Capitulo 1: El gran apagón.
15 de enero de 2117, Gran Concepción
La ciudad respiraba una calma engañosa. Las calles de Gran Concepción vibraban con el murmullo cotidiano: civiles apresurados, tacos interminables por la hora de colación, el zumbido de drones de entrega surcando el cielo neón. De pronto, un chirrido agudo rasgó el aire, como un alarido metálico. Una camioneta negra irrumpió desde una esquina, devorando el asfalto a toda velocidad, con una patrulla pisándole los talones. El rugido de los motores ahogaba los gritos de los peatones que se apartaban a trompicones.
Al volante de la patrulla, Eric sentía el pulso del pavimento reverberando en sus huesos. Cada bache, cada giro brusco, le apretaba el pecho. En la camioneta, los ladrones disparaban ráfagas desordenadas, las balas silbando como avispas furiosas contra el blindaje de su vehículo. Con un movimiento instintivo, Eric giró el volante, esquivando una lluvia de proyectiles que astilló el parabrisas. Sus manos, firmes como acero, aferraban el control. Con una calma casi inhumana, sacó su arma desde el asiento, apuntó por la ventanilla y disparó. El tiro fue preciso: un neumático de la camioneta estalló con un crujido seco, y el vehículo enemigo patinó, fuera de control, hasta estrellarse contra un camión de basura en movimiento. El impacto resonó como un trueno, escupiendo chispas y restos de metal.
Dos figuras emergieron del amasijo de hierros, tambaleándose, pero vivas. Echaron a correr hacia una fábrica cercana, perdiéndose entre contenedores apilados y el bullicio de los trabajadores. Eric frenó en seco, el chirrido de las llantas resonando en el aire cargado de polvo. Desabrochó su cinturón con un chasquido, saltó del auto y corrió tras ellos. Sus botas golpeaban el concreto con un ritmo implacable, cada paso un eco de su determinación. Su respiración, medida, contenida, era la de un depredador en caza.
Las escaleras metálicas de la fábrica crujían bajo su peso mientras subía, el sonido reverberando en el espacio cavernoso. Uno de los ladrones, en su desesperación, tropezó entre los escalones, su arma resbalando de sus manos. Eric no titubeó. Apuntó y disparó. La bala atravesó la pierna del hombre, que soltó un alarido desgarrador antes de perder el equilibrio y rodar por las escaleras como un muñeco roto, golpeando cada peldaño con un sonido sordo. Eric lo alcanzó en segundos, plantando una bota en su espalda. Con un movimiento rápido, lo inmovilizó contra el suelo, golpeándolo hasta que el hombre dejó de resistirse, su cuerpo inerte bajo el peso de la justicia.
Eric alzó la vista, su brazalete emitiendo un pitido al registrar la captura. No había tiempo para detenerse. A lo lejos, entre las sombras de la fábrica, unas casetas iluminadas por focos parpadeantes delataban la presencia del segundo ladrón. Un trabajador, aún en shock, se levantaba del suelo, limpiándose la sangre de la frente con manos temblorosas. Sus ojos, abiertos de par en par, encontraron los de Eric, pero el agente no se detuvo. Avanzó con cautela, su arma lista, cada músculo tenso, preparado para reaccionar.
El ladrón surgió de las sombras como un espectro, embistiendo a Eric contra un muro con la fuerza de un ariete. El impacto le robó el aire, y el concreto frío se clavó en su espalda. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre lo aferró por la chaqueta y lo lanzó contra una mesa de metal, que se volcó con un estruendo. Eric rodó por el suelo, el polvo y el dolor nublándole los sentidos, pero se levantó con un gruñido, los ojos encendidos de furia contenida.
El ladrón no le dio tregua. Lanzó una patada salvaje, pero Eric, con reflejos afilados, atrapó su pierna y tiró con fuerza, haciéndolo caer de espaldas. Sin perder un segundo, se abalanzó sobre él, dispuesto a inmovilizarlo. Pero el hombre era rápido: con un movimiento desesperado, empujó a Eric con ambas piernas, enviándolo hacia atrás. Ambos se pusieron de pie al unísono, como dos bestias midiéndose en la penumbra.
