Donde habita el amor

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Charlotte Magne mejor conocida como "la estrella del pop" es una chica estadounidense nacida en cuna de oro y con un caracter difícil de tratar, no sabe que es el sacrificio ya que tuvo todo a la mano. Ahora es una famosa cantante de los Angeles, Hollywood. Su padre la ayudo a contactar a todos los medios de la música y ahora es más reconocida. Hasta que conoció a una chica salvadoreña llamada Vaghata que sería su asistente personal en su carrera, al principio todo iba mal con ellas dos pero, ¿Sera que ella encontrará el amor en esa mujer? ¿Sera posible que se rebaje a su nivel para mantenerla con ella? ¡Hola!, esta será una historia un poco más interesante, tal vez la haga más larga de lo que acostumbro pero adoro la trama que le estoy pensando. Los personajes no son de mi propiedad pero tampoco son canon, igual espero que les guste esta historia.

Genero:
Romance
Autor/a:
Mateo Nicolás
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1: La nueva compañía

El primer rayo de sol se filtraba por las enormes ventanas de la oficina de Charlotte, iluminando su escritorio de madera pulida y los pósters que era reconocimiento de su éxito como cantante. A simple vista, parecía la típica joven que lo tenía todo: belleza, dinero, inteligencia, y un nombre que resonaba en todos los círculos sociales. Pero detrás de su sonrisa perfectamente ensayada, había cicatrices que pocos conocían. Sus padres se habían divorciado cuando ella apenas tenía doce años, y aquel hogar dividido la había forjado en alguien acostumbrado a mantener todo bajo control, a ocultar la vulnerabilidad tras capas de orgullo y sofisticación.

El estudio personal de Charlotte era un santuario de cristal y madera pulida, diseñado para inspirar perfección. Ella lo llamaba su “templo” porque ahí no entraba nadie sin su permiso. O, al menos, así había sido hasta ese día.

—Charlotte, necesitamos que vayas al estudio —dijo Marcus, su representante, con esa paciencia que parecía ensayada.

Charlotte levantó la vista de su cuaderno de letras y arqueó una ceja.

—¿Otra reunión innecesaria? Ya tengo suficientes.

—No es una reunión —agregó Lena, su asistente, acomodándose las gafas —Es… bueno, alguien que deberías conocer.

Charlotte dejó escapar una risa seca.

—¿”Alguien”? Suena como la peor forma de cita a ciegas.

—No es una cita —intervino Marcus, ya cansado. —Es seguridad. A partir de hoy tendrás guardaespaldas personal.

Charlotte parpadeó un par de veces, incrédula, y luego se acomodó mejor en la silla como si acabara de escuchar un chiste particularmente malo.

—¿Un guardaespaldas? ¿Qué sigue, paparazzis viviendo en mi sótano?

—Es lo que toca —dijo Lena con calma —Eres demasiado reconocida y no podemos permitirnos un error. Vagatha será tu compañía.

Charlotte soltó un bufido teatral.

—Genial. Justo lo que necesitaba: compañía impuesta. Porque, claro, yo no sé ni cruzar la calle sola.

Marcus entrecerró los ojos, cansado de ese tono.

—Charlotte, haznos la vida más fácil y al menos conócela.

Con un suspiro exagerado, Charlotte se levantó y caminó hasta su estudio. Cada paso resonaba con ese aire de diva ofendida que tanto disfrutaba interpretar. Abrió la puerta de golpe, esperando encontrar a alguien torpe o intimidado.

En su lugar, ahí estaba Vagatha. Apoyada contra la pared, brazos cruzados, mirada fija, como si llevara años esperándola. Ni un gesto de nerviosismo.

—Así que tú eres la estrella del momento —dijo Vagatha, sin emoción, apenas con un dejo de ironía.

Charlotte arqueó una ceja, ladeando la cabeza.

—Y supongo que tú eres… ¿La sombra que me van a pegar todo el día?

Vagatha esbozó una media sonrisa.

—Si prefieres llamarlo así, adelante. Igual no pienso despegarme de ti.

Charlotte entró al estudio con paso lento, como quien examina una obra de arte barata.

—Perfecto. Una sombra con opiniones. Justo lo que necesitaba.

—No vine a opinar —replicó Vagatha con serenidad. —Vine a trabajar.

Charlotte giró sobre sus talones, clavándole la mirada.

—Espero que seas buena en eso… porque si resulta que eres aburrida, Marcus tendrá que explicarme por qué desperdicia mi tiempo.

