Capítulo 1
Mila Watts
Vale, llaves... listo.
Móvil... listo.
Bolso minúsculo... listo.
Merlot...
Mierda. ¿Dónde está el Merlot?
Doy vueltas sobre mí misma como si estuviera recreando la escena de un crimen. ¿En la nevera? Nada. ¿En el mueble del alcohol? Solo una triste botellita de licor de melocotón que nadie pidió. ¿Ese estante aleatorio sobre el microondas que nunca he limpiado? Pelusas y un mechero, pero ni rastro del vino.
—Me tienes que estar tomando el pelo, joder —murmuro, mirando la encimera vacía como si me debiera dinero. Juro que compré esa dichosa botella. Hace poco. Recuerdo tenerla en la mano. Mimándola como a un recién nacido. ¿Lo habré soñado?
No puedo presentarme en una fiesta de "trae tu propia bebida" sin nada. Eso es un suicidio social. Es la forma de que te pongan una cruz para siempre en la jungla de la oficina: "Ah, ¿Mila? Sí, es la que viene con las manos vacías y se come todo el queso bueno".
Inaceptable.
—¿Ally? —grito hacia el salón, porque a estas alturas, solo hay una explicación lógica.
—¿Qué? —responde ella desde su fortaleza de cojines, donde se ha hecho un nido como si fuera una criatura del bosque viendo Netflix.
—¿Has abierto un Merlot? —Me estoy poniendo los pendientes, intentando mantener cierta ilusión de control.
—Eh... ¿no? —dice ella, con toda la convicción de alguien que miente descaradamente.
Venga ya, tía.
Me acerco y rebusco en su montaña de cojines como una madre buscando contrabando. No hay rastro de la botella, pero veo una copa con una sospechosa mancha morada en el borde.
—Te dije que eso era para la fiesta —le suelto.
Ella se encoge de hombros, tan tranquila. —No dijiste para qué fiesta.
—No pensé que tuviera que especificar que la única botella de vino cerrada del piso no era para tu maratón de las Real Housewives.
—A ver, técnicamente no le pusiste etiqueta...
—¡Joder, Ally!
Pone cara de pena y me ofrece la copa a medio llenar, como si eso lo arreglara. No lo hace. Lo empeora. ¿Quién lleva media copa de Merlot a una fiesta? ¿Qué es esto, una cata?
Cojo el bolso mientras calculo la logística de ir a por vino a un 7-Eleven. Que Dios me pille confesada, puede que tenga que llevar un rosado.
Y como Karen, la de contabilidad, haga un comentario sarcástico, le estampo un quesito Babybel en la frente.
Doy un portazo al salir y bajo las escaleras a toda prisa, como si cumpliera una misión divina o, al menos, de Dioniso. Repaso mentalmente cada sitio decente abierto a estas horas, sopesando qué tan desesperada estoy. ¿Vino de bodega de barrio? No. Así es como acabas con una resaca de cuatro dólares y una botella que sabe a arrepentimiento y pasas. ¿CVS? Para eso llevo alcohol de farmacia y rezo un poco.
Acabo echando el resto hacia Harlem. Esquivo a un tipo que intenta venderme incienso y a una señora que le grita al manos libres como si dirigiera el tráfico en su propia ópera. El Nueva York clásico: caos, ruido y tres ratas que no pagan alquiler pero mandan en la calle como si fuera suya.
Por fin —por fin— veo el Aldi como si fuera un oasis. No hay ángeles cantando, solo el siseo de las puertas automáticas y ese olor familiar a comida barata y sueños rotos.
Entro a paso ligero, como si entrenara para las Olimpiadas en la modalidad de esprint vinícola. Esquivo un carrito con una rueda torcida y voy directa a la sección de licores. Paso las patatas, paso la verdura mustia y paso a un tío que tiene un momento muy emotivo con un pollo asado.
Ahí está. La tierra prometida. El estante del vino.
Solo que —y por supuesto, porque mi vida es una comedia escrita por duendes rencorosos— no queda casi nada. Una botella solitaria de Chardonnay que lleva tanto tiempo ahí que tiene problemas de abandono. Un Pinot Grigio con una pinta que promete arrepentimiento. Y entonces, por fin, gracias al cielo, una botella de Merlot escondida detrás de un Riesling, como si se ocultara de mí.
