Laura y Nicolás

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Hay amores destinados a la luz y al calor; otros son luchas entre la culpa y el deseo, entre la ternura y el pecado.  Laura encontró en Nicolas el refugio que su familia nunca le brindó y Nicolás, bueno, él halló algo que nunca pensó necesitar, no como sacerdote. Entre ellos surge una historia de encuentros, separaciones y dolorosa aceptación. Porque no hay mayor mártir que quien se entrega por amor.

Genero:
Drama
Autor/a:
Joselin Rivera
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El día que llegó, de casualidad, a la parroquia, había sido un día de lluvia.

Había quedado varada en una parte pintoresca de la ciudad, marcada por construcciones añosas, casi coloniales, como sacadas de una pintura costumbrista.

No se había detenido a ver la fachada de la iglesia. Le preocupaba más que el agua no tocase la fina tela de su vestido.

La cita que había concertado para ese día con uno de los tantos muchachos que la rondaban se había cancelado sin siquiera darse el gusto de rechazar al enamorado con una sonrisa triste y voz suave, tan dulce que aquel desdichado se sentiría como el más afortunado solo por haber logrado un minuto de atención de aquella beldad.

Apenas había cumplido dieciocho años, pero parecía que sobre su cabeza se había instalado un cartel que anunciaba que ya estaba lista para contraer matrimonio. Nada de sueños, nada de amor, solo una mercancía que algunos valientes trataban de alcanzar, pero que sus padres, celosos de su tesoro, darían al mejor postor.

Se sentó en una de las últimas bancas de la iglesia, escuchando cómo afuera el cielo comenzaba a caerse y el viento aullaba, peinando las ramas de los altos árboles de la plaza que se ubicaba al frente.

Paseó sus ojos por el interior, detallando los muros de color blanco marfil sostenidos por gruesas columnas torcidas y doradas; cada tres filas de bancas, en los muros, colgaban pinturas barrocas de las estaciones del Viacrucis; en varios pilares había estatuas de yeso y madera de santos que ella no conocía.

En las bancas delanteras, viejitas hacían bailar sus rosarios en sus manos, rezando con velocidad los Avesmarías, Padrenuestros y Misterios al tiempo que esperaban que la misa comenzara.

Pronto, sobre el ruido de la lluvia y del viento, se hizo claro el sonido de las campanas, llamando al resto del rebaño; quienes ya estaban dentro se pusieron de pie y ella los imitó, alisándose las arrugas del vestido. El coro, acompañado con algunos instrumentos, entonó con suavidad una canción que hablaba de la alegría de reunirse.

Movió la boca, tratando de imitar la letra, queriendo recordar los tantos oficios a los que había asistido cuando iba a la escuela, pero su mente se nubló y solo pudo hacer unos ruiditos incomprensibles.

Ya se había dado por vencida cuando escuchó una voz destacar por sobre las demás. Era grave, pero delicada, dulce sin llegar a ser empalagosa. Acariciaba cada letra de la canción con la convicción de un creyente y había una emoción profunda, un regocijo que teñía los versos que salían de la boca del cantante que lo hacían atrayente, a pesar de no ser visto aún.

Un hombre joven, el dueño de la voz, se hizo presente, vestido con una casulla verde, caminando con paso lento y seguro por el pasillo central, seguido de dos diáconos ancianos, vestidos de blanco.

Al llegar al altar, hizo una genuflexión ante el Santísimo y se persignó, tomando su lugar al tiempo que los diáconos tomaban lugar a sus extremos.

Hizo un movimiento con la mano y saludó afectuosamente a la comunidad, invitándola a tomar asiento para comenzar la misa.

En las últimas bancas, con apenas compañía, la joven observó al sacerdote, alguien que parecía recién salido del seminario. Desde la lejanía, pudo ver su cabello claro, los ojos cubiertos por gafas de cristal transparente y una sonrisa tranquila, atrayente.

Su rostro era terso aún y su voz, después del canto, era como un bálsamo tibio para el alma. Quizá era un par de años mayor que ella.

Prestó atención a lo que decía, sin embargo, una tibieza desconocida se apoderaba de su pecho cada vez que lo oía.

Cuando llegó el momento de dar la paz, ella parecía como hechizada, vigilando los movimientos del sacerdote.

Se sobresaltó y sonrojó cuando un niño le tocó un brazo para luego estrecharle la mano y desearle la paz. Ella correspondió con una sonrisa temblorosa, agachando la mirada para luego devolverla al altar, sorprendiéndose al ver que el padre ya no estaba en su lugar.

Un leve carraspeo la sacó de su turbación y atrajo su atención hacia el pasillo a su lado. Una mano masculina se tendía frente a ella con seguridad.

—La paz, hermana… —escuchó al sacerdote, alcanzando su mano con un leve temblor.

—Laura. —Respondió con voz trémula, viendo los ojos marrones de aquel hombre detrás de sus gafas.

