Capítulo 1
Sujeto la caja de pañuelos que se encuentra sobre la mesa de mármol caoba y extiendo mi mano hacia ella. Transcurren algunos segundos antes de que la tome y seque las lágrimas debajo de sus ojos con el cuidado suficiente para no arruinar su maquillaje. La observo en silencio, con la mirada tranquila y contenedora que necesita; sin apresurar sus tiempos y permitiéndole contactar con los pensamientos que pueden estar nublando su interior. He mirado el reloj con disimulo y faltan unos pocos minutos para el final de nuestra sesión, aun así, me quedaré el tiempo necesario si ella lo requiere.
-Supongo que tendré que superarlo…- dice finalmente. Le devuelvo una tenue sonrisa de aliento.
-Hay movimientos que resultan necesarios para poder sanar y avanzar en la vida- le explico.
-Muchas gracias, Dra. Moreau-
-Te espero la próxima semana- finalizo y acto seguido, la acompaño hasta la puerta del consultorio. Clara, la recepcionista, se ocupará de realizar las gestiones pertinentes para la próxima sesión ya que se encarga de manejar la agenda de toda la clínica.
Cierro la puerta y suelto un pesado suspiro. Mi día ha finalizado. Desde el ventanal se puede observar un cielo rosáceo y nubarrones grises que oscurecen el paisaje. Estamos a mediados de agosto y los días son más cortos, así como el frío más intenso. El consultorio se encuentra iluminado por dos lámparas tenues; intento no encender la luz general pues me parece que no acompaña al ambiente de calma e intimidad para los pacientes. El lugar es cálido, pequeño y confortable. Cuenta con un escritorio donde tengo documentos, mi laptop, bolígrafos y otros materiales que puedo necesitar. Junto al ventanal se encuentra un cómodo sofá de dos cuerpos y uno más pequeño que suelo utilizar durante las sesiones. Algunos cuadros y adornos, entre los cuales se tengo un reloj de arena que tanto me gusta, pero a veces suele incomodar a mis pacientes, así como un librero con volúmenes académicos sobre psicología, sexualidad y neuropsicología, junto con algunas novelas clásicas cuidadosamente dispuestas.
En la Clínica Lys, el consultorio solo es utilizado por mí así que puedo darme el lujo de colocar artículos personales. Hay otros colegas que cuentan con espacio personal y otros tantos que rotan de acuerdo con horarios y turnos. La clínica es conocida entre la élite local por su confidencialidad estricta. Pacientes como empresarios, políticos y artistas acuden allí precisamente por la seguridad que ofrece. Situada en el último piso de un edificio antiguo restaurado, en una zona exclusiva de la ciudad. El acceso es discreto: una entrada lateral con portero privado, ascensor directo y un sistema de citas estrictamente por agenda. Hace siete años que trabajo allí y cada tarde cuento con el mismo ritual: luego de finalizar mi jornada, me quito los zapatos, me tiro en el sofá y cierro los ojos durante algunos minutos para poder volver a contactar con mi vida fuera del rol como terapeuta.
Tomo el móvil que se encuentra en la mesa, el personal, ya que cuento con dos para poder separar mi vida privada del trabajo con los pacientes. Tengo varios mensajes sin leer. Es habitual que me tome más del tiempo necesario para responderlos a pesar de las quejas que recibo al respecto. En mi trabajo el perfeccionismo y la profesionalidad suelen ser centrales, así que cuando salgo de allí me permito darme el lujo de ser alguien menos estructurada. Abro la ventana en la que se encuentra el chat con Samantha, una de mis mejores amigas y sonrío al leer su malestar:
“¿Estás viva? ¿Cuándo terminas? Recuerda que hoy tenemos noche de tragos.”
Sé que detesta cuando no me reporto por varios días, pero cuando nos vemos todo fluye con completa naturalidad. Nos conocemos demasiado bien como para saber que, si alguna de las dos se enfada, tendrá un doble trabajo por hacer. Ella trabaja medio tiempo en una Clínica Veterinaria y tiene una pequeña galería de arte donde expone de vez en cuando. Siempre le he dicho que es demasiado buena como para permanecer en la oscuridad, pero me devuelve que por ahora es así como se siente a gusto. Respondo:
“Pasaré por casa a bañarme y nos vemos a las 21:00.”