La agarro como si fuera el último chaleco salvavidas del Titanic.
—No me falles —le susurro a la etiqueta mientras miro el año. Ni fú ni fa. Se puede beber. Probablemente no deje ciego a nadie. Perfecto.
—Yo no me llevaría eso —suelta una voz a mi espalda, suave y engreída como un café con demasiada espuma.
Me doy la vuelta por instinto, lista para pelear. Es un hombre —cómo no— vestido con ese look informal pero estudiado: americana como si no se esforzara demasiado, vaqueros buenos que cuestan más que mi recibo del internet y una camisa gris planchada a conciencia para este recado. Su pelo tiene ese tupé arquitectónico que grita: "Paso más tiempo peinándome que tú haciendo la declaración de la renta". Lleva unas gafas de carey en la nariz, como si acabara de salir de una librería indie con una bolsa de tela llena de opiniones. ¿Y esos ojos marrones? Miran la botella que tengo en la mano con el juicio de un sumiller experto y la experiencia real de un tío que se pilló un puntillo con sangría en la boda de un primo.
—Es un Merlot —le digo con las cejas levantadas—. Y de un buen año.
El tío resopla. Resopla de verdad. Como si le hubiera dicho que lo voy a maridar con espaguetis de lata.
—Es de vagos —dice, cruzándose de brazos como si estuviera dando una charla TED sobre cómo no hacer el ridículo en el pasillo de las bebidas.
Parpadeo. —Perdona, ¿eres de la policía del vino?
—No —responde con una sonrisa, creyéndose encantador—. Solo digo que el Merlot es lo que elige la gente que no tiene ni idea.
—Y las opiniones que nadie ha pedido es lo que da la gente que no tiene nada mejor que ofrecer —le espeto, apretando la botella, más decidida que nunca a presentarme con ella y servirla con aires de grandeza.
Él se ríe entre dientes, como si yo fuera un desastre gracioso sin papilas gustativas.
—A ver, hay un Bordeaux en el estante de abajo que no está mal —dice, señalándolo con la barbilla, porque se cree que soy el tipo de chica que acepta consejos de extraños en un súper de descuento.
—Genial —le digo—, pero no intento impresionar a una panda de gilipollas. Solo intento que Sharon, la de recursos humanos, no me eche una bronca por llegar con las manos vacías.
Él se encoge de hombros y coge una botella para él. —Tú misma.
—Desde luego.
Paso por su lado hacia la caja rápida, apretando la botella como si fuera una peineta. Que le den a él y a su elitismo barato. Espero que su Bordeaux tenga el corcho tan seco que se deshaga dentro de la botella como una metáfora triste.
Que se lleve su actitud de experto a otra parte. Yo tengo una fiesta a la que ir, una reputación que salvar y una botella de Merlot "de vagos" con mi nombre.
Para cuando salgo del Aldi, estoy sudando como si hubiera sobrevivido a los Juegos del Hambre versión vinícola. Agarro el Merlot como si fuera un tesoro y corro al metro más cercano, ignorando al tío del andén que hace beatbox con un cono de tráfico. Dios bendiga Nueva York.
Llego a la fiesta lo bastante tarde como para parecer "guay" y no tanto como para que me acusen de pasar del tema. El piso es bonito, demasiado bonito; uno de esos sitios de concepto abierto, bombillas Edison y madera escandinava. Seguro que lo paga alguien que usa la frase "propiedad de inversión" sin ironía.
Localizo la mesa de las bebidas y planto el Merlot con fuerza, como si estuviera dejando clara mi postura. Porque así es: he traído la botella, está aquí, cuenta, y si alguien quiere pelea, voy armada con un sacacorchos y mucha mala leche.
La fiesta está llena de gente fingiendo que no son compañeros de trabajo, bebiendo en vasos de plástico como si fuera 2006, intentando tener conversaciones aptas para recursos humanos mientras se emborrachan lo justo para cotillear. Me abro paso entre un mar de gente a la que medio conozco y en la que no confío ni un pelo, directa a la tabla de quesos como si me debiera dinero.