—Laura, un hermoso nombre. —Le sonrió, dándole unas palmaditas en la mano antes de seguir con las personas que estaban en las otras bancas.

Dejó tras de sí una nube de su aroma que envolvió a Laura como una manta tibia. Olía a madera cruda, a pan y miel.

Su alma se estremeció cuando él regresó al altar para comulgar y dar la comunión a los diáconos para luego a tomar el copón y llevar el cuerpo de Cristo a las personas.

Con el corazón latiéndole con fuerza, se acercó a la fila que se había formado frente al padre, apretando los puños. No había comulgado desde su confirmación, pero algo dentro de ella la llevó a recibir la hostia consagrada.

—El cuerpo de Cristo. —Dijo él con voz suave, esperando la respuesta de ella.

—Amén. —Susurró, separando apenas los labios para que él depositara la oblea en su lengua.

Sintió el apretón de la mano del sacerdote cuando regreso a su asiento y el calor de su voz cuando le habló. Con la lengua pegada al paladar, olvidó la tormenta fuera, pensando en cuánto le gustaría que la misa se alargara.

Sin embargo, ya había terminado y lo supo cuando el sacerdote se despidió de su comunidad e hizo el camino de regreso por el pasillo central hasta la entrada, siempre seguido por los diáconos, quienes llevaban un pequeño bolsito al cuello con hostias consagradas para llevar la Eucaristía a quienes no podían estar en misa por enfermedad.

Como una autómata, se puso de pie, caminando hacia donde el padre daba las últimas bendiciones y hablaba como un mortal con feligreses.

—Espero le haya gustado la misa. —Le dijo él con voz afectuosa, tendiéndole una mano.

—Sí, hace mucho… mucho que no estaba en una. —El padre sonrió, viéndola a los ojos.

—Nunca la había visto por aquí, aunque, a decir verdad, llevo muy poco como párroco, aún no conozco a todos los feligreses… —Él hizo un gesto de resignación que a Laura le pareció adorable, propio de alguien que aceptaba sus defectos sin mortificarse por ellos.

—No soy de por aquí… me resguardé de la lluvia y, bueno, llegué a su parroquia.

—Los caminos del Señor son misteriosos, joven Laura, quizá debía estar aquí, debía estar en mi servicio…

—Padre… —lo miró con atención, esperando, y mientras lo hacía, se permitió memorizar los rasgos del religioso. Su cabello estaba corto, pero no en extremo, de color castaño claro, sus ojos eran marrones y cálidos, como ya había observado, tenía la piel tersa y libre de barba, cejas pobladas y pestañas largas las cuales le daban una expresividad cautivante al rostro masculino

—Nicolás. —Agregó, tendiéndole la mano a una viejecita, quien le besó el anillo de oro en su mano.

—Padre Nicolás… no sé… no tengo transporte para irme y no creo que la lluvia amaine. —Él se echó a reír, contagiándola y aligerando un poco el corazón de la joven.

—En la sacristía hay un teléfono, espéreme un poco y la llevaré para que llame a su casa. —Y continuó despidiéndose mientras Laura se movía un poco, parándose cerca de la puerta principal de la parroquia.

El viento frío le dio en la cara, despabilándola. La lluvia caía con fuerza, siendo acompañada por truenos que retumbaban entre las nubes y rayos que caían de vez en cuando, cortando con el cielo grisáceo, casi negro.

Las personas pasaron a su lado, casi corriendo, cubiertas por paraguas o con sus chaquetas para evitar mojarse y llegar a sus automóviles con las almas livianas después de misa.

—¿Me acompaña? —Se sobresaltó cuando Nicolás le tocó apenas un hombro para llamar su atención, girándose bruscamente. Se encontró con la misma sonrisa suave, aunque sus ojos estaban llenos de desconcierto por el actuar de Laura.

—Si… perdón…—agachó la mirada y siguió al sacerdote hacia una salita lateral donde había un mesón, un par de sillas, muebles y ropa de Nicolás cuidadosamente doblada sobre un banco.

Él le indicó el teléfono para luego salir nuevamente y dejarla sola para llamar a quien fuera con absoluta tranquilidad.

Cuando contestaron a su llamada, escuchó una sarta de reclamos y regaños a los que respondió con monosílabos. La voz al otro lado pareció calmarse y le prometió que en media hora pasarían a buscarla, que no se preocupase y que ya hablarían cuando llegase a casa.

La llamada terminó y ella se quedó con el auricular pegado a la oreja, escuchando el silencio y en ese silencio palabras pronunciadas con cariño, palabras que cada día eran más escasas para ella.

Dejó el aparato en su lugar, viendo su disco blanco con los números pintados de negro.

Se quedó de pie, sin saber muy bien que hacer durante el tiempo que tendría que esperar hasta que fuesen a buscarla.

Sin embargo, Nicolás apareció con la respuesta para ello: una tetera con agua recién hervida en una mano y una canasta en la otra.

