Uno
El portazo metálico de mi casillero resuena por el pasillo como un disparo de advertencia. Justo después suena el timbre de entrada, agudo e impaciente, vibrando en mis huesos. Tarde el primer día de clases; típico de Elorie.
Miro mi horario y siento un vacío en el estómago. Cálculo. Al otro lado del edificio. Faltaría más.
Mis tenis golpean el linóleo mientras esquivo a la multitud que se dispersa, sorteando mochilas y codazos. El pasillo huele levemente a virutas de lápiz y al olor fuerte del desinfectante. Unos cuantos novatos perdidos andan a la deriva, aferrados a sus horarios como si fueran mapas del tesoro, con caras de asombro e incertidumbre. Parecen presas, y yo estoy demasiado ocupada para ayudarlos. No es que fuera a hacerlo, de todos modos.
Subo las escaleras de dos en dos, rozando con la mano el pasamanos de metal descascarillado. Mi respiración es rápida y me punza el pecho. El ruido del día se va apagando a medida que avanzo hasta que solo quedamos yo y el zumbido eléctrico de las luces fluorescentes.
Cuando llego al salón, la puerta está cerrada. Se me aprieta el estómago: la señora Cooper. Llamo a la puerta, golpeando el suelo con el pie en un ritmo que, sin darme cuenta, va igual que mis latidos. Paso la mano por el frente de mis pantalones, alisando una tela que no lo necesita.
La puerta se abre y aparece esa cara amargada que conozco desde hace dos años. Tiene el pelo blanco recogido en un moño tan apretado que parece que va a estallar. Tiene arrugas profundas en la frente, como si llevara décadas ensayando su ceño fruncido.
―Elorie ―dice ella, con las comisuras de los labios curvándose en algo que, si entrecierras los ojos, podría pasar por una sonrisa―. Qué alegría que te unas a nosotros. ¿Tienes un pase por llegar tarde?
Entro sin responder a la pregunta. El salón huele un poco a polvo de tiza y al chicle de menta que ella siempre mastica. El único asiento vacío está en primera fila y al centro, prácticamente debajo de su nariz. Se me encoge el alma.
―Es el primer día... ―empiezo a decir, pero ella corta mis palabras como si fueran papel.
―Sí, lo es. Por eso mismo deberías haber llegado a tiempo. Tarde. ―Anota algo en su tabla con sujetapapeles, y el rasguño de su pluma suena fuerte en el silencio. Un estallido de susurros recorre el salón.
Me dejo caer en el pupitre como si me bajaran a un ataúd. Va a ser un año muy largo.
Para cuando llega la hora del almuerzo, el día ya me ha dejado un dolor sordo de cansancio. Mi siguiente parada es Inglés, que por suerte está cerca de la cafetería. Me cuelo con un grupo pequeño y me deslizo en un asiento al fondo, donde se juntan las sombras.
Saco de mi bolsa el libro The Flame and the Flower; sentir su peso familiar me tranquiliza. A mi alrededor, el aire está cargado de parloteo: carcajadas, chismes sobre ligues de verano y el chirrido de los tenis sobre la baldosa.
Entonces, la puerta se cierra de golpe.
El estruendo atraviesa el salón, silenciándolo todo. Las charlas se cortan en seco ante el fuerte golpe de las bisagras.
Un hombre se aclara la garganta, y ese sonido grave hace que levante la mirada.
No es como los otros profesores de aquí.
Lleva una camisa de vestir azul claro, con las mangas pulcramente arremangadas hasta el codo. La tela le queda lo suficientemente floja como para sugerir comodidad bajo la formalidad. Pantalones negros. Corbata azul oscuro. Sus antebrazos están ligeramente cubiertos de vello oscuro. Unos lentes de montura negra descansan en el puente de su nariz, enmarcando unos ojos que no logro descifrar desde esta distancia. Su pelo es espeso, castaño oscuro, peinado hacia atrás pero no perfecto; algo natural. Tiene barba de un par de días en la mandíbula, de esa que parece que debe estar ahí.
Detrás de él, escrito con marcador negro y letra firme: Mr. Kohen.
