Día 1
Salgo de la escuela harto, y no sé realmente qué he aprendido, ni siquiera puedo decir si hice algo productivo en las casi siete horas de clases. De un día para acá he estado pensando en que solo llego al salón, me siento y con la mirada puesta en la pizarra, finjo que estoy poniendo atención, finjo que no hay nada más interesante que los temas que explican los profesores.
Camino por la misma calle de siempre, llena de transeúntes que quieren llegar a sus hogares o a sus trabajos, autos ruidosos que vienen y van, haciendo que el tráfico sea un poco más pesado que de costumbre. Sin embargo, algo es diferente hoy, me gustaría decir que es el cielo que está más azul que de costumbre; un perro que me hace caer, incluso un hombre que me rapta y que pide dinero a mis padres. Nada de eso. Un auto que conozco a la perfección está en la parada de autobuses, me enoja la instante porque nunca está ahí, de hecho, el señalamiento es claro, no se puede estacionar ningún auto, es la maldita parada de autobuses y si no se va, el autobús no hará su parada, y tendré que esperar el siguiente, bajo el sol abrasador. Odio los miércoles de octubre. Este en especial. ¿Qué hace aquí él?
Llego a la parada y él abre la puerta del copiloto.
—Sube, Bill —dice desde adentro y no entiendo qué pasa, ni lo que esto significa.
—¿Qué? —pregunto confundido—. Será mejor que avance, el autobús…
—¡Qué subas! —repitió, ahora casi enojado.
—¿Qué diablos haces aquí? —pregunto cuando al fin subo al auto.
Él arranca el auto ignorando mi pregunta. Llegamos a casa, abre la cochera desde el auto y entramos aún dentro.
—Perdóname por lo de anoche —dijo luego de un par de minutos en silencio.
—Está bien, no te preocupes, ya pasó de todas formas. ¿Qué haces aquí?
—Perdí mi trabajo.
—¿Qué? —pregunto sin creer el tono despreocupado que usó.
—Perdí mi trabajo, ¿y sabes por qué?
—¿Por qué? Espero no ser responsable.
—No directamente, pero eres responsable por quitarme la lucidez en mi espacio de trabajo.
—¿O sea que cuando estés platicando con tu esposa, le dirás la verdad?
—¿Mi esposa? ¿Por qué hablas así de tu propia madre?
—Ella dejó de ser mi madre cuando decidió casarse con el amor de mi vida.
—Oh, Bill, vamos, déjame hacer que este día de mierda se convierta en uno excelente.
—¿Cómo quieres hacer esto?
—Déjame llevarte a la cama —dice acariciando mi pierna, y susurrando aquello en mi cuello.
—Con una condición.
—Dime.
—Hazlo como cuando me sacabas de la escuela sin que ella se enterara, y déjame sentir toda tu erección llenándome.
—Te haré sudar de placer.
—Gracias a ella te tengo cerca todos los días, Tom.
—Hizo algo bueno.
—Sí, ambos cuidan de mí.
Subí a sus piernas y lo hicimos en el auto, es ahora mi padrastro y era mi antiguo profesor de deportes.