—Si fuese tan amable de ayudarme, Laura, en ese mueble hay tazas, platos y cucharas. —Asintió e hizo lo que el padre le pidió, colocando lo necesario para servir un poco de té caliente. —Hace mucho frío, casi mando a la gente a sus casas, pero si ellos hicieron el sacrificio de venir, bien podía dar yo la misa sin quejarme.

—Gracias. —Dijo cuando Nicolás le sirvió agua caliente en una taza. —En media hora, más o menos, vendrán a recogerme…

—No se preocupe, no la estoy echando, no sería muy cristiano de mi parte. —Bromeó, ganándose una sonrisa de parte de Laura. —Ahora, si no es mucha molestia, me gustaría saber qué la trajo hasta acá aparte de la lluvia, claro está.

—Una cita que no se realizó. —Contestó ella, encogiéndose de hombros, como si quisiera, con el gesto, quitarle importancia.

—Una cita truncada con un muchacho al azar la trajo a una más importante, una cita con el Padre mismo. —Se llevó la taza a la boca y bebió un sorbo, sopesando las palabras del sacerdote. Nicolás aprovechó para observarla con curiosidad. Hacía mucho que no veía gente joven entre la comunidad; estos preferían creencias raras que mezclaban mil cosas sin llegar a nada. Él, como joven que era, quería acercar a las personas, quería que su rebaño creciera y que hubiera caras nuevas con quienes hablar.

Laura le pareció de una belleza tranquila, muy parecida a las estatuas de la Virgen María; tenía los ojos azules maquillados a la usanza de la época para que parecieran más grandes, aunque sin poder obviar la melancolía que irradiaba la muchacha desde dentro. Su cabello oscuro caía en ondas suaves sujetas con pinzas, nariz recta y pequeña, boca pequeña también y labios delgados.

Entre más la veía, más se convencía. Laura era idéntica a la Virgen María.

Terminaron sus tés en silencio, escuchando de fondo la lluvia y esperando algún ruido distinto que indicase la llegada del transporte de la muchacha.

—¿Quiere algo más, Laura?

—No, muchas gracias, ya ha hecho mucho por mí, le estoy muy agradecida. —Nicolás sonrió, sacándose las gafas para limpiarlas.

—A pesar de que no hable mucho, es muy simpática, además, parece prudente, es una cualidad poco habitual en las muchachas actuales… ¿cuántos años tiene?

—Dieciocho. —Respondió ella sin titubear, realmente halagada por las palabras masculinas.

—Ambos somos muy jóvenes, yo apenas tengo veinticuatro años.

—Pero ya eligió su destino… ¿o se lo impusieron? —Nicolás frunció el ceño, colocándose las gafas de nuevo.

—No, nadie me dijo que entrara al seminario, es más, mi madre me amenazó y mi padre me dejó de hablar hasta que vieron que mi vocación era real. —Laura apretó los labios, asintiendo.

—Debe ser bonito ser libre de buscar el camino propio. —Un ruido en el exterior los interrumpió.

Era la bocina de un auto.

—Creo que ya vinieron por usted. —Nicolás se puso de pie, esperando que ella lo imitase.

—… —Laura dejó su taza en su lugar, saliendo de la sacristía en silencio, siendo seguida por el sacerdote.

Fuera, estacionado al lado de la vereda, había un bonito Volkswagen escarabajo de color azul cobalto. Un hombre de traje impecable estaba sentado en el asiento del conductor y apenas bajó la ventanilla para hacer unas señas a la muchacha.

—De nuevo muchas gracias, padre, hizo la espera mucho más amena. —Se despidió Laura con una pequeña sonrisa sincera iluminando su rostro.

—¡Espere! —Gritó él al momento que ella dio un paso fuera de la iglesia. —Tenga, para que no se moje. —Le tendió un paraguas negro que debía haber tenido escondido en algún lugar en la puerta de entrada.

—No se preocupe, usted se mojará si me llevo su paraguas, además, no sé si se lo vaya a regresar.

—Cuidado, que lo que usted me dice es que robara mi paraguas y robar es pecado. —Dijo con gracia, haciendo reír a Laura. —Además, la casa parroquial está aquí al lado, no me mojaría mucho. —Indicó hacia un costado, donde se levantaba una casa de dos plantas del mismo color de la fachada de la iglesia.

—Entonces me acaba de dar un motivo para volver. —Él abrió el paraguas y se lo tendió. Laura lo agarró y rozó apenas la mano de Nicolás, sintiendo nuevamente la tibieza de su piel.

Agachó la mirada con vergüenza, caminando rápido hacia el auto que la esperaba. Antes de subir, le dio un último vistazo a Nicolás, quien se despidió de ella con la mano. Laura correspondió y volvió a sonreír, una sonrisa que no se desvaneció hasta que llegó a su casa.

Más tarde, en la noche, miró el paraguas seco que había colgado en un perchero en su habitación y eso la llevó a recordar a Nicolás.

Una sonrisa se apoderó de sus labios y, al cerrar los ojos, se prometió regresar a esa parroquia el domingo siguiente.