, solo que ahora no es el momento. Fui hija única y siempre quise un hermano. Sabía que algún día tendría al menos dos hijos, tal vez más. Pero primero quería estar casada y establecida en mi profesión.
«No lo entiendo. Ya debería haber funcionado», masculla para sí mismo mientras baja la cabeza. ¿Eso que veo en sus ojos es frustración? Estoy tan confundida por su reacción que la sonrisa se me borra de la cara. ¿Qué diablos está pasando?
«¿Por qué pensarías que estoy embarazada, Carter?», le pregunto en voz baja. Siento un nudo en la boca del estómago que no deja de crecer. «Sabes que tomo pastillas anticonceptivas».
Sus ojos se cruzan con los míos y enseguida desvía la mirada. Ese nudo en el estómago se convierte en un vacío que me traga entera. Por su rostro pasó un destello de culpa antes de que recuperara su habitual expresión seria. Fue un segundo, pero no se me escapó.
«¿Qué has hecho?», susurro sin que me salga la voz. Me alejo de él, pues todo mi cuerpo me pide que salga corriendo en dirección contraria.
«No seas dramática», se burla, negándose a mirarme a los ojos.
«Mírame, Carter», le exijo. Frunzo el ceño mientras lo observo con cuidado. Todo su cuerpo está tieso como una tabla, pero su mirada no revela nada. Su cara es una máscara de indiferencia. «¿De qué hablas? ¿Qué es lo que has hecho?».
«Claro que sé que te cuidas», suelta él con desdén. «Solo esperaba que por fin hubieras cambiado de opinión con lo del bebé. Cuando dijiste que tenías noticias emocionantes, supuse que...», dejó la frase en el aire con un encogimiento de hombros.
Huelo la mentira a kilómetros de distancia. «¿Qué has hecho?», pregunto esta vez con más fuerza. Sus ojos brillan con un tono dorado. Eso significa que su lobo está cerca de la superficie y no le gusta mi tono de voz.
El miedo me recorre la espalda y me quedo paralizada como un animal asustado. He visto esa mirada dirigida a otros muchas veces. Después de todo, Carter es el ejecutor más fuerte de su manada y es robusto como un tanque. Un vistazo de advertencia con el brillo del lobo en sus ojos suele bastar para que cualquiera se comporte antes de que Carter lo obligue.
Pero él siempre me había mirado con amor y cariño. Hasta ahora.
Oigo el sonido de la puerta principal abriéndose. Luego sigue el taconeo de unos zapatos altos sobre el suelo de madera. Mi ánimo se hunde todavía más. Eso solo puede significar una cosa. Su madre, Jennifer.
«¡Perdón, lo siento Carter, pero no podía esperar ni un segundo más! ¡Estoy tan emocionada! Cuéntame, ¡¿es niño o niña?!», chilla ella al aparecer por la esquina, aplaudiendo de alegría.
Me quedo boquiabierta mientras Carter se gira en su silla y le gruñe que se calle. Ella se detiene en seco en la entrada, mirándonos a ambos con total confusión. Incapaz de seguir tan cerca de él, salto de la silla y retrocedo hasta el otro lado de la habitación.
«¿Alguien quiere explicarme qué demonios está pasando aquí ahora mismo?», grito mientras los fulmino con la mirada.