𝟙- 𝑪𝒓𝒚𝒊𝒏𝒈 𝑨𝒏𝒈𝒆𝒍
—Si él te aprueba y sigues viva en un tiempo, entonces podrás llamarme Kento.
Su tono es una cuchilla fría que manda un escalofrío directo a mi columna, pero lo encubro con una risita seca. —Creí que el humor no era lo tuyo.
—Tal vez porque no lo es, señorita. —Exhala, sin mucho ánimo. Sus ojos color miel se desplazan por mi figura y luego desvía la mirada—. Al fondo, a la izquierda. Dos puertas blancas. —Su mano apenas se mueve al señalar, como si yo no mereciera más que ese mínimo gesto.
Sin decir nada más, sus dedos empiezan a trabajar con indiferencia sobre el teclado monocromático. La luz fosforescente de la pantalla traza sombras angulosas en su rostro, resaltando el hundimiento en sus mejillas.
Muerdo el interior de mi boca y asiento con una burla muda, incluso si mi mente sigue desmenuzando su frialdad.
No sé si no le agrado o si estaba siendo honesto con aquella amenaza. Probablemente, ambas.
Recompongo mi postura, doy dos pasos atrás y giro sobre mis talones para salir de su oficina, no sin antes cerrar la puerta. Parece el tipo de sujeto que pediría hacerlo.
"Fondo a la izquierda, puertas blancas..."
Repito en mi cabeza las indicaciones del rubio amargo mientras avanzo por el pasillo, pero la calma se diluye a medida que me acerco a mi destino. Aún no termino de llegar cuando el eco de una discusión atraviesa las paredes.
—Vendes tu mierda porque yo quiero... Sigues siendo quien eres porque yo te quiero. —La furia en esa voz rasposa corta el aire como un vidrio roto que atraviesa la carne.
Un golpe seco retumba contra la madera blanca y de repente la puerta se abre con fuerza mostrando a un hombre de cabellos oscuros con el ceño tallado en piedra.
—¿Espiabas? —Me pregunta con voz ronca, un latigazo directo a los huesos.
Me congelo y mis ojos tímidos encuentran refugio en la cicatriz que cruza sus labios. —No, disculpe... solo quería-
Él no termina de escucharme. Su cuerpo pasa por mi costado derecho, sin concederme una fracción de su codiciada atención. Contengo el aliento uno par de segundos y exhalo profundamente cuando el pelinegro desaparece de mi campo de visión.
Frente a mí, las puertas abiertas revelan mi destino y golpeo dos veces con suavidad, más para no invadir que para pedir permiso.
—Adelante. —La voz llega desde adentro, con un deje de burla que desaparece en las últimas sílabas.
El tipo de antes no parecía un bufón, pero para este, no parece ser más que un mal chiste.
Me adentró en la oficina y me encuentro con un hombre de espaldas apoyado en el borde de un escritorio, vestido con un traje negro.
El aire en la habitación pesa más que afuera, y antes de dar un paso más, las puertas se cierran de golpe tras de mí.
El sonido me arranca un brinco torpe. —Perdón, yo...
—Te disculpas mucho —Atropella mis palabras y se gira hacia mí—. ¿No crees?
Mis ojos se abren de par en par, hechizados por su peculiar aspecto y esencia. El tono de su cabello, pestañas, cejas y piel me roba un pequeño suspiro de sorpresa. Si el mundo estuviera cubierto de nieve y él estuviera al centro, no habría forma de distinguirlo de los copos que caen de las nubes. Un albino.
Pero esa apariencia angelical junto a su falsa expresión de simpatía, pasan a segundo plano cuando sus iris cerúleos me llaman a gritos; azules, con la profundidad de un océano que nunca ha sido tocado por un rayo de luz.
Y entonces su gesto pierde expresión, se vuelve inerte. Lo que antes era ironía ahora es pura escarcha, y el ambiente entre nosotros se torna tan fino que astilla mi garganta.
