El Funeral

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Sinopsis

En un pequeño pueblo de México, la muerte no llego sola. El velorio de don Ramiro parecía un ritual más: café de olla, pan dulce, rezos interminables y las inevitables tensiones familiares. Pero esa noche, entre flores marchitas y murmullos, el cadáver comenzó a moverse. Primero un dedo, luego un gemido, hasta que abrió los ojos… y el infierno se desató. Lo que debía ser una despedida se convirtió en una carnicería: vísceras mezcladas con azúcar, rezos transformados en gritos, niños escondidos bajo las mesas mientras los suyos eran devorados a pocos metros. Con cada mordida, otro muerto se levantaba, multiplicando la pesadilla. Narrada desde la mirada fría de un primo lejano —testigo atrapado en la masacre—, El Funeral es una historia de encierro, contagio y horror absoluto. Una visión romeriana y enfermiza del apocalipsis zombie enraizada en la tradición cultural mexicana, donde la última oración se ahoga bajo un río de sangre… y nadie sabe si la muerte es el final, o apenas el principio.

Estado:
Completado
Capítulos:
4
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n/a
Clasificación por edades:
18+

La casa del difunto

La casa olía a flores marchitas, como si los pétalos hubieran absorbido el sudor de todos los que pasaron por ahí en las últimas horas. Las coronas apiladas contra las paredes despedían un tufo dulzón, penetrante, que se mezclaba con el aroma tostado del café de olla y el aliento fermentado del tequila que corría de mano en mano. Era un olor familiar, el de cualquier velorio en el pueblo, pero esa noche, por alguna razón que todavía no alcanzaba a nombrar, me parecía más pesado, como si cada molécula de aire estuviera saturada de muerte.

La gente se aglomeraba en la sala, improvisada como capilla ardiente. La caja estaba abierta, justo en el centro, bajo un crucifijo de madera carcomida que parecía observarnos con un reproche antiguo. El muerto, don Ramiro, yacía con la piel encogida, amarillenta, como un cuero reseco expuesto demasiado tiempo al sol. El sacerdote Saúl, con la sotana manchada en el borde inferior, recitaba los misterios con voz ronca, más preocupado por mantener la rutina que por la fe. A ratos se detenía a toser y alguien le pasaba un vaso con agua.

Doña Lety, la viuda, estaba sentada en primera fila, con un rebozo negro cubriéndole medio rostro. Sus ojos hinchados parecían secos ya, como si hubiera agotado todas las lágrimas antes de que el cuerpo llegara a la casa. Su respiración era entrecortada, pero firme. A ratos parecía dormida, a ratos se erguía con un gesto de dignidad, como quien soporta una carga que todos esperan que soporte.

Junto a ella, Jaime, el hijo borracho, tenía una botella de tequila medio escondida bajo el banco. Sus mejillas rojas y los movimientos torpes lo delataban. Cada tanto murmuraba insultos que nadie quería escuchar con claridad, pero que todos escuchaban. Se limpiaba la boca con el dorso de la mano y volvía a beber, como si el velorio fuera apenas un pretexto más para hundirse en el alcohol.

La tía Samara, envuelta en un vestido morado pasado de moda, iba de un lado a otro con un rosario enorme entre los dedos. Sus ojos pequeños brillaban con el doble fuego de la devoción y el chisme. Repartía frases piadosas mezcladas con veneno: “Que en paz descanse, pobrecito… aunque todos sabemos cómo llevaba su vida, ¿verdad?”. Nadie la callaba; al contrario, algunos parecían esperar esas frases como si fueran parte del ritual.

Los niños jugaban en el patio, corriendo alrededor de las sillas y trepando sobre las bardas. Sus risas se mezclaban con los murmullos de los adultos, creando un contraste incómodo. En el aire se formaba un zumbido constante: voces rezando, voces riendo, el chisporroteo del café calentándose en la olla de barro, los pasos arrastrados sobre el suelo de cemento.

