Los olvidados

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Sinopsis

Una amenaza que consume universos. Un grupo de científicos que no cuenta con suficiente información para lidiar con el problema. Una posible solución que esta más allá de este universo. Rasha y Oliver son dos jóvenes científicos pertenecientes a la estación espacial "Luz de la verdad" que son enviados a investigar una anomalía cerca del planeta Marte, pero esta anomalía con forma de manchas de luz, no hace otra cosa más que expandirse. Todo parece perdido hasta que Sandarth, su capitán, ofrece una solución que parece ir en contra de toda lógica.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Ynad Bond
Estado:
Completado
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Primera parte

La estación espacial “Luz de la verdad” llevaba semanas orbitando aquel extraño fenómeno cerca de Marte. El líder del proyecto, el capitán Sandarth la catalogó como una “anomalía nunca antes vista”; una serie de agujeros en la realidad misma, no encontraron nada en su interior, solo una fuente luminosa aparentemente infinita, imposible de leer para las más avanzadas sondas y escáneres espectrales. El perímetro de estos agujeros anómalos a veces resplandecía con colores azules o amarillos y daba una sensación de falsedad, de que no ocurría en la vida real. Desde que fueron descubiertas, no habían hecho más que multiplicarse, por eso se formó un equipo especializado para estudiarlas y determinar qué tan peligrosas eran, y lo más importante: si existía alguna forma de detenerlas.

—Capitán, le entrego el informe actualizado acerca del crecimiento de la anomalía —una joven científica llamada Rasha le llevó el datapad al capitán Sandarth, un hombre mayor, con canas en las sienes, sin embargo, aún lo bastante joven para dirigir esta operación con gran vigor y energía.

—Gracias, Rasha —Sandarth tomó el datapad y encendió el holograma, que mostró una imagen transparente color verde sobre la expansión aleatoria de aquellos agujeros en el espacio—. ¿Cuál es tu opinión sobre ellos?

—¿Disculpe, capitán?

—Has estado aquí tanto tiempo como yo, ¿tú qué crees que sea esta… anomalía?

La joven meditó en su respuesta un momento.

—No lo sé, pudieran ser vestigios del pasado, o el nacimiento de una nueva forma de vida.

El capitán Sandarth no despegó su vista del holograma del datapad, como si no la escuchara.

—Los demás miembros de la estación teorizan que podría tratarse de la interferencia de una realidad alterna cercana a la nuestra, señor.

Sandarth la volteó a ver.

—¿Otra realidad?

—Aún no hay prueba alguna, señor —dijo nerviosa Rasha—. Es solo una hipótesis.

Sandarth se puso de pie.

—Acompáñame, hay algo que tengo que mostrarte.

Rasha lo siguió por los pasillos metálicos de la estación, como la gravedad sintética estaba activada, se podían mover como si estuvieran en el planeta Tierra. Ambos caminaron hasta llegar a la sala de decisiones, una gran habitación con una larga mesa en donde se llevaban las juntas importantes, con un holograma del sistema solar en el centro.

—Luces, fuera —dijo Sandarth y de inmediato quedaron a oscuras—, protocolo: “Verita”, nombre clave: “Societas Custodes Temporum”.

El holograma se transformó hasta adquirir la forma de un hombre, un viejo de larga cabellera así como una gran barba blanca, vestido con largos ropajes finos.

—¿Quién es él, señor?

—Ese hombre es Orb, un hombre muy sabio, con una mente brillante, ningún problema se le resiste. Es el líder de la Sociedad de Guardianes del Tiempo.

Rasha encontraba esa información difícil de creer.

—Disculpe, ¿y si es tan brillante, porque no he oído hablar de él ni de su organización?

—Porque no pertenecen a esta realidad.

Rasha escuchó una historia increíble, de un lugar que desafía toda imaginación, con atardeceres verdes y cascadas púrpuras, un planeta único en su tipo y cuyo mayor aspecto, era que allí se reunían una antigua sociedad, casi tan vieja como el tiempo mismo, conformada por las mentes más brillantes de diferentes universos, dispuestos a corregir cualquier mal que no tuviera solución y que amenazara el multiverso entero.

