Stalker
Aún recuerdo perfectamente la primera vez que me llegó un mensaje suyo…
Ese día el sol caía a plomo sobre el campo, y yo estaba sentada en las gradas después del entrenamiento de porristas. El sudor aún me perlaba la frente, aunque me preocupaba más por retocar el brillo labial que por secarme la piel.
—Sabes, Cole ha dicho que te dedicaría una anotación —me contaba Taylor con una sonrisa cómplice. Yo apenas levanté la vista, sin darle demasiada importancia— Ese chico te bajaría la luna con tal de que lo miraras por un segundo, Valentine.
Resoplé suavemente, esparciendo el brillo en mis labios con paciencia.
—Mi padre me da el mundo sin pedir nada a cambio. Créeme, mis ideales están bastante elevados gracias a él —contesté con calma, cerrando el espejo compacto—Además, no pienso estar con el mejor amigo de tu novio.
Taylor rodó los ojos. Llevaba semanas con esa idea fija de emparejarme con Cole, como si con eso nuestra amistad fuera a volverse más fuerte. Lo absurdo era que ya éramos inseparables.
En ese momento, su celular comenzó a sonar con una melodía pegajosa que reconocí al instante.
—¿Jason te cambió el tono de llamada? —le pregunté guardando mi brillo en el bolso.
—No —respondió ella con obviedad—. Es One Direction.
Contuve una mueca. Todos en el colegio parecían enloquecer con esa banda de cinco chicos, pero para mí no eran más que ruido.
—Lo sé. Es el mismo sonido con el que te reciben en el infierno. —El comentario la hizo rodar los ojos.
—Jason me espera —dijo, inclinándose para darme un beso en la mejilla antes de bajar las gradas—. Piensa en lo que te dije.
Me limité a sonreírle mientras la veía alejarse.
Quedé sola en las gradas, cruzándome de brazos. A lo lejos, algunos jugadores de lacrosse seguían entrenando, lanzando la pelota de un lado a otro. Las porristas los observaban como si fueran estrellas de cine, babeando ante cada movimiento.
Absurdas.
Suspiré, saqué mi celular y comencé a escribirle un mensaje al chofer para que viniera a buscarme. Pero justo antes de enviarlo, una notificación apareció en mi pantalla. Un número desconocido.
“Hola, ¿qué tal?”
Fruncí el ceño, tecleando de inmediato:
”¿Quién eres?”
La respuesta no tardó en llegar.
“No te lo diré…”
Un escalofrío recorrió mi espalda, aunque lo disimulé con una sonrisa sarcástica.
“Friki.”
Visto..
Guardé el celular en mi bolso, dispuesta a no pensar más en ello, y bajé las gradas. El cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados, y en el estacionamiento ya me esperaba Martín, mi chofer, con el auto encendido.
Y desde ese día… los mensajes se volvieron constantes.