Acto seguido, me coloco el abrigo y salgo del edificio retornando a mi vida real. Agradezco que sea viernes pues la semana se ha presentado bastante agitada. Suelo ser bastante autoexigente como para que nada quede hecho a medias, así que cada minuto de mi día laboral cuenta para lograrlo. La eficiencia es una de las características que me ha posicionado en el lugar en el que estoy y pretendo que así continúe. Ni bien me gradué supe que quería dedicarme a abordar aquellos aspectos del ser humano más complejos, donde entra en juego la sexualidad, pero también las vivencias ligadas a ello. Así que, tras estudios, formaciones y mucha dedicación, me habían contratado en una de las clínicas más prestigiosas del país donde he aprendido a ganar mi lugar y el respeto del resto de mis colegas. Así que, a mis 29 años, me siento estable y afianzada en el plano laboral y profesional. Aunque en este último siempre me gusta proyectarme en constante avance, por lo que cada tanto me centro en los estudios, actualizaciones y también en la investigación, que es algo que me apasiona.
Conduzco hasta la zona norte de la ciudad, donde se encuentra mi apartamento. Vivo sola desde el momento en el que finalicé mis estudios y no cambiaría por nada la independencia que eso me brinda. Se trata de un sitio moderno, pequeño y acogedor. Todo lo que necesito para sentirme cómoda y a gusto.
Mi casa siempre huele a sándalo. Me recuerda a la casa de mi abuela durante mi infancia, así que he utilizado ese aroma en cada espacio que adopto como personal para recordarme que me encuentro simbólicamente acompañada y en un entorno seguro. Dejo mi bolso sobre la mesa y me doy una larga y renovadora ducha de agua caliente. Estoy a punto de decirle a Samantha que salgamos otro día o que cambiemos de planes y nos quedemos viendo alguna película, pero sé que la rubia se molestará mucho pues quiere socializar, conocer nuevas personas y que dejemos de comportarnos como “si la vida se nos hubiese terminado”. Lo cierto es que ha dejado con su novio hace medio año y desde ese momento se propuso recuperar el tiempo perdido. Así que a veces la acompaño y otras tantas intento que se ajuste a los planes que puedo llegar a disfrutar más, aunque a ella le parezcan aburridos.
Miro mi armario y suelto un suspiro pensando en qué ponerme. Suelo vestir formal pero bastante casual. No soy el tipo de mujeres elegantes que puedo recibir en el consultorio sino más bien del tipo al que le gusta verse bien pero también sentirse a gusto. Tampoco necesito ir de tal o cual manera para demostrar lo que soy capaz de hacer en mi desempeño laboral y la mayoría de las personas a mi alrededor lo saben. Elijo unos jeans grises y una blusa negra que coloco por dentro de los mismos junto a tacones oscuros. Siempre he sido bastante delgada por lo que muchas veces siento que toda la ropa me hace ver de la misma manera, aunque generalmente suelo sentirme bastante bien con mi físico. Acomodo mi cabello castaño dejando que cuelgue libremente llegando a mis omóplatos y le doy un poco de forma con las manos de modo que algunas ondas aparecen en él. Aplico algo de maquillaje, pero solo el justo y necesario. No me agrada que mi piel se encuentre repleta de productos químicos así que algo de base, delineador bajo mis ojos café, rímel y labial rosa pálido pues mis labios son gruesos y de esa forma no me sentiré sobrecargada con color.
