Ruta 2

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

En la Ruta 2, un minibús despierta en una noche que no termina. Sin señal, sin tránsito y con un pueblo fantasma por delante, Alejandro descubre que algunos caminos no llevan a un destino… sino al otro lado. Para volver con María, deberá pagar un precio.

Genero:
Horror
Autor/a:
A.J. Noctuam
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

I

El sol comenzaba a asomarse por las montañas de la ciudad de El Alto, envolviendo el paisaje en un resplandor dorado. Alejandro observaba desde la ventana del minibús mientras recorría las empinadas calles hacia el centro de la ciudad de La Paz. El aire frío le acariciaba el rostro, trayendo consigo el aroma terroso de los recuerdos de su infancia.

La Paz, una ciudad incrustada en una inmensa hoyada en medio del altiplano boliviano, es un lugar lleno de vida, color y contrastes; incluso a tempranas horas de la madrugada. Los edificios modernos se mezclan con las antiguas edificaciones coloniales. Las estrechas, empedradas y empinadas calles albergan una mezcla de culturas y tradiciones. Alejandro había pasado gran parte de su vida aquí, y cada rincón le recordaba momentos compartidos con María, su novia, antes de mudarse a Copacabana y abrir su restaurante, ahora famoso casi a nivel nacional.

El minibús se detuvo frente al Cementerio General, donde descansan los restos de generaciones pasadas de siglos atrás.

Alejandro bajó del vehículo y se encontró con la imponente entrada del camposanto, aún cerrado a esas horas de la mañana. Había albergado la esperanza de visitar la tumba de su madre antes de emprender viaje, pero esa fantasía debía esperar su siguiente visita a la ciudad.

El viento frío soplaba, enfriándole el rostro y amenazando con congelarle las orejas al punto de que se le caigan de la cabeza. Se calzó el gorro de lana verde y azul que le regaló María antes de partir de su lado hace tres días.

Un fuerte y rítmico estertor por encima de la cabeza lo sacó de su ensoñación y lo obligó a agacharse con miedo de que le caiga algo sobre la cabeza. Las cabinas del teleférico rojo, al que aún no se acostumbraba, flotaban sobre el cementerio.

Cuando ellos dejaron la ciudad hace cuatro años, el teleférico era aún un proyecto a medio construir. Ahora era ya una realidad que perturbaba, con su rocambolesca modernidad, los recuerdos que mantenía de la ciudad.

Sus pensamientos se centraron en María, quien lo esperaba en el lago Titicaca. Recordó los momentos compartidos, las risas y los sueños que habían construido juntos. Una sensación de calma y felicidad se apoderó de él, impulsándolo a embarcarse en este viaje hacia el encuentro con su amada, dejando atrás aquella ciudad que, hacía mucho tiempo, había dejado de ser suya.

Abordó el siguiente minibús interdepartamental, sin mirar atrás, y se acomodó en un asiento cerca de la ventana para evitar marearse. El cansancio acumulado en su cuerpo lo envolvió, y poco a poco se dejó llevar por el sueño aún antes que el mini emprendiera la marcha.

Fue despertado, a medias, varias veces en el trayecto por las pronunciadas curvas de la autopista; los numerosos baches, bocinazos y rompe muelles, y uno que otro frenazo de tan hábil conductor. Pero el suave balanceo del vehículo y el monótono ronroneo del motor lo arrullaron en un estado de profunda somnolencia del cual no era fácil salir.

Notó, entre sueños, cuando llegó a la ceja de la ciudad de El Alto, luego de pasar el peaje, con sus cabinas a medio reconstruir, desvencijadas y ennegrecidas por las múltiples veces que fueron destruidas o incendiadas en actos revolucionarios de protesta y manifestaciones políticas.

Recobró conciencia al estar atascado en una “trancadera”, cerca de la conocida feria de la 16 de julio, que al conductor le tomó cerca de hora y media atravesar. Alejandro aprovechó la ocasión para continuar con su descanso luego de 3 días “sin pegar pestaña”. Volvió a abrazar con fuerza su mochila para protegerla.

Había pasado las noches en vela desde hace una semana, preparando su discurso para el oficial de crédito del Banco Unión, que aprobaría su préstamo para agrandar el restaurante y comenzar la construcción de las habitaciones en el lote detrás del mismo. Pronto se convertiría en un reconocido alojamiento para turistas a la orilla del lago Titicaca.

