Capítulo 1
En la ciudad de Edenbrooke, en el año 1847, se veía el progreso: las fábricas trabajaban sin cesar y las máquinas eran cada vez más comunes. En un lúgubre reformatorio que por fuera parecía lleno de prestigio por impartir disciplina y modales, una joven de 12 años de cabello castaño se encontraba limpiando el piso con un cepillo bastante pequeño.
Un grupo de niñas pasó por la mitad del suelo con los zapatos sucios.
—Obs, mejor limpia eso —dijo una de ellas con desdén.
Ella bajó la cabeza y continuó limpiando. Cuando terminó, asistió a sus clases, donde la instructora Maryana, una señora de gafas, enseñaba el uso de los muchos cubiertos y cómo utilizarlos correctamente en la mesa.
—Señorita Estefany, muéstrele a los demás cómo se hace —ordenó Maryana.
Estefany se sentó en la mesa y observó a sus compañeras. Estas se reían entre ellas, pero se callaron cuando Maryana las regañó. Estefany, nerviosa, tomó una de las muchas cucharas que había sobre la mesa.
—Incorrecto, señorita. ¡Brazo!
Estefany se levantó y remangó la manga de su brazo, mostrando varias cicatrices. La instructora procedió a golpearla con una regla mientras decía:
—Si no se corta la hierba mala, se propaga. Conozco a las de tu tipo, siempre les falta disciplina. No te preocupes, yo te arreglaré.
Después de golpearla hasta que su brazo sangrara, le ordenó que limpiara los platos. Mientras se retiraba en silencio, Estefany observaba la ventana con la esperanza de que afuera hubiera algo más que sufrimiento. Tal vez, allá afuera, estuviera lo que tanto buscaba.
A la mañana siguiente, los primeros trenes llegaron. Muchas personas llegaban de distintos lugares del mundo. Entre ellos, un niño de 12 años con una maleta más grande que él mismo observaba fascinado todo lo que lo rodeaba.
—¡Wow! ¡Los animales aquí están hechos de metal! —exclamó.
Corrió hasta la carretera y se recostó en el suelo, apoyándose sobre sus manos. Le habló a la parte delantera de un auto:
—Tú debes ser un espécimen muy saludable. Tu pelaje brilla de manera increíble.
Fue aturdido por el ruido de los automóviles y la maquinaria. Se levantó y caminó por la acera entre la multitud. Intentó pedir indicaciones, pero la mayoría de los adultos lo ignoraban. No fue hasta que vio un puesto de comida que un adulto lo atendió.
—¿Qué te sirvo?
—Lo más delicioso que tengas.
Le entregó un panecillo de queso bastante grande. El joven lo comió alegremente, fascinado por el bello sabor. Al terminar, dejó en la mesa lo que parecía ser una roca llena de barro. Después de desaparecer entre la multitud, el vendedor se dio cuenta:
—¡Mocoso ladrón, vuelve aquí!
Tomó la roca y le quitó la suciedad con el dedo, notando que brillaba con gran intensidad.
El niño seguía caminando alegremente. Llegó a una calle llena de vendedores ambulantes. Buscó un lugar vacío, colocó su enorme maleta allí y jaló de una correa: la maleta se desenrolló y creció aún más. Bajó la cremallera y, en el interior, había muchos frascos de diferentes tamaños. De la maleta salió una rana regordeta de ojos naranjas. Entonces, el niño comenzó a hablar:
—¡Atención, gente de esta maravillosa ciudad! Desde los confines más recónditos de la Tierra, traigo la cura de todos sus males.
La gente empezó a reunirse por curiosidad. Aunque sus palabras sonaban a estafa, la intriga era demasiada.
—¡Les traigo remedios y curas para casi todos los males, incluso para los problemas del alma!
Aplicaba cremas a las ancianas, quitándoles unos cuantos años de edad. Vendía pomadas para el dolor de rodillas. La gente hacía fila para verlo y comprarle. Los demás vendedores empezaron a perder clientela y ardían de envidia por lo persuasivo que era el niño.
Uno de ellos lo amenazó con golpearlo, pero el niño le hizo una seña con el dedo para que esperara. Después de beber uno de sus frascos, tomó la mano del hombre y lo levantó en el aire para después bajarlo suavemente.
—¡Esta es una prueba más de la veracidad de mis remedios!