—Yo mismo formé parte de aquella sociedad, fui un miembro indispensable hasta que fui asignado a esta realidad para monitorear un problema que fue profetizado como la caída de la sociedad.

—¿Señor? —Rasha no podía creer las palabras de su capitán.

—Nuestro departamento de científicos ha solucionado muchos problemas a lo largo de su creación, creamos esta estación espacial, fabricamos la esfera de Dyson que rodea nuestro Sol, solucionamos el invierno nuclear del que fue víctima el planeta Tierra y también desarrollamos la gravedad sintética, pero todos esos logros palidecen ante la amenaza que está ante nosotros.

El holograma cambió y se transformó en una de las anomalías cercanas a Marte.

—Han pasado días y no logramos averiguar el origen de este problema —Sandarth cruzó las manos detrás de su espalda—, hemos llegado al punto de teorizar que esta amenaza provenga de otra realidad… así que tal vez esto sea aquel evento clataclismico que debo resolver.

Rasha no sabía qué pensar, consideraba al capitán como uno de los hombres más brillantes de la historia misma, él no solo propuso las soluciones que había hecho mención, las llevó a cabo y nunca se sintió superior por ello. El equipo científico solo contribuyó con lo poco que podía, no obstante, él siempre dio el mérito al equipo. Ahora sus palabras no parecían tener coherencia, se podía escuchar el temor en su voz y su confianza habitual parecía haberse esfumado. La joven científica encontraba difícil creer que existía una sociedad en una realidad alterna y que él formaba parte, sin embargo, lo más difícil era el saber que aún no hallaba solución alguna… si es que existía alguna.

—Retírate, Rasha, por favor —Sandarth ni siquiera volteó a verla—. Dile al equipo científico que centre todos sus esfuerzos en esa última hipótesis.

La joven científica salió de la sala de decisiones y comunicó las nuevas instrucciones. El equipo de científicos, conformado por doce personas de lo más inteligente, se miraban los unos a los otros, extrañados por tan radical orden, pero ninguno se atrevió a desobedecer.

—¿Estás bien, Rasha? —Oliver, un joven perteneciente al equipo de exploración y mantenimiento, la veía distante, confundida, mientras almorzaban en la zona de comida—. Tus alimentos se enfrían. ¿Qué tienes?

—No, nada, es solo que pensaba en las palabras del capitán sobre la anomalía —las manos de la joven temblaban, hace tiempo, cuando era niña, tenía la manía de morderse las uñas al sentirse nerviosa, aunque luchó mucho tiempo para dejar ese mal hábito, ahora, sentía la terrible necesidad de volver a hacerlo.

—Lo sé, apenas pasaron dos días desde esa nueva orden y la anomalía se ha extendido, si seguimos así, en cuatro días ya no quedará nada de Marte —Oliver miró a su amiga muy preocupada, ellos siempre habían confiado en Sandarth para solucionar los problemas, pero ahora…

—No solo es eso —dijo por fin Rasha—. El capitán me dijo cosas que parecen absurdas, cosas que son difíciles de creer.

Rasha le contó a Oliver acerca de la sociedad de guardianes y como el mismo Sandarth afirmaba ser parte de ellos. Le habló sobre el surgimiento de una amenaza que fue profetizada como el final de esa organización, y por ende, de todas las realidades, y como esa supuesta amenaza podría tratarse de estas anomalías.

—Entiendo —Oliver se cruzó de brazos y se recargó en su asiento, por varios segundos miró hacia el suelo—. Suena muy loco, sin embargo, nuestra comprensión es limitada.

—¿Tú crees que sea verdad? —Rasha puso su mano sobre el brazo del chico y espero a ver la reacción en su rostro.

—¿Por qué no? Confió en Sandarth.

—¿Y cómo puedes estar tan tranquilo?