—¿Quién eres tú? —Inquiere, con la precisión de un bisturí en su voz mientras una ceja nívea se eleva con desaprobación.
La urgencia de escapar me devora, pero mis pies permanecen clavados en la lujosa madera del suelo, como si el costo fuese una cadena invisible.
No retrocedo. No ahora.
He cruzado demasiado terreno, enfrentado cada sombra que esta mansión gigante y gélida arrojó sobre mí en el camino. Estoy aquí por algo más grande que mi miedo. Por un motivo que pesa más que el vacío que arrastré hasta esta puerta.
No voy a renunciar a la única oportunidad de arrancarme de esa niebla viscosa que había convertido mi vida en un maldito abismo.
—Estoy aquí por el puesto de asistente personal. Una persona me atendió hace un momento y me indicó que usted decidiría si me contrata... o no.
El alma de la habitación vuelve en cuanto deja escapar una pequeña risa olvidadiza. —Ah, eso. Por supuesto. —Asiente con la cabeza varias veces, mientras su cuerpo se mueve hacia mí con calma distraída, aunque peligrosa.
Mis pies insisten en retroceder siquiera un paso, pero no lo hacen. El instinto de mantenerme firme me amarra al suelo.
—Solo que... hay un pequeño problema. Uno minúsculo, en realidad. —Levanta su mano enguantada y separa el pulgar del índice, dejando un pequeño espacio burlón entre ellos.
—¿Ah, sí? ¿Cuál es? —Elevo mi meton, con la voz más pequeña de lo que me gustaría.
La cercanía me inquieta, su presencia me abruma, y su altura que me eclipsa por completo, dispara mis nervios.
—Este puesto —La condescendencia en su tono golpea antes de que termine la frase—. Es solo para el sexo masculino. —Sus palabras caen cual veneno suave y deliberado.
No se esfuerza por ocultar la satisfacción que parece encontrar en ellas, pero yo contengo las ganas de lanzarle una réplica que probablemente me costaría mucho más que esta entrevista.
Extiendo mi mano con la hoja que el rubio, hace apenas unos minutos, calificó como "un buen expediente".
—No quiero ofenderlo, pero está siendo un poco sexista. ¿Podría al menos leer en qué estoy capacitada?
Sus irreales ojos azules se deslizan lentamente por mi figura. Comienzan en mi rostro, escanean mi silueta con descaro y terminan enfrentándome de nuevo. —No veo por qué no. —Se encoge de hombros con indiferencia y toma los papeles con dos dedos.
Sus talones giran y solo así, el aire vuelve a mis pulmones.
—Gracias. —Mi corazón que amenazaba con escaparse por mi garganta, recupera un ritmo más estable.
Regresa a su escritorio, se sienta con despreocupación y empieza a escribir en el ordenador. —Puedes esperarme afuera unos minutos. No tardaré.
Inclino la cabeza una sola vez antes de obedecer. Salgo de la habitación y lo más importante, de su radar.
Cierro las puertas con cuidado, el eco es apenas un susurro en el aire frío del pasillo. Es un corredor amplio, un silencio sepulcral envuelve cada rincón, y el frío helado traspasa mis medias color piel como pequeñas agujas invisibles.
Las paredes están decoradas con cuadros, no tantos como para saturar la vista pero suficientes para despertar una curiosidad cautelosa. Avanzo lentamente sin querer ser intrusiva, pero algo en este lugar me atrae como una fuerza gravitatoria que no logro comprender.
A unos metros, una cómoda pequeña sostiene un reloj antiguo y un par de estatuillas. Una de ellas capta mi atención de inmediato. Me acerco, no sin antes asegurarme de estar sola, alargo la mano con cuidado y levanto la figura.