Al final de la tarde aún había muchas personas impacientes por sus servicios. Entre la multitud, la joven Estefany observaba maravillada todo el espectáculo. Miró el cielo, se dio cuenta de lo tarde que era y salió corriendo de regreso al reformatorio.
El niño observó su maleta satisfecho: ya no le quedaba mercancía por vender.
—Lo siento, amigos, pero ya no hay nada más por hoy.
La gente se quejó, pero no tuvieron más remedio que retirarse. El niño cerró la maleta, le puso la correa, se la colgó a la espalda y salió corriendo del lugar, esquivando las rocas y botellas que le arrojaban los demás vendedores.
Alguien salió de la sombra de un callejón. Era Estefany. Ignoró su instinto y el miedo, y decidió no volver a casa. Lo persiguió un buen rato sin atreverse a hablarle directamente. Cuando el joven llegó a un edificio enorme y lujoso, se detuvo y dijo, sin mirar atrás:
—Ya sé que estás ahí. Sal de una vez.
Ella se paralizó, pero reunió valor y salió de las sombras.
—Disculpa... me preguntaba si tenías un brebaje que pueda ayudarme con un problema que tengo.
—Lo siento, ya les dije a los demás que vendí todo. Ahora déjame, tengo cosas que hacer.
El joven avanzó hacia la puerta del edificio. Estefany iba a darse la vuelta, subiendo la manga de su brazo, pero se dio cuenta de que el edificio al que el joven quería entrar era la Biblioteca Capital de la ciudad.
—Pierdes tu tiempo. Solo la gente de alta gala tiene acceso a esa biblioteca. Además, tienen seguridad muy estricta. Si quieres, yo te guío a una biblioteca un poco más accesible para nosotros.
—Lo que yo busco sólo se encuentra aquí. Todo el viaje hasta aquí fue para eso… ¿y fue en vano?
El niño miró a Estefany, que ahora llevaba un vestido rojo con negro y una colita. Sonrió con una idea.
—Oye tú… niña. —Se acercó y la tomó por los hombros—. Dime si me harías un favor. A cambio, te prepararé cualquier brebaje que desees.
Estefany contuvo la emoción y negó con la cabeza, haciéndose rogar.
—No lo sé... Me puedo meter en problemas. Además, no sé si lo valga.
—¿Qué? ¡Pero si hace un momento estabas...! Ah, ya entendí. Muy bien: te daré el brebaje gratis. Además, si no creyeras en mis remedios, no me habrías seguido.
—Mmm… Está bien. De todos modos, no tenía dinero para pagarte.
El joven le hizo una mueca y luego le susurró al oído el plan.
En la puerta, el guardia se percató de que Estefany se acercaba y la detuvo.
—Esta hora de ingreso es solo para mayores de edad, además se necesita membresía y un adulto acompañante.
—Disculpe, ¿sabe dónde queda la calle 32?
El guardia le dio indicaciones y le señaló con el dedo. Mientras tanto, el niño intentó entrar por la ventana, pero su maleta no cabía. Estefany señalaba mal las indicaciones para distraer al guardia. Este, ya irritado, le volvió a explicar. Tras varios empujones, el niño logró meter la maleta y entrar. Estefany asintió y se fue en la dirección contraria a la señalada, luego regresó a la ventana y, con dificultad, escaló para entrar.
Adentro, observó pasillos sin fin y los estantes enormes llenos de libros. A lo lejos, el niño corría por los pasillos persiguiendo a su rana.
—¿Tú también estás aquí? —le dijo el niño a la Estefany—. Ya te ayudé, ahora es tu turno.
—Solo una cosa más —dijo el niño a Estefany, le dijo al oído lo que necesitaba pero ella replicó — ¿Un libro?
—Sí, y para evitar que me descubran, me servirá tu ayuda.
—¿Cómo se llama el libro?
—Eso es lo que no sé. Solo sé que su portada es roja y tiene símbolos alargados entrelazados. Aunque también podría ser morado…
Estefany no podía creerlo: tanto esfuerzo… para no saber qué buscar. El niño dejó su pesada maleta a un lado y comenzó a buscar en la sección de química. Estefany apretó los puños, suspiró, y se unió a la búsqueda.
Tras unas cinco horas de búsqueda y desorden, descansaron apoyados en unos pilares.
—¿Y cuál es el nombre de mi ayudante buscadora de la verdad? —preguntó el niño.
—Estefany. Solo Estefany. ¿Y el tuyo?