Una vez que llegó a La Paz y recibió la aprobación del préstamo en el banco, no durmió esperando el día siguiente para poder cobrar el cheque. Y cuando tenía el dinero en mano, no alcanzó a dormir la última noche por miedo de que alguien lo hubiera seguido y se lo robara en el alojamiento donde se quedaba.

Nunca había tenido tanto dinero entre sus manos y no sabía qué hacer para protegerlo y llevarlo a salvo hasta María, quien lo recibiría con los brazos abiertos como si fuese un héroe.

Luego de graduarse juntos de la escuela hotelera, decidieron mudarse a Copacabana en busca de una vida tranquila para montar un negocio que les permita vivir el resto de sus días sin preocuparse por el dinero. Y ese préstamo ahora les permitiría culminar su sueño.

Otro barquinazo lo despertó por un momento.

Miró con recelo a los pasajeros alrededor suyo. El minibús iba lleno y trató de ver los rostros de las personas más cercanas a él, pero el sueño le vencía y solo alcanzó a acomodarse mejor y abrazar con más fuerza su mochila.

Alejandro se sumergió en un mundo de sueños fragmentados. Varias imágenes pasaron por su mente: el rostro sonriente de María al recibirlo, el reflejo del sol en las tranquilas aguas del lago, la sensación de paz y plenitud que solo ella podía brindarle.

Otra sacudida lo despertó abruptamente. Abrió los ojos y se encontró sumido en la oscuridad. A través de la ventana contempló un paisaje estático y sombrío. El sol había desaparecido y había caído la noche.

El minibús estaba detenido en medio de la ruta 2 que lo llevaría hasta Copacabana en pocas horas. La confusión se apoderó de él. El viaje hasta el lago no debía durar más de tres o cuatro horas y había partido temprano en la mañana.

Observó a su alrededor y notó que los demás ocupantes de la cabina también acababan de despertar de un profundo sueño. Sus rostros reflejaban la misma confusión y sorpresa.

El silencio se convirtió en un zumbido de voces que comenzaron a elevarse en un coro de preguntas y especulaciones. Alejandro se unió a la conversación, compartiendo sus propias dudas y confusión.

Las teorías comenzaron a surgir. Algunos sugerían que se habían desviado del camino y estaban ahora varados con una avería del automóvil; mientras que otros creían que habían sido secuestrados y dopados por el chofer del autobús.

Un niño, de unos 10 años, sugirió que estaban atrapados en otra dimensión. Todos ignoraron aquel comentario infantil y ridículo.

Alejandro estaba en silencio, escuchando y observando a todos, apretando fuerte su mochila contra el pecho, tratando de sentir a través de la tela los fajos de billetes sin tener que abrirla y mostrar el contenido al resto de personas. Estaba convencido de que todo había sido un atraco planeado para robarle. Pero todo el dinero seguía ahí.

Miró hacia el frente del vehículo y se dio cuenta de que el chofer del minibús y el ayudante, no estaban en ningún lado.

—El mini se averió —dijo, más para él mismo que para los demás pasajeros—. El chofer y el ayudante seguro fueron a buscar ayuda y aún no han vuelto.

—¿Y hasta esta hora?, ¿no podían llamar a la policía o a un mecánico?

—¿No ha pasado otro auto, una flota, un camión? Esos siempre saben arreglar autos.

La discusión continuó su curso y se tornó cada vez más acalorada, pero Alejandro ya no prestaba atención. Llevaban por lo menos media hora discutiendo y no habían asomado ningún otro auto por el horizonte y comenzó a preocuparse. Esa carretera era muy transitada e incluso a altas horas de la noche algún auto debería haber pasado.

—¿Qué hora es?—preguntó, pero su voz fue ahogada por la discusión de los otros pasajeros.

Una idea se había sembrado en su cabeza, luego de la opinión del niño pequeño sobre dimensiones paralelas, y le rascaba el fondo de la mente. Sacudió su cabeza con fuerza, tratando de apartar aquellos pensamientos ridículos.

En un arranque de lucidez, recordó el celular que llevaba en el bolsillo delantero de la mochila. Lo sacó a toda velocidad para verificar la hora y si tenía señal para llamar por ayuda a la policía. El teléfono estaba apagado y después de varios intentos no encendió, aunque estaba seguro de tenerlo bien cargado antes de salir del alojamiento esa mañana.

