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Lyla
La biblioteca siempre se siente distinta por las mañanas. Todo es más tranquilo y suave antes de que el lugar se llene de pasos, charlas y preguntas en voz baja. Estoy de pie en el pasillo, entre Ficción e Historia. Aspiro ese perfume tan conocido a papel viejo y polvo. La mayoría de la gente arruga la nariz al olerlo. Para mí, es el olor de mi hogar.
Paso los dedos por los lomos de los libros gastados. Me los sé de memoria tras años de acomodarlos y recomendarlos a manos ansiosas. Este lugar ha sido más que un trabajo; ha sido mi ancla y mi refugio. Aquí les di clases a niños que no podían leer. Aquí me senté con hombres y mujeres que no tenían casa ni esperanza para ayudarlos a llenar formularios de empleo o vivienda. Aquí me escondí entre historias cuando mi propia vida parecía una pesadilla.
Y ahora, todo se me escapa de las manos.
Vendido. Compraron este lugar como si no fuera más que ladrillos y cemento. Lo compró él.
Cyrus Black.
Solo con decir su nombre, la gente baja la voz. He leído los artículos y he oído las historias. Es el multimillonario con sangre en la sonrisa. Dinero viejo y linaje real. La fortuna de su familia viene de hace siglos. Ahora, su imperio se extiende por media ciudad de Londres. Bienes raíces, finanzas, hoteles... todo lleva su sello.
Y ahora, le ha puesto su sello a mi biblioteca comunitaria.
Tiro de la manga deshilachada de mi rebeca con las palmas sudorosas. Hoy vendrá para inspeccionar el edificio que compró. Caminará por estos pasillos, pero no verá nada de lo que yo veo ni lo que este lugar significa. Para él, solo es una estructura en ruinas lista para la demolición.
Se me revuelve el estómago. No debería importarme tanto, es solo un trabajo. Pero no lo es. Es mucho más. Lo es todo.
Un murmullo suave viene del mostrador; son los voluntarios que cuchichean. El ambiente cambia y se vuelve tenso. Antes de oír el eco de sus zapatos elegantes sobre el mármol, ya sé que ha llegado.
Siento un nudo en el pecho.
Me asomo por la esquina y allí está él.
Cyrus Black.
Es más alto de lo que imaginaba. Lleva un traje negro tan entallado que parece peligroso, como si pudiera cortar. Tiene el cabello oscuro peinado hacia atrás y una expresión que parece tallada en piedra. Se mueve por la biblioteca como si ya fuera el dueño de todo, no solo del edificio, sino también de la gente. Todos se encogen y el personal se hace a un lado como si fueran sombras.
Me quedo helada. Se me cierra la garganta. Todo mi instinto me grita que me esconda. Que lo deje pasar, que deje que se burle, mande y destruya sin que note mi presencia.
Pero entonces, lo escucho.
Su voz es grave, suave y cruel. —Derríbenlo hasta los cimientos. Limpien toda la podredumbre. Este lugar es un mausoleo y nada más. En un mes, ya no quedará nada.
Algo se rompe dentro de mí.
No.
No después de todo lo que esta biblioteca me ha dado. No después de ver todo lo que les ha dado a los demás.
El pulso me late a mil por hora. Aprieto el borde del estante hasta que me arden los nudillos, obligándome a respirar. Mi tartamudeo me va a traicionar. Verá cómo tiemblo, escuchará mis dudas y se reirá de mí. Como solía hacerlo él.
Pero ya he dejado que los hombres me silencien durante demasiado tiempo.
Trago saliva y junto valor como si recogiera cristales rotos con los puños. Salgo de detrás de los estantes.
—¿Se... Señor Black?
El sonido de mi voz resuena en el silencio. Él se detiene. Gira la cabeza lentamente y su mirada me clava en el sitio. Tiene los ojos oscuros, más fríos de lo que creía posible. Es un depredador analizando a su presa.
Y cuando habla, lo hace con un desprecio que hiela la sangre.
—Tú debes de ser la bibliotecaria —dice. Sus labios se curvan, pero no es una sonrisa, es algo más afilado—. Dime, ¿te pagan con polvo? ¿O estás aquí en alguna misión absurda para salvar el mundo libro a libro?
Siento que me flaquean las piernas. Se me traba la lengua y me traiciona, pero me esfuerzo por superar el miedo.
—Esta b... biblioteca... es imp... importante.
Él levanta las cejas con un gesto de ligera diversión. —¿Ah, sí? ¿Para quién? ¿Para niños que no tienen nada mejor que hacer? ¿Para vagabundos que buscan calor? No me vengas con esas. El sentimentalismo no paga las cuentas.
Respiro hondo para calmarme. —N... no es sentimiento. Es esperanza.
Por un segundo, algo brilla en sus ojos, algo que no logro identificar. Pero desaparece rápido, enterrado bajo el hielo. Se acerca a mí, tanto que siento que me traga su presencia.
—Esperanza —repite en voz baja, como si fuera una palabra que odia—. ¿Sabes qué se compra con esperanza, pequeña bibliotecaria? —Su boca muestra una mueca cruel—. Nada. El mundo no es amable con la gente como tú. Con gente que tiembla al hablar. Con gente que se aferra a las sobras de la caridad como si eso cambiara algo. La esperanza no vale nada. El dinero gana. El poder gana. Yo gano.
