Capítulo 1
Londres, 1872.
Ya casi nadie quedaba en el edificio del Scotland Yard. Los últimos guardias estaban de pie en la puerta y otros pocos oficiales daban vueltas cerrando sus cajones y guardando documentos mienras hablaban del clima y la prisa que tenían por alcanzar el ultimo tren.
Ahí, un extraño hombre estaba detenido en una de las oficinas bajo sospecha de asesinato. El inspector, un afable hombre de mediana edad que parecía más ocupado de lo que realmente estaba, había iniciado una investigación con agentes de Whitechapel.
A las 9:37 de la noche, Bartholomew Smith, un abogado perteneciente al Middle Temple y asesor judicial, entró por la puerta con maletín en mano. Un joven informante le había mandado a llamar para proteger a un misterioso hombre: Sir Vincent Vaughan, un llamativo y excéntrico banquero y terrateniente en la zona del West End, con título nobiliario y que con cuarenta años, parecía más joven bajo su bigote de manillar.
Se firmó el documento de detención temporal y el inspector policial se dirigió al sospechoso:
—Sir Vaughan, por supuesto, tenemos que recabar información de lo sucedido esta noche, y mientras tanto, tiene que quedarse aquí. Lamento que este incidente le haya ocasionado tantos inconvenientes.
—Oh, no se preocupe, inspector. Estoy totalmente seguro de que es una confusión.— Infirió el hombre con un ligero acento extranjero y una sonrisa cautivadora pero con cierto aire siniestro.
—En cuanto a quedarme,—Continuó,—Lo siento, pero me temo que no puedo. Me aqueja una enfermedad compleja y requiero regresar a casa para medicarme.—Dijo sin perder su particular sonrisa y sacando una pipa de un elegante estuche a juego con su fino traje negro.
El inspector lo miró con condescendencia. Parecía un hombrecillo dispuesto a hablar y a quedar bien ante cualquier personaje respetable: —Cielos, ¿Qué le aqueja? Yo mismo tengo que controlar la gota que me provoca unos dolores terribles en la pierna derecha…
El abogado Smith, un hombre a mitad de sus treinta años, con un estilo nada sofisticado, y el cabello rubio peinado apresuradamente, se aclaró la garganta para interrumpir al empleado público y presentarse a su cliente:
—Soy Bartholomew Smith. Un placer, ¿Sir Vincent Vaughan?.— Le extendió la mano al sospechoso.
Sir Vaughan miró al descuidado pero agraciado hombre y le devolvió el gesto con elegancia y cortesía.
—El placer es todo mío, abogado.— respondió con una grave y elegante voz.
Observó al abogado con curiosidad. Examinó sus cuidados pero viejos zapatos, su decente pero modesto traje y sus movimientos seguros, pero toscos.
Después de su presentación, el abogado se dirigió al inspector y se puso manos a la obra. Escuchó atentamente el informe haciendo las preguntas pertinentes y pidió la ficha detallada de la investigación hasta el momento.
—Procederemos.—Confirmó amablemente al inspector. Luego, se volvió hacia su distinguido cliente y le tranquilizó: —No se preocupe, se irá a casa esta noche, Sir Vaughan.
El caballero sonrió y antes de retirarse al patio contiguo a fumar su pipa, respondió: —Por supuesto que si.
Al salir el hombre, el abogado Smith habló con el inspector en privado.
—No parece un hombre sospechoso, ¿Tan grave es el crimen del que se le acusa?.
El entusiasta inspector se acercó a él agitando su dedo índice con reprobación:—Nunca sobreestime la apariencia de alguien, señor Smith. Un gemelo con las iniciales de Vincent Vaughan fue encontrado cerca de la escena del crimen.
El pequeño botón dorado tenía las letras ‘VV’ con líneas entrelazadas lo que también la hacía parecer una ‘W’.
—¿’W’ o ‘VV’?— Cuestionó el abogado.
—Exactamente. Lo intrigante es que tenemos otro sospechoso cerca del crimen con el apellido Watson, pero me temo que el hombre no podría permitirse gemelos como estos.
Bartholomew Smith se acercó al agente con ironía y le contestó:—Nunca subestime la apariencia de alguien, inspector.
El patio contaba con un sencillo jardín a cielo abierto, Sir Vaughan esperaba pacientemente sentado en una banca en una esquina oscura y solitaria mientras fumaba su pipa y contemplaba la luna. A pesar de su extravagancia, parecía un hombre de naturaleza sencilla y reflexiva. El humo del tabaco subía lentamente formando falsas nubes grises que cubrían sutilmente la figura del lejano astro plateado.
Bartholomew Smith salió al patio, se acercó a el y abrió la boca para hablar pero fue interrumpido.
–Le diré de antemano, señor Smith, que ese gemelo no me pertenece.—Se adelantó a decir Sir Vaughan.
–Por supuesto, Sir. Aunque el inspector dice que el otro sospechoso no podría ser el dueño. Creo que se trata de una desafortunada casualidad.— Afirmó el abogado, que se encontraba de pie con las manos en los pantalones debido a los vientos frescos del cercano otoño.