Un ángel llorando sobre una lápida. Su rostro esculpido con un detalle meticuloso, parece transmitir una tristeza viva, como si la porcelana pudiera llorar de verdad. Las lágrimas diminutas y perfectas, reflejan una melancolía que logra atravesarme.
"Qué bonita" murmuro para mí misma. Bonita. Una palabra sencilla, pero que para mí siempre ha significado algo más.
Continuo contemplando al ángel, sintiendo una conexión inexplicable con su celestialidad rota.
Hay algo en él que me recuerda a ese hombre, al extraño magnetismo que emana, a esa perfección que parece demasiado pura para este mundo crudo y, sin embargo, cargada de algo insondable, algo tétrico.
Un solo grito atraviesa el aire, rasgándolo, tan feroz que mis manos pierden la fuerza y la estatuilla cae al suelo, haciéndose pedazos. Los fragmentos se dispersan, filosos como pequeñas dagas mientras el eco de la porcelana rota resuena en mis oídos aún vibrando por la intensidad del sonido.
Exaltada recojo los trozos con movimientos torpes y los dejo de nuevo sobre la cómoda, acordando una promesa muda de repararlos más tarde.
Otro grito, aún más visceral, sacude mis sentidos y la sangre en mis venas. Un estremecimiento recorre mi columna y antes de que la lógica tome el mando mis pies ya están corriendo hacia el origen del sonido, siguiendo el eco hasta lo que parece ser una sala al fondo del pasillo.
El grito es de una mujer. Es un sonido que no se olvida, un alarido que eriza la piel y susurra escenarios terribles al oído. Pero al llegar, la preocupación que me impulsaba se disuelve como cenizas en el viento, reemplazada por un torrente de culpa incómoda.
—¡Suguru, basta! —La voz ahora ligera y quebrada entre risas, le pertenece a una chica de espeso cabello negro.
Sus manos forcejean con un hombre asiático que sostiene una carta en alto, sus movimientos entrelazados en un juego infantil.
—Ya revisé la dedicatoria, no es tuya —Responde él con una sonrisa ladeada, manteniendo el papel fuera de su alcance.
Ríen a carcajadas, empujándose y susurrándose cosas al oído. Una chispa palpable los rodea, una burbuja de intimidad que parece inmune al mundo exterior.
Hasta que ella me ve.
La burbuja explota y la risa muere en sus labios de cereza. Dos pares de ojos azules se clavan en mí, desnudándome con una desaprobación que no se molesta en ocultarse.
—¿Y quién eres tú? —Pregunta ella, su tono tan afilado como un cuchillo.
Los ojos de la pelinegra cargan un juicio más pesado que el del hombre junto a ella. La incomodidad se asienta sobre mi pecho.
Carraspeo, intentando despejar la sequedad en mi garganta. —Escuché un grito muy fuerte y pensé que—
—No pregunté eso —Me interrumpe cargada de soberbia, cortándome como un latigazo—. Pregunté quién—
—Dale un respiro, Asya. Trabajará aquí o algo. —La voz proviene del respaldo de un sillón, una cabeza se asoma con desdén, su cabello castaño revuelto por el impacto de las cortinas blancas del ventanal—. ¿No es así? —Una sonrisa amplia ilumina su rostro mientras el humo de su cigarro escapa lentamente por sus fosas nasales.
Le devuelvo una sonrisa tensa. —Eso creo... —La confusión me ancla las palabras en la lengua.
—¿Es por el puesto de asistente? —El hombre asiático frunce ligeramente el ceño. —Pensé que ese puesto no estaba disponible
—Si trabajara aquí sería limpiando pisos. Sólo mírenla. ¿En serio creen que con esas medias rotas podría ser asistente de alguien? —Exhala Asya ruidosamente, dejando que su risa de desprecio llene cada rincón.
Mis ojos bajan instintivamente a mis piernas. Las medias tan baratas como los días grises que las trajeron hasta aquí, al parecer se rompieron al correr. Pero el pensamiento se desvanece cuando su voz vuelve a taladrarme. Una burla tras otra, como si yo fuera un espectáculo que merece su risa.
