PRÓLOGO
Las begonias son flores de interior, por lo que se mantienen recluidas en invernaderos porque no toleran bien el frío. Sin embargo, a los alrededores del palacio, sus jardines y exteriores, los adornan cientos de ellas. Crecen como matorrales y arbustos. Se contonean con el viento y yacen, dejando que otros las admiren por su color y olor.
Eran el espectáculo del reino, Grace amaba oír sobre ellas.
Aquellos comentarios llenos de curiosidad y unos cuantos, cegados de envidia, le hacían recordar cuando era tan solo una niña, y miraba los jardines del palacio como si las flores le hablaran; Había algo mágico en las parcelas de begonias que cubrían gran parte del castillo donde el rey, la reina y sus hijos vivían.
Su madre siempre la regañaba, porque pensaba que aquellas cosas que decía eran mentiras, pero las inocentes palabras de Grace eran ciertas. No tan literales como ella suponía, pero lo hacían. La melodía era constante y aunque la escuchaba con facilidad, no era para nada fuerte. Más bien, se asemejaba a un susurro que la adormecía.
Era la paz entre gritos y golpes.
Por lo que, cuando un buen día supo que desposaría al príncipe, Grace se emocionó de que aquel campo de begonias pudiera ser suyo al fin. Pasaría todo el tiempo entre las parcelas, quizás conseguiría que su marido le permitiera tomar el té cada tarde en los jardines, y daría paseos cortos para admirarlas de cerca. No obstante, como si de repente fuera consciente de sí misma, las begonias murieron meses después de que su luna de miel finalizara.
Era su culpa, se repetía una y otra vez. Cargaba con el peso legítimo de ser la única invierno de su país. Y no fue hasta que dejó la sofocante calidez de su hogar, que supo la razón por la que ahora era reina. Su sangre estacional beneficiaría al reino cuando tuviera herederos.
Pero nunca pudo. A excepción del resto de los suyos, Grace era estéril. Árida como las tierras donde sus antepasados vivían, y fría, en lo que se refiere en actitud. No derramó ninguna sola lágrima cuando supo que no tendría hijos, y mucho menos, cuando se le informó que el rey había muerto.
Grace yacía nostalgica sobre la tierra donde sus apreciadas begonias lucían marchitas; Vistiendo de negro, pálida de pies a cabeza y con la mirada perdida, pero de un intenso color ámbar en sus ojos.
—Señora, un hombre solicita su presencia en el palacio —anunció su criada, con la voz atropellada y agitada por la apresurada caminata, mientras se acercaba nerviosa dónde Grace arrancaba de raíz las begonias marchitas que se habían quedado sin pétalos. Y aun así guardó su distancia—. Dice que su nombre es Jhon Hussain.
Grace detuvo sus movimientos, suspendiendo su mano sobre el matorral seco del jardín exterior que rodeaba el lago, como un indicio al repentino rebote de latidos que aquel nombre provocó. Sus ojos observaron de reojo a la empleada al mismo segundo de que terminara de hablar, siendo consciente momentos después, como a causa de tal inesperada visita, sus sentidos habían vuelto a ser confusos, y el viento que pasó de pronto y elevó el agua en el lago, se quedó estática y traslúcida, como hielo. Origen de la falta de dominio en sus dones.
—¿Dijo a qué venía?
La criada dio un pequeño salto ante la voz cauta de su señora, aun de espaldas a ella, y se estremeció repentinamente helada, por el viento que avivó de la nada.
La mujer se obligó a recuperarse y respondió en seguida.
—Solo mencionó que era importante que estuviera presente.
—¿Solicitó una reunión? —preguntó extrañada.
Jhon Hussain, era un hombre prudente y honesto que llevaba más de diez años al servicio de la corona. Tras la muerte del rey, él y algunos hombres más habían sido voluntarios para viajar a las tierras del norte y verificar la información sobre el deceso de su soberano, pero por sobre todo, recuperar el cuerpo que parecían no querer entregar.
Grace había pensado que al ya no ser reina, y despojada de cualquier título o labor real, no se le molestaría por cosas de la familia de la cual había sido echada tras la noticia. Ya que después de todo un funeral fue realizado en nombre de su esposo y Grace hizo todo lo que la corona le pidió que hiciera.
¿Qué más podrían querer de ella?
—Con el rey y la reina consorte, mi señora. —continuó la criada.
—¿Qué podría querer de mí? —dijo para sí misma, ocupada con atacar sus propias ideas, resultando desfavorecedora de tal pérdida de sensatez. La incertidumbre de la visita de aquel hombre, siendo un encuentro y no una carta, estaba logrando que repitiera lo que pensaba, sin siquiera haberlo procesado todavía.
Esperaba que su tono de voz ayudara a ocultar sus murmullos inesperados, no obstante, alguien lo hizo.
—Bueno, si me lo permite, el fallecimiento del antiguo rey aún es reciente, usted sigue siendo su esposa. Además… —la criada se detuvo, tomándose un momento para pasar saliva antes de proseguir—, llevaba consigo hombres de las tierras del norte.
Ante eso, Grace se levantó del suelo, sofocada, y miró esta vez a su criada a los ojos. Avanzó hacia ella y dijo, sin tomar en cuenta cómo sus emociones bajaban la temperatura, provocando que la mujer frente a ella respirara con dificultad.
—¿Estás segura? —preguntó.
Resplandecía, como una ninfa. La criada, aun con los años, se embelesaba en cada ocasión que podía verla; Abrigada por el abundante cabello negro que le caía a la cintura, contrarrestando con su pálido color de piel, nívea y a la vista, muy suave. Y sus ojos, relucientes como las llamas de las velas, eran lo único, junto a sus labios naturalmente rojos, que llenaban de color su apariencia.
La criada tuvo que retroceder dos pasos cuando la cercanía la puso nerviosa, y evitó mirarla mucho a los ojos al contestar, al empezar a sentir las mejillas calientes, donde era evidente su sonrojo.
—Sí, mi señora. Vi el emblema en forma de ópalo, bordado en sus trajes.
Debía ser por el cuerpo, pensó Grace. No podría haber algo más que la involucrara, además de la identificación de su esposo. Aunque no creí ser capaz de ser mucha ayuda si dicha visita inesperada venía para tal situación, pues había pasado mucho tiempo.
Y aun así, caminó junto a su criada de nuevo al palacio, donde observó mortificada el aspecto de Jhon Hussain, quien con expresión muy seria siguió diciendo cuando Grace se sumó a la conversación.
El nuevo rey Thomas y su esposa Victoria, estaban encolerizados.
—Mi señora, traigo buenas noticias. —Grace lo miró sin pestañear, como si creyera que aquel hombre se había vuelto loco. Detrás de las gafas, los ojos con que contempló a Grace brillaron de nerviosismo, pero dirigió una mirada respetuosa hacia ella antes de proseguir—. El rey está vivo.
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