El ladrón atacó primero, un puñetazo dirigido al rostro. Eric bloqueó con el antebrazo, el impacto resonando en sus huesos, y contraatacó con un golpe seco a las costillas que arrancó un jadeo al hombre. Aprovechando el impulso, torció el brazo del ladrón, pero este, con un rugido, se liberó y le propinó un cabezazo brutal. El mundo de Eric se tambaleó, un zumbido agudo llenándole los oídos. Aturdido, apenas vio venir el siguiente movimiento: el ladrón le arrebató el arma de la funda y le apuntó al pecho, su rostro desencajado por la desesperación.
—¡Quieto o te vuelo la cabeza! —gritó el hombre, con la voz quebrada por el páEric.
Eric, con las manos en alto, lo miró a los ojos, su voz baja pero firme. —No tienes que hacer esto. Baja el arma.
En ese instante, un grito cortó el aire. —¡Suelta el arma, ahora! —Un policía irrumpió por la puerta, su propia pistola apuntando al ladrón.
El hombre pareció dudar, el cañón temblando en su mano. Pero en un parpadeo, giró y disparó. La bala alcanzó al policía en el brazo, y el impacto lo hizo retroceder con un grito ahogado. Aprovechando el caos, el ladrón empujó al agente herido y echó a correr, perdiéndose en las entrañas de la fábrica.
Eric se lanzó tras él, deteniéndose solo un segundo junto al policía, que se aferraba el brazo con el rostro crispado de dolor. —¡Dame tu arma! —ordenó Eric, arrodillándose a su lado—. ¡Presiona la herida, no dejes de apretar!
Sin esperar respuesta, arrancó el arma de la mano del agente y corrió tras el fugitivo. Sus pasos resonaban en el tercer piso, un espacio abierto, sin paredes, donde el viento cortante silbaba entre las estructuras desnudas. El ladrón se detuvo al borde del precipicio, el vacío de tres pisos bajo sus pies. Giró, con el arma aún en la mano, y apuntó a Eric.
—¡Entrégate! —gritó Eric, su voz firme a pesar del cansancio—. ¡No tienes salida!
El hombre, con los ojos desorbitados, barrió el entorno con la mirada. Abajo, el aullido de las sirenas anunciaba la llegada de otra patrulla. La desesperación lo consumía. Entonces lo vio: a un lado de Eric, un manojo de tuberías expuestas, marcadas con advertencias de gas. Su rostro se torció en una mueca de desafío. Sin dudar, disparó.
El estallido fue ensordecedor. Una bola de fuego iluminó la noche, y la onda expansiva lanzó a Eric por los aires. Su cuerpo chocó con el techo de una patrulla estacionada abajo, el metal crujiendo bajo el impacto. El ladrón, atrapado por la explosión, resbaló en el borde y cayó, su cuerpo estrellándose contra el pavimento con un golpe sordo. No se movió más.
Los policías que presenciaron la escena corrieron hacia Eric, uno de ellos gritando por la radio: —¡Agente herido! ¡Necesitamos atención médica ya!
El silencio que siguió fue roto solo por el goteo de la sangre de Eric, que se deslizaba por el capó destrozado de la patrulla, y el eco distante de la explosión. Lo trasladaron de urgencia al hospital, donde las esquirlas que perforaban su piel y el golpe en la cabeza pintaban un pronóstico sombrío. Los médicos lucharon por estabilizarlo, reanimándolo varias veces mientras el daño parecía ganar la batalla.
Horas después, el doctor salió del quirófano, el rostro tenso y la mirada cargada de gravedad. Frente a la familia de Eric, habló con voz firme pero temblorosa: —Está estable… pero en coma. No sabemos cuándo despertará.
La madre de Eric, con lágrimas surcando su rostro, apenas pudo susurrar: —¿Cuánto tiempo?
El doctor bajó la mirada. —No lo sabemos… Podrían ser horas, días, incluso años. Todo depende de su recuperación.
