CAPITULO 1: "LA COLONIA TOVAR EN MI PECHO"
"A veces creo que Dios se esconde entre los pinos…
Pero otras, me convenzo de que se esconde de mí.”
Mi nombre es Haddasaj Fajer.
Sí, mi nombre suena raro, y más aún en este pueblito con techos rojos y olor a pan alemán.
Nací en Caracas, pero por voluntad de mis padres —y un poco por castigo divino—, terminé viviendo en la Colonia Tovar. Un rincón de Venezuela que parece arrancado de Europa, con neblina eterna, casas de madera, y gente que aún cree que lo distinto es peligroso.
Yo soy distinta.
Soy judía.
Soy mujer.
Y estoy enamorándome de un católico.
TODO COMENZÓ CON UNA GUITARRA.
El primer día que bajé al centro del pueblo con mi mamá y el abuelo Elías, lo vi.
Estaba sentado frente a la plaza, junto a la estatua de Simón Bolívar, afinando unas cuerdas viejas con los dedos llenos de pintura. Tenía el cabello revuelto, piel morena, y esa mirada de quien no le tiene miedo a nada… ni siquiera a Dios.
Yo llevaba una falda larga, una blusa de cuello alto y una kipá tejida que cubría apenas un poco de mi cabello. Mis pasos eran rectos, firmes, pero mi corazón ya se desviaba sin mi permiso.
—No mires tanto —me dijo mi abuelo, tirando de mi manga—. Aquí los hombres ven con hambre.
Mentira.
Él no me miraba con hambre.
Me miraba como si ya supiera algo de mí que yo misma ignoraba.
—
Por las noches, la Colonia es más bonita.
Y más triste también.
Las estrellas parecen luces de Shabat. El silencio huele a historia. Y a veces, se escuchan cantos cristianos bajando desde la iglesia en lo alto. No miento: son hermosos. Melancólicos. Profundos.
—Ese muchacho toca en la iglesia de San Martín —me dijo mi madre una noche mientras preparábamos jalá—. Se llama Abisael Guerra.
Abisael.
Nombre de origen hebreo, curiosamente.
Significa “Mi padre es Dios”.
Irónico, ¿no?
—
A los tres días lo vi de nuevo. En la biblioteca del pueblo.
Él buscaba un libro de poesía. Yo buscaba silencio. Pero Dios, o el destino, o el karma... nos volvió a juntar.
—¿Puedo tomarlo yo si lo lees después? —preguntó, sonriendo.
—¿Cuál?
—Los poemas de Benedetti.
—Claro. No creo en el amor, pero él escribe bonito.
Él se rió, como si le hubiera contado un chiste.
Y no sé cómo ocurrió, pero terminamos hablando durante una hora entera, sentados frente a una ventana empañada, mientras afuera caía una neblina que parecía susurrar secretos.
Me habló de su madre, que vendía flores en un vivero.
Me dijo que cree en Dios, pero no en los curas, algo confuso verdad.
Que reza cuando pinta. Que canta cuando está triste.
Y yo, que llevo rezando desde que tengo memoria, no supe qué decir.
Solo pensé:
"Estoy perdida."
—
Esa noche le escribí a Dios en mi diario:
“Adonai… si este chico es una prueba, mándame otra. Porque esta me la voy a comer con todo y pecado.”
—
Mi abuelo dice que la religión es la armadura del alma.
Pero yo siento que, al menos hoy, es una cárcel.
Y si este pueblo tiene niebla... mi pecho tiene tormenta.