Antalogía de Cuentos

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Sinopsis

Lo que se ve no siempre es lo que parece, las apariencias engañan y el ojo humano es tan fácil de burlar....

Genero:
Horror
Autor/a:
Katherine Alaniz
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Mi nombre es Derek Coronado, mido 1.73 m. (sí, no soy muy alto), piel canela, ojos marrones, cabello oscuro, de complexión recia, acentuada por la barriga en proceso de crecimiento, ¿qué puedo decir?, tengo una ocupación muy sedentaria.

Estoy acostumbrado al trabajo arduo, ese que te hace decir la típica frase: “me saca hasta canas verdes”. Pero, aun así, es la profesión que elegí y no me arrepiento. Jason Huertas es mi amigo desde la universidad y a partir de entonces hemos sido los camaradas de luchas, pues conseguimos trabajo en la misma empresa hace unos pocos años.

Ambos laboramos en el área contable para una línea de supermercado, y podría decir que, hasta el momento era manejable, me había acostumbrado a una jornada de 10 horas, hasta de 11 en tiempo de cierre mensual, anual, ustedes saben. En fin, no quiero alargarme y sonar como el típico aburrido ratón de oficina.

En el área éramos 10 auxiliares, tres varones y siete mujeres, más el contador general, pero a ese a penas y le mirábamos las narices, siempre andaba de arriba para abajo solucionando problemas, bueno… en esta área ¿cuándo no? Yo estoy en un mierdero, pero mi jefe está en uno peor.

El departamento administrativo está en el ala oeste del primer supermercado que se inauguró en la capital allá por el 2001, yo empecé a trabajar en este lugar en el 2021 y heme aquí hasta la fecha.

Me encuentro divagando mientras realizo el diario de la depreciación de activos fijos, cuando entra estrepitosamente Carmen, con el típico taconeo en el piso.

—¡Volvió a pasar! ¡Volvió a pasar! —repite escandalizada.

—¡¿Qué cosa?! —preguntan a coros el resto de chicas y el chismoso de Oscar.

—Vieron en bodega a la niña ayer.

****

Resumen de ese cuento chino, desde que vine, los veteranos cuentan de un supuesto espanto que sale en forma de una niña de unos 8 años, larga cabellera negra lisa y con un vestido beige. Las historias de quienes la han visto son múltiples y muy ingeniosas, que a mí en lo personal me dan risa.

No soy una persona supersticiosa, ni creo en cosas paranormales, porque siento que al pensar en esas vainas es tú psiquis que termina inventando vicisitudes y entre la poca visibilidad de la noche crees ver sucesos que no son, pero, en fin, cada persona tiene derecho a pensar lo que quiera.

La cosa es, que unos han dicho que la han visto corretear en el área de los estantes en el supermercado, otros, que juega en bodega, que les ha aparecido en el baño y no los deja salir y algunos afirman incluso que la han escuchado reír diciendo que es una sonrisa infantil efectivamente, pero como que también viene de ultratumba.

****

Y ese es la historia.

—¿Quién la vio? —pregunta Martha.

—Iván Cáceres. Dice que ayer fue a traer su mochila para irse, era el último. Pero cuando bajaba la vista hasta el piso donde tenía la mochila, la vio sentada sobre unas cajas donde vienen peluches, pero que cuando volvió a subir la mirada ya no estaba y más al fondo se escuchaban ruidos.

—¡Uy! ¡Qué miedo! —suelta Adilia—. Por eso a mí no me gusta quedarme muy noche, ni voy al baño sola, porque me da mucho miedo.

—A mí igual —dicen las demás.

Ellos siguieron en su parloteo, recontando las apariciones de “la niña”, yo dejo de prestar atención y me concentro en mi diario, que debo terminar pronto para avanzar en algo más.

Terminando las depreciaciones, me pongo a contabilizar las facturas de pasivos y era todo un folder apretado en documentos que tengo que buscar como ir sacando en esta semana y…

—Dereck, ¡Dereck! —escucho la voz de Carmen.

—¡¿Ah?! —pregunto, porque no he oído lo que dice.

—Lo de la niña. ¿Crees que se deba a qué una niña murió acá y por eso su alma pena?