La madre de Eric se abrazó a sí misma, temblando, mientras la novia de Eric se lanzaba sobre su suegra, llorando y sollozando, buscando consuelo que no existía.
5 de agosto de 2117, Policía de Investigaciones de Chile, Concepción
El aire en la galería de tiro de la PDI estaba cargado del olor acre de la pólvora. Ana sostenía su pistola con firmeza, el eco de los disparos aún resonando en sus oídos. Se secó el sudor de la frente con una toalla gastada, mientras el instructor, un hombre de voz ronca y mirada severa, le daba una palmada en el hombro. —Has mejorado mucho, Ana. Esa puntería ya da miedo —dijo con una media sonrisa.
Ella asintió, con un “gracias” breve, mientras guardaba el arma. Momentos después, en los vestuarios, se abrochaba las botas con movimientos precisos cuando su compañera, Carla, se acercó, ajustándose el cabello húmedo. —¿Entonces, Ana? ¿Te apuntas a tomar algo el fin de semana o qué? —preguntó con tono ligero.
Ana levantó la vista, esbozando una sonrisa cansada. —Imposible. Estaré ayudando a mi papá con unas cosas. Tal vez la próxima.
Antes de que Carla pudiera insistir, las luces del vestuario parpadearon y se apagaron con un chasquido seco. La oscuridad las envolvió, rota solo por el resplandor rojizo de las luces de emergencia que se encendieron con un zumbido. Ana frunció el ceño y tomó su celular del banco. Estaba caliente al tacto, como si hubiera estado al sol, y la pantalla permanecía negra, muerta. Miró a Carla, quien intentaba encender el suyo con el mismo resultado. Sus ojos se cruzaron, cargados de desconcierto.
—¿Qué demonios…? —murmuró Carla, girando el aparato en sus manos.
Sin perder tiempo, salieron de los vestuarios. El ambiente en la comisaría era tenso, como si el aire mismo estuviera conteniendo el aliento. Los pasillos, normalmente iluminados por fluorescentes, ahora estaban bañados en un rojo intermitente. Los murmullos de los agentes se mezclaban con el sonido de pasos apresurados. Ningún dispositivo funcionaba: celulares, radios, computadoras, todo estaba muerto. Ana sintió un nudo en el estómago, esa punzada instintiva que siempre la alertaba cuando algo estaba a punto de desmoronarse.
Un instructor, con el rostro tenso, se acercó a ellas. —¿Están bien? —preguntó, su voz cargada de urgencia.
Ana asintió, pero no pudo evitar mostrarle su celular inservible. —Se quemó. No enciende.
El hombre apretó los labios. —No eres la única. Todos los electróErics están fritos. Algo grande está pasando.
Las miradas de los agentes comenzaron a cruzarse, cargadas de preguntas sin respuesta. Afuera, el caos empezaba a filtrarse: bocinas, chirridos de frenos, el murmullo de una ciudad que se detenía en seco. Carla se acercó a Ana, su voz apenas un susurro. —¿Y si es un ataque terrorista?
Ana tragó saliva, sintiendo esa punzada en el estómago crecer. No había tiempo para especular. Con pasos decididos, se dirigió al arsenal, ignorando las miradas de los demás. Tomó un chaleco táctico, dos pistolas y un puñado de cargadores, asegurándolos con movimientos rápidos. El peso del equipo le dio una extraña calma, como si el acero frío pudiera anclar sus pensamientos.
En el estacionamiento, los jeeps oficiales estaban inmóviles, como cadáveres de metal abandonados. Ana se arrodilló junto a uno, abrió el compartimiento de la batería con manos firmes y probó un arranque manual. Nada. Frustrada, cambió la batería por una de repuesto que encontró suelta en el suelo. Sus dedos trabajaban con precisión, ignorando el sudor que le picaba en los ojos. Finalmente, el motor rugió, un sonido irregular, como si el jeep mismo estuviera desconcertado por despertar.