Vagatha no se inmutó.

—Si te aburro, significa que estoy haciendo bien mi trabajo.

El silencio que siguió fue denso, casi incómodo. Charlotte apretó los labios y finalmente rodó los ojos, caminando hasta el micrófono de su estudio.

—Fantástico… una niñera con sentido del humor. Esto promete.

Vagatha sonrió apenas, sin perder la compostura.

—Promete, sí… aunque no necesariamente lo que tú imaginas.

Charlotte suspiró con exageración, ajustó los auriculares y se colocó frente al micrófono, fingiendo que ya se había olvidado de ella. Pero en el fondo, aunque jamás lo admitiría, algo en esa mujer le incomodaba.

No por su presencia. Sino por el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien se atrevía a contestarle sin titubear.

Charlotte se quitó los auriculares con un gesto dramático y salió del estudio sin mirar atrás.

—Sígueme, sombra —dijo con sorna, mientras caminaba por el pasillo de mármol que llevaba al ala principal de la mansión.

Vagatha, sin decir nada, le siguió con pasos seguros. No parecía impresionada por el lujo, lo cual, para Charlotte, era irritante y curioso a la vez. Normalmente, cualquiera que entraba a su casa se deshacía en halagos, pero Vagatha apenas miraba alrededor como quien revisa un lugar de trabajo.

—Bienvenida a mi pequeño imperio —dijo Charlotte, extendiendo los brazos como si estuviera presentando una obra de arte. El enorme salón principal brillaba con candelabros de cristal, un piano de cola impecable y ventanas que daban vista a la ciudad. —Aquí es donde la magia sucede, y donde, supongo, vas a aburrirte la mayor parte del tiempo.

—No parece un lugar aburrido —contestó Vagatha, observando el piano con atención. —Solo caro.

Charlotte entrecerró los ojos, divertida por la respuesta insolente.

—Carísimo, de hecho. Así que apunta: primera regla, nunca pongas tus manos en nada que no puedas pagar con tres vidas de salario.

Vagatha asintió sin inmutarse.

—Perfecto. Entonces básicamente no toco nada.

Charlotte rodó los ojos y continuó caminando. Abrió una puerta doble que revelaba una cocina de revista, con electrodomésticos de acero inoxidable y estanterías llenas de vajilla de lujo.

—Aquí es donde no cocino nunca. Si tengo hambre, pido. Si se me antoja algo, Lena se encarga. Tú, obviamente, no eres mi chef, pero si alguna vez se me ocurre que quiero café a las tres de la mañana… —se detuvo para mirarla de arriba abajo —Bueno, digamos que será tu primer examen de lealtad.

Vagatha levantó una ceja.

—Lealtad… ¿O esclavitud con cafeína?

Charlotte sonrió con falsa dulzura.

—Depende de cómo lo quieras ver.

Subieron por una escalera de caracol hasta el segundo piso. Charlotte abrió la puerta de su vestidor y Vagatha apenas tuvo tiempo de reaccionar ante lo que parecía una boutique privada: ropa ordenada por color, zapatos en vitrinas, joyas perfectamente iluminadas.

—Segunda regla: nadie entra aquí sin permiso. Este es mi templo. Y si algún día desaparece un solo par de tacones, te acusaré a ti directamente, aunque seas inocente.

—Genial, trabajar bajo amenaza. Mi escenario favorito —respondió Vagatha, cruzándose de brazos.

Charlotte soltó una risa seca.

—Me alegra que lo veas con humor. Porque la tercera regla es la más importante: siempre vas detrás de mí. Siempre. Si me molesta, lo disimulo. Si no quiero hablarte, no hablas. Si no quiero verte, te haces invisible.

Vagatha sostuvo la mirada, sin retroceder.

—Entendido. Básicamente, mi trabajo es ser útil sin existir.

Charlotte asintió, satisfecha con la descripción.

—Exacto. Y, si logras hacerlo sin fastidiarme, quizás sobrevivas en esta casa.

La tensión quedó flotando en el aire, como un duelo silencioso. Charlotte giró sobre sus talones y salió del vestidor con paso firme, fingiendo indiferencia.

Charlotte pensó: «“No se inmuta. Ni una sola vez. ¿Quién diablos cree que es para desafiarme en mi propia casa?”»

Mientras tanto, Vagatha la seguía con la misma calma de siempre, como si toda aquella demostración de poder fuera apenas un juego en el que no pensaba perder.