Más que un Rebound

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Sinopsis

No se suponía que significaran nada. Sadie era solo la distracción que Cole necesitaba después de que su ex lo destrozara. Cole era solo la vía de escape temeraria que Sadie usaba para olvidar al chico que la engañó. Pero en algún punto entre sexo desenfrenado, noches de gaming hasta tarde, secretos compartidos y fingir ser novio y novia… dejó de ser un juego. Ahora son dos desastres enredados, enamorándose más fuerte de lo que ambos planearon. Porque a veces el caos es lo único que se siente real.

Genero:
Romance
Autor/a:
Vero Cavendish
Estado:
Completado
Capítulos:
23
Rating
4.9 33 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Sadie

Regreso a la residencia. Es tarde, ¿las dos o tres de la mañana? No lo sé. No me importa. Lo que sé es que Gracie está sentada en la cama, como si hubiera esperado toda la noche para interrogarme. Tiene la lámpara encendida y los brazos cruzados. Me pone esa cara de hermana mayor decepcionada, como si se muriera por decirme algo moralista.

—Te ves de la mierda —dice.

—Buenas noches para ti también —respondo con sarcasmo, dejando que la puerta se cierre tras de mí.

Ella no lo deja pasar. —¿Estuviste con Cole otra vez?

—Sí —digo, sin molestarme en mentir. ¿Para qué?

Ella resopla. —Ustedes dos son muy raros.

Sí. Lo somos. Raros, jodidos, codependientes... elige la palabra que quieras.

Conocí a Cole en una fiesta de fraternidad. Era uno de esos desastres de sudor y alcohol barato donde todos intentan olvidar algo o demostrar algo. Él estaba en un rincón, apoyado en la pared como si le ofendiera su presencia. Tenía un vaso en la mano y los ojos clavados en una rubia que se reía con otro tipo. Ella se veía feliz, de esa felicidad sin preocupaciones. Esa era Michelle, su ex. La que le rompió el corazón y le dio una patada antes de irse. Él la miraba como si fuera un fantasma que se negaba a descansar.

Yo no sabía nada de eso en aquel momento. Solo vi a un chico amargado como si su vida dependiera de ello. Creo que hice algún chiste tonto. Le dije que parecía una banda indie triste en forma humana. Él sonrió de lado y empezamos a hablar.

Me contó que ella lo dejó de la nada, sin avisar. Dijo que seguía enamorado de ella y, vaya, se notaba. Se le quebraba la voz cada vez que decía su nombre.

Yo no fingí ser mejor. Mi novio a larga distancia me había estado ignorando las llamadas de FaceTime mientras se tiraba a medio dormitorio. Me enteré cuando su compañero me agregó por error a una historia de Snapchat. Había tres chicas en el video y ninguna era yo.

Así que sí. Cole y yo nos emborrachamos. Nos reímos. Nos pusimos muy borrachos. Terminamos follando en su coche detrás del 7-Eleven mientras un mapache nos miraba como si fuéramos lo peor del mundo.

Después de eso, todo cobró sentido. Ser el clavo que saca al otro clavo. Usar el dolor como cinta aislante para tapar el ruido y ahogarlo. Lo que fuera.

Sin sentimientos. Sin ataduras. Solo dos imbéciles tristes intentando olvidar a la gente que nos destrozó.

No se suponía que durara. Pero aquí estamos.

Y sí, Gracie tiene razón. Es jodidamente raro lo mío con Cole. Es como un choque de autos en cámara lenta y los dos fingimos que no está pasando.

—Y eso no es de tu puta incumbencia —murmuro sin siquiera mirarla. Estoy demasiado cansada para pelear, pero demasiado alterada para dejarlo pasar.

Ella gruñe, como si tuviera más que decir pero decide que no vale la pena el esfuerzo. —Está bien. Solo deja de llegar a las tantas de la madrugada dando portazos como si vivieras sola.

Pongo los ojos en blanco y me quito los tenis con fuerza. Uno de ellos rebota contra la pared. —Sí, lo que digas.

Me quito los jeans sin importarme que queden al revés y los tiro al suelo. Gracie hace un ruidito de asco pero no dice nada. Sabe que es mejor no empezar esa pelea de nuevo.

