El día que conocí a Artem

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Sinopsis

Algo le pasaba a Artem cada que íbamos a la universidad; dejaba de sonreír. En casa era amable y sonriente, y en la escuela ni siquiera se movía; era como si fuesen dos chicos distintos. Quizá lo eran, quizá yo me había encariñado del primer ser humano que vi, o quizá algo raro le pasaba a Artem.

Genero:
Romance
Autor/a:
Keo
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Los miedos solían tener muchas caras, y yo solía tener muchos miedos. A mi edad espero, los normales. Hoy me aterraba el de la paquetería; yo no había pedido absolutamente nada.

Veía la caja como si tuviera una bomba dentro porque, vaya, podía tenerla. Una bomba que reventara mi casa recién rentada; que advirtiera a mis padres allá en Canadá que no podía hacerlo sola, que tendrían que venir a buscarme mañana en la tarde y sacarme en pedacitos explotados por la bomba que había a mis pies.

Antes de romper la cinta y aceptar mi destino, alguien tocó a la puerta. Me asomé por la ventana; era un alguien atractivo y con unas buenas vibras oscuras, quizá él me había enviado aquella bomba. Abrí la puerta aceptando mi suerte, mi poca o mala como se expresase mejor.

—Disculpa, ¿te dejaron una caja? —Traía el teléfono en manos con el maps abierto. Oh, vaya que me había mandado la bomba. No pude responder por un buen rato.

—S… —la vocal se me atoró en la garganta. Hizo una mueca de gracia, seguro pensando en el espectáculo que armaría su caja.

—¿Puedes dármela? —soltó, riéndose. Mi gato salió a recibir la maldad conmigo y ahí si tuve que hablar.

—¿Te he hecho algo malo? —titubeé.

—Para nada. —Sonrió—. Que lindo, ¿cómo se llama?

—Emma… y soy una chica —añadí, incomoda. Aquel terrorista me miró confundido.

—Hablaba del gato —pausó, sonrió de nuevo y me extendió la mano—… Emma.

Aquel gesto si me sonaba, estaba saludando. Pero no me sentía con la comodidad para saludar al terrorista.

—Si no te he hecho nada, ¿por qué me has enviado esto? —indagué—, ¿te arrepentiste y vienes por él? ¿O acaso querías que te conociera antes de…?

—Oh, no, es que se equivocaron al entregarlo, es mío y debía llegar a mi casa por aquí cerca, ¿ves esa con el barandal bajo? Es mi casa, pero por algún motivo la dejaron aquí. —Yo no entendía quien en su sano juicio decidía comprarse una bomba para sí, aunque ahora que se explicaba, quizá no era tal cosa. Saqué la caja del recibidor y se la di, estaba algo pesada como si fuera una…—. Son libros —aclaró.

—Oh, también pedía libros a casa seguido —hablé. Prácticamente, dejando de lado lo traumático que había sido el preescolar, me había educado en casa.

—¿Si? ¿De qué tipo? —se entusiasmó, ahora que ya no era un terrorista, parecía amigable, quizá de mi edad incluso.

—Más que nada académicos, me educaron en casa. —Sostuvo la caja con un brazo y volvió a extenderme la mano, esta vez si lo tomé.

—Artem, mucho gusto. —Pensé repetirle que me llamaba Emma, pero entendí que se estaba presentando.

Para ser tan alto y verse tan intimidante, la verdad sonreía mucho. Artem se fue a los minutos sin descubrir el nombre de mi gato y se metió a su casa que se podía ver perfectamente desde la mía.

Ahora que no había bombas o terroristas podía enfocarme en deshacer mis propias cajas de libros pues mañana tenía que empezar la universidad; esa si decidieron que la estudiara en vivo y directo, lo cual parecía una mala broma para alguien que no salía más que a las montañas.

Me habían pagado una casa cerca de la universidad con el cuento de que por aquí vivían muchos estudiantes del campus y que aparte, por estar tan cerca era mucho más seguro. Mamá no se iba a arriesgar a que yo anduviera correteando por las calles traficadas de una ciudad desconocida, apenas y sabia cruzar la calle.

Poco había detrás de mi confinamiento; padres sobreprotectores y adinerados, y una niña que demostró problemas sociales. Me habían criado con paranoia y se me notaba hasta en los dedos de los pies.

Lanzarme así al mundo adulto parecía abrumador; pero la abuela ya no sonsacó los miedos de mis padres. Ni los míos.

—Irá, ninguno aquí es eterno y la niña no es tonta —declaró un buen martes y aquí estamos.

Tampoco había mucho que desempacar, mi padre vino días antes que yo y dejó la casa funcional y mi closet armado.

Mañana iniciaría mi aventura en el mundo real, conocería personas y cosas más allá del jardín de la casa. Una parte de mi estaba aterrada, ciertamente, pero la otra lo esperaba con ansias; no era buena con los cambios pero había esperado este por muchos años.

Sinceramente soñaba con hacerme amiga de una linda chica alta y pasar mi vida universitaria en paz; también por eso había elegido una carrera a mi gusto y no algo que me retara a permanecer con las pestañas pegadas al monitor todo el día haciendo tareas. Del tema del amor, bueno, ni siquiera había dado mi primer beso, tener novio era una meta pero no dedicaría energía a ello.

Puse el despertador con tiempo suficiente para hacer desayuno y arreglarme en la mañana, y entonces recordé que era yo quien cocinaba en casa de mis padres, ¿ahora quien les haría de comer?

—¿Qué comerán? —dije apenas me respondió mamá el teléfono.

—Duerme y no te preocupes por nosotros, eres tú quien necesita cuidados. —Eso me lo decía todo el tiempo. Sin embargo, yo no estaba de acuerdo.

Me hacia cargo de la casa, de las comidas, de Mirindo -el gato- e incluso atendía a la abuela cuando necesitaba algo. Podría conseguir un trabajo desde casa y hacerme cargo del dinero también; pero para mamá era una niña “especial” y ya.

Con eso en mente colgué la llamada sin más.

El día siguiente empezó sin problemas, salí temprano y crucé un par de calles, una tienda esquineada y un espacio de reciclaje antes de llegar al campus. No empecé a sentirme asustada hasta que me senté en el salón. ¿Qué tal si no funcionaba así? ¿Y si debía esperar a que llegaran los demás o el profesor antes de entrar?

Cuando me levanté para irme empezaron a entrar personas. No muchas, un puñado de chicas y un chico con una cara de asesino. De terrorista.