Aún me quedan unos minutos antes de salir de casa, así que enciendo mi ordenador para terminar de guardar los informes del día dentro de la carpeta para enviarlos el lunes a la Dirección de la Clínica. Recibo una notificación de correo que captura mi atención pues no proviene de ningún remitente conocido así que tomo asiento y lo abro:
Asunto: Propuesta Confidencial de Colaboración Profesional
De: Recursos Humanos – Consorcio Privado de Bienestar
Para: Dra. Isabella Moreau
Fecha: 12/8/2025
Estimada Dra. Moreau:
Nos dirigimos a usted en calidad de representante del Consorcio Privado de Bienestar, una entidad dedicada a preservar y optimizar la salud integral, física, emocional y mental, de una membresía selecta.
Su trayectoria profesional y la reputación que ha cultivado en el ámbito de la psicología clínica nos han sido altamente recomendadas. Tras una exhaustiva revisión de perfiles, hemos identificado en usted las cualidades y la experiencia necesarias para cubrir un puesto de consultoría confidencial en una de nuestras sedes más exclusivas.
El cargo implica la evaluación y seguimiento del bienestar psicológico de un reducido grupo de miembros. Debido a la naturaleza de la posición y de la organización, la información específica sobre la misma solo podrá ser compartida en una reunión personal, previa firma de un acuerdo de confidencialidad.
Estamos en condiciones de ofrecer una retribución significativamente superior a la media del sector, así como condiciones de trabajo excepcionales.
Si esta oportunidad resulta de su interés, le solicitamos responder a este correo para coordinar una entrevista inicial en nuestras oficinas privadas.
Nota: Por la sensibilidad de la información, este mensaje y sus anexos están sujetos a cláusulas de confidencialidad y no deberán ser divulgados a terceros bajo ninguna circunstancia.
Atentamente,
Arthur Devereaux
Presidente
Consorcio Privado de Bienestar
Me quedo viendo la pantalla con completa confusión. Releo el mensaje una vez más y pienso de qué lugares me han contactado durante el último tiempo para poder asociar la información, pero no parece ser alguno de esos. Me han propuesto proyectos laborales con puestos sociales, o incluso privados, pero en clínicas que generalmente son de conocimiento público. Así que la confidencialidad mencionada, así como la escasa información hacen que mi curiosidad se active. Me encuentro muy bien en mi trabajo actual pero lo cierto es que no vendría anda mal aumentar los ingresos. Después de todo soy una trabajadora de clase media que paga sus cuentas y tiene algunos ahorros que le permiten subsistir o realizar algún que otro viaje cada tanto. No pierdo nada con escuchar la propuesta.
Envío un mail de respuesta y dejo allí mi disponibilidad durante la semana para poder coordinar. No transcurre demasiado tiempo hasta que recibo nuevamente una respuesta.
Asunto: Confirmación de Entrevista – Carácter Urgente
De: Recursos Humanos – Consorcio Privado de Bienestar
Para: Dra. Isabella Moreau
Fecha: 12/8/2025
Estimada Dra. Moreau:
Agradecemos su pronta respuesta y su interés en nuestra propuesta.
Debido a la naturaleza prioritaria de la vacante y a la agenda de nuestra Junta Directiva, le solicitamos, de ser posible, adelantar la entrevista para mañana sábado, en horario de la mañana.
Entendemos que la solicitud es inusual, pero consideramos que su perfil encaja de manera excepcional con las necesidades actuales de nuestra organización, por lo que valoramos mucho su disponibilidad inmediata.
La reunión se llevará a cabo en nuestras oficinas privadas, ubicadas en: Paseo D’Argento 2200, Suite 9B – Centro Empresarial Altamira, en un espacio reservado para garantizar la máxima discreción. Nuestro equipo de recepción estará informado de su llegada.
Por favor, confirme a la brevedad si es posible para usted asistir en este nuevo horario.
Atentamente,
Arthur Devereaux
Presidente
Consorcio Privado de Bienestar
Se me hace bastante extraño todo, sin embargo, decido confirmar mi asistencia. ¿Qué empresa contrata un día de fin de semana? Más aún, ¿Por qué alguien en la noche se encuentra enviando mails con propuestas laborales confidenciales? Algo en mi interior se agita con incomodidad. No tengo idea qué puedo esperarme y por un instante me pregunto si será seguro asistir. Pero ya es hora de marcharme o mi amiga terminará por mostrarme que la amenaza real es ella. Así que confirmo y salgo hacia el pub en el que quedamos.