—Ah, pues es…
Fueron interrumpidos por un ruido en otra sección. Descubrieron a un hombre de cabello negro largo, con gabardina y botas militares. Dedujeron que era del ejército.
—¿Qué hace ese hombre aquí a estas horas?
—Debe buscar un libro para regalarle a su hijo. Esta es la sección de cuentos y fantasía. ¡Debemos apurarnos! Ya me dio hambre… y soy pésimo cocinando.
A Estefany se le ocurrió una idea. Corrieron hasta la sección de cocina.
—Si el libro no tiene portada y trata sobre remedios naturales, tal vez lo pusieron aquí por error.
—Esa idea es extraña… pero podría funcionar.
Primero buscaron los libros rojos, luego los morados, y así sucesivamente. Solo quedaron 50 por revisar. Mientras lo hacían, volvió el silencio.
—Y dime… ¿cuál es la medicina que quieres que prepare para ti?
—He visto cómo los niños mueren al tomar veneno de ratas. Se retuercen y tosen. Yo quiero un veneno indoloro.
Un silencio más denso los envolvió. El niño sintió que ella era demasiado buena como para matar a alguien, y trató de entender.
—Si me dices exactamente qué buscas en ese libro, yo te diré para qué quiero el veneno.
Ambos guardaron silencio y siguieron buscando. Estefany se detuvo al tocar un libro frío, lo abrió y encontró los símbolos entrelazados.
—¿Este es ?—dijo, entregándolo al niño.
Él lo abrió, lo ojeó, y al ver la primera página lo cerró de golpe.
—¡Este es!
Saltó y rió de felicidad. Abrazó a Estefany. Ambos se sonrojaron y se soltaron.
El niño buscó en su maleta el encargo de Estefany y, antes de entregárselo, dijo:
—¿Estás segura de esto? Tal vez no debería hacerlo…
Con ojos llorosos y voz cortada, ella gritó:
—¡Si eres un hombre de honor, debes cumplir tus promesas!
Él asintió y se lo entregó.
—Me gustó conocerte, buscadora de la verdad.
Estefany se sentó en el suelo con el frasco en la mano.
—De donde vengo no es diferente del mundo de afuera. Niños solos vagan por las calles. Ya no hay amor para gente como nosotros… y yo ya me cansé de buscar.
A la distancia, el niño caminaba con el libro en la mano. Se cruzó con el militar, que lo saludó desganado.
—Hola, señor. Adiós, señor.
—Adiós…
El hombre, cabizbajo, notó el libro en la mochila del niño. Lo tomó del tirante y le dijo:
—Qué lindo libro llevas… Si me lo das, te daré un caramelo.
—Lo siento, es mío. Tal vez encuentres otro ejemplar. Están en…
El hombre perdió la paciencia y le gritó:
—¿Crees que puedes engañarme? ¡Ese libro es único! ¡Dámelo! ¡No sabes con quién te estás metiendo ni la importancia de lo que llevas!
—Sí lo sé. Y por eso, alguien como tú no lo merece más que yo.
El niño le dio una patada en la entrepierna y salió corriendo. El hombre, desde el suelo, lanzó un frasco parecido a los del niño. Al impactar con las estanterías, estas se astillaron y empezaron a brotar tallos rápidamente. Hojas verdes y flores crecían sin control. Una de las ramas derramó el veneno que Estefany estaba a punto de beber. Ella se dio cuenta del entorno: parecía un bosque. El niño corría entre las hojas hasta que las ramas le bloquearon el paso. Sacó una poción, la bebió y saltó sobre las estanterías convertidas en árboles. Desde allí, contempló el bosque de libros recién nacidos.
Al aterrizar, se topó con el hombre, que abrió su gabardina y mostró muchos frascos como amenaza. El niño dejó su mochila en el suelo, relajó los hombros y dijo:
—Mi tren sale a las 8. Tengo una hora para desayunar… y quizá dos minutos para ti. Así que, apresúrate.
El militar lanzó más frascos a su alrededor. Las ramas brotaron rápidamente, casi envolviendo al niño. Aún bajo los efectos del brebaje naranja que había tomado, el niño volvió a saltar, librándose de las ramas. Estefany escaló entre los tallos hasta llegar a la cima. Desde allí, observó al niño saltando por los aires, esquivando ramas que brotaban de la nada. En ese instante.