Me desplomo en el colchón como si se me hubieran roto los huesos. Me hundo de cara en la almohada, todavía con la sudadera puesta. Sigo medio borracha y oliendo a humo y a colonia ajena.

Escucho que apaga la lámpara.

Silencio.

Solo se oye el zumbido del radiador y las risas de algún idiota afuera de vez en cuando.

Quizás debería sentirme mal por lo de Cole. Por traer mis problemas a este cuarto todas las noches como si no apestaran.

Pero no me siento mal.

O tal vez sí.

No lo sé.

Sea como sea, estoy demasiado cansada para pensarlo.

El sueño no tarda en atraparme. Mi cuerpo se rinde antes que mi cerebro. En un segundo estoy mirando al techo, escuchando el ruidito del celular de Gracie bajo las cobijas. Al siguiente, todo está oscuro.

Cole y yo no somos un gran romance trágico. Ni siquiera lo intentamos. Solo nos usamos para adormecer el dolor, para llenar el silencio. Somos una parada técnica, una escala jodida entre desastres. Es algo sucio, intenso y confuso que no debió pasar, pero que sigue pasando.

No es amor. No es que nos estemos curando.

Es una mala idea que elegimos una y otra vez, como si eso fuera a arreglarnos.

Pero en la oscuridad, en el asiento trasero de su coche, envuelta en olor a detergente barato y marihuana, casi parece algo real.

Los dos sabemos cómo termina esto.

Solo que no sabemos cuándo.

Cada vez que me toca, no es con ternura, es con desesperación. A mí me pasa lo mismo. Nos besamos como si quisiéramos ahogarnos y follamos buscando perder el conocimiento. Bebemos como si el silencio no pudiera alcanzarnos si hacemos suficiente ruido.

Pero siempre nos alcanza.

La calma nos espera después. Es pesada y sofocante. Nos quedamos ahí acostados, uno al lado del otro, fingiendo que no sentimos cómo nos aplasta.

No somos amantes, somos adictos. Enganchados a la dosis, a la distracción y a la mentira estúpida de que esto podría bastar para olvidar a quienes nos rompieron.

Está jodido. Está vacío. Está todo mal.

Pero, maldita sea, se siente bien.

Por un rato.


Cole

Tercera fila. Segundo asiento.

Michelle.

Está golpeando su tableta con la pluma. Es un golpeteo rítmico y suave, como si ni se diera cuenta. Yo sí me doy cuenta. Sé lo que significa: está distraída e intenta concentrarse pero no puede. Ese tic solía volverla loca cuando estudiaba mucho. A mí me hacía sonreír.

Ahora solo me encabrona.

Me sé todas sus señales. Cómo se enrolla el pelo cuando está aburrida o cómo aprieta la mandíbula cuando piensa demasiado. Sé cómo suena cuando está por correrse, cómo jadea y se arquea. Sé cómo tiembla después y los sollozos que intenta ocultar en el segundo round.

Y ahora solo soy un tipo que la mira desde cinco filas atrás en la clase de Matemáticas Avanzadas, como un puto extraño.

Ni siquiera me gusta esta clase. Me inscribí porque se suponía que la tomaríamos juntos. Luego ella me manda a la mierda y se queda en la clase.

Dijo que quería "disfrutar su vida universitaria". ¿Qué carajos significa eso? ¿Que yo le arruinaba el ambiente? ¿Que nuestra relación era una correa?

Puras pendejadas.

Lo que quería era irse de fiesta y revolcarse con otros. Quería tomar shots en algún sótano y follarse a un tipo que apenas sabe su apellido.

Pero claro, llámalo "crecimiento personal" o cualquier término falso que lo haga sonar noble.

Mientras tanto, me toca sentarme aquí viéndola fingir que no me ve. Como si no hubiéramos pasado años abrazados cada noche. Como si yo no tuviera todavía su cepillo de dientes en mi cajón.

Se ríe de algo que dice el profesor adjunto. Es una risa suave. Yo solía ser quien la hacía reír así.

Ahora solo tomo apuntes que no voy a usar en una clase que no necesito, esperando a una chica que no va a volver.

Y es una puta mierda.

Ahora ella está "disfrutando su vida universitaria".