—Si Sandarth contacta a esa sociedad, entre todos podríamos acabar con esa anomalía.

Sandarth tenía sus manos cruzadas, sujetaba con fuerza su datapad, que tenía el holograma de una familia, su familia, mientras contemplaba de pie frente a una enorme ventana como la anomalía había engullido a Marte por completo, ni siquiera se dio cuenta de en qué momento Rasha y Oliver entraron al puente de comando.

—Disculpe, capitán, el subordinado Oliver Kol y yo tenemos algo que decirle —Rasha estaba en posición de firmes, mostraba siempre el máximo respeto.

—Déjate de formalidades y dime que es ¿Ya tiene avances sobre la anomalía? —el capitán tomó asiento.

—No señor, pero…

—Señor —Interrumpió Oliver—, Rasha me habló sobre la sociedad de guardianes, y se me ocurrió que, si usted llegase a contactar con ellos, todos juntos podríamos dar con la solución.

El capitán Sandarth se levantó de su silla y caminó hacia Oliver, mirándolo directo a los ojos.

—Eso es imposible, no hay forma de comunicarse con ellos.

—Pero, si son los “guardianes” ¿No deberían hacer su trabajo?

—Y es por eso que fui enviado aquí.

—Pero eso es absurdo —Oliver dejó de mostrar respeto—. Entre todos pueden ayudarnos, no… es su deber ayudarnos. A menos que no sean reales.

Sandarth lo abofeteó sin pensarlo, Oliver cayó al piso.

—¿Cómo te atreves?

Antes de que pudiera darle otro golpe, Rasha se interpuso en su camino.

—Señor, sé que está preocupado, pero no es excusa para comportarse así.

Sandarth retrocedió con vergüenza, miró sus manos y las escondió detrás de su espalda, respiró de manera profunda y recuperó la compostura.

—Pido perdón por mi comportamiento —Sandarth les dio la espalda hacia los ventanales que le permitían una vista directa de los restos del planeta Marte y guardó silencio por varios segundos—. Hay una forma de viajar a su mundo, no obstante, es muy peligroso, es casi imposible.

—Vale la pena el riesgo —dijo Oliver mientras se levantaba, ayudado por Rasha.

Sandarth dio la media vuelta y observó a los jóvenes.

—Tendrán que cruzar el espacio entre realidades, la Brecha es el único camino para llegar con la sociedad.

—¿La Brecha? —preguntó Rasha.

—Es el lugar donde las realidades mueren y son olvidadas, el último lugar de destrucción, es donde residen los más grandes fracasos de la sociedad de guardianes del tiempo —Sandarth caminó hacia la puerta—. Prepárense, no será fácil.

Los días pasaron y la anomalía seguía expandiéndose, se abrían nuevos agujeros que deformaban y consumían a la realidad. Marte ya no existía, y tuvieron que alejar la plataforma de observación para que no sufriera el mismo destino. Los científicos no encontraban solución alguna y muy pronto la amenaza se extendería por todo el universo. Un día, el peor escenario ocurrió, la alarma se disparó por toda la plataforma y los científicos observaron impotentes como la anomalía por fin los alcanzó. Poco a poco, naves de la estación espacial desaparecían, seres humanos eran absorbidos y las oportunidades de salvación morían junto con la tripulación. El tiempo se había terminado; como último recurso, Sandarth preparó el desesperado plan de atravesar la brecha.

—Presten atención, chicos —Sandarth les preparó trajes Extravehiculares de astronauta—, lo primero será cambiar la frecuencia vibracional de sus moléculas con esta herramienta —les mostró un brazalete dorado, compuesto por varias partes metálicas—, de esa forma podrán acceder a La Brecha y una vez allí, este dispositivo les ayudará a llegar a frecuencias negativas, lo que les permitirá llegar al mundo de los guardianes.

Los jóvenes no podían creer lo que ocurría, si el plan no tenía éxito, morirían.