Mi voz tiembla, pero no retrocedo. —U... usted no me asusta.
La comisura de su boca se eleva, aunque no es una sonrisa. Es una amenaza.
—Deberías estar aterrorizada.
Cyrus
Patética.
Esa es la palabra que me viene a la mente mientras la observo. Esta bibliotecaria que tiembla, con sus rebecas y sus ojos enormes y sinceros. Se queda ahí como un cordero que se ha convencido a sí mismo de que puede enseñarle los dientes a un lobo.
Esperanza. De verdad me soltó esa palabra, como si fuera moneda de cambio.
Casi me río en su cara. Casi. Pero no; la risa es demasiado generosa. En lugar de eso, dejé que la verdad despedazara su tartamuda valentía. La esperanza no es nada. Es debilidad disfrazada de virtud. Es el lenguaje de los tontos que creen que el mundo les debe amabilidad.
Y su tartamudeo... por Dios. Cómo se le quebraban las palabras en la garganta. Si yo fuera mejor persona, tal vez me daría lástima. Pero la lástima es veneno; lo aprendí hace mucho tiempo. La debilidad se contagia si la dejas. Es mejor aplastarla en el acto.
Me doy la vuelta y la ignoro. Lo hago con la misma facilidad con la que ignoro a cualquiera que sea tan tonto como para estorbarme. Mis pasos resuenan bajo los techos altos. Paso la mano por una fila de estantes y el polvo se me queda en la piel. Qué asco. Es un mausoleo, tal como dije.
—Este lugar vale más por piezas que entero —le digo a mi socio sin mirar atrás—. La demolición empieza este mes. Quiero que quiten hasta el último ladrillo y quemen cada rastro de podredumbre. Construiremos algo que dé dinero, no un altar para vagabundos e idiotas sentimentales.
Veo de reojo que ella se estremece al oír la palabra vagabundos. Qué bien. Que le duela. Que le sirva para recordar lo poco que importa.
Y sin embargo...
Maldita sea.
No se echó atrás. Temblaba, tartamudeaba y parecía que se iba a desmayar por los nervios, pero se quedó ahí. Me dijo que no me tenía miedo.
Nadie me dice eso. Nadie lo ha hecho en años.
Todo el mundo me teme. Como debe ser.
¿Pero ella? O es valiente, o es estúpida. Lo más seguro es que sea las dos cosas.
Miro hacia atrás, solo una vez. La encuentro mirándome con esos ojos verdes. Está asustada, sí, pero brilla con un fuego terco que no debería tener.
Eso me irrita. Me enfurece.
Porque si hay algo que odio más que la debilidad... es la debilidad que se niega a romperse cuando la presiono.
Lyla
La oficina al fondo de la biblioteca parece demasiado pequeña para todos nosotros. Las sillas chirrían contra el viejo suelo de madera. Los susurros rebotan en las paredes como pájaros asustados. Nadie sabe exactamente por qué nos llamaron, pero no hace falta preguntar. La verdad flota sobre nosotros desde que Cyrus Black entró por esa puerta ayer.
Aun así, la esperanza persiste. Es débil, frágil y desesperada.
Me siento cerca de la ventana con las manos entrelazadas en el regazo. Miro mis zapatos gastados. Me digo a mí misma que no debo temblar, pero mi cuerpo no me hace caso. No dejo de pensar en cómo me miró ayer, como si fuera algo que quisiera quitarse de la suela del zapato.
La puerta se abre y se hace el silencio.
No es él.
Entra un hombre con un traje oscuro hecho a medida. Trae una carpeta de cuero bajo el brazo. Su expresión es tan cálida como una piedra. No se molesta en presentarse, ni siquiera nos mira bien.
Pone la carpeta sobre el escritorio, la abre y empieza a leer.
—Desde esta mañana, el señor Black es el único dueño de esta propiedad. Con efecto inmediato, sus contratos quedan terminados. Cada uno recibirá su último pago al final de la semana. Tienen hasta que cierre el negocio hoy para recoger sus cosas y dejar el edificio.
Sus palabras golpean la habitación como un mazo.
Una mujer al frente se queda sin aliento. Alguien más suelta una palabrota. Se me cierra la garganta y me agarro a los brazos de la silla para no desmoronarme.
Despedidos. Desalojar. Hoy.
La biblioteca se ha acabado. El lugar que me salvó, que me dio un propósito y que dio esperanza a tantos, desaparece con unas frases cortantes de un extraño.
Parpadeo con fuerza para aguantar las lágrimas. A mi alrededor, el personal se levanta. Algunos protestan, otros están demasiado aturdidos para hablar. El hombre ni se inmuta. Cierra la carpeta, se la pone bajo el brazo y se hace a un lado como si el asunto estuviera resuelto.
Y lo está.
Los demás salen en fila, murmurando, sollozando y aferrados a sus bolsos. Me levanto despacio. Me siento perdida, como si me hubieran quitado el suelo bajo los pies. Mi refugio se ha ido. Mi trabajo se ha ido. El pecho me duele por el peso de todo esto.
Me cuelgo el bolso al hombro y camino hacia la puerta.
—¿Señorita Banks?
Esa voz me deja helada.
Miro hacia atrás. El hombre del traje me observa con una mirada fija y difícil de leer.
—Hay... otro asunto. El señor Black tiene un puesto para usted.