Celeste en la Sombra del Deseo y la Posesión

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

En la cúspide de su carrera, Celeste recibe a Esteban, su nuevo jefe, un hombre con quien el pasado podría haber sido intenso... pero ella no recuerda nada de él. La oficina se transforma en un tablero de poder, deseo y secretos que vuelan por entre las paredes. Savannah teje su juego desde la sombra, obsesionada y peligrosa, mientras Cristian vigila con la lealtad de un amigo. A medida que recuerdos fragmentados empiezan a asomar, Celeste debe decidir si el futuro que imagina vale el costo de descubrir la verdad sobre un pasado que no recuerda.

Genero:
Erotica/Romance
Autor/a:
Sandra
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Un reencuentro entre sombras y deseo

El viento soplaba suavemente, moviendo las hojas del gran árbol frondoso, Allí, bajo su sombra, se entraba una joven tan hermosa como los rayos de sol que entraba entre las ramas. Su piel, era pálida como el mármol, contrastaba con ojos color miel pero que, al mirarlos irradiaba una ternura capaz de desarmar a cualquiera.

Su boca, de un rojo intenso y provocativo, parecía suplicar un beso. Su cabello, negro como el misterio de la noche sin luna, caía en ondas sedosas sobre sus hombros, enmarcando un rostro de belleza casi irreal. Y ni hablar de su cuerpo... Tiene la figura perfecta, tan curvilínea y armoniosa como un violín, de esos que, al sonar, arrastran sin remedio a otro mundo.

—Esa que está sentada ahí es Celeste —dijo un hombre de porte varonil, con cabello negro y espeso que contrastaba con su piel clara. Sus labios, bien definidos, parecían esbozar una sonrisa apenas perceptible, pero lo que realmente atrapa son sus ojos oscuros, cargados de un fuego silencioso, algo que no podías descifrar.

Mientras era observada desde la distancia por este misterioso hombre, celestre estaba perdida en sus pensamientos. Había algo en ese lugar que la llenaba de nostalgia, como si su niñez estuviera entrelazada con cada hoja que caía lentamente a su alrededor.

De repente, sintió una presencia su lado. Cuando giro ligeramente la cabeza, el sobresalto le sacudió el cuerpo. Un hombre con una presencia imponente, estaba peligrosamente cerca.

—No quería interrumpir – dijo el, su voz era profunda y envolvente, como un roce en la piel —. Pero este también es mi lugar favorito.

Celestre lo miro, con cierta sorpresa. Había algo en el que le resultaba ... inquietamente familiar. Como una melodía olvidada que de pronto reconoces, pero no sabes de dónde.

—No te preocupes — respondió, regalándole una leve sonrisa mientras se incorporaba con elegancia—. Ya me iba, decía mientras se sacudía sus piernas.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él, antes de que pudiera alejarse.

—Celeste —respondió ella sin pensarlo demasiado—. ¿Y tú?

Él se tomó un segundo, disfrutando el modo en que su nombre danzaba en los labios de ella, antes de decir:

—Esteban.

Celeste asintió ligeramente y se despidió con una sonrisa cortes. Cuando paso junto a él, algo cambio. El aroma masculino de Esteban — una mezcla sutil de madera y especias —la envolvió por un instante. Su piel se erizo, como tocada por una corriente invisible, y un calor inesperado le broto en el vientre, haciéndola morderse el labio inferior, sin poder evitarlo.

Esteban la siguió con la mirada, deteniéndose descaradamente en el movimiento hipnótico de sus caderas al alejarse. Entonces, murmuró con una promesa cargada de deseo:

—Voy a hacer que me recuerdes... Nunca te he olvidado. Y esta vez, Celeste... no te dejaré escapar.

Después de aquel encuentro, Celeste no era dueña de sus pensamientos. Sentada en su puesto dentro la oficina, con los papeles desordenados frente a ella, insignificante ante el verdadero torbellino que la arrastraba por dentro. Sin poder evitarlo, su boca dejo escapar un suspiro cargado de deseo...—Esteban... —murmuró, apenas audible, como si nombrarlo fuera encender de nuevo el fuego que latía bajo su piel.