Eso, al parecer, significa emborracharse con vodka barato y tragarse la lengua con tipos que no podrían sostener una conversación real ni aunque su vida dependiera de ello. El fin de semana pasado la vi en esa fiesta de Phi Sig, pegada a un desconocido que le ponía las manos encima como si se hubiera ganado el derecho.

Me quedé ahí, paralizado, mirándolos como un idiota. Ella se reía y él sonreía como si se hubiera ganado la lotería.

Y juro que, por un segundo, quise que se abriera el suelo. Quise estampar la cabeza del tipo contra la pared. Quise quitárselo de encima y hacerlo sentir lo jodidamente reemplazable que es.

Lo único que me detuvo fue Sadie.

Se puso frente a mí, muy tranquila, con una cerveza en la mano y los ojos fijos en los míos. —¿De verdad quieres ir allá y quedar como el pinche exnovio perdedor ahora mismo?

Y así, de golpe, reaccioné.

Porque tenía razón.

Me habría visto patético. Como un loco o un envidioso que no aguanta que lo hayan dejado.

Michelle me habría mirado como si yo no fuera nada. Menos que nada.

Así que me largué con los puños cerrados y la mandíbula tensa. La rabia me quemaba como ácido.

Ni siquiera me despedí de Sadie. Subí a mi coche, conduje a ninguna parte y le grité al volante.

Me digo a mí mismo que no extraño a Michelle.

Pero es mentira.

Extraño lo que éramos antes de que ella decidiera que yo no era divertido. Antes de que quisiera "espacio" para "encontrarse a sí misma", como si necesitara un viaje sola para aprender a que yo no le importara un carajo.

Sadie tenía razón, claro que la tenía.

Pero cómo la odié en ese momento por decirme la verdad.

Porque yo solo quería hacer algo: golpear, gritar, romper algo. Cualquier cosa menos quedarme ahí parado como un perdedor viendo a Michelle perrear con un tipo de fraternidad como si yo nunca hubiera existido. Como si no hubiera llorado en mis brazos hace tres semanas por el miedo que le daba perderse aquí fuera. Como si nada hubiera significado una puta mierda.

Y Sadie, tan fría como siempre, me devolvió a la realidad con una sola frase. Una frase dura pero necesaria.

¿Lo mío con Sadie? No es amor. Ni siquiera es cercanía. Es un enredo raro de sexo sin sentir nada, pláticas crudas y ella convenciéndome de no hacer pendejadas de las que me arrepentiría.

Ella es la alarma contra incendios que siempre activo antes de quemarlo todo.

No somos amigos. No de verdad. No somos de los que preguntan por cumpleaños o les importa cómo estuvo tu día. No salimos a comer ni nos mandamos memes.

Somos otra cosa. Una nada que de algún modo se volvió un salvavidas.

Ella me entiende. Esa es la parte jodida. Me entiende más que nadie. La amargura, el coraje, la obsesión y el vacío.

Y nunca me dice que soy un imbécil por sentirme así. No es como mis amigos, que actúan como si debiera "ir al gimnasio" o "cogerme a alguien más buena", como si eso fuera a coser lo que se rompió por dentro.

Sadie ni parpadea cuando digo cosas feas. Cuando admito que sí, sigo revisando las redes de Michelle y que sí, me estoy hundiendo. Ella solo agarra una cerveza, se encoge de hombros y dice: "Yo también".

No estamos construyendo nada. Solo sobrevivimos juntos al desastre. Nos aferramos a los restos con la esperanza de que nos mantengan a flote, aunque nos estén hundiendo.

Y quizá por eso siempre acaba en mi cama. O en el asiento de atrás de mi coche, con las piernas en mi cintura y las uñas clavadas en mis brazos, como si quisiera dejar pruebas de que estuvo allí. De que alguien estuvo allí.

Porque por una vez, nadie intenta arreglarme. Nadie intenta convencerme de ir a terapia, ni me dice que "supere las cosas", ni me suelta una frase motivacional barata.

Sadie simplemente me acompaña donde estoy: roto, amargado y encabronado con el mundo. Ella me sigue el ritmo en nuestra pequeña y jodida guerra contra la soledad.

Sin ilusiones. Sin promesas.

Solo el consuelo crudo y feo de alguien más que sangra por las mismas heridas.