Las dagas de Korghan

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Sinopsis

Un hombre consumido por un profundo deseo de venganza hará hasta lo imposible para conseguir su cometido, buscando incluso la ayuda de poderes espeluznantes que le conducirán sin remedio a un espiral de caos y locura.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Zarustiekes
Estado:
Completado
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

UNO

“La hiel de la venganza envenena el espíritu del hombre con una pavorosa oscuridad, que no se detiene hasta que consume por completo a su portador”

Refrán admelahariano


TRANEK AGRADECIÓ A LOS DIOSES por la súbita corriente de aire que se había colado a través de la terraza; aunque el sol ya comenzaba a perderse detrás de las montañas, su legado de sofoco parecía haberse quedado pegado de los muros y las edificaciones de la ciudad sagrada. El hombre se limpió el sudor que le perlaba el entrecejo y bebió un sorbo de vino aromatizado del cáliz que tenía enfrente, a su lado, el viento cobraba fuerza y las cortinas de seda luchaban con desesperación por librarse de los aros de metal que las mantenían pegadas a la pared.A pesar de la paz que se respiraba en el lugar, el barullo de las atestadas callejuelas de la urbe llegaba hasta aquel sitio en la forma de un zumbido denso y prolongado. El hombre se puso en pie y fijó su atención en las luces que comenzaba a cobrar vida en todos los rincones de la metrópoli; podía distinguir con claridad los grupos de mercaderes que se apretujaban en las plazas, mientras una procesión de monjes comenzaba a recorrer las calles, invitando a los fieles a la celebración de los ritos nocturnos. Por un instante, permitió que sus ojos siguieran la lenta peregrinación que se abría paso hasta el templo de Ariestes, en medio de cánticos y alabanzas y una nube de incienso que parecía envolver como una estela espectral a todos los presentes. Alzó la cabeza y distinguió con facilidad los minaretes de jade y mármol que remataban la estructura del santuario que se alzaba en lo alto de la pendiente, en la zona más exclusiva de Tavros; un lugar reservado para los poderosos que regían la urbe con una mezcla de fervor fanático y mano dura.

El hombre dibujó un gesto melancólico mientras apuraba el contenido de la copa; a pesar de su aspecto juvenil, sus ojos tenían un brillo duro que delataba una profunda amargura. Por los ropajes de seda que vestía, cualquiera le podría haberle confundido con el delfín de algún rico mercader o incluso de un noble local. Sus rasgos, afilados y pálidos, eran comunes en aquellas tierras septentrionales y no diferían en mucho de la morfología de los admelaharianos que habían sometido la región tres siglos atrás. Sin embargo, Tranek de Alkar no le debía nada a nadie, y todo lo que había conseguido en la vida era producto de su empeño y sagacidad como comerciante. No obstante, ante los ojos de los habitantes y las autoridades de Tavros, demostraba una personalidad banal y arrogante, muy alejada de su verdadera realidad, una realidad oscura que le había arrastrado hasta aquel rincón del imperio en busca de resarcimiento.

De pronto, sus músculos se tensaron y una fugaz sensación de peligro le recorrió la espalda como un latigazo, pero esta emoción tan sólo duro unos segundos, ya que al volverse su semblante esgrimía una mueca cínica e inquietante.

—Debéis dejar de sorprenderme de esa manera —dijo con desagrado, perdiendo la vista en las sombras que envolvían el interior de la estancia—. Un buen día podría confundiros con un asesino y daros muerte con mi espada.

Una figura envuelta en una capa negra emergió de aquella lobreguez, a pesar de estar cubierta con el pesado manto, sus formas enjutas se adivinaban a través de los pliegues; el hombre descubrió una cabeza pelada, antes de arrojarse a los pies de su señor.

—Disculpadme, amo —replicó en un tono grave, que nada tenía que ver con su aspecto malsano—. No volverá a suceder.

Tranek no dijo nada, se limitó a volver su atención al eco de los cánticos que parecían aumentar en intensidad, a medida que los últimos destellos del día agonizaban detrás de las cumbres que rodeaban el valle.