—Solo permítanme unos momentos, tengo una última cosa que debo hacer.

Oliver y Rasha repasaron el plan, y entrenaron para acoplarse al uso de los trajes espaciales, se miraron unos a otros, nerviosos y se preguntaban que podría estar haciendo su capitán. No pasaron más que un par de minutos, cuando vieron llegar a Sandarth vestido también con un traje extravehicular.

—Capitán… ¿Qué, que significa que este vestido así?

—Los voy a acompañar —Sandarth tenía puesto un brazalete metálico encima del traje espacial—, necesitarán que lo calibre con la frecuencia correcta para poder acceder primero a la Brecha y luego a ese mundo.

—Capitán —dijo Oliver—. ¿Por qué nos va a acompañar?

Sandarth se aproximó a ellos.

—Para atravesar la Brecha es necesario un guía —comenzó a calibrar la mini computadora del brazalete—. No hay registro de alguien que haya atravesado la Brecha por si solo y sobreviviera.

Sandarth apuntó el puño donde tenía el brazalete hacia el suelo.

—Prepárense, puede que sea una sensación intensa.

Ante los ojos de los jóvenes, la realidad se distorsionó y todo un arcoíris luminoso desfiló ante ellos. De pronto toda sensación cálida desapareció, el frío los atravesaba como cuchillo y no podían ver nada.

—No se preocupen, su vista terminará por acostumbrarse —aunque ellos escuchaban la voz de Sandarth, no podían ver nada, era una oscuridad casi absoluta—. Por las lunas de Uri, olvide calibrar las luces en la frecuencia correcta.

Los jóvenes apenas podían de ver la silueta de Sandarth, aunque encendieron las luces de sus cascos, apenas eran capaces de ver uno o dos metros a su alrededor. Existían partículas de polvo y piedras que flotaban, y todo tenía un intenso color azul marino, como si se encontraran en el fondo del mar. Su capitán contemplaba el brazalete, que emitía un pequeño pitido cada dos segundos.

—Se está recargando, en unos minutos estará listo para otro disparo.

Los jóvenes se sentían como si estuvieran en un sueño extraño, la realidad no se sentía como si no ocurriera, era como una gran alucinación, como si estuvieran dentro de un sueño… o más bien una horrible pesadilla. Tanto Rasha como Oliver sufrieron un terrible agobio al sentir todas sus emociones entremezcladas, a tal grado que la joven científica cayó de rodillas.

—Vamos, levántate —la sujetó Oliver con fuerza.

—No entiendes, tú eres explorador, yo solo soy una investigadora, no estoy hecha para estar en el campo, no debería estar aquí.

—No, Rasha, no puedes darte por vencida, ya estamos aquí, solo tenemos que esperar, es todo.

—Eso no es del todo cierto —interrumpió Sandarth—, existen detalles que omití.

De pronto, algo de enormes proporciones se dirigía hacia ellos, solo podían distinguir una gran masa oscura. Sandarth los hizo a un lado, y el gigantesco objeto pasó de largo, gracias a la pequeña luz de sus cascos, pudieron vislumbrar que se trataba de un muro de piedra. Conforme avanzaba, lograron ver que era la figura de un hombre, con cuerpo de león y alas como de halcón en su espalda.

—¿Qué es eso? —Preguntó Oliver con una mezcla de asombro y miedo.

—Un monumento de una civilización muerta —respondió Sandarth sin ninguna emoción en su voz.

La enorme construcción flotaba unos centímetros por encima del piso y se alejó de ellos, como un siniestro recordatorio de que La Brecha era una tumba para incontables civilizaciones, y la de ellos podría terminar aquí si no tenían éxito.

—Les dije, chicos, esta zona es donde vienen las realidades fallidas a morir.