El frío se colaba por las ventanas del minibús, aumentando la sensación de inquietud en el interior del vehículo. Alejandro no podía sacudirse aquella sensación de inquietud. La ausencia del chofer y su acompañante comenzaba a parecerle cada vez más alarmante.

¿Dónde habían ido en medio de la noche sin decir una palabra? ¿Por qué nadie más parecía preocupado por esto?

Decidió que era hora de tomar medidas. Se puso de pie, instando a los demás pasajeros a mantener la calma.

—¿Pueden fijarse si tienen señal? El mío está muerto —dijo, mientras levantaba su teléfono frente a su rostro para mostrarles la pantalla negra.

Los pasajeros buscaron en sus bolsos y bolsillos. Nada. La decepción fue un golpe duro para todos y el silencio se apoderó de la cabina del minibús.

Alejandro abrió la puerta del minibús y salió al frío de la noche.

—Voy a buscar al chofer y a su ayudante, no pueden estar lejos —anunció con determinación.

El viento soplaba tan fuerte que lo dejaba sordo. Se calzó nuevamente su gorro, de lana verde y azul, y se cargó la mochila a la espalda.

—Apurate, joven, ¿cuánto rato más nos van a dejar aquí abandonados? —dijo una señora de pollera sentada cerca de la salida, antes de cerrar la puerta en su cara.

Alejandro se adentró en la carretera oscura, siguiendo el camino por el que habían venido. Cada paso que daba parecía llevarlo más lejos de la seguridad del vehículo y más cerca de lo desconocido.

Miró hacia atrás varias veces con miedo de perder de vista el minibús para siempre, pero debía continuar si quería encontrar alguna respuesta y volver al lado de María.

Después de caminar durante lo que le pareció una eternidad, vio luces en la distancia. Se acercó cautelosamente y se dio cuenta de que era un pequeño pueblo en medio de la nada. Las luces parpadeaban débilmente y no se escuchaba ningún sonido.

Entró en el pueblo y recorrió sus calles desiertas, buscando señales de vida. Las casas parecían abandonadas y las tiendas estaban cerradas.. No había rastro del chofer ni de su acompañante.

La luz provenía de las farolas en las calles, de las pocas que aún tenían las lámparas íntegras. Todas las casas estaban a oscuras y con las ventanas tapiadas. Alejandro se quedó parado en medio de la calle principal, sin encontrar ni el menor rastro de civilización.

Estaba desconcertado, conocía bien cada pueblo en el camino de El Alto a Copacabana. Por el paisaje, había calculado que estaban varados entre Huarina y Batallas, más cerca de este último, pues no se veía aún el lago, pero ese pueblo no era ninguno de los dos. Ese pueblo nunca lo había visto.

No tenía más remedio que retornar hasta el minibús e informar a sus compañeros de viaje de su fracaso. Sí, es que conseguía volver a encontrarlos.

Cuando comenzó su marcha hacia la salida del pueblo, una figura apareció en la distancia. Era el chofer del minibús, caminando solo hacia él. Su rostro estaba pálido y tenía una expresión de profunda sorpresa. Alejandro corrió hacia él y le preguntó qué estaba pasando.

El chofer miró a Alejandro con ojos vacíos y le dijo:

—No lo sé. Estábamos en el minibús y, de repente, nos quedamos dormidos. Cuando despertamos, estábamos aquí, en este extraño pueblo. No tengo idea de cómo llegamos aquí ni de cómo volver.

Lo invadió de nuevo una extraña sensación de tristeza y derrota. Decidió regresar al minibús con el chofer y contarles a los demás lo que había descubierto a ver si alguien tenía una mejor idea de cómo proceder.

Mientras regresaban al vehículo, Alejandro no podía evitar sentir un escalofrío por el conductor, pálido, flaco, ojeroso y con la mirada perdida. Se preguntaba también qué ocurrió con el ayudante, que no aparecía por ningún lado, pero no conseguía juntar el valor para preguntárselo.

No podía sacudir de su mente la idea de que algo muy extraño estaba ocurriendo, algo que su mente no podía explicar. ¿Por qué no habían llegado nunca al lago? ¿Qué era este lugar? ¿Porque qué no había pasado ningún auto en horas?