Yo estaba recargado contra una de las paredes, observando. Como primo lejano, no me correspondía un lugar cercano al ataúd, ni tampoco tenía la obligación de quedarme toda la noche, pero algo en la atmósfera me anclaba. Desde mi sitio veía cómo los cirios derretían su cera lenta y grotescamente, como si la casa misma estuviera sudando.

Fue entonces cuando noté lo primero. El cadáver movió un dedo. Apenas un temblor, como un calambre diminuto en la mano izquierda. Me quedé inmóvil, los ojos fijos en ese detalle, convencido de que había sido un reflejo de la cera que goteaba encima. Pero el dedo volvió a contraerse. Nadie más lo notó: el sacerdote seguía rezando, Doña Lety seguía erguida, los niños seguían riendo en el patio.

Un gemido leve se filtró de la boca del muerto. Fue tan débil que pensé que venía de alguien sentado cerca, quizá de la viuda tratando de contener un sollozo. Pero cuando miré bien, vi que los labios del difunto se habían separado apenas, dejando escapar ese sonido seco, parecido al crujido de la madera vieja.

El sudor me bajó por la espalda. No dije nada. Pensé que el calor, el encierro y el café cargado me estaban jugando una mala pasada. Me obligué a mirar a otro lado, hacia el sacerdote, hacia los rezos, hacia las coronas, pero mi vista regresaba siempre al mismo punto: el rostro del cadáver.

La piel parecía tensarse más de lo normal, como si algo debajo intentara estirarla. Los párpados temblaban apenas, como cuando alguien está a punto de despertar de un mal sueño.

Respiré hondo. El aire olía todavía más fuerte: a flores en descomposición, a sudor ajeno, a humo de velas. En mi memoria, de pronto, se mezcló el recuerdo de otro velorio, años atrás, cuando era niño. Entonces también pensé que el muerto se había movido. Mi madre me dijo que era normal, que los cadáveres guardaban aire, que a veces los músculos se contraían solos. Quise creer lo mismo ahora. Pero había algo distinto.

El muerto no parecía soltar aire; parecía buscarlo.

El murmullo de los rezos se arrastraba como una corriente subterránea. “Dale, Señor, el descanso eterno…”, repetía el sacerdote, con esa voz cascada que se confundía con los zumbidos de los insectos rondando las flores. A cada “amén” respondían las ancianas, su coro de gargantas secas y temblorosas, como si fueran un eco del viento colándose por las rendijas de la casa.

Yo mantenía la vista fija en el ataúd, convencido de que algo iba a ocurrir. No quería admitirlo, pero la sensación era clara: aquel cuerpo no estaba del todo quieto. Entre las sombras y la luz vacilante de las velas, la piel del muerto parecía latir. No era un movimiento obvio, no era algo que pudiera señalar con el dedo y obligar a los demás a ver. Era apenas un destello, una ilusión persistente. Y sin embargo, me mantenía clavado ahí, con un nudo en la garganta.

Jaime, el hijo, se levantó tambaleando. La botella de tequila se le escurrió de la mano, pero logró atraparla antes de que rodara bajo las sillas. Caminó hasta el ataúd con un gesto torcido, mitad desprecio, mitad desafío. —Pues ya se acabó, ¿no, viejo? —masculló, lo bastante alto para que lo escucharan algunos. Doña Lety no se movió. El sacerdote carraspeó, pero siguió con los rezos.

Jaime apoyó una mano sudorosa sobre la madera barnizada y se inclinó. El olor del alcohol se mezcló con el de las flores rancias. —Mírame, cabrón —susurró. Y yo juro que, por un instante, el muerto lo obedeció.

No fueron los ojos, todavía cerrados, sino la boca. Los labios se separaron apenas un milímetro más, dejando ver un brillo oscuro entre los dientes. Un olor diferente, ácido, metálico, se escapó del cajón, y yo lo sentí en la lengua como si hubiera mordido una moneda oxidada. Jaime retrocedió de golpe, pero tropezó con el banco y soltó una carcajada nerviosa. —Pinche calor… —dijo, y regresó a su lugar.