—Asya, dije que fue suficiente. —La voz de la castaña interfiere con firmeza.
Se pone de pie, le da un par de últimas caladas al cigarrillo y lo apaga en el cenicero para empezar a caminar hacia mí. Sus pies descalzos no emiten ruido, pero su presencia luminosa sí.
—Soy Ieiri Shoko. ¿Cómo te llamas? —Toma mi mano con una gentileza inesperada. Sus labios forman un "no le hagas caso" tan claro que lo entiendo sin que lo diga en voz alta.
—Es muy lindo de tu parte, siento si interrumpí o algo —Mi mirada se cruza con la pelinegra, quien ahora parece aburrida de mi existencia. Desvío mis ojos de nuevo hacia Ieiri, sintiendo un poco más de aire en los pulmones. —Yo soy—
Sin poder terminar, una voz rompe el aire, profunda y ahora familiar, cargada de algo que hace que el vello en mi nuca se erice.
—Oye, tú.
El peso en la habitación cambia. El ambiente se torna denso de nuevo, tangible. No necesito girarme para saber quién es, lo siento en los gestos de los demás. Las risas mueren. Las manos se ocupan de nada.
Sólo el asiático camina hacia nosotros, deslizándose con la misma facilidad que alguien que no teme a nada.
—Satoru, tienes correspondencia. —Le entrega la carta que hace apenas unos momentos era motivo de carcajadas. La carta que me hizo correr, romper cosas, avergonzarme por nada.
Aprovecho el intercambio para darle la cara al albino. Sonríe al asiático, y su gesto es tan genuino, tan ajeno a lo que imagino en él que parece un espejismo. Una sonrisa sincera en su rostro es algo que no encaja, algo que incomoda.
En cuanto sus ojos se conectan con los míos, la dulzura desaparece. El cambio es inmediato, como si mi sola presencia descompusiera su mundo perfectamente ensamblado.
—¿Puedes venir un segundo? —Gira sin esperar y comienza a avanzar por el pasillo.
Mi cuerpo actúa antes de que mi mente alcance a procesarlo y lo sigo al instante. Lanzo una sonrisa nerviosa a Ieiri antes de desaparecer de su vista. Ella me la devuelve, un gesto breve que apenas logro registrar ante el eco de sus pasos impecables junto a los míos
Desde el otro lado del escritorio, hace un gesto firme con la mano para que lo emite pero no me muevo.
—De pie estoy bien.
—Lo único que pedí fue que esperaras afuera unos minutos —Afila la mirada y una risa burlona burbujea en su garganta—, no que exploraras mi casa y tomaras el té con mis amigos.
—No estaba precisamente tomando el té. Escuché un grito horrible de esa chica... No sé si es tu novia, pero se molesto por verme ahí. —Juego nerviosamente con los dedos detrás de mi espalda baja.
—¿Asya? —Arquea las cejas y una sonrisa incrédula se forma en sus labios de terciopelo rosa—. Mi hermanastra. Hace ese tipo de cosas.
—Entiendo.
—¿Sabes cuánto valor tenía esa estatuilla que rompiste? —El tono de su voz cambia.
Trato de formular una disculpa, pero las palabras se quedan atoradas en mi garganta, paralizando mi lengua. —No... L- lo siento mucho, fue un accidente. —Trago en seco—Si quiere que me vaya, lo entiendo. Ya debe haberse dado cuenta que no soy la persona indicada para este puesto. Haré lo posible por pagárselo.
Si tenía la mínima esperanza de obtener este trabajo, se ha esfumado. Ahora solo queda la deuda, una más.
—No lo entiendes. Era una reliquia familiar. Ya no fabrican de estos —De su bolsillo, saca una de las alas rotas del ángel. La sostiene entre sus dedos de cuero negro, y la mira con cierta melancolía—. Era de mi madre. Falleció cuando era pequeño... y era lo único que me quedaba de ella.
