Untitled chapter 1
Lo extraño de morir es que no es todo negro, al principio fue esperanzador, pero ahora solo es confuso, puedo pensar y moverme, estoy en una habitación de tapiz rojo, muy parecida a mi estudio, hecha a mi medida, asiento perfecto y cuadros de mi gusto, pero muy lejos de ser este el cielo.
Lo único que he podido hacer desde mi llegada a la muerte es pensar en la vida, era de esperarse.
—¿Es que no hay nadie con quién hablar en este lugar?
—Pues no, estoy completamente solo aquí— Le dije al espejo.
Ni siquiera tengo miedo, algo ansioso tal vez, melancólico como nunca o como siempre, da igual, casi no puedo diferenciar mi muerte de mi vida.
Creo que el infierno era una exageración de Dante y que los demonios los trae cada uno en su maleta al llegar, gracias a Dios el mío no me pincha con trinchetes ni me rebana con alabardas, su forma de tortura es algo peculiar.
Se acerca a mi suspirando y me susurra al oído paisajes hermosos.
Aquella finca en la montaña, allá en mi isla natal, las mañanas tibias y el olor a café, el rocío en las plantas y una voz...la cálida voz...de mi madre.
Era peor que las alabardas, era peor que los trinchetes.
El corazón se me abría en cuatro al escuchar esa vil repetición de su voz, me levanté de mi escritorio y el demonio desapareció.
Un suspiro melancólico, es a veces peor que una llamarada que rostiza.
Nada de fuego, nada de ríos de sangre ni tampoco montañas de azufre.
Pero este no era el infierno, claramente, aunque el cielo tampoco, era una especie de limbo, una habitación, cuatro paredes, un escritorio y asientos cómodos, cortinas de lujo, pero sin ventanas de las que me pueda escapar y una puerta grande y hermosa pero que no puedo abrir, aún me cuesta diferenciar la vida de la muerte.
¿Pero qué pasa con mi cuerpo? ¿Es este mi cuerpo real? ¿será un reflejo de lo que fui? se supone que mi cuerpo está enterrado en el camposanto dónde enterraron a mi padre, dónde ella está enterrada.
Así con solo pensarlo mi cuerpo se volvió transparente y la cortina roja que no tenía nada detrás empezaba a ser soplada por un misterioso viento nocturno.
Las cortinas abrieron solas y el camposanto reposaba debajo de mi ventana, la traspasé y levité por los panteones de las familias de mis amigos y conocidos, levité por las tumbas sin nombre ni flores.
Una tumba de mármol llamó mi atención, me atraía como la luna atrae a una polilla, esta misma lanzaba una luz clara a la tumba, resplandecía.
Me acerqué imaginándome ya lo que estaba inscrito en ella, flores trinitarias estaban reposando sobre el pequeño altar, mis flores favoritas.
Vi mi nombre escrito en la tumba y de las sombras de un árbol torcido mi demonio apareció, se movía con lentitud y lloraba desconsolado, se puso tras de mí y miró mi tumba desolado.
—Aquí estoy, en el final de mis tiempos, el mundo se ha acabado para mí y no soy más que un fantasma en mi sepulcro, presenciando lo que resta de mí, huesos que son los resquicios de un tiempo olvidado, flores que vuelan con el viento nocturno a morir lejos de mí, recuerdos que murieron con mi mente dormida y no son más que carne perdida debajo de la tierra— Lloraba, sopló y el viento se llevó las trinitarias, sopló y las trinitarias cayeron en otra lápida que estaba a pocos pasos de mí.
No puede ser.
No quiero ir.
Pero mi demonio me obligaba.
No quiero ver.
Pero mi demonio me obligaba.
En esta tumba yace Helga H. De Guilles.
Mi espíritu se desplomó y el demonio lloraba, lloraba.
—La muerte también la alcanzó...
Dijo antes de desaparecerse entre las lápidas.