Capítulo 1: Las montañas que susurran promesas
En el extremo norte del reino de Altin, más allá de las praderas cantarinas y los lagos que reflejaban constelaciones, se alzaba una montaña envuelta en misterio. A simple vista parecía un coloso de roca y musgo, pero quienes sabían mirar —realmente mirar— podían ver las hebras de magia que la recorrían, como venas brillantes bajo su piel pétrea.
Era allí donde vivía Otabek Altin, un hada de alas negras como la tinta de los pactos antiguos, tan distintas a las de los demás que brillaban con colores pasteles o se deshacían en bruma al tocar la luz del sol. Las suyas parecían forjadas en noche perpetua.
No era un hada común: medía lo mismo que un humano, hablaba poco y nunca reía por compromiso, pero cuando lo hacía, el bosque entero parecía detenerse solo para escucharlo.
Ese día, como tantos otros, Otabek recorría los senderos ocultos del bosque con sus amigos. Duendes, luciérnagas sabias, hongos saltarines; todos formaban parte de su pequeño círculo.
—¡Atrápame si puedes! —chilló Mila, un hada pelirroja de carcajada chispeante.
—Podrías volar más rápido si dejaras de hablar tanto —gruñó Otabek sin malicia, sonriendo mientras la perseguía en zigzag entre ramas.
De pronto, Mila frenó en seco, su rostro perdió color.
—Otabek... —su voz tembló— Tienes que venir. Es tu familia.
El mundo se encogió.
No hizo preguntas. No pidió explicaciones. Su cuerpo reaccionó antes que su mente pudiera comprender. Con una ráfaga de viento y hojas, ya estaba en el aire.
La caverna donde sus padres vivían era sagrada: una morada de paredes cristalinas que vibraban con antiguos hechizos protectores. Al llegar, el silencio le golpeó el pecho. Demasiado silencio.
Sus padres yacían juntos sobre la piedra sagrada, tomados de la mano. Sus rostros, antes llenos de luz, estaban pálidos como cenizas.
—Mamá... Papá... —susurró, arrodillándose, sus alas temblorosas al tocar el suelo.
Su madre apenas alzó los párpados. Su voz era débil, quebradiza, como papel mojado.
—Mi niño... viniste.
Su padre, jadeando, tomó la mano de Otabek con la fuerza de quien sabe que es la última vez.
—Tú... eres fuerte. Más que nosotros. La montaña... —tosió, y Otabek tragó saliva para no quebrarse— La montaña te escucha. Te eligió.
—No digan nada —suplicó el hada, apretando las manos ajenas con desesperación— Voy a curarlos, puedo... buscar un conjuro, o... hablar con las aguas del este. Ellas saben de curas. No se vayan. No me dejen solo.
Su madre sonrió con ternura .
—Otabek... nuestro tiempo ha terminado, pero tú... tú harás grandes cosas.
Con su último aliento, su padre susurró:
—Cuida la montaña... como nosotros lo hicimos.
Y entonces, la luz en sus ojos se apagó.
El hada se quedó allí largo rato, en silencio. No lloró. No gritó, pero algo dentro de él —una chispa inocente— se extinguió esa noche.
Pasaron las estaciones y Otabek cumplió su promesa. Se convirtió en el guardián que la montaña necesitaba. Los bosques florecían bajo su vigilancia, los intrusos se alejaban, asustados por una figura silenciosa que se deslizaba entre la niebla.
Y, sin embargo, en lo más hondo de su pecho, el hueco seguía allí como un abismo, hasta que lo vio.
Aquel día el cielo estaba cubierto de nubes bajas y el aire olía a tormenta cercana. Otabek caminaba por un sendero empedrado cubierto de líquenes, cuando escuchó un crujido de ramas.
Su cuerpo se tensó.
—¿Quién va? —su voz salió firme, grave.
Una figura emergió entre los helechos, con paso elegante, casi felino. Cabello plateado como nieve derretida, ojos del azul más claro que Otabek había visto en su vida, y una sonrisa tan segura como irritante.
—¿Este es el recibimiento que reciben los visitantes? —dijo, colocando una mano en la cadera— Me perdí... un poco. ¿Qué lugar es este?
Otabek lo estudió en silencio. Su ropa era lujosa, bordada en hilos de plata. Nada en él pertenecía a este bosque. Y sin embargo... se sentía como una melodía que ya había escuchado en sueños.