Miraron hacia arriba y contemplaron pequeños puntos brillantes en lo que parecía ser el cielo. Millones de planetas y estrellas muertas. Era algo espeluznante. Todavía no asimilaban bien aquello, cuando gigantescas criaturas hechas de piedra flotaron a su lado, más estatuas de culturas muertas; fue en ese momento que se dieron cuenta de que las partículas a su alrededor eran sustancias de luz viviente, que se arremolinaban al contacto y desprendían la suficiente iluminación para ver a través de la oscuridad eterna. No solo la gravedad funcionaba de forma diferente en La Brecha, las reglas más básicas de la física no existían aquí.

—Hay que movernos, no podemos quedarnos quietos por mucho tiempo.

—¿Por qué? —Preguntó Rasha, que, aun temblando, siguió a su capitán.

—El otro motivo que olvide mencionarles —Sandarth ni siquiera volteaba a verlos—, no estamos solos en este lugar.

Caminaron lo que parecieron horas. Casi siempre en oscuridad, tropezaban de vez en cuando con construcciones flotantes y veían a lo lejos la redonda silueta de uno que otro planeta. Rasha se esforzaba por controlar su respiración mientras era sujetada con fuerza por Oliver.

—¿Cuánto falta para que se recargue por completo?

—No mucho, Oliver, muy pronto estaremos con la Sociedad.

Las dudas comenzaban a surgir en la cabeza del joven, ¿Y si no existía esa famosa sociedad? Era cierto que lograron escapar de la anomalía; sin embargo, ¿Y si quedaron varados en este lugar para siempre? Luchaba por desvanecer las dudas. Sandarth había resuelto grandes dificultades antes, era el ápice de la ciencia misma, no podía dudar del ahora.

—¿Qué fue eso? —Rasha miraba nerviosa para todos lados, creía que era su imaginación, pero ahora estaba segura de que algo los seguía.

—¿Qué viste? —Preguntó Oliver.

Rasha señaló hacia la oscuridad.

—Sentí que algo se movió, como si se hubiera ocultado.

—No, es imposible, nada podría sobrevivir aquí —respondió Oliver.

—Estás equivocado —dijo el capitán Sandarth, que seguía con la vista fija en su brazalete—, aquí habitan criaturas que devoran a todo aquel que se niegue a morir junto con su realidad.

Los chicos estaban aterrorizados, sin saber distinguir si los sonidos que escuchaba eran reales o no, así como cada sombra que se movía a su alrededor.

—No teman, muy pronto esteremos con la Sociedad de guardianes del tiempo.

Un falso consuelo, pensaba Rasha, conocía muy bien a su capitán para saber que mentía, la suya era una misión suicida, y el precio del fracaso no solo serían sus muertes, sino también la de toda su realidad. En aquel inmenso vacío, eran seguidos de cerca por criaturas ancestrales que desafiaban el concepto mismo de la realidad.

—Son llamados “Hemogrones” —dijo Sandarth—, no tienen forma física, al menos no como nosotros, son más como un concepto, una idea mortal, entes que nuestros cerebros ven como nuestro peor temor.

Rasha se estremecía con cada paso dado, con cada metro recorrido la situación se tornaba peor, la inundaba una sensación de desesperanza, de agobio, de un deseo por recostarse y morir.

—¡Esto no tiene caso! —Gritó Oliver—. Hemos estado caminando por no sé cuánto tiempo, nuestro hogar podría estar muerto ya.

—Es el efecto de la Brecha —le respondió Sandarth—, este lugar te induce a rendirte, sobreponte a esos sentimientos, no les hagas caso.

En ese momento, el capitán levantó la vista, asustado, parecía ver algo que los demás ignoraban. Se quitó el brazalete y se lo entregó a Rasha.

—En el momento en el que comience a vibrar, actívalo con tu palma, te llevara directo con la sociedad.

—Capitán… ¿Por qué me lo da?

Sandarth ignoró su pregunta.

—Necesito que corran, tan rápido como puedan, manténganse juntos y no se detengan, nuestra realidad cuenta con ustedes.

—¡Pero, capitán!

—Hagan lo necesario para proteger nuestra realidad.

Sandarth desprendió un cuchillo de su traje espacial y comenzó a correr hacia la oscuridad.