Sus palabras se encajan en mi garganta, frías e imposible de procesar mientras el estómago se me hunde desgarrado por un filo invisible.
Soy una extraña que ha irrumpido en su casa, que ha destruido algo preciado de su madre. Sentirme una mierda es poco. Entre su historia y la mía, no hay comparación. Lo entiendo de golpe, como un puñetazo seco al orgullo. Algo dentro de mí se encoge hasta que las lágrimas quedan al borde, temblando, buscando una grieta por donde escapar.
—No lo sabía... —Mis párpados pesan, se cierran por inercia.
El silencio se fractura en un sonido ahogado. Al principio creo que contiene un llanto. Un titubeo en la respiración o una pausa en la garganta. Pero no. La primera risa escapa como un cuchillo, y después viene otra. Y otra. Un estallido de carcajadas que se desborda por la habitación, llenándola de algo ácido, punzante.
¿Se estaba burlando de mí?
El aire se vuelve de acero en mis pulmones. Lo miro, lo miro de verdad y algo oscuro nace en mi pecho. Mis ojos recorren la habitación, buscando cualquier objeto punzante que atraviese su yugular sin dudar. No porque lo merezca. Porque no lo merece. Es demasiado misericordioso para la bajeza que acaba de hacer.
—¿Te parece gracioso? —La voz me tiembla, no de debilidad, sino de rabia contenida. Me limpio la humedad de los ojos con la misma ira con la que alguien se sacude el polvo de un error.
Las risas mueren lentamente.
—Me haces sentir especial. ¿De verdad estabas preocupada por mí? —Se lleva una mano al pecho, la mueca de sorpresa en su rostro es tan falsa que duele de ver.
—Está claro que no.
—Ni siquiera me conoces. No tiene sentido que sientas lástima por mi.
—Si no le interesa que pague, no tengo nada más que hacer aquí.
La decepción se me atora en la boca, amarga, metálica. Avanzo hacia la salida, marcando cada paso con el golpe seco de mis tacones contra la madera de su oficina.
¿De qué estoy decepcionada? ¿De perder el trabajo? ¿O de confirmar una vez más que toda la gente rica es una puta basura?
—Estás contratada.
Me detengo al instante y apunto de abrir la puerta, mis pies dejan de responderme. Algo me mantiene anclada al suelo, igual que la primera vez que crucé esta habitación. Quizá es un clase de efecto que su voz genera en mi, o tal vez la desesperación por conseguir una buena cantidad de dinero para largarme de esta ciudad.
La segunda opción siempre es la más viable. Siempre.
—Mientras jugabas en mi casa, me di la oportunidad de leer sobre esas capacidades de las que hablaste. —Sus pasos se acerca hacia mí—. Eres buena en finanzas. Llamé a tus antiguos trabajos y dicen que eres de confianza. Tal vez puedas serme útil.
—Ya no me interesa, muchas gracias por su tiempo.
La firmeza en mi voz deja un regusto amargo. Blancanieves ya se ha reído suficiente de mí.
—¿Ocho mil euros al mes podrían cambiar tu decisión? —Su voz se desliza cual miel por mi espalda, cada vez más cerca.
Hace una hora, habría aceptado incluso por cincuenta centavos. Ahora, mi orgullo se interpone como un muro de roca.
Él sabe cuán incierta es mi decisión, porque una mano grande se posa sobre la puerta, justo frente a la mía. Su cuerpo se apoya contra mi espalda, atrapándome entre la madera y su calor corporal.
—Diez mil, entonces. —El aliento dulce y mentolado me roza la piel. Su boca a milímetros de mi oreja, y el vapor de su respiración derritiéndose en mi cuello.
Exhalo, ahogada. —Y-yo... —Mis dientes atrapan mi labio inferior mientras me tenso, con la mente nublada y todos mis sentidos exigiéndome que me mueva.