—Estás en la montaña sagrada de Altin. Nadie entra aquí sin permiso.
—Ups. —El desconocido alzó las manos— Culpa mía, entonces. Aunque, si hubieras puesto un cartel que dijera “No entrar: bosque mágico con guardián misterioso”, tal vez me lo pensaba dos veces.
Una ceja se arqueó en el rostro de Otabek.
—¿Nombre?
—Victor. Victor Nikiforov —hizo una pequeña reverencia exagerada— Ex campeón imperial, artista, genio y... vagabundo ocasional, al parecer.
Otabek cruzó los brazos.
—¿Qué haces aquí realmente?
Victor lo miró con descaro, acercándose con lentitud.
—Buscaba inspiración, y lo encontré aquí. Supongo que eso cuenta como un hallazgo raro, ¿no crees?
El hada lo sostuvo con la mirada.
Y, por primera vez en años, sonrió.
Los días pasaron y las visitas se repitieron.
Victor hablaba como si el mundo fuera un escenario y él, su actor principal. Otabek escuchaba con calma, como un ancla que impedía que su exuberante amigo flotara demasiado alto.
Se sentaban juntos en rocas, compartían historias, silencios y... algo más. Algo que no se atrevía a nombrar.
Una noche, sentados junto a un lago, Victor rompió el hechizo del momento.
—Sabes, Beka... eres el único que me escucha sin juzgar. Incluso cuando digo tonterías. —Rió suavemente, mirando el reflejo de las estrellas— Siempre imaginé tener un hermano menor. Alguien fuerte, protector, callado. Como tú.
Otabek sintió que el mundo se tambaleaba. Un hermano.
—Te aprecio mucho —añadió Victor— Por eso... quería pedirte algo especial.
Otabek respiró hondo. Su corazón latía con fuerza.
—Lo que sea.
Victor tomó su mano entre las suyas.
—¿Aceptarías ser mi padrino de bodas?
Silencio.
Otabek no contestó. Se levantó de golpe, las alas agitándose con violencia contenida. Victor lo miró, confundido.
—¿Beka? ¿Dije algo malo?
Pero Otabek ya estaba volando, lejos, muy lejos.
Esa noche, el hada se encerró en la caverna. Miró su reflejo en el cristal oscuro.
—¿Qué no fue suficiente? —susurró— ¿Mis alas eran demasiado oscuras? ¿Mi silencio demasiado pesado?
Se acercó al viejo armario de sus padres. Allí, sobre terciopelo púrpura, reposaba la katana ancestral.
No dudó.
Y cuando el metal cortó la carne, Otabek no gritó. Sólo apretó los dientes y dejó que las alas cayeran al suelo con un ruido sordo.
A la mañana siguiente, Victor y Yuuri esperaban en el claro. Yuuri, de ojos cálidos y postura comedida, tomó la mano de su compañero.
—¿Seguirá molesto?
—No lo sé. —Victor suspiró— Creo que no lo entiendo como pensaba.
—Dale tiempo.
Pero desde lo alto, entre las ramas más densas, Otabek los observaba. Sin alas. Sin ternura. Sólo con fuego en los ojos.
“Juro que no volverán a ver la luz del sol.”
Y se desvaneció.
Pasaron los años. La historia del Guardián Negro se volvió leyenda. Nadie osaba entrar a la montaña sin ofrendas. Nadie, salvo uno.
Un joven de cabellos dorados y ojos de esmeralda salvaje. Yuri Plisetsky. Rebelde, elegante y peligroso como un relámpago sin destino.
Esa tarde, tras escapar del palacio, se adentró en el bosque maldito.
—¡Tsk! Ese calvo protector ya me tiene harto. “Yura, no salgas. Yura, no te ensucies”. ¡Soy un príncipe, no un jarrón de porcelana!
Pisó con fuerza la tierra húmeda.
Entonces, entre las sombras, una voz resonó. Grave, cruel y firme.
—Vaya, vaya... ¿pero qué tenemos aquí?
Yuri se detuvo, como si su alma hubiera chocado contra una pared invisible.
—¿Quién demonios...?
Y las ramas crujieron. Y la sombra emergió.
El hechicero al fin había encontrado la pieza final de su venganza.