Capítulo 1
Courtney – POV
—Ava, cielo —llamé—, termina ya, que nos tenemos que ir en unos minutos.
Desde algún lado llegó el eco de una voz pequeña: «Vale, Coco», seguido por el pisotoneo de unos pies diminutos.
Caminé en silencio por la casa una última vez. Mis dedos rozaban las paredes mientras me invadía una vida entera de recuerdos.
Mis abuelos construyeron esta casa a principios de los años 40. Era una estructura sencilla de ladrillo y madera, de una sola planta, que se convirtió en el hogar de cuatro generaciones de la familia Hayes. Era el lugar donde todos nos juntábamos para las fiestas. Celebrábamos los cumpleaños como si fueran un deporte olímpico y las cenas de los domingos siempre estaban llenas de buena comida, mejor vino y risas contagiosas.
El legado de los Hayes estaba impregnado en los mismos cimientos de este hogar. Mis abuelos, mis padres, mi hermano con su familia y yo misma hicimos de esta casa un lugar hermoso para vivir.
Ahora, esto ya no era un hogar. Solo era una casa vacía esperando a que alguien, otra familia, llegara para darle nueva vida.
Las paredes, que antes eran de un blanco impecable, ahora se veían sucias. El suelo de madera, que aguantó a niños corriendo y perros jugando, estaba rayado y desgastado. La nevera todavía tenía el golpe que le dio mi padre intentando demostrar que sus calcetines eran los más resbaladizos. Era un testimonio de los buenos tiempos que ya pasaron.
Alguien vendría a borrarlo todo y yo no podía estar aquí para verlo. Sería como otro funeral; un miembro más de la familia al que dar sepultura.
Después del horrible accidente de coche donde murieron mis padres, mi hermano y mi cuñada, supe que no aguantaría otra pérdida. Ni siquiera si era solo ladrillo y cemento. Así que, tras arreglar el testamento y vender lo que pude, tomé la decisión de marcharme. Quería cerrar este capítulo de mi vida y empezar de cero.
Mi preciosa sobrina de cuatro años apareció a mi lado. «Ya 'toy lista, Coco».
Le sonreí. Tenía el pelo rubio ceniza todo alborotado alrededor de su carita, que estaba manchada de tierra y mermelada de uva.
Lo estaba llevando mejor de lo que esperaba tras la tragedia. Aun así, sé que los niños procesan los traumas de otra forma. Aunque ha pasado menos de un año, a veces nos asaltan momentos que nos hunden antes de que podamos recuperarnos.
Ese era el objetivo de la mudanza. Por mucho que quiero —quería— a mi familia, para Ava era muy duro estar rodeada de recuerdos. Los detonantes eran constantes. Era mejor empezar de nuevo, crear otros recuerdos y buscar un sitio que nos permitiera sanar a las dos.
Eché un último vistazo alrededor. Luego me arrodillé para mirarla a sus brillantes ojos color avellana. «¿Estás lista, amor? Vamos a empezar nuestra nueva aventura».
—¡'Toy lista, Coco! —declaró ella, echándome los brazos al cuello con un chillido.
La levanté en vilo y la saqué de la casa hacia la gran camioneta blanca que era de mi padre. Abrí la puerta de atrás. «Muy bien entonces», dije mientras le abrochaba el cinturón en su sillita. «¡Vámonos!».
~~
Tardamos días en llegar a nuestro nuevo hogar, pero no teníamos prisa. Ava y yo disfrutamos explorando las ciudades y pueblos del camino.
En cada parada, la dejaba elegir algo para comprar. Quería que nuestra nueva casa se sintiera como un hogar que habíamos creado juntas.
Compramos un letrero de metal grande con un gallo cantando que decía: «Levántate y brilla, pedazo de cabrón». Ella aún no sabía leer, pero a mí me pareció genial.
También una maceta rosa horrorosa que parecía tener ojos pintados por todos lados. Según Ava, teníamos que llevárnosla para ver quién venía a visitarnos. Si no servía para eso, al menos los espantaría.
Compramos una alfombra de pelo color cerceta que era sorprendentemente preciosa. Sería perfecta para el salón, para acurrucarnos mientras tomábamos chocolate caliente.
Y su favorito, Mr. Rockstar Ninja Sprinkles. Era un gato de peluche con una estrella azul en la frente que, con suerte, se quedaría en su cuarto con los otros cientos de peluches que tuvieron que venir con nosotras.
Empezamos el día temprano y dejamos el que esperaba fuese el último hotel antes de llegar a casa. Paramos a llenar el depósito y a picar algo a media mañana. Después, condujimos por carreteras llenas de curvas con paisajes impresionantes a ambos lados.
Dimos un rodeo porque mi sentido de la orientación es nulo, incluso con mapas electrónicos. Nos saltamos el pueblo de Once Again mientras íbamos hacia Mount Happily After.