—¿¡Estás demente!? ¿Cómo puedes usar nuestras habilidades frente a una ORDINARIA? —exclamó el militar, preocupado al notar que había un testigo.
Indignado, el niño respondió:
—¿Lo dice el que convirtió la biblioteca en un bosque?
—Te equivocas. Para los demás ordinarios, fue un terrible accidente. La biblioteca entera quedó destruida. Así que decide, mocoso: ¿te quedarás cuando todo se derrumbe o me entregarás el libro?
Estefany se quedó en silencio. No entendía qué estaba pasando. El niño se acercó a su maleta para enfrentarse al militar.
—Elegiste a la persona equivocada, amigo, porque yo tengo a...
Extendió la mano sin volverse, pero no logró alcanzar su maleta. Al girarse, solo vio a su rana regordeta. Observó con asombro.
—¿Qué le pasó a mi maleta?
—No sé cómo, pero la rana se la comió —respondió Estefany.
El niño le estrujó las mejillas a la rana.
—¡Otra vez no, rana glotona!
El militar, impaciente, sacó de su bolsillo una caja de madera con agujeros y la abrió. En ese instante, algo se abalanzó hacia el niño y Estefany. Tomó a la rana y a Estefany y saltó para evitar el impacto. Cuando volvieron al suelo, Estefany se frotó los ojos. No podía creer lo que veía: una ardilla del tamaño de un elefante, con dos colas, pequeños cuernos en su cabeza, y lo más destacable, era gigantesca.
El militar se paró sobre ella y la acarició.
—La ardilla rabiosa de Tasmania, una de las más pequeñas y habilidosas de su especie —dijo con orgullo.
El niño, en lugar de sorprenderse como Estefany, se rió.
—¿Vas a arrebatarme el libro con eso?
El soldado lo ignoró y se montó en su ardilla, que con agilidad subió al techo del edificio y se colgó del lujoso candelabro. Estefany observaba desde abajo mientras le preguntaba al niño:
—¿Qué planea hacer y de dónde salió esa ardilla ?
Al ver que el niño ya estaba corriendo en dirección contraria con la rana en brazos, lo siguió para no quedarse sola. En el techo, contemplando la hermosa vista y al libro junto con el niño el militar dijo:
— Todo sea por usted, AMA , me dijo que fuera discreto pero no creo que se pueda .
Sacó un frasco con un líquido marrón y lo dejó caer durante el largo recorrido al suelo. El niño, estrujando a la rana, le dijo:
—Devuélveme mi maleta o no saldrá nadie de aquí.
Al observar el frasco que caía, suplicó:
—No me devuelvas la mochila, pero al menos dame a la serpiente emplumada, por favor.
La rana abrió la boca, revelando unos dientes afilados. El niño metió la mano y la rana lo mordisqueó. Agitó la mano, adolorido. Mientras tanto, Estefany, a su lado, observaba cómo el líquido marrón se derramaba en el suelo. Como consecuencia, la biblioteca entera comenzó a temblar, como si se tratara de un terremoto.
El militar se abalanzó contra ellos, llevándose el suelo y las paredes. En un instante, el bosque y la estructura entera se vinieron abajo. Sobre todo el caos, la ardilla planeaba por encima del aire, mientras el amanecer iluminaba los escombros.
—Bueno, no pude ser discreto, AMA, pero al menos ya tengo asegurado el libro en sus bellas manos —dijo el militar, interrumpido por una sombra aún más grande.
Una pitón blanca con plumas verdes esmeralda observaba ansiosa a la ardilla en el aire. Encima de la serpiente, el niño sonreía con arrogancia. Estefany, agarrada con dificultad a una de las plumas, se estremecía.
El militar, aterrado, intentó escapar, pero la serpiente lo alcanzó y engulló a la ardilla con un crujido de huesos. Estefany gritó al darse cuenta de que estaba a más de nueve pisos de altura.
—¿De dónde salió esta cosa?
—Perdona. Te presento a Talkie. Es una amiga muy glotona y malhumorada —dijo el niño con una sonrisa.
La serpiente le devolvió la mirada, lo que asustó a Estefany. Esta se soltó y cayó al vacío. Mientras descendía, gritó:
—¡Ayúdame! ¡Perdón por lo que dije antes!
El niño saltó tras ella. Antes de que se estrellara contra el suelo, Talkie la atrapó entre sus suaves plumajes. Estefany la abrazó con gratitud.