Pero no lo hago. No voy a engañar a nadie. Estoy disfrutando esto, aunque me obligue a creer lo contrario.
—Como disculpa, te daré quince mil cada mes. Empezando por hoy. —Por el rabillo del ojo, capto como sus labios se abren, y luego se inclina lo suficiente para que la punta de su lengua amenace con tocar mi piel.
—Para... Lo haré. —Acepto, y al mismo tiempo dos golpes secos irrumpen en la puerta, rompiendo el hechizo que me mantenía atada.
Por instinto me agacho, y escapo de la jaula en la que hace un instante suplicaba seguir encerrada.
—¡Satoru!
La voz exasperada del asiático atraviesa el mármol. El hombre de cabellos blancos abre la puerta con calma, y yo intento arreglarme el flequillo desordenado.
—¿Qué pasa?
—Están muertos. Ese hijo de puta acribilló a varios de nuestros hombres.
Satoru me mira de reojo antes de que sus ojos se clavan en el pelinegro. Un silencio denso se extiende entre los tres.
—Hablemos afuera. —Exige con calma el pelinegro, apretando los labios.
Ambos salen de la habitación, dejándome con un hueco en el estómago y muchas preguntas retorciéndose dentro de mi cráneo. ¿Qué se supone que fue eso?
Mis pensamientos se cortan de golpe al escuchar el seguro siendo manipulado desde el otro lado de la habitación.
Me lanzo al manubrio e intento abrir, pero no se mueve. El terror me paraliza en ese mismo instante y grito, golpeo la puerta, rasgo el aire con la garganta pero mi voz no logra travesear las paredes. Nadie parece oírme desde aquí y cuando mis cuerdas vocales ya no responden, busco otra salida.
Corro hasta el ventanal al fondo de la habitación. Abro las cortinas de un tirón, y empujo el cristal con todas mis fuerzas. No cede. El pánico me empaña la vista.
Apretando la frente entre mis manos, intento pensar en una salida y entonces los veo. Papeles apilados junto al ordenador.
Me acerco, paso la mirada entre las hojas y la puerta, asegurándome de que sigo sola.
Informes confidenciales, nombres de empresas que jamás he escuchado. Cifras que no tienen sentido y entre ellos, una carta abierta; las iniciales SG resaltan en el destinatario. Todo lo demás está en otro idioma. Codificaciones extrañas. Reviso más documentos. Alemán, ruso e incluso árabe.
Lo que sea que esté haciendo aquí dentro, no es legal. Y definitivamente, tampoco es limpio.
Maldigo mi ambición y a Choso. Maldigo mi estupidez por creer que su recomendación de "trabajo" era genuina y no una jodida trampa.
Llegar aquí fue un error. Un maldito error muy codicioso. Todo por no pasarme la vida esclavizada en un trabajo donde ni cinco años habrían bastado para pagar la deuda del bastardo de mi padrastro.
Y ahora estoy aquí. Encerrada en la mansión de un enfermo. Un enfermo con dinero sucio.
Un escalofrío se arrastra por mi columna cuando el cerrojo suena de nuevo. La respiración se me atasca en la garganta. Acomodo todo con dedos temblorosos y camino de puntas hasta la entrada, ocupando el mismo espacio donde él me dejó, como si nunca me hubiera movido.
Cada segundo se dilata, se alarga hasta volverse insoportable. El silencio es una sombra espesa, rota solo por el tictac del reloj.
Cuando entra y sus ojos van del escrito a mí, lo supe de inmediato. Lo que temo se confirma en la lentitud de su mirada, en la forma en que la habitación se llena de un peso sofocante.
—¿Piensas que puedes escapar de mí, pajarito?
No voy a escapar.
No cuando él lo sabe todo.
No cuando mis decisiones ya han trazado un futuro donde la muerte no parece tan terrible en comparación.
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