—No es una casualidad, abogado Smith… porque ciertamente soy el "asesino".
Vincent Vaughan había hablado con frialdad resaltando la palabra prohibida como si el adjetivo no le perteneciera a él, sin embargo, su sonrisa no se borró de su rostro.
El abogado se quedó mudo por un momento y sonrió ante lo que parecía una no tan inofensiva broma.
El siniestro caballero continuó hablando antes de que su defensor pudiera decir algo:
—Ha sido desafortunado, eso es un hecho. Maté a ese joven y por alguna razón tenía un gemelo que coincidía con mi nombre. No conozco al propietario, pero él si parecía conocerme a mi, búsquelo y limpie mi nombre.
El abogado, incrédulo, borró su sonrisa e ignoró las pistas. Su boca continuaba abierta por la fuerte impresión. Solo después de un instante se atrevió a preguntar:—No entiendo, ¿Está… está confesando el crimen, Sir Vaughan?
—Le estoy dando trabajo, y ese será el de limpiar toda esa suciedad al rededor de mi, eñor Smith. Yo me encargaré del soplón una vez lo encuentre.—Contestó el sospechoso caballero sacudiendo el tabaco de su pipa, limpiándola con un fino pañuelo y guardándola en su elegante estuche.
Lo cierto era que había una razón para haber convocado a Bartholomew Smith como su defensor. No había coincidencias en los planes del enigmático Vincent Vaughan. Le conocía, en algún momento en los periódicos, en algún pequeño espacio de la publicidad. Le llamó la atención lo pequeño del anuncio, apartado y rodeado de afiches de ropa a la moda, cigarreras y pequeñas y elegantes vestimentas para mascotas. Ahí estaba el nombre de un abogado que necesitaba trabajo pero poca atención.
—Si usted es el culpable, señor, no podré ayudarle.—Sentenció el letrado—Mi membresía en la junta de abogados estaría en juego por defender a un hombre culpable. Lo mejor es que encuentre a alguien más. De verdad, lo siento.
El señor Smith inclinó la cabeza con obligada cortesía y se dispuso a marcharse. Sir Vaughan le regaló una sonrisa cínica. Y entonces se puso de pie acercándose a él.
—Oh no, no lo ha entendido, abogado. Usted va a ayudarme. Algo me dice que no es la primera vez que ayuda a un hombre culpable a limpiar su nombre y que no es la primera vez que rompe los límites de la moralidad.—Dijo con una fina y grave voz.
El abogado Smith se quedó consternado. En la oscuridad apenas podía ver el rostro de su cliente a pesar de tenerlo tan cerca.
—¿De qué habla…?
—No es casualidad que esté aquí delante de mí, señor Smith.—Continuó el enigmático hombre—En tan poco tiempo solo he tenido a la mano su dirección y al muchacho al que le pagué tres peniques por ir a buscarlo.
—Si tiene otras tantas posibilidades, ¿Cómo es posible que un hombre tan notable haya terminado aquí?—Interrogó Bartholomew Smith que comenzaba a inquietarse y a retroceder.
Sir Vaughan resopló contrariado.
—Estaba en el lugar correcto en el momento correcto para la policía. Hicieron bien su trabajo al encontrarme cerca. Pero esta acusación no tiene nada que ver conmigo. Solo la muerte del joven.
El cinismo del banquero era intolerable. El señor Smith tenía todas las razones correctas para renunciar antes de empezar y salir de esa contradictoria situación. Al fin y al cabo estaba frente a un asesino.
El banquero continuó caminando lentamente hacia el.
—Pero usted es abogado, llegará al fondo de esto para que yo no tenga que derramar sangre innecesaria.
—¿Derramar sangre?—Preguntó el señor Smith que no cabía en su indignación—¿Porqué piensa que voy a ayudarle?
—Siento que sus circunstancias le hayan puesto en mi camino, señor Smith. Estoy seguro de que con mis influencias podría ayudarle… con cualquier asunto personal.
El abogado se sorprendió de nuevo. ¿Había percibido una especie de chantaje en sus palabras?
Sir Vincent consideró concluida la charla ante el silencio del Sr. Smith, prometió contactarle de nuevo y se adentró a la oficina nuevamente. Se dirigió al inspector que firmaba papeles sobre su escritorio y se despidió de él sin más preámbulos.
—Gracias por su hospitalidad, oficial. Tengo que irme.
—¿Qué? Espere, aún no puede irse Sir Vaughan…
Con una encantadora sonrisa, Vincent Vaughan se inclinó hacia el oficial levantando su sombrero de copa y se acercó a la puerta donde estaban los dos policías haciendo guardia.
—¡Ustedes! ¡No dejen que se vaya!
Los hombres miraron hacia todos lados, y después de unos segundos, entraron intrigados a la oficina.
—¿Quién, señor?
—¡El hombre que acaba de salir!
—¿Que hombre?—Preguntó uno de ellos mirando a la entrada.
El inspector los miró irritado. Era cierto que Sir Vincent Vaugha se había marchado por la puerta, pero no le habían visto salir por ninguna parte.