De todos modos, me tranquilizaba saber que estábamos cerca de una ciudad mediana. Por si necesitábamos suministros o cosas que el pueblucho dormido no tuviera.
Tenía la dirección de nuestra nueva casa puesta en el móvil. Después de que nos desviara varias veces, sonó esa voz mecánica tan familiar: «Su destino está a la derecha». Recé en silencio para que mi decisión de comprar la «casita de cuento» hubiera sido la correcta.
Metí la camioneta y el remolque por un camino de tierra lleno de baches y socavones. Iba agarrada al volante con una fuerza que me dejaba los nudillos blancos.
Por suerte, Ava se lo estaba pasando en grande dando botes en el asiento de atrás y no tenía ni idea de lo preocupada que estaba yo. La propiedad no estaba en la cima de una montaña, gracias a Dios, pero tampoco en terreno llano. Tendría que encargarme del mantenimiento del camino antes de que llegara el invierno y la nieve, para que el coche no patinara.
—Ya casi estamos, Ava —canturreé por encima de sus risas mientras el camino se nivelaba y el bosque se abría ante nosotras—. Solo un poco más...
Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.
¡Ay, Dios mío, no!
El lugar era un desastre. Me tragué las lágrimas y obligué al nudo de mi garganta a bajar.
Era el sitio correcto. Por lo poco que veía de la casa, era la misma, pero las fotos debían de tener décadas de antigüedad. Porque esto... esto era una ruina que se caía a pedazos.
Luchando con mis emociones, me sentí orgullosa de lograr dar marcha atrás con el remolque. Lo aparqué en el único sitio libre bajo unos árboles.
—Ava, quédate aquí mientras Coco se encarga del remolque, ¿vale?
—Vale. —Parecía nerviosa mientras miraba por la ventana—. ¿Puedo desabrocharme?
Abrí la puerta de la camioneta. Me dio un escalofrío al pensar en pisar la hierba alta llevando pantalones cortos y chanclas.
¿Habría serpientes por aquí? Por lo que alcanzaba a ver, hasta un oso podría estar hibernando entre esa maleza.
—Sí, cielo, puedes, pero quédate dentro. —Vi cómo sus deditos iban directos al cierre de la sillita mientras asentía con la cabeza—. Voy a cerrar la puerta para que no entren bichos. Estaré atrás desenganchando el remolque y vuelvo enseguida.
Ya estaba de pie frente a la ventanilla trasera, con la cara pegada al cristal. «Vale, Coco».
Respiré hondo, bajé al suelo con cuidado y cerré la puerta. La hierba me llegaba a la cintura. Sentía que tenía que abrirme paso a duras penas, apoyando la mano en la camioneta para no caerme.
Al llegar por fin a la parte trasera, bajé el soporte y solté el remolque. No cabía duda de que tendríamos que volver al pueblo para buscar dónde dormir esta noche. Y posiblemente más tiempo, si no conseguía hablar con el agente inmobiliario hoy mismo para arreglar este lío.
Volví a la puerta del conductor y me detuve ante la de Ava para abrirla. «Estamos en una aventura, ¿verdad?».
Cuando asintió, cogí nuestra bolsa de viaje y saqué unos pantalones de yoga. «¿Puedes mirar en el suelo y pasarme las zapatillas, por favor?». Ella saltó del asiento y se puso a rebuscar entre las bolsas. «No podemos ir de aventura si no vamos bien vestidas, así que hay que cambiarse».
Me pasó los zapatos justo cuando terminé de ponerme los pantalones. «¿Yo también me cambio?».
Miré por encima del hombro y supe que eso no iba a funcionar. Desaparecería entre la maleza. Además, no sabía qué animales acechaban en la hierba y no iba a arriesgarme a que le pasara nada.
—Hagamos una cosa —dije mientras me calzaba—. Te llevaré en brazos para que no te ensucies, pero tú te encargas de llevar el móvil, ¿vale?
Se le iluminó la cara. «¡Eso sí puedo hacerlo!».
—Claro que sí —dije, cogiéndola en brazos y pasándole el teléfono—. Eres una niña mayor.
Soltó un gritito de alegría y se me colgó del cuello. Me agaché para sacar una rama grande de entre la hierba. «Ahora sí que estamos de aventura. ¡Tengo a mi ayudante favorita y una espada, y nos vamos a buscar tesoros!».
—¡Bien! —gritó mientras se me aferraba con las piernas. Yo empecé a mover el palo de un lado a otro entre la hierba, esperando asustar a cualquier bicho.
La escuché enumerar todos los tesoros que podíamos encontrar: piedras brillantes, flores bonitas, un conejito... la lista era interminable. Ni una sola vez mencionó lingotes de oro o joyas. Cuando yo lo hice, se encogió de hombros y dijo que eso era aburrido, y que si encontrábamos algo de eso, me lo podía quedar yo.
Me pareció un buen trato.
Necesitaba toda la ayuda posible.