La tía Samara aprovechó el momento para dejar caer su veneno. —Dios lo tenga en su gloria… aunque a veces los pecados no dejan descansar a las almas. Ya ven que dicen que los muertos inquietos se mueven en la caja. —Su voz era un cuchillo. Algunos ancianos la callaron con un “shhh”, pero nadie pudo evitar que esa frase se quedara flotando.

Las risas de los niños en el patio se detuvieron de golpe, como si alguien hubiera apagado un interruptor. El silencio posterior fue tan repentino que varios adultos se giraron a mirar. Un segundo después, los gritos volvieron, pero no eran de juego. Uno de los pequeños entró corriendo a la sala, con las mejillas enrojecidas y los ojos desorbitados. —Se cayó el gato en la fosa de las gallinas —gritó, y los demás niños lo siguieron, riendo nerviosos, como si fuera una travesura. El sacerdote les ordenó silencio con un ademán irritado.

Yo aproveché el alboroto para acercarme un poco más al ataúd. No debería haberlo hecho. Desde la distancia, podía engañarme con la idea de que todo era sugestión. Pero de cerca, el cadáver mostraba cosas que los demás no veían o no querían ver. La piel alrededor de las uñas estaba amoratada, como si hubiera intentado rasgar algo por dentro. Un hilo de saliva oscura le corría por la comisura, pegándose a la barba canosa.

El calor dentro de la sala se volvió insoportable. La cera de las velas goteaba en hilos gruesos que caían sobre los manteles, dejando manchas amarillas. El olor se intensificaba: flores podridas, café recalentado, tequila derramado, sudor humano… y algo más, algo como carne húmeda guardada demasiado tiempo.

Me retiré, con el estómago revuelto. Una voz dentro de mí, seca y vieja como las historias que me contaban de niño, murmuró: “A veces los muertos no se resignan”. Recordé la anécdota de un vecino, cuando un tío suyo se había movido en el ataúd y los dolientes casi se desmayan; luego el médico explicó que eran gases acumulados. Pero esta vez no era un simple espasmo. Lo sabía, aunque no pudiera probarlo.

El sacerdote terminó un misterio y se inclinó para persignarse. Su sombra, proyectada en la pared por la luz de las velas, parecía más grande que él, un monstruo deforme rezando. El coro de mujeres lo siguió con obediencia automática. Y en ese preciso instante, mientras todos tenían la cabeza gacha, escuché el sonido más claro de la noche: un crujido, como cuando se quiebra un palo seco.

Venía del ataúd.

No grité. Nadie lo hizo. Pero mi piel se erizó como si me hubieran pasado un cuchillo frío por la espalda. Miré a Doña Lety: sus ojos estaban fijos en la caja. No sé si ella también lo escuchó, pero su rostro endurecido se contrajo por un segundo. Jaime, borracho, roncaba suavemente en su asiento. La tía Samara murmuraba otra oración, esta vez con un temblor que no le había escuchado antes.

Yo me quedé inmóvil, sabiendo que algo se avecinaba.

El crujido se repitió. Luego, un temblor leve recorrió la tapa del ataúd, apenas perceptible, como si adentro alguien hubiera estirado un brazo. Nadie lo notó. O tal vez lo notaron, pero eligieron ignorarlo. Así son los velorios en los pueblos: uno aprende a no ver lo que no debe ver.

El sacerdote alzó la voz: “Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. La palabra “muerte” resonó con un eco extraño. El aire en la sala se espesó aún más.

Me aparté de la pared, buscando un rincón oscuro desde donde observar sin ser observado. Y ahí, en la penumbra, me convencí de lo inevitable: ese cuerpo no estaba quieto. Ese cuerpo estaba esperando.