Ana se subió al vehículo y aceleró, dejando atrás la comisaría. Las calles de Concepción eran un cuadro surrealista: multitudes desorientadas caminaban sin rumbo, sosteniendo teléfonos inertes, sus rostros reflejando una mezcla de confusión y miedo. Algunos gritaban, otros se agrupaban, buscando respuestas en desconocidos tan perdidos como ellos. Niños, con lágrimas surcando sus rostros, eran arrastrados de la mano de sus padres, evacuados de escuelas que cerraban sus puertas con premura. En los hospitales, las sirenas de emergencia ululaban sin descanso, un lamento constante que perforaba el aire. Médicos, con batas arrugadas y rostros tensos, gritaban órdenes desde las entradas, mientras algunas ambulancias intentaban rugir a la vida y otras permanecían varadas, inútiles, en mitad de la calle como bestias heridas.
El tráfico era un infierno. Los semáforos, apagados, habían transformado cada cruce en un campo de batalla de bocinas, insultos y puños al aire. Choques leves bloqueaban esquinas enteras, con conductores gritándose entre el metal retorcido. Ana maniobraba el jeep con destreza, esquivando autos abandonados y peatones que corrían sin rumbo, sus ojos fijos en el camino, el corazón latiendo con una urgencia que no podía nombrar.
Llegó al taller de su padre, un galpón lleno de herramientas y el olor a aceite quemado. Lo encontró agachado junto a un auto, revisando cables con dedos temblorosos, el rostro desencajado bajo la luz mortecina de una linterna manual. Al verla, levantó la mirada, sus ojos cargados de una mezcla de alivio y páEric.
—¿Estás bien? —preguntó Ana, bajando del jeep con un salto.
Su padre asintió, pero su voz salió rota. —Todo está muerto, Ana. Los autos, las máquinas… nada funciona.
Ella levantó su celular, la pantalla negra como un mal augurio, y se lo mostró. —Mi teléfono también. Se quemó.
Sin decir más, se fundieron en un abrazo breve pero firme, como si quisieran anclarse el uno al otro en medio del caos. El resto del día fue una espera tensa, un silencio cargado de incertidumbre. La ciudad, aunque inquieta, aún mantenía un frágil velo de orden. Los rumores circulaban como murmullos: “Es solo un problema eléctrico”, “La luz volverá pronto”. Pero a medida que las horas se arrastraban, la esperanza se resquebrajaba como cristal bajo presión.
Esa noche, en el barrio, alguien logró revivir una radio antigua, un armatoste que parecía sacado de otra era. Cuando la voz crepitante emergió del altavoz, el taller se sumió en un silencio helado: —“El apagón es mundial. Repetimos: mundial. No hay electricidad, no hay comunicaciones. Las estaciones de energía han colapsado. No sabemos cuánto durará… por favor, guarden la calma y esperen instrucciones.”
Nadie se movió. Nadie habló. Las palabras eran un peso que aplastaba cualquier intento de consuelo. El silencio del taller fue roto por gritos lejanos, vidrios estallando y el ladrido frenético de los perros. Ana corrió a la puerta y vio el caos desatarse: un grupo de hombres destrozaba las vitrinas de una tienda de abarrotes, arrancando estantes con furia. Otros huían con botellas de agua, sacos de arroz y latas apiladas en los brazos. Un disparo al aire rasgó la noche, seguido de más gritos. El orden se había roto. El caos ya estaba aquí.
Ana giró hacia su padre, sus ojos brillando con una urgencia feroz. —Nos vamos al campo. Ahora. A la casa de los abuelos. Ahí estaremos a salvo. Tal vez allá quede algo…
Su padre, con el rostro agotado pero resignado, asintió en silencio. No había otra opción. Mientras afuera la ciudad se despedazaba en un rugido de saqueos, fuego y desesperación, Ana corrió al jeep. Con manos rápidas, cargó lo esencial: armas, munición, una linterna, algo de comida enlatada y una manta raída. El motor rugió, desafiando el silencio mortal de los vehículos abandonados. La noche los engulló mientras dejaban atrás una Concepción que ardía en su propia ruina.