—¡Váyanse!, yo acabare con los Hemogrones. ¡No pierdan tiempo!

En pocos segundos ya eran incapaces de verlo, y se debatían si era lo correcto seguirlo o abandonarlo.

—¡No podemos dejarlo solo!

Rasha tomó del brazo a su compañero, para impedir que siguiera a Sandarth.

—Es una orden, Oliver, esto es más grande que nosotros.

De pronto, en medio de la oscuridad, se formaron decenas de pequeñas esferas brillantes, mismas que vibraban y cambiaban de posición, seguidas por risas familiares y desconcertantes. Eran ellos, los Hemogrones, los habían localizado. Los jóvenes corrieron tan rápido como podían, podían sentir como la oscuridad se distorsionaba detrás de ellos, como si la peor de sus pesadillas los estuviera por atraparlos. Entonces Rasha sintió la vibración del brazalete.

—¡Sujétate de mí, Oliver!

Nada más sentir el brazo de su compañero, activó el dispositivo, que de inmediato hizo vibrar sus moléculas, ellos sintieron el gran dolor que esto provocaba y de nuevo fueron testigo de aquel espectáculo luminoso que los transporto a otro mundo, uno que tenía un espectacular cielo esmeralda, cascadas violetas, árboles colorados llenos de vida y pequeñas criaturas peludas que revoloteaban por el aire, un lugar que estaba lleno de vida.

—¿Quiénes son ustedes y en donde está Altomer Sandarth? ¿Por qué tienen su brazalete?

La voz provenía de un hombre vestido como un centurión romano, una armadura blanca brillante y largas telas que llegaban hasta el piso, armado con una lanza que emitía un resplandor dorado.

—Estamos buscando a la sociedad­ —respondió Rasha, que cayó de rodillas por el gran esfuerzo de transportarse de dimensión en dimensión—. El capitán Sandarth está muerto.

El centurión los llevó hasta un enorme palacio hecho de cristal, donde se encontraron con hombres y mujeres vestidos con elegantes y largas ropas de colores cálidos. Estas personas y seres de anatomía tan variada escucharon sus palabras mientras atendían las necesidades de los jóvenes.

—Debemos reunir a la sociedad de guardianes del tiempo —dijo uno de los caballeros, con rostro de equino.

—¿Crees que sea prudente? —le respondió una mujer de piel púrpura.

—Yo opino que se le debe notificar al mismísimo Orb de esta situación —dijo uno de los presentes con aspecto humano y de piel violeta.

Como respuesta ante estos acontecimientos, un holograma azul hecho con agua se encendió en medio de la sala y formó la figura de un hombre, un viejo, de larga cabellera y barba, con una armadura y encima de esta, largos ropajes y cadenas metálicas, una figura que resultaba ligeramente familiar para Rasha. Los presentes lo identificaron como Orb, le explicaron la situación mientras los jóvenes luchaban por mantenerse consientes. El viejo Orb escuchó con atención, sin decir ni una sola palabra, después de varios segundos, colocó sus manos detrás, en su espalda, y por fin habló.

—Esta situación amerita la reunión de toda la sociedad.

—¿Se encuentra totalmente seguro, gran Orb? —dijo el miembro con aspecto de equino —. Nunca antes se había reunido a todos los miembros.

—Porque muy pocas veces nos habíamos enfrentado a algo así.

El holograma se apagó, el agua cayó al piso y tanto Rasha como Oliver por fin respiraron tranquilos, las historias de Sandarth resultaron ser ciertas, esta sociedad de guardianes parecían dispuestos a encontrar una solución, ante este repentino cambio en su situación, sintieron como el estrés acumulado por tanto tiempo se disipaba y los dos cayeron inconscientes. Los guardianes, todos vestidos como centuriones, los llevaron a unas habitaciones, tenían que reponerse lo antes posible para que pudieran atestiguar una de las reuniones más grandes jamás vistas en aquel universo.