Prólogo
Sacha —a quien luego renombré como Izador— apareció en mi vida mientras me recuperaba de mi ex, una adicta a la velocidad, y de sus malos tratos. En realidad, ella era la ex de una antigua amiga mía, Vesper, antes de que decidiera recogerla de lo más bajo de la escala social. Fue una mala elección motivada por mi baja autoestima y la suposición de que a Vesper no le importaría, ya que fue ella quien puso fin a la relación. Pues me equivoqué; perdí a una amiga y gané a una maltratadora. Habíamos roto hacía varios meses y apenas estaba empezando a recuperar el equilibrio en mi vida social.
Como miembro recién llegada a una sinagoga LGBT, me uní al coro y canté durante las fiestas mayores de aquel año, donde hice una amiga: Shayna. Ella había conocido a otra chica judía y se iban a vivir juntas. Su novia, Noa, era muy inestable con ella; pasaba del calor al frío y tenía poca paciencia para sus manías. Además, se dedicaba a mirar a otras lesbianas judías, más delgadas, más altas y más femeninas, incluso mientras estaba sentada justo al lado de Shayna.
Qué imbécil.
Siguieron juntas durante años y todavía son «amigas». Shayna, tras probarlo todo, recurrió a la terapia electroconvulsiva para tratar su depresión y se ha vuelto una solitaria. No tengo el valor de decirle lo que creo que es la verdadera causa de su depresión. Pero tal vez alguien debería hacerlo...
Mientras la veía luchar con todo esto, empezaba a darme cuenta de que yo también quería una pareja judía. Había visto a parejas de lesbianas mayores que yo llegar al templo en las fiestas mayores con sus hijos, vestidas de punta en blanco, luciendo tan familiares... y al mismo tiempo, tan poco convencionales y queer como fuera posible. Ese conjunto en particular era mi santo grial. Lo codiciaba.
Pero me faltaba otro sentido del yo: era una pansexual que aún no se había realizado. Al crecer en un hogar que repetía los tópicos modernos, me habían hecho sentir vergüenza de mi bisexualidad. O al menos, por un buen tiempo. Ni hablar de ser «gay hasta la graduación»...
Oh, no. Yo era lesbiana y punto, porque mi hermana, tan «hetero» ella, me había convencido de que las personas bisexuales (ni qué decir de las pansexuales) solo eran unas calientes inmaduras y que «cuando crecieran, elegirían a uno».
Durante gran parte de mi infancia, mi hermana ocupó involuntariamente el lugar de nuestra madre emocionalmente inmadura. Por eso, me encontré clamando por su aprobación, tal como muchas personas hacen con sus madres emocionalmente ausentes.
Estaba desesperada por demostrarle a mi hermana y al mundo que yo también había «crecido» y «elegido a uno».
Pero, por desgracia... no fue así.
En realidad, Sacha era un amante imaginario para hacerme compañía mientras lamía mis heridas por los horribles recuerdos de mi ex y las espantosas citas a ciegas con gente que salía huyendo después de «ir al baño» y que, descubrí más tarde, eran amigos de personas que ya no querían saber nada de mí.
Gracias, Vesper.
EN FIN...
Sacha era mejor que todos ellos. Sacha era una persona romaní húngara con los rasgos físicos de una persona real: Johnny Eckhart. Sí... el tipo de la película «Freaks» de Todd Browning. Un guion que, creo, fue escrito por un actor discapacitado.
Para los que no lo sepan, «Freaks» fue una película producida en los años treinta sobre la vida en el circo, en la que aparecían muchos actores que, en aquella época, trabajaban realmente en ferias y espectáculos similares. Era muy, MUY mala. Muy mala en muchos niveles: mal argumento, mala escritura, mal guion, malas actuaciones, tópicos nefastos y... bueno, más cosas malas.
Pero me hizo preguntarme:
¿Por qué alguien en una historia con un cuerpo diferente no puede ser más que su propia diferencia?
¿Por qué no pueden ser retratados como:
atractivos
deseables
coquetos
seguros de sí mismos, y demás?
¿Por qué NO pueden:
Tener un trasfondo interesante
«Conseguir a la chica/chico»
ser amados, necesitados, deseados o admirados por otros
ser proveedores
ser rescatadores
ser quien deja a alguien en una ruptura
«llevar los pantalones» en la relación
Y, no sé...
¿TENER UN FINAL FELIZ?
En cierto modo, he visto que las películas han evolucionado en ese sentido. Pero, en general, no tanto. Al igual que hacen con casi cualquier otro tipo de marginación, la historia siempre se centra en la diferencia, tiene un mal final, recurre a un mal tópico, hace que el personaje sea unidimensional, etcétera.
Sacha fue mi primer intento de crear este personaje más redentor. Pero, lo que es más importante, Sacha no se parecía a ninguna de las lesbianas gentiles que me hicieron daño, ni a las lesbianas judías que se creían demasiado buenas para mí. Sacha era mi vía de escape ante el rechazo.
La «c» en la escritura de Sacha en lugar de la «s» de «Sasha» era otro pequeño secreto, un «huevo de pascua» para mí. Fue esa diferenciación de una sola letra la que creó la más mínima posibilidad de fluidez en la orientación sexual, con una negación plausible para aquellos que, si encontraban mi diario, insistieran en mi firmeza como lesbiana de brillante armadura.
Sacha era, además, una persona no masculina que aun así podía dejarme embarazada.
Ajá.
Como ves, estaba lidiando con muchas cosas. MUCHAS.
Sacha no se transformó en Izador hasta mucho después. Me llevó años aceptar mi pansexualidad, gracias al entrenamiento de odio hacia una misma que me dio mi hermana. Esta antología es una fantasía de cómo habría sido recuperarme antes, con la ayuda de Izador, en diferentes etapas —algunas reales y otras fantásticas— de mi vida y mi camino.