Las preguntas sin respuesta lo seguían atormentando durante toda su larga y silenciosa caminata. Lamentaba no haber recibido más educación para entender mejor todo lo que ocurría a su alrededor, y eso que era el único en su familia que había terminado la secundaria y estudiado en un instituto. Pero todo esto era mucho más de lo que su mente podía digerir. La cabeza le dolía y se sentía mareado.

Llegaron al minibús y el escenario no era nada alentador. La mitad de los pasajeros había desaparecido, quedando solo la señora que viajaba detrás de él en el asiento del fondo con su hijo de 10 años, el de las ideas multidimensionales; dos señoras de pollera, que seguían sentadas dentro del minibús, un joven de unos 16 años, bastante delgado y con cara enferma que sostenía la cabeza a un anciano a quien, al acercarse más, se dio cuenta de que le sangraba la nariz.

—¿Qué ha pasado?—preguntó Alejandro, asustado.

—Ese otro joven le ha pegado, el bruto con cara de maleante —respondió una de las señoras desde dentro del bus, señalando al camino más adelante que se veía desierto—. Se han puesto a discutir y ese se ha ido con su chica y los otros tres.

—Pero, ¿a dónde? —preguntó Alejandro mientras entornaba los ojos, tratando de escrutar la oscuridad y divisar al grupo, sin éxito, e instintivamente cubría con su mano la mochila, apretándola contra él.

La señora se encogió de hombros.

—Han dicho que “hacía ahí” está la universidad y seguro ahí hay un teléfono para pedir que les recojan. El viejo les ha querido detener diciendo que no nos separemos. Ahí le han pegado y se han ido nomás.

Alejandro sabía que estaban equivocados, la universidad estaba en Batallas en la dirección opuesta. Aunque, a esta altura, ya no estaba seguro de nada.

Quizás él estaba confundido y desubicado respecto del camino, quizás ellos tenían razón y tendrían más suerte. Aunque en el fondo, estaba seguro de que de encontrar algún pueblo en esa dirección, el grupo del maleante lo encontraría vacío y desolado.

—Yo le he dicho que deberíamos mantenernos juntos y tratar de conducir hasta el siguiente pueblo y me ha pegado —dijo el anciano, que ya había improvisado un tapón para su nariz con papel higiénico.

—El mini no enciende, es lo primero que intenté al despertar —respondió el chofer.

Nadie había notado su presencia hasta ese momento y todos, casi al unísono, comenzaron a reclamarle y exigirle explicaciones. Él no se defendió, más allá de explicar que despertó ahí en medio de la nada, luego solo se quedó callado y se sentó en el suelo junto al neumático del minibús.

Los reclamos continuaron por varios minutos, pero al ver la actitud imperturbable del chofer, todos callaron. El silencio volvió a caer y la desesperación retornó a los rostros de los pasajeros.

—Podríamos repararlo —susurró el anciano al joven flacucho, quien seguramente era su nieto.

—¿Usted es mecánico? —preguntó Alejandro al anciano.

—Sí, y también soy chofer de camión.

—Eras —interrumpió el joven—, ya son dos años que no manejas.

—Fui chofer y mecánico por casi cincuenta años —se defendió el anciano—. No se olvidan esas cosas.

En medio del caos, Alejandro mantuvo la esperanza. Sabía que debía encontrar una forma de escapar de aquella carretera abandonada y reunirse con María. No se daría por vencido.

—¿Cómo lo arreglamos?—preguntó.

II

Habían pasado un buen rato inspeccionando el motor y luego de mover varios cables y piezas, el anciano logró hacer que encendiera. Los rostros de todos los pasajeros que quedaban en el minibús se iluminaron con esperanza.

Buscaron al chofer para instarlo a continuar la marcha, pero ya no estaba en su puesto, apoyado en la rueda trasera. Lo buscaron por todos lados y gritaron en todas direcciones, sin obtener respuesta.

Después de varios minutos de busqueda infructuosa, el Anciano reunió a los pasajeros y con voz sombría les dijo:

—Tenemos que irnos ya, el tanque de gasolina está a menos de la mitad y no llegaremos lejos así. Debemos partir.

Todos se miraron en silencio, contemplando sus opciones. Estaban hablando de robar el mini y abandonar al conductor a su suerte en medio de ese desierto altiplánico, en la noche helada.