Su respiración entrecortada. Cada pensamiento hacia él encendía una chispa dentro de su pecho, una llama traviesa que se extendía por todo su cuerpo.

Intentando recobrar el control, se dio unas palmadas suaves en ambas mejillas mientras murmuraba para si misma:

—¡Celeste, despierta! —se reprendió, apretándose el rostro con ambas manos—. Deja de fantasear con un desconocido y ponte a trabajar. Hoy tienes que entregar el proyecto Luna... y ni siquiera has terminado los planos.

Resopló frustrada.—Estos pensamientos no van a conseguir que gane el premio a la mejor construcción arquitectónica —agregó en voz baja, mientras trataba de enfocarse.

Sin embargo, mientras ella intentaba en vano ordenar sus ideas, alguien la observaba a distancia. Una mujer, con mirada intensa, clavaba los ojos en Celeste, mordiéndose apenas el labio con una mezcla de deseo y enojo.

—Ay, Celeste... —susurró para sí misma—. ¿Cuándo vas a dejar de comportarte como una niña tonta y vas a empezar a actuar como una mujer de verdad?

—No haces más que sonreírle a todo el mundo, buscando caerle bien a cualquiera... Pero la única que debería importarte, la única a la que deberías dejar entrar en tu vida... soy yo Savannah.

Sus uñas acariciaron lentamente el borde de su escritorio, como si en su mente ya acariciara otra cosa...—Soy yo quien te ha cuidado... Soy yo quien ha mantenido lejos a todos esos hombres que solo te desean por lo que ven.

Savannah apretó los puños, decidida: esta vez no dejaría que Celeste se alejara tan fácilmente, mientras la contemplaba con una mezcla peligrosa de ternura y posesión.

La jornada llegaba a su fin y el bullicio habitual en la oficina comenzaba a apagarse, como un río que lentamente encuentra su cauce. El aire olía a café tibio, carpetas olvidadas y cansancio.

Fue entonces cuando los jefes se abrieron paso entre los escritorios, provocando un silencio inmediato: venían con un anuncio importante.

—Queremos informarles —dijo uno de los CEO con voz solemne— que a partir de mañana se incorporará un nuevo subgerente a nuestro equipo.—Es alguien que ha trabajado en proyectos internacionales y traerá ideas frescas para fortalecer nuestro departamento de arquitectura —añadió el otro CEO, mirando a todos por encima de sus gafas.

La noticia corrió como pólvora. De inmediato, comenzaron los murmullos, los codazos y las miradas cómplices.

—Seguro es hijo de uno de los accionistas —susurró una empleada, haciéndose la concentrada en su pantalla.—Claro, lo colocaron para que “aprenda”. ¡Apuesto que no sabe ni cómo abrir un plano! —agregó otro entre risitas.

Los rumores crecían como una marea difícil de contener. Celeste, sentada junto a la ventana, escuchaba las voces incrédulas sin prestarles verdadera atención. Conocía muy bien lo que era empezar desde abajo, luchar contra prejuicios.

Con una sonrisa leve, se giró hacia sus compañeros y en voz baja, pero firme, dijo:

—Dejen de especular. No sabemos si esos rumores son ciertos. —Sus ojos miel reflejaban una chispa de carácter—. Todos empezamos alguna vez sin saber nada, ¿o no? Sea por contactos o por esfuerzo propio, lo importante es el trabajo que hacemos día a día. Hay que apoyarnos, no juzgar.

Lo que Celeste no sabía era que, a unos metros de distancia, alguien la escuchaba. Unos ojos oscuros, ocultos tras una de las columnas de cristal, la observaban con atención. Era Esteban. Invisible para el resto, disfrutaba en silencio cada palabra suya, como quien encuentra una joya inesperada en medio del ruido.

De pronto, el CEO, carraspeando con gesto divertido, dijo en voz alta:

—Y ya que veo que les gusta tanto el chisme... —pausó teatralmente—. Esta noche se quedarán una hora más trabajando.Las caras de disgusto se multiplicaron en un segundo.—Además —añadió, en tono casi burlón—, todavía hay proyectos finales que no han entregado.