Ya había visto a Mr. Kohen antes. Me lo cruzaba en los pasillos entre clases, normalmente con un café en una mano y un montón de exámenes en la otra. Se movía con una calma que no parecía propia de una preparatoria: pasos medidos, la mirada fija en algún punto más allá de quien se cruzara en su camino. A veces asentía si nos encontrábamos, a veces no. Pero bueno, nunca le di importancia. Eso debió ser antes de que me pegara la pubertad en segundo año; antes de que mi cuerpo cambiara tanto como para preguntarme si la gente se daba cuenta, y antes de que aprendiera a notar cuándo lo hacían.
En aquel entonces, me sentía más cómoda pasando desapercibida que llamando la atención. Iba a lo mío, nunca tuve muchos amigos; más bien solo conocidos. Siempre los mismos rincones de la cafetería, los mismos espacios tranquilos en la biblioteca. Me fijaba en la gente como quien se fija en los puntos de referencia de una ruta conocida: están ahí, pero no vale la pena detenerse. Lo máximo que sabía de Mr. Kohen era que daba Inglés Avanzado y Literatura, y que su salón estaba metido en el área de lenguas.
Si pasaba junto a él en el pasillo, no me quedaba pensando en cómo se le acomodaba el pelo o cómo le salía la voz cuando hablaba con otro profesor. Esos eran detalles para que otros se fijaran, no yo. Pero en algún momento entre entonces y ahora, algo cambió.
Empieza a pasar lista y su voz se oye con facilidad; no es fuerte, pero sí decidida. Es suave, con algo que no logro identificar. Un acento, tal vez. Los alumnos responden con tonos planos y distraídos.
―¿Elorie Sawyer?
Levanto la vista y lo miro a los ojos mientras alzo la mano. ―Presente.
Él asiente y sigue adelante. Siento una pizca de decepción, algo agudo y tonto. Vuelvo a bajar la mirada a mi libro, aunque las palabras se vuelven borrosas.
Su voz fluye por el aire, tranquila y sin prisas.
―Como ya habrán deducido, soy Mr. Kohen. Doy Inglés Avanzado de último año, y se los advierto de una vez: esta no es la clase para flojear.
Unas cuantas sillas crujen mientras los alumnos se acomodan. Una chica en la primera fila enrolla un mechón de pelo en su pluma; el chico de al lado bosteza sin taparse la boca.
―No dejo mucha tarea ―continúa―, pero no se aprovechen de eso. Si veo que demasiados de ustedes faltan con los trabajos, los cambiaremos por exámenes. Y les prometo que se arrepentirán de esa elección.
En algún lugar detrás de mí, alguien se burla entre dientes. Él ni siquiera mira en esa dirección.
―Puedo ser su profesor favorito ―dice, haciendo una pausa para recorrer el salón con la mirada―, o puedo ser la persona más odiada que conozcan en su vida. Eso depende totalmente de cómo me traten.
El aire en el salón parece detenerse.
―Si ven que se están quedando atrás, pidan ayuda. Pero prestar atención es la clave...
Una sombra cae sobre mi pupitre.
Su mano entra en mi campo de visión, cálida y firme, presionando suavemente la portada de mi libro. El papel cruje mientras lo cierra, y sus dedos rozan los míos en un contacto brevísimo y silencioso.
Lo suelta con cuidado, con una pequeña sonrisa asomando en sus labios —una que no llega del todo a sus ojos— antes de volver al frente.
―Si prestan atención ―dice, con un tono de diversión asomando en su voz―, verán que el Inglés no es tan malo.
Me reclino en mi silla con los brazos cruzados relajadamente, siguiendo con la mirada la forma de sus hombros mientras se mueve. Algo en mí memoriza su forma de hablar y cómo mira a la gente; se siente como el comienzo de algo que debería resistir, pero no lo haré.
―Empezaremos el año con una dinámica sencilla para romper el hielo ―dice tras una pausa―. Nombre y algo que hayan hecho en el verano. Empecemos por aquí... ―Señala el primer pupitre de la fila de adelante.
Mariah Aarons va primero. ―Eh, Mariah Aarons. Yo... fui a Myrtle Beach.
Se oye un murmullo desde algún lugar de la fila de en medio.
El chico a su lado se encoge de hombros. ―Caleb Morris. Trabajé en el taller de mi tío.
Las historias van dando la vuelta al salón, una mezcla de verdades a medias y charlas triviales. Algunas suenan creíbles; otras tienen ese brillo demasiado perfecto de las mentiras.
Harrison Reed, sentado junto a mí, tarda una eternidad en pensar. ―Este... jugué muchos videojuegos.
Entonces, sus ojos se posan en mí.