—No tiene caso que nos quedemos, lo hemos buscado por todas partes. Se ha escapado, o se ha esfumado en el aire —dijo, finalmente, una de las señoras de pollera mientras ayudaba a subir a su compañera de vuelta al minibús y luego ella se acomodaba en su propio asiento—. ¡Vámonos!

Todos callaron y lentamente volvieron a subir al minibús. El anciano, quien había reparado el motor, se subió en el asiento del conductor y su nieto tomó el lugar del copiloto. Cuando ya habían ocupado sus puestos, el golpe de la puerta corrediza al cerrarse les sacó un buen susto.

Retomaron la marcha siguiendo el camino asfaltado con la esperanza de que todo haya sido una confusión y pronto puedan ver en el horizonte las primeras señales del lago Titicaca, o llegarán al siguiente pueblo habitado para pedir auxilio.

El viaje continuó así, por lo que les parecieron horas. Al comienzo iban lento, tratando de divisar al grupo que se había separado; luego aceleraron el paso tratando desesperadamente de encontrar cualquier rastro de civilización.

No pudieron ver nada más que el mismo camino, desierto, árido, sin señales del lago, ni del pueblo que habían dejado atrás. Alejandro, que a pesar de no tener una licencia de conducir sabía manejar, relevó al anciano luego de un rato y manejó el vehículo por aquella carretera desierta.

Decidió detenerse a un lado del camino nuevamente y apagar el motor. La aguja del medidor de gasolina se acercaba peligrosamente a la línea de vacío.

No podía juntar el valor para voltear y enfrentar a la multitud. Nadie encontraba las palabras para romper el silencio.

El minibús permaneció estacionado en medio de un paisaje estático y desolado, casi idéntico a aquel en el que habían despertado y del cual habían partido hace horas; horas que se desvanecían sin un avance aparente. La certeza de estar atrapados en un escenario sobrenatural comenzaba a cimentarse en la mente de Alejandro, pero no quería ser él quien la expresara.

Al final se decidió a compartir sus pensamientos con los demás. Sus palabras resonaron en el aire tenso del minibús, causando una mezcla de incredulidad y temor entre los presentes.

La discusión estalló nuevamente en un barullo incomprensible que en circunstancias normales le hubieran provocado una fuerte jaqueca a Alejandro, pero en lo peculiar de la situación donde se encontraba, no sentía absolutamente nada; solo un enorme vacío que lo devoraba por dentro.

Algunos rechazaron rotundamente la idea, negándose a aceptar la demente realidad que se presentaba frente a ellos; otros, sin embargo, se abrieron a la posibilidad.

Él simplemente se quedó en silencio, apoyando la frente contra el vidrio. Su mente era una marea de preocupaciones, de no entender cómo había llegado a aquella situación, de si algún día podría volver a salir de ella y de lo ridículo que se sentía aun presionando su mochila fuertemente contra el pecho lleno de tanto dinero que en aquel caótico escenario no le servía para nada.

Y sobre todo, de la falta que le hacía y lo mucho que extrañaba a María. Casi estalla en llanto al darse cuenta, con tremendo pesar, que quizás sí estaba muerto y que nunca más volvería a ver aquellos ojos marrones que se iluminaban cada vez que se posaban en él.

Ese pensamiento deprimente fue demasiado para él y se derrumbó en su asiento entre lágrimas silenciosas. De hecho, todo el escándalo de la pelea entre los otros pasajeros, había cesado tan repentinamente como comenzó y ahora todos guardaban silencio.

La desesperación y la incertidumbre comenzaron a pasar factura en el ánimo de los pasajeros. Las lágrimas y los sollozos llenaron el ambiente mudo, mientras cada uno luchaba con sus propios demonios internos, tratando de procesar aquel desenlace surreal. No hace muchas horas, cuando habían partido de la ciudad de La Paz, todos llevaban una vida normal con sus propios pecados y bondades, sus propias fortalezas y debilidades. Con todo lo bueno y todo lo detestable que les sucedía en la vida, pero vivos al fin.

Las horas continuaron su incesable marcha y la noche oscura seguía imperturbable, rodeándolos con su manto oscuro. Alejandro miraba hacia afuera por la ventana, desesperado, buscando cualquier indicio de cordura o realidad que le confirmara que solo estaba soñando, que todo estaría bien, que el día estaba por amanecer y que solo debía ser paciente y pronto volvería a los brazos de su María.