Y entonces, como una broma del destino escrita por un dios mezquino, allí está él.
El tío de la americana.
El puto tío de la americana.
Está al otro lado de la sala, copa en mano, hablando nada menos que con Karen, la de contabilidad, riéndose como si estuviera haciendo el casting para un anuncio de vino. ¿Y qué tiene en la mano?
Una copa de Bordeaux.
Faltaría más.
Me quedo helada a mitad de un sorbo, mirándolo mientras hace ese gesto dramático de agitar y oler la copa como si fuera a recitar poesía. Karen se lo está tragando todo. Seguro que piensa que es un tipo sofisticado. Siempre le han gustado los tíos pretenciosos con mocasines.
Me ve. Sé que me ve. Sus ojos pasan de mi vaso a la botella de la mesa. Mi botella.
La levanto haciendo un pequeño brindis, con una sonrisa sarcástica y sin piedad.
Él sonríe de lado, como si todo esto le pareciera tierno, y me devuelve el brindis. Entonces —y juro por Dios que este hombre no tiene vergüenza— me dice "vaga" moviendo los labios desde la otra punta.
Yo le digo "vete a la mierda" de la misma forma.
Él se ríe.
Me bebo medio vaso de un trago, dejando que el Merlot me caliente el pecho como una armadura. No sé quién ha invitado a este tipo, pero si me entero, está muerto para mí. Aun así... puede que necesite otro vaso, por si me da por demostrarle algo. O por empezar una guerra absurda. Lo que surja.
Me doy una vuelta, haciendo el típico baile de fiesta de empresa: una mano en el vaso y la otra saludando a gente con la que hablo a diario pero a la que ahora tengo que fingir que me alegra ver fuera del Slack. George, de informática, me cuenta otra vez sus rollos con las impresoras; Jen, de cumplimiento, me suelta su mentira habitual de "tenemos que ir a comer un día", y yo asiento como si no me supiera el guion de memoria. Un déjà vu corporativo.
Entonces Lucy —la otra asistente legal, de melenita corta y raya del ojo afilada— me agarra del brazo.
—Oye, Mila —me dice con los ojos brillando por el cotilleo—. ¿Te has enterado?
Mi cerebro piensa inmediatamente en despidos, líos o un control de drogas sorpresa. —¿De qué?
—Abogado nuevo —dice, señalando con la barbilla hacia una esquina como si revelara dónde está escondido un cadáver.
Miro hacia donde apunta y, por supuesto. Por supuesto.
El puto tío de la americana.
Está apoyado con naturalidad en la isla de la cocina, charlando con nuestro director sénior como si hubiera nacido dentro de una publicación de LinkedIn. La misma sonrisita engreída, las mismas dichosas gafas, como si acabara de salir de una serie de juicios de Netflix para meterse en mi trabajo.
—¿En serio? —suelto sin emoción. Acerco el vaso a mis labios. —¿Ese tipo?
—Sí, tía —dice Lucy, asintiendo como si fuera a recitar su currículum—. Harvard. Liberty & Partners. Se ve que Jeffrey movió cielo y tierra para traerlo: lo llevó a cenar a Le Coucou, metió a recursos humanos por medio hace dos meses... un fichaje estrella, vamos.
Fichaje estrella.
Parpadeo. —¿Fichaje estrella?
Ella asiente. —Ya sabes, el que va a traer todos los clientes y la pasta y... eso. Ya me entiendes.
La entiendo. La entiendo perfectamente. Y lo odio.
El tío de la americana —que hace apenas unas horas me insultó por mi elección de vino en un súper, como si compitiéramos en un concurso de sumilleres— es ahora mi compañero de trabajo. Probablemente con su propio despacho. Probablemente con vistas. Probablemente con un sueldo que empieza con una cifra que yo no veré ni en sueños, a menos que venda un órgano.
—He hablado con él hace un rato —añade Lucy—. Es bastante guapo, de ese estilo de "tengo criptomonedas".
—Me ha dicho que el Merlot es de vagos —murmuro en mi vaso.
Lucy parpadea. —Qué borde.
—¿A que sí? Y en un Aldi, ni más ni menos.