Por un instante, la expresión altiva que llenaba su rostro se disipó en un gesto deprofunda ansiedad.

—Y bien —inquirió con recelo, tratando de ocultar la tensión que ardía en su interior—... ¿Tenéis alguna noticia para mí?

Los ojos del hombre se despegaron del piso, eran unos orbes insondables y crueles que habían conocido la perversidad más siniestra a lo largo de su existencia.

—Si, mi señor —aseguró con una mueca inquietante, que le daba un aspecto cadavérico—. Vuestro oro ha conseguido aflojar muchas lenguas.

Tranek se dio media vuelta, sin poder esconder por más tiempo la incertidumbre que le apretaba el corazón.

— ¡¿Es él, verdad?! —exclamó, tomando a su sirviente por los hombros. Éste se sorprendió al verse enfrentado a la mirada encendida, casi demencial, de su amo.

—Si, mi señor —replicó con un hilo de voz, hechizado por aquellos terribles ojos —, es él sin duda.

Tranek de Alkar apretó los dedos sobre la copa, hasta que sus nudillos se blanquearon y un ligero temblor le ascendió por el antebrazo derecho; miles de pensamientos le revolvían la mente en aquellos momentos. Atroces recuerdos de la experiencia que le había marcado para siempre, desbordaban su cabeza en medio de un torrente de negra amargura.

Con las huellas del dolor que cargaba consigo impresas en el rostro, enfiló hacia la azotea. El sujeto de la cabeza rapada no pudo apartar la vista de la pierna derecha de su amo, la cual parecía arrastrar una bola de hierro de manera lenta y dolorosa.

—¡Dejadme solo! —exclamó con dureza, sin volverse hacia el siervo. La confusión que reinaba en su interior apenas le permitía organizar las ideas. Había esperado este momento por años, pero la reacción ante este hecho le había traicionado; la frustración se adhería a su alma como un parásito corrosivo, despertando temores que ya creía olvidados.

—Mi señor… —balbuceó el lacayo con temor—, os ruego que os olvidéis de este asunto… es por vuestro propio bien. —Un profundo pesar se denotaba tras aquella tez descarnada.

El joven mercader se volvió; en el semblante esgrimía una mueca caótica que consiguió helar la sangre de su interlocutor, el suplicio que reflejaba aquella mirada tan sólo podría ser saciado con sangre y muerte.

— ¿¡Por mí bien, decís!? —le desafió en un tono cargado de aflicción y rabia—. Esos malditos me arrebataron todo lo que tenía en la vida, incluso hicieron de mí un lisiado —agregó, palmeándose el muslo derecho—. ¡Soy lo que soy gracias a ellos! mi sed de venganza ha sido el combustible que me ha mantenido vivo.

El hombre de la cabeza rapada le encaró con sorpresa. Por un momento, Tranek imaginó ver un atisbo de lástima detrás de aquellas enigmáticas pupilas, no obstante, el sujeto agachó la cabeza y se disculpó por aquel atrevido comentario, consiguiendo apaciguar sus ánimos.

—Seréis bien recompensado por vuestro trabajo, Arhed —apostilló, volviendo su atención hacia la masa de peregrinos que se apretujaba en la parte alta de la ciudad. El hombre se perdió en la lobreguez de la estancia sin pronunciar una palabra más, sin embargo, su comentario quedó flotando en el aire como un recordatorio de la vida que Tranek había sacrificado para conseguir la revancha que tanto anhelaba.

Había sido un sueño duro, denso, cargado de imágenes difusas repletas de brutalidad. En ellas, podía escuchar una macabra sinfonía de gritos de dolor e impotencia que parecían traspasar su cerebro como dagas afiladas; luego de aquel caos inmisericorde, sobrevenía un silencio atroz, frío como la muerte, que se veía acompañado de un baño escarlata que impregnaba todo en derredor. Se trataba de un líquido viscoso y gélido que se filtraba por su nariz y garganta, impidiéndole respirar. Aquí era cuando despertaba, sobresaltado y bañado en sudor, una exudación glacial como el flujo de su pesadilla.