El murmullo murió en el acto. La oficina volvió al silencio, rota solo por el sonido de teclas apresuradas y respiraciones resignadas, mientras un misterioso nuevo jugador esperaba, en las sombras, su momento para entrar en escena.

Mientras todos terminaban sus actividades, Celeste se apresuraba a terminar el avance de su proyecto. Estaba agotada y pensaba para sí misma: "Estoy tan cansada... Quisiera volver a casa ya, pero no termino más...”Giró un poco la cabeza hacia el reloj y murmuró fastidiada:—¡Son las 9:00 p.m. y todavía seguimos aquí!

Suspiró pesadamente mientras se desordenaba el cabello con ambas manos en gesto de frustración. Una compañera Kimberly soltó una carcajada:

—¿Qué haces? ¿Te volviste loca o qué? ¡Pareces un perrito callejero sacudiéndose el agua! —dijo entre risas, viendo cómo Celeste alborotaba su cabello.

Celeste la miró con ojos vidriosos, como si fuera a llorar, y protestó:—¡No ves la hora que es! ¡Tengo hambre!

Kimberly se reía mientras escuchaba cómo el estómago de Celeste gruñía sin piedad.—¡Eres única, Celeste! —le dijo acariciándole el cabello todo enredado— Siempre me haces reír.

En ese momento, David, otro compañero, se acercó compartiéndole unos dulces:—Toma, para que no te nos desmayes de hambre.

Celeste lo miró con gesto dramático y dijo amenazante:—¿Sabes qué? ¡Te voy a morder!

David retrocedió de inmediato, levantando ambas manos en señal de rendición:—¡No, no, por favor! ¿Por qué querrías hacerme tanto daño?

Ella soltó una risita y refunfuñó:—¡Vienes a burlarte cuando estoy muriendo de hambre!

David se acercó y, divertido, le pellizcó la mejilla:—Mi querida Celeste, solo jugaba contigo, tontita.

Mientras toda esta escena ocurría, Esteban, desde el fondo de la oficina, los observaba en silencio.Y cuando vio a David tocar la cara de Celeste, una chispa de molestia se encendió en su interior, como un lobo celoso acechando en la sombra.

Después de tanto trabajo, uno a uno fue abandonando la oficina.David se ofreció a esperar a Celeste, pero ella sonrió y le dijo:

—¡Vives mucho más lejos que yo! Recuerda que me mudé hace poco y ahora estoy a solo tres cuadras del trabajo.

David le hizo un saludo militar exagerado: —¡Sí, mi general! ¡Entonces me retiro!

Celeste rió y le gritó mientras se alejaba:—¡Ay, David, no cambies nunca!

Más cerca de las 11:00 p.m.

Finalmente, Celeste cerró su laptop y se dispuso a marcharse. Se sentía abrumada y exhausta, pensando: “Gracias al cielo, mañana es viernes...”

Se dirigió al ascensor. El pasillo estaba en penumbras, todo en silencio. Mientras esperaba, un aroma masculino, fuerte y embriagador, le acarició los sentidos. Volteó la cabeza ligeramente...Y allí estaba Esteban.

Se sobresaltó y retrocedió casi dos metros, con una mezcla de sorpresa y nerviosismo.

—Eeesssteban... —balbuceó.

Él sonrió levemente, esa sonrisa torcida que parecía peligrosa y encantadora a la vez:—Sí, ese mismo soy yo... Veo que no has olvidado mi nombre.

Ella, completamente sonrojada, giró la cabeza a medio lado, jugueteando con su cabello nerviosamente: —No es eso... es que tienes el mismo nombre que un vecino mío...

En ese momento, llegó el ascensor. Esteban, con una ceja alzada, preguntó:

—¿No vas a subir? Pronto apagarán las luces... y podríamos quedar completamente a oscuras.

Celeste, con el corazón a mil, dudó un segundo, pero terminó entrando. Esteban la siguió en silencio.