—Yo te iba a dejar caer, pero ella no me lo permitió. Agradécele a ella —comentó el niño.
Al bajar al suelo, la serpiente abrió la boca, dejando ver el cadáver del militar aplastado por la fuerza de la serpiente.
—Es mi culpa por no alimentarte antes —dijo el niño, interrumpido por una mosca de ojos azules que salió del oído del cadáver de guardia .
La mosca comenzó a toser y a hablar:
—Maldito tramposo... La pitón albina está casi extinta. ¿Cómo la conseguiste?
Estefany se sorprendió al ver una mosca hablando, pero con todo lo que había vivido, ya nada le parecía raro. El niño tomó la mosca entre los dedos.
—Creo que ese es el menor de tus problemas. Te advertí que no te entregaría el libro, quién eres y cómo sabías del libro.
— Soy Ulrix y no me avergüenza haber perdido contra un pocionista tan habilidoso —respondió la mosca .
El niño se impactó al escuchar ese término. Le hizo una señal a su rana, que se lamió los labios.
—Ya me cansé de ti. Come caca.
Aproximó su mano a la boca de la rana mientras la mosca intentaba liberarse. En ese momento, unas patrullas comenzaron a llegar por el colapso de la biblioteca. La rana y el niño se miraron con susto.
—¡Es la policía!
La mosca, aprovechando la distracción, se liberó y salió volando, esquivando los lengüetazos de la rana. El niño subió a la serpiente con su rana.
—Bueno, hasta aquí llega nuestra aventura. Te recomiendo que te vayas o te culparán de todo esto. ¡Adiós!
—¡Espera! —gritó Estefany.
El niño se elevaba rápidamente, pero Estefany se aferró a las plumas de Talkie con dificultad. La policía los seguía con la mirada. El niño descendió a un callejón cercano a la estación de tren. Estefany bajó, agitada, mientras veía cómo la serpiente volvía a la diminuta caja de madera, que la rana se comió con gusto.
El niño tomó a su rana gorda y se dirigió a la estación. Estefany lo siguió, interesada.
—¿Cómo fue que todo esto pasó?
—Lo mejor para ti es olvidar lo que viste y seguir con tu vida. Hasta aquí nos vemos.
—¡Pero no puedo volver! —exclamó la niña.
—No es mi problema, niña. Lo siento.
Las patrullas se acercaban, así que el niño apuró el paso.
—No entiendes, soy huérfana. No tengo familia. Y mi orfanato es el mismísimo infierno , si no te golpea la instructora te golpean las demás niñas por sobresalir.
—¿Y qué puedo hacer yo? Consigue unos padres y vete.
—Ya sé... ¡Llévame contigo!
—¿Qué? Pero ni siquiera sabes a dónde voy.
—¡No importa! Cualquier lugar es mejor que aquí.
El tren estaba por partir. El niño le dio unas palmaditas en la espalda.
—Lo siento, mi vocación no es para gente como tú.
Estefany vio cómo se alejaba, pero su terquedad la hizo lanzarse y aferrarse al pie del muchacho.
—¡¿Qué haces?! ¡Tengo que irme ya! ¿¡No lo ves!? ¡Déjame!
—Por favor, llévame contigo. Hay muchas cosas del mundo que no veré si no me voy. Vivir aquí es lo mismo que estar muerta.
—No es mi problema.
Se acercaban a la puerta del tren. Estefany gritó:
—¡También quiero saber qué contiene ese libro y porque puedes hacer todas esas cosas geniales !
—¡CALLATE! ¡No hagas tanto escándalo !
El niño le tapó la boca.
—¡Qué niña tan ruidosa! Ya cállate si no quieres que te...
Fue interrumpido por el pitido final del tren. Los guardias se acercaban por el alboroto.
—Bien. Si vas a venir conmigo, tiene que ser ahora.
—¡SÍ!
La niña lo abrazó y lo empujó al interior del tren justo antes de que las puertas se cerraran.
—Gracias, acabas de salvarme. Nunca me alejaré de ti —dijo, frotando su mejilla con la suya.
—Sí... qué alegría —respondió el niño, haciendo una mueca.
El tren se alejó de la estación dejando atrás a las autoridades , ambos se sentaron y debido a que no habían dormido en toda la noche, se durmieron recargados entre sí, el tren con alta velocidad se dirijo rumbo a una nueva aurora.