—Yo no creo en esas cosas, Carmen.

—Vas a ver cuando te asuste.

Solo sonreí.

—Jason, ¿qué opinas tú? —preguntó esta vez Adilia.

—Mejor que no se me aparezca, porque yo le diría: “¡Lástima que estás pequeña o de mí no te salvas!”.

—Eres un puerco.

Y todos nos pusimos a reír.


Las apariciones de la famosa niña siguieron durante las siguientes semanas, lo normal, cuando estás rodeado de personas supersticiosas. Pero todo cambió cuando una nueva recesión económica volvió golpear al país. Y las primeras medidas paliativas aparecieron: “Recorte de personal”.

De uno en uno iban siendo los despidos, yo solo me pregunto: ¿cuándo me tocará a mí? Era a diario el mirarnos las caras y no saber si era la última vez que llegaríamos a compartir esa oficina. Y no era tanto por el cariño a la empresa, no; si no a los centavos que aquello proporcionaba para vivir, dado también, que los despidos eran el pan de cada día en todos los lugares, no sería nada fácil conseguir empleo.

De los 10 auxiliares nos redujimos a la mitad, mi amigo gracias a Dios lo dejaron y a Adilia, Carmen y Josefina. El resto fue despedido y toda la carga laboral quedó sobre nuestros hombros. Y las jornadas se volvieron de 12 horas a más.

Yo de por sí no tengo vida social y con esto, se terminó de ir al carajo, el café se ha vuelto mi mejor amigo para poder tener los ojos abiertos y la cama es el espejismo perfecto ante el cansancio.

A veces llego a puntos donde estoy harto y quiero mandar todo por un tubo, pero luego recuerdo que soy pobre, con deudas y gastos, eso es suficiente para inyectarme ánimos de seguir. “En fin, la hipotenusa”.


Acabo de llegar a la oficina, el reloj marca 5 minutos para las 7:00 am, sí he llegado muy temprano, pero es que tengo trabajo hasta para tirar a los aires, lástima que no sea así con el dinero, ¡ja!

Lo primero es agarrar mi taza e irla a lavar, retorno a la oficina, de mi gavetero tomo un sobrecito de café instantáneo, le echo una cucharada de azúcar y lo bato, dejo de hacerlo hasta que mi mano está cansada, con paso perezoso voy al oasis para verter el agua caliente, mezclando por última vez, cuando entra Jason.

—Buenos días, viniste más temprano.

—El pegue.

—Lo sé, está de locos, es una presión encachimbada.

Me sonrío ante la expresión.

—Pues sí, pero demos gracias a Dios que tenemos empleo.

—Eso me digo, en consuelo, pero me rehúso a acostumbrarme al maltrato.

Con una sonrisa me voy a mi escritorio, junto a mi olorosa taza de café y listo para la acción.

La una de la tarde es reflejada en el reloj, siento a mis tripas empezar a rugir y amenazar comerse entre ellas, sin embargo, vuelvo a ver la pila de trabajo que tengo y se me escapa un suspiro frustrado.

—A la verga —suelta Jason, a quien tengo a un escritorio de distancia—. Me ruge el estómago, no me dará una gastritis. Dereck, vámonos a comer.

No respondo, mi vista solo se desvía al montón de trabajo

—Ahí luego, ¡vámonos! —me palmea el hombro.

Y el ardor en mi estómago me termina de convencer para seguirle.

Tomo mi lonchera y nos encaminamos al comedor, y maldigo en mis adentros al ver la fila para calentar la comida en el único microondas, ese donde se aglomeran hasta 4 recipientes y se le daba 4 minutos para que pudiese calentar, pero, en fin.

Cuando logramos tener nuestro almuerzo calientito, nos sentamos en una larga mesa, donde armaban tertulias durante toda la hora libre, y no faltó el cuento de la famosa “niña”.

—Miguel afirma haberla visto por la cafetera anoche, dice que se escondió tras el mueble —cuenta Clara.

—Pero si atrás solo está la pared —dijo Andrea que era de las acomodadoras.

—Y eso qué para un fantasma.