Dentro del ascensor, mientras comenzaban a descender del piso 20, Celeste no pudo evitar mirarlo de reojo.

“En verdad es alto...” pensó. “Tiene un porte increíble...”El traje negro perfectamente entallado, la camisa blanca ligeramente desabotonada en el cuello, el saco oscuro que le caía impecable sobre los hombros anchos... y ese maletín negro en la mano, que lo hacía ver aún más ejecutivo, más prohibido, más deseable.

“¡Qué sexy se ve así...!“, pensó Celeste, mordiéndose discretamente el labio. Pero de repente, cayó en cuenta:“¿Qué hace aquí? ¿Trabajará en este edificio? ¿Me siguió?”

Mientras ella batallaba con sus pensamientos y hacía gestos graciosos, Esteban la observaba divertido. No pudo evitar que se le escapara una pequeña risa.

Celeste lo notó de inmediato: —¿Te parezco graciosa? ¿O acaso un payaso?

Esteban, en vez de responder con palabras, comenzó a acercarse. Poco a poco, como un depredador acechando a su presa, la fue acorralando contra la pared metálica del ascensor.

Su voz sonó grave, intensa: —No... No pareces tonta, ni payasa... Me pareces tierna... terriblemente tierna.

Celeste, con las mejillas cada vez más rojas, puso ambas manos en su pecho, tratando de frenarlo.

Sintió su musculatura firme bajo sus palmas y su mente divagó: “¡Oh, tiene unos pectorales de piedra!”

Sacudió la cabeza, como si quisiera despejar pensamientos prohibidos, y susurró:

—Aquí hay cámaras... Por favor, aléjate...

Esteban sonrió con malicia: —Precisamente en este ascensor... no funcionan las cámaras.

El corazón de Celeste martilleaba desbocado. Esteban se inclinó hacia su cuello y aspiró profundamente.

—Hueles... a rosas rojas... mezcladas con miel —susurró, su aliento cálido acariciando su piel.

Ella tartamudeó, casi sin voz: —De... debe ser mi perfume... pero... por favor...

Él no se apartó. Con voz ronca, preguntó:

—¿Y qué pasa si no lo hago?

Celeste, temblando como una hoja, replicó: —¡Gritaré!

Él la miró, sonriendo de medio lado: —¿Segura que apenas nos conocimos hoy...? Mira cómo tu cuerpo me responde...Tus mejillas arden, tus pechos se endurecen... tu piel suda y estas temblando por mí. Me deseas, Celeste... y yo a ti.

Mientras seguían bajando lentamente hacia el primer piso, Esteban soltó su maletín, dejándolo caer con un golpe sordo. La tomó firmemente de la cintura, acercándola más a su cuerpo.

Su rostro se deslizó hacia el cuello de Celeste, quien cerró los ojos, perdida en la sensación. Con una mano, Esteban recorrió lentamente su pierna, subiendo por debajo de su falda larga, acariciando su piel caliente hasta llegar a su cintura, apretándola suavemente contra él.

Celeste apenas podía respirar. El deseo la invadía por completo.

Cada roce, cada suspiro, hacía que el espacio entre ambos se incendiara.

Cuando sus labios casi se tocaron, Esteban, en un acto de contención feroz, no la besó. En cambio, con su pulgar, rozó suavemente su boca temblorosa y le susurró al oído:

—Recuerda esta sensación... y no la olvides...

¡Ding! El ascensor llegó al primer piso.

La puerta se abrió, y Celeste, como si despertara de un trance, salió corriendo con las piernas temblorosas, el aliento agitado, y el corazón desbocado.

Apoyada contra la pared del edificio, jadeando, se preguntaba:

“¿Qué demonios acaba de pasar...? ¿Por qué deseaba tanto que siguiera...?”

Detrás de ella, Esteban recogió su maletín, observándola escapar.

Con una sonrisa melancólica, miró su propia mano...“No me rechazó...” pensó. Y en silencio, vio cómo la figura de Celeste desaparecía en la noche.