El mercader intentó ponerse de pie, pero la rodilla fracturada dejaba sentir su presencia con un palpitar agónico que le recordaba aquella limitación. Resignado, permaneció en el lecho, escuchando los sonidos que traía la noche a través de la ventana; recordó las palabras de su sirviente y una profunda indignación le ensombreció el corazón. ¿Cómo podría dejar todo atrás? ¿Cómo podría olvidar aquella atrocidad que había marcado su cuerpo y su alma?

—No.

La palabra brotó de sus labios, rompiendo con el tenso silencio que embargaba la estancia; le pareció que aquel monosílabo encerraba toda la determinación que le impulsaba a seguir adelante sin importar el precio que tuviese que pagar para conseguirlo.

Con gran esfuerzo consiguió levantarse de la cama. Era en el frío de la noche cuando su invalidez se hacía más evidente, el dolor en la pierna parecía multiplicarse, y tenía la vaga sensación de que en lugar de carne y hueso, estaba arrastrando un pedazo de plomo. Después de avanzar con torpeza en medio de la oscuridad, soltó un suspiro de alivio al toparse por accidente con lo que estaba buscando, un gran arcón, grabado con arabescos y figuras geométricas. Con cuidado retiró la llave que colgaba de la cadena que pendía de su cuello y, acto seguido, quitó el candado de bronce que aseguraba la tapa del cofre; un chirrido agudo retumbó en la habitación y permaneció unos segundos en el ambiente. Tranek titubeó antes de extraer el trozo de lino mugriento que descansaba en el fondo del cajón, una forma rectangular se adivinaba bajo la tela. Apartó el lino casi con reverencia, develando una caja de madera sin ningún tipo de ornamento que indicara su contenido. Sus dedos recorrieron la lisa superficie hasta que encontraron una pestaña de cobre, allí se detuvieron unos latidos, mientras el joven se debatía en una tormenta de emociones encontradas. Con la sangre amontonada en las sienes, luchaba contra aquella parte de su ser que le pedía a gritos que dejara todo atrás antes de que fuera demasiado tarde; un ruego primigenio que emanaba de los instintos más arraigados de su fuero interno. Pero el mercader decidió desoír aquel llamado de la razón, permitiendo que la hiel de la venganza opacara el desesperado clamor de su corazón.

La tapa se abrió sin producir ningún sonido. De inmediato los pálidos rayos de la luna que se filtraban a través de un ventanuco, hicieron flamear los objetos de metal que yacían en el interior de la urna; se trataba de dos armas blancas. Un par de dagas, estilizadas como agujas, que arrojaban un brillo malsano sobre el rostro de su portador. Los orbes de Tranek recorrieron los extraños caracteres grabados a lo largo de la hoja, conjuros indescifrables emanados de una era de caos y oscuridad perdida en los albores de la humanidad; no obstante, aquellos enigmáticos símbolos palidecían frente al magnífico trabajo de orfebrería que ostentaba el mango de la daga. La cabeza de un reptil de plata con dos amatistas que representaban sus ojos, hacían de estas armas unas joyas invalorables. Empero, Tranek era consciente de que el verdadero valor de aquellos artilugios iba más allá de su simple forma física.

Por un instante, se vio tentado a recorrer aquel filo inquietante con sus yemas desnudas, pero algo en su interior se lo impidió.

—No es el momento —se dijo a sí mismo, sin apartar la mirada del brillo que despedían las piedras engarzadas a la empuñadura; un destello hipnótico que invitaba a un roce del que no habría escapatoria. Una vez realizado, el alma del portador se fundiría con el arma en una comunión malsana.

—No es el momento… —repitió con esfuerzo, soltando un largo suspiro mientras cerraba la tapa de la caja y la devolvía al fondo del arcón.