—No me gusta estarme quedando tan noche por eso —comenta Adilia—. La otra vez que iba al baño miré un bulto cerca de la puerta y me regresé.

—En ese pasillo es donde más aparece.

Creo que el exceso de trabajo los está haciendo ver demasiadas alucinaciones.


Siento el ardor en mis ojos, el leve dolor de cabeza que inicia prometiendo volverse intenso, mis hombros rígidos producto de la tensión y mis dedos no dejan de moverse en el teclado cada que agarro un grupo de papeles engrapados. Un suspiro cansado se escapa de mis labios y mi vista cansada viaja a la esquina del monitor, 9:30 pm, luego va hacia el trabajo acumulado, que debe sacarse sí o sí, porque la declaración mensual me respira en la nuca y no estoy dispuesto a pagar una multa.

Roto mi cuello en un vano intento de relajarme, cuando escucho a las únicas dos personas a mi lado moverse.

—¿Ya se van? —pregunto a Josefina y Jason.

—Sí —contesta mi amigo.

—Yo no me quedo más —dice Josefina—. Después de las diez, aumenta la posibilidad que la niña ande molestando.

—Eso son cosas de tu imaginación.

—Dime eso, luego que te asuste —ruedo los ojos ante su comentario.

—¿Vas a quedarte por más tiempo? —pregunta mi amigo.

—Tengo que dejar todo listo, me falta ingresar todo eso para que las plantillas coincidan con el auxiliar y pasarlo al jefe, mañana temprano es el límite.

—Maje, todos tenemos algo que entregar, y mira, se fueron, yo no pienso quedarme más, cuando al resto les importa un cuerno. No vale la pena quemarse tanto.

—Yo no estoy dispuesto a que me deduzcan una multa vía nómina.

—Exageras. Bueno, yo sí me voy.

Se encaminan a la puerta, pero antes de salir Josefina me ve maliciosa.

—Suerte con la compañía de la niña.

Les muevo la mano en señal de despedida, restándole importancia al comentario. ¡Ja!, son solo estupideces.


No he dejado de hacer registros y de ir alimentando aun tiempo la plantilla del crédito fiscal y retenciones en la fuente, el dolor de cabeza se ha intensificado, al igual que el ardor en mis ojos, lo que me convence que ya debo ir a la óptica; adiós a mi vista 20/20. En eso escucho unos golpes en la puerta…

¡Qué rayos! Dejo de teclear para escuchar mejor, pero nada, continuó en mi labor, cuando vuelvo a escuchar los golpes, interrumpo mi trabajo y voy hasta la puerta, la abro, pero no hay nada… me encojo de hombros cierro y regreso a mi lugar.

Inicio nuevamente con mi labor y otra vez los dichosos toques —¿qué carajos será eso?—. Pero prefiero concentrarme en mi trabajo. Estoy engrapando uno de los tantos diarios, cuando la lapicera del escritorio de Jason se vuelca tirando todo.

“¡¿Y esta mierda?!”.

Veo hacia mi alrededor, pero no hay nada ni nadie. Resoplo y voy a recoger los lápices y resaltadores que se cayeron, cuando con el rabillo del ojo percibo que la silla de Adilia se está meciendo…

“Ala v…”

Me inclino rápidamente, pero no hay nada —esto sí está raro.

—¡¿Quién carajos está jugando conmigo?! —suelto en voz alta—. Estoy muy ocupado para estar jugando.

Terminando la frase y la puerta se abre lentamente.

“Este debe ser el imbécil de Jason confabulado con este montón de Juanas miedosas”.

Enojado voy hasta mi escritorio, tomo el celular y busco la aplicación verde para hacer una video llamada…

—¡Dereck, ¿qué carajos quieres?! —suelta con voz irritada con las greñas alborotadas del típico recién despierto y eso sí llama mi atención.

—¿Estás en tu casa?

—¡Nooo…! —dice sarcástico—. ¿Dónde carajos se supone que debo estar? No estes molestando, Dereck. Que el hecho que a ti te guste la esclavitud, no significa que, al resto igual, así que déjame dormir.

—Jason, es que pensé que me estabas haciendo bromas.

—¿De qué?

—Aquí.