Ella pone una mueca. —¿Quién critica el vino en un Aldi? Es como analizar el ambiente de una gasolinera.
Exacto.
Vuelvo a mirarlo. Se está riendo de algo que ha dicho Jeffrey, inclinando la copa como si estuviera en un anuncio de tinto de precio medio. Odio lo bien que le queda esa americana. Odio que probablemente diga palabras como "sinergia" sin ironía. Odio que ahora me lo voy a tener que comer en las reuniones.
Ah, y odio de verdad que me haya dicho "vaga" y que ahora tenga el despacho frente al mío.
Pero bueno, esto es la guerra. Una guerra corporativa y silenciosa.
Y yo tengo mi Merlot.
La fiesta sigue adelante, la música está baja pero el parloteo sube como el vapor de un radiador estropeado. Estoy a mitad de bocado, metiéndome un cubo de provolone en la boca como llevo haciendo toda la noche —sin elegancia y sin vergüenza— cuando oigo la voz de Jeffrey cortando el ruido:
—¡Ah, Mila! Aquí estás...
Me doy la vuelta con el queso medio masticado atascado en algún lugar entre mi dignidad y mis muelas. Y ahí está él.
El señor Americana. El señor Bordeaux. El señor "es de vagos". De pie junto a Jeffrey, como si no hubiera insultado mi alma en el pasillo de los vinos hace menos de dos horas. Sigue teniendo ese tupé perfecto de pelo oscuro, las gafas de carey y la postura impecable de un hombre que probablemente plancha sus vaqueros y dice que "no le ha llevado tiempo".
Trago demasiado rápido. Me escuece un poco.
Jeffrey sonríe de oreja a oreja, en plan jefe presentando al nuevo talento. —¡Este es Oliver Armstrong, empezará con nosotros el lunes!
Le tiendo la mano como una profesional, calculando mentalmente cuántos días de mi vida tendré que fingir ahora que este hombre no criticó mi aura vinícola como un sumiller condescendiente.
—Mila Watts —digo con mi sonrisa asesina más educada.
Oliver me estrecha la mano, con un agarre firme y manteniendo el contacto visual. —Un placer.
Jeffrey me da una palmada en el hombro como si fuéramos copitanes del comité de bienvenida. —Mila es de las mejores. Es asistente legal, pero prácticamente adivina el pensamiento. Nos mantiene a todos a flote. Que no se entere Lucy de que he dicho esto.
Asiento, sin dejar de sonreír, fingiendo muy fuerte que no he visto a este hombre en mi vida.
La sonrisa de Oliver vacila un poco. —Intentaré no decírselo a Lucy yo tampoco.
Jeffrey se ríe. —Ah, vas a encajar perfectamente.
Seguro que sí. Seguro que encaja en todas partes, como uno de esos bolígrafos de rico que se deslizan en el bolsillo interior de un abrigo de mil dólares y nunca pierden tinta.
—Bueno, os dejo charlando —dice Jeffrey, dándose ya la vuelta para saludar a otro como un DJ de boda pasado de cafeína—. Mila te enseñará dónde están los aperitivos buenos.
Y así, nos quedamos ahí. A solas, más o menos. Vasos de plástico en mano. Mirándonos fijamente. Con un zumbido eléctrico de "sé quién eres" vibrando entre nosotros.
Pero ninguno de los dos dice ni una palabra sobre el Aldi. Ni sobre el vino. Ni sobre el insulto que me persigue como un vino barato.
Él señala la mesa del queso. —¿Recomiendas el provolone?
—Es de fiar —le digo con frialdad, metiéndome otro cubo en la boca—. Sin complicaciones. No finge ser algo que no es.
Él asiente despacio, como si eso fuera una respuesta normal y no una metáfora cargada de mala leche.
—Parece una buena elección —dice—. Tendré que probarlo.
Levanto un poco mi vaso. —Más vale que te des prisa. Los buitres atacan a partir de la segunda hora.
Él se ríe entre dientes y da un paso hacia la comida. —Gracias por el consejo, Mila.
Lo miro alejarse, con su americana impecable y su vaso en la mano. Coge un taco de provolone, se lo echa a la boca y —lo juro— me mira de reojo con el rastro de una sonrisa.
Que empiece el juego.