Levantó la mirada hacia el firmamento casi involuntariamente, como si una plegaría silenciosa naciera de su corazón y deseara escapar a los cielos, pidiendo únicamente poder volver a su amada y ver realizados sus sueños, que se vieron truncados por aquel nefasto accidente.

Fue increíblemente breve pero innegable. Las imágenes estaban impresas en sus pupilas, tan nítidas que sintió por un instante estar de nuevo ahí, en su asiento en la parte trasera del minibús.

Sentía que el duro vidrio de la ventana golpeaba rítmicamente contra su sien izquierda, el aire estaba viciado y la sensación de sofoco lo arrancaba intermitentemente de los sueños. El sol de mediodía arremetía sin piedad contra el vehículo y la carretera; sus destellos eran tan luminosos que le lastimaban los ojos entrecerrados.

Luego, todo fue oscuridad y se encontraba, una vez más, en el asiento del conductor, en medio del oscuro desierto altiplánico, en aquella carretera abandonada. Alejandro comenzó a germinar una tenue luz de entendimiento.

Sus ojos seguían apuntando al enorme firmamento sobre sus cabezas, pero la noche le pareció completamente diferente, como si mirara por primera vez aquellas estrellas enormes e impresionantes que iluminaban la noche.

Hipnotizado por aquella visión, abrió la puerta lentamente y, dejando por primera vez su preciada mochila abandonada en el piso del asiento de conductor, salió del vehículo para poder observar detenidamente aquel cielo nocturno; ajeno a las protestas crecientes de los demás ocupantes de la movilidad, que lo apremiaban a volver al minibús y retomar la marcha.

La noche ya no parecía tan oscura, iluminada por millones de estrellas de múltiples tonos azulados, anaranjados, violetas y dorados, formando una imagen surreal de constelaciones que parecían pintadas a mano en una enorme cúpula que cubría todo el firmamento.

Estaba acostumbrado a ver el cielo recostado en una hamaca junto a María, en su pequeña propiedad en Copacabana, donde ninguna luz de la gran ciudad pudiera arruinar su percepción de las estrellas. Siempre quedaba enamorado de aquel imponente cielo despejado y fue una de las razones principales para no querer volver a La Paz.

Sin embargo, la imagen de la que ahora era testigo hubiera puesto en vergüenza a la de cualquier otro cielo nocturno que ningún humano hubiera visto antes y sintió pena por aquellos que no podrían apreciarla. Pero, sobre todo, sentía pena de no poder compartirla con su amada.

El anciano se acercó a Alejandro, con los ojos también clavados en aquel espectáculo celestial, seguido de cerca por su joven acompañante.

—Que me lleve el mismo infierno, si eso no es todo un espectáculo digno de ver—dijo.

Alejandro comenzó a reír, impulsado por el tono de voz alegre y despreocupado del anciano, lo siguieron rápidamente el abuelo y nieto, estallando pronto en una carcajada colectiva que les regaló el primer momento de calma de toda su travesía.

Otros pasajeros, intrigados por su actitud bizarra, los siguieron afuera del vehículo para comprobar a qué venía tanto alboroto. Al ver aquel lienzo estrellado que lo cubría todo de horizonte a horizonte, quedaron perplejos. Todas las palabras que venían fraguando en sus mentes, en contra del joven y sus dos compañeros, quedaron perdidas en el olvido.

Se quedaron varios minutos contemplando aquella visión, absortos en la inmensidad de aquella experiencia celestial. Y fue lo místico de aquel cielo nocturno, lo que los convenció de que las palabras de Alejandro estaban cargadas de una inevitable verdad. Ellos se encontraban ya en la otra vida, arrancados de esta en un abrir y cerrar de ojos, aunque no recuerden el incidente. No había manera de negarlo más.

Sin darse cuenta, se vieron todos bañados por los dorados tonos de un amanecer en el horizonte montañoso del altiplano que les pintó los rostros lentamente, tocándolos con una cálida caricia.

Alejandro observaba a sus compañeros, preocupado por aquel cambio repentino dentro de la desesperante situación que experimentaron toda la noche. Salía ahora el sol y a una velocidad casi vertiginosa, pues en pocos segundos se lo observaba ya en su completa redondez, surcando el cielo.

Sin duda, este fortuito amanecer estaba cargado de un misterio más. La cuenta regresiva había empezado.