—¿Cómo mierdas voy a estar haciendo eso?, el estrés y el cansancio te debe estar haciendo alucinar, no sigas molestando.

Corta la video llamada y me quedo viendo el celular, esto sí está raro. Respiro hondo, de seguro es el cansancio, me levanto dispuesto ir al baño para refrescarme, abro la puerta y antes de salir de la oficina, escucho como pisadas dentro, pero me repito como letanía que es mi imaginación debido al cansancio.

Los pasillos están oscuros, nadie está, solo el CPF, pero no se encuentra dentro, sino en el patio. Avanzo entre las sombras que se forman por la luz de la luna que se filtran por las claraboyas.

Sin embargo, entre el pasillo de la oficina al baño hay un tramo muy oscuro, pero aun así no me detengo, no soy el típico miedoso. No obstante, al llegar a ese punto, siento un repelo subir por todo el cuerpo, aun así, fuerzo a mis pies a continuar, porque no, no me amedrentaré, los espantos no existen.

Repitiéndome eso voy, cuando escucho unas pisadas correr, desvió mi vista y veo una pequeña figura, semejante a una niña, vestida de beige pasar corriendo.

“¡Su madre!”

Apresuro los pasos que se sienten como si pesaran toneladas y me meto al baño encendiendo las luces. Siento como el corazón me late como un loco.

“Cálmate, cálmate, Dereck, es tu imaginación”.

Hago mi necesidad, y vuelvo a ver una y otra vez la puerta —mierda, no me atrevo a salir, porque, aunque digo que es mi imaginación lo erizado de la piel no se me quita—. Esto es frustrante.

Sin embargo, he tomado una decisión, voy a salir y me voy a mi casa, que se vayan al caño con todo y ese trabajo, necesito irme a descansar.

Respiro hondo y me aventuro a la puerta, pero solo es pararme en el umbral y mis escalofríos empeoran, pero me hago el fuerte y obligo a mis pies a desplazarse, no sin antes apagar la luz que me ciega al desaparecer. Mis oídos vuelven a detectar el correteo, el corazón me late como un loco y mis pies pesan como plomo que no me permiten avanzar como quiero.

Trato de ser fuerte, pero escucho una risa infantil, pero no es común, me vuelvo hacia atrás y en la puerta del baño veo a la niña que se voltea y logro ver su horrible rostro, es un ser lleno de maldad, como de esos duendes de las historias que contaban los abuelos, pero macabros, aprieto el paso empezando a correr.

No quiero, pero algo me obliga a ver para atrás, no hay nada, pero cuando regreso la cara, la veo en el techo un poco más adelante por la oficina, caminando como una araña.

“¡A la verga!”

Viene hacia mí y del miedo hasta el pedo se me ha salido y antes que se me salga la mierda también, doblo y bajo los pocos escalones a lo que me dan los pies. No me importa la mochila que dejé en la oficina, en el bolsillo del pantalón llevo siempre mi cartera y las llaves.

Escucho su horripilante risa, y un balbuceo siniestro y como si fuera a atraparme, en mi desesperación le grito.

—¡Tu madre por si acaso! —me golpeo en el pie en una mesa, pero no me importa—. ¡José, José, ábreme la puta puerta! —le grito desesperado al CPF.

Cuando llego, veo a la mocosa ir más cerca de mí, por lo que empiezo a forcejear la puerta, cuando es abierta de golpe, me voy de bruces.

—Pero hombre, ¿qué te pasa? —pregunta José—. Estás pálido.

—La maldita niña —balbuceo.

—¿Estás bien?

—Me voy.

—Pero tus cosas, las dejaste.

—Me importa una mierda, yo no entro.

El aire de la noche refresca mi cara, empezando a calmar el descontrolado ritmo cardiaco, al igual que mi respiración. Me ubico en la avenida y detengo el primer taxi, le doy la dirección y no dejo de pensar en lo sucedido.

“Mierda, yo que no era supersticioso, ¿habrá sido por el cansancio? Ni madres, yo no lo compruebo”.

Ya con mi respiración controlada, observé la calle por la ventana del taxi, a la espera de llegar pronto a casa y a pedirle a mi madre que eche aceite ungido por toda la casa.