Capítulo 1
Eran dos gemelos, ambos de pelo negro hasta los hombros, con la misma piel clara y el mismo rostro cincelado. Eran igual de altos y de cuerpo esbelto. Con la misma talla de zapatos y la misma camiseta M. Ambos vestían de blanco y sonreían de lado.
Lo único que los diferenciaba entre sí eran sus pechos, porque mientras el de uno estaba plano, el del otro mostraba un busto considerable.
Ninguno cocinaba, y ambos tenían este miedo innegable a los insectos pequeños. Pero hasta ahí sus similitudes, eran demasiado iguales, pero aún más diferentes.
Y ambos tenían sus miradas miel puestas en ella, con sus corazones enamorados de la misma persona.
Habían declarado sus sentimientos, se habían puesto de acuerdo, ninguno iba a ceder, el poder de decisión recaía en su piel morena. Cualquiera diría que elegiría al hombre, puesto que era lo correcto y lo normal, ¿pero por qué no a ella? Con su presencia serena, con su voz ligeramente más ronca, y su actitud demasiado seria.
A su propio corazón no podía importarle menos el tamaño de los senos, o si en realidad estaban ahí o no. Le gustaba más el amor por decisión que por complacencia. Quería elegir a alguien por los sentimientos que le provocaba y no por los mandatos egoístas de una sociedad ególatra.
Pero podía elegirlo a él, que se ataba el pelo en coletas, que le permitía peinarlo porque amaba complacerla. Pero podía salir con ella, que aunque odiaba manos ajenas en su cabello, sostenía el peine para cuidar del suyo.
Pero él la hacía temblar cuando respiraba junto a su oído y le susurraba palabras dulces, capaz de arrancarle gemidos con su aliento caliente rozando la piel detrás de su oreja.
Pero ella, oh, ella. Sonreía coqueta cuando estaban a solas, le colocaba las manos en los hombros y le masajeaba la piel sobre la ropa. Deslizaba sus uñas cortas entre sus rizos, haciéndola gemir con impotencia.
Y él era tan caballero. Tenía que levantarse para abrirle la puerta y siempre la dejaba entrar primero. Hacía esas bromas sin sentido para sacarle risas. Secaba sus lágrimas cuando lloraba y la sacaba a pasear con el fin de aligerar su dolor. Le conseguiría un helado aunque hiciera frío y la abrazaría mientras el viento le azotaba la piel, alejando la agonía.
Él, que nunca podía estar callado, que siempre hablaba de mil cosas y con quien nunca se aburría, quien tenía arrugas en su boca hacia arriba, señal de lo mucho que reía.
O ella que no la consolaba cuando la veía llorando, sino que sacaba una botella de su vino favorito y le llenaba una copa de vidrio hasta arriba. Esa mujer se sentaría a su lado con una propia colgando entre los dedos, pondría alguna canción sin letra y la dejaría ahogar sus penas.
No hablaría, solamente volvería a llenar el cristal cuando fuera necesario y la dejaría derramar sus lágrimas hasta quedarse dormida. Y ahí, cuando despertara con resaca y con la boca seca, estaría ella.
Podría besarlo a él, que sería vivaz, que le sacaría el aliento y la empujaría contra la pared con fuerza, que la dominaría sin problema y sin posibilidad de escape. La ahogaría con su boca, deslizando su lengua entre sus labios y lamiéndola con fervor. Sostendría sus manos con dureza sobre su cabeza y la haría temblar.
O a ella, que se acercaría con cuidado, la arrinconaría y la intimidaría, que al principio la besaría con suavidad y luego mordería sus labios con saña, la dejaría luchar por el dominio hasta que inevitablemente perdiera. Deslizaría una pierna entre sus muslos, y la besaría con dulzura hasta que rogara más.
No era que la erección del hombre rozara su trasero, o que los senos de ella chocaran contra los suyos. No era que él la dominara o que ella le hiciera rogar. Ni siquiera era quién la enamorara más, sino quién la hiciera decidir amar.
¿Pero qué hacer cuando no había distinción? Cuando los rostros iguales y las actitudes distintas la provocaban por igual. Su piel temblaba a cualquier toque y podría besar a uno mientras el otro la sostenía.
Podía guiarse de lo que la sociedad dictaba y elegirlo a él. Luchar contra todo, ser diferente y sostenerla a ella, o amarlos a ambos por igual. Su corazón cantaba por ellos, pero era uno o ninguno.
Ella decidió que los amaba tanto que no podía hacerles ese daño, que podría unirlos más sin elegir a nadie. Y esa fue su elección, ya no hubo más besos feroces ni masajes en sus hombros, pero los vio sentarse juntos y reír como los hermanos felices que eran. Y supo que estaba bien con ser su amiga.
Ella amaba a sus gemelos, y sus gemelos la amaban a ella. Los adoraba juntos, jamás por separado. Era feliz con unirse a sus risas, sin elegir a un hombre o a una mujer, simplemente eligiendo a sus amigos.