Me levanto despacio, sintiendo el estiramiento en mis piernas y el peso de mi cabello mientras me lo acomodo tras la oreja. Alzo la barbilla.
―Soy Elorie Sawyer ―digo con voz firme―. Y completé mi lista de lecturas de verano.
Él inclina la cabeza, alzando un poco las cejas. ―No me lo habría imaginado. ¿Qué libro volverías a leer? ―El sarcasmo es muy evidente.
―Lolita.
La palabra queda suspendida entre nosotros, afilada y deliberada.
Él arquea las cejas apenas un poco. Siento que el calor me sube a las mejillas antes de que pueda evitarlo.
De algún modo, su expresión no cambia, aunque hace una pausa, deteniéndose lo suficiente como para que importe, y luego se dirige al siguiente estudiante.
El resto de las presentaciones pasan como un borrón.
Para cuando suena el timbre, el salón ya ha empezado a disolverse en movimiento: sillas arrastrándose, cierres de mochilas subiéndose. Empaco despacio, esperando a que la multitud se disperse.
En la puerta, él se hace a un lado para dejarme pasar.
―Nos vemos mañana ―dice.
―Hasta mañana, Mr. Kohen. ―Mi voz suena tranquila. Mi pecho no.
El resto de mis clases fueron, al parecer, aburridas. Demasiadas presentaciones de alumnos que ya conozco y lecturas distraídas de un programa escolar que no significará nada después del primer mes de clases.
Afuera, el sol de la tarde brilla con fuerza, hace casi demasiado calor, y durante unas cuadras siento que me empuja hacia casa. Hasta que llego a la puerta principal.
El aire cambia en cuanto entro: pesado y viciado, cargado con el olor agrio del vino barato y el ligero aroma grasiento de algo que lleva demasiado tiempo en la estufa. Las persianas están cerradas, dejando pasar solo unas delgadas franjas de luz que atraviesan la sala como barrotes. Mis zapatos se hunden un poco en la alfombra gastada y el zumbido silencioso del refrigerador llena el vacío.
―¡El! ¡La cena está lista! ―grita mi madre desde la cocina con una voz demasiado alegre, como si la forzara entre dientes.
Me quito los zapatos y entro, preparándome psicológicamente. Ella está frente al fregadero con las mangas subidas; sus brazos se ven pálidos bajo la cruda luz de la cocina. Hay un plato en la mesa: pasta recocida y una ensalada marchita. Una copa de vino casi vacía suda en la barra junto a ella.
―No tengo hambre ―digo con voz plana.
―¿En serio, Elorie? ―Se voltea con el trapo húmedo en la mano goteando sobre el suelo―. Al menos tómate tu pastilla.
Pongo los ojos en blanco, agarro el frasco de la mesa y saco una pastilla sobre mi palma. Ella me observa mientras tomo el vaso de agua que me ofrece. Me pongo la pastilla bajo la lengua y bebo el agua sin tragarme el medicamento.
―¿Feliz? ―murmuro.
Ella suspira y vuelve a los trastes. Yo ya voy camino a las escaleras.
Arriba, en el baño, escupo la pastilla en el inodoro y jalo la palanca. La porcelana está fría bajo mis manos mientras me sujeto al borde del lavabo, susurrándole a mi reflejo: "Estás bien. Estás bien. Estás bien". La voz se me quiebra en la última frase.
Esa noche, bajo el brillo de la pantalla de mi laptop, escribo su nombre.
David Kohen. David. El nombre se siente sólido, seguro, como si lo conociera de hace mucho más que una tarde.
Facebook me muestra su perfil. Sin querer, me clavé investigando sin esperar encontrar nada. Su foto de perfil era una toma familiar iluminada por el sol: él estaba de pie detrás de una mujer de cabello castaño brillante, con la mano apoyada suavemente en su hombro. Tres niños se amontonaban frente a ellos, todos con sonrisas que les llegaban a los ojos, de esas que se ven en las tarjetas navideñas y en los portarretratos sobre la chimenea. Era perfecto de esa manera en que las poses lo son; sus brazos entrelazados, su felicidad capturada en un instante. Y por una razón que no supe explicar, algo afilado se me retorció en el vientre; no porque quisiera estar en la foto, sino porque odiaba lo fácil que parecía para ellos llenarla sin mí.
Cualquier esperanza debería terminar ahí.
Pero no es así.
Al contrario; se vuelve más intensa.