Un taxi me deja en la puerta del lugar pues si voy a beber algún trago lo mejor será que no conduzca. Sam me saluda con entusiasmo desde una de las mesas junto a la barra. A pesar del frío, lleva un corto vestido negro que se adapta perfecto a su figura y su rubio cabello suelto. Sonríe achinando sus ojos claros y me da un fuerte abrazo cuando termino de acortar la distancia. Nunca entenderé cómo es posible que tenga tanta energía a pesar de que estemos a finales de semana y hayamos trabajado como esclavas. Se ve radiante, como de costumbre, aunque eso comenzó a suceder luego de su separación pues durante los años con Nicholas, la versión más apagada de mi amiga era la que estaba presente.
-Creí que no vendrías- dice colocando delante de mí un vaso con cerveza.
-Estuve a punto de acostarme a dormir, pero no lo hice- sostengo dejando en claro mi enorme esfuerzo. -¿Cómo estás?- quiero saber.
-Bien, con muchas ganas de divertirme- agrega. -Espero que no te moleste que haya invitado a Dylan…- menciono y ruedo los ojos sin paciencia. -El chico que conocí la semana pasada, ¿Te acuerdas?- agrega omitiendo cualquiera de mis gestos. -Bueno… viene con un amigo, pero no tiene que pasar nada, solo como amigos- advierte porque sabe que no hay cosa que deteste más que el compromiso de tener que liarme con alguien a quién no conozco.
Lo cierto es que mi vida afectiva es bastante reducida y aburrida. Y no se trata de que no me encuentre abierta a conocer hombres, sino que siempre sucede lo mismo: nos conocemos una noche, juego de seducción, nos vamos a la cama y ¡boom! Nada… solo la misma sensación de vacío al día siguiente. El mismo fastidio, el mismo aburrimiento de siempre. Y no es que pase mal durante el sexo. Lo disfruto, pero siempre quedo con la sensación de que falta algo. Así que mis vínculos suelen ser de corto tiempo, y algún que otro contacto con el que me texteo de vez en cuando para vernos de forma casual. Desde hace algún tiempo guardo la hipótesis de que las personas con las que me cruzo suelen ser sosas, tradicionales y de alguna manera no terminan de satisfacer mis deseos. Aunque también considero la idea de que algo esté mal en mí y quizá no quiero abrirme a algún tipo de relación. Sé mucho sobre sexualidad por mi formación académica, y, sin embargo, no he encontrado el punto de conexión con alguien que vaya más allá de lo carnal superfluo.
-¿Por qué no me avisas estas cosas?- pregunto molesta.
-Porque si lo hiciera no vendrías- responde ella riendo. -Y si vamos a lo cierto Isabella, de vez en cuando necesitas compañía…- dice con una mirada que me juzga.
-Estoy perfectamente bien sola- me defiendo.
-¿Con tu vibrador?- pregunta aguantándose la risa.
-Deberías probar uno, te aseguro que son más divertidos que los chicos con los que te acuestas- respondo. -Ya… dime al menos cómo se llama su amigo- le pido y de inmediato comienza a contarme sobre el hombre: cómo es, dónde trabaja y un sinfín de datos más que me dan lo mismo, pero la escucho de igual manera.
Resulta que Ulises, es abogado penal y se enrosca en una larga y tediosa conversación sobre el último caso que ha llevado, mientras Sam y Dylan se pierden en algún lugar del pub. Me he bebido dos cervezas, he picoteado maní y ahora me limito a asentir y sonreír como si de verdad me importara lo que me dice. Es atractivo, pero habla demasiado. Y después de toda una semana de sentarme a escuchar, lo menos que deseo en este momento es más perorata sobre leyes.
-¿Y tú que haces?- me pregunta cuando recuerda que somos dos personas en una conversación.
-Soy terapeuta- respondo y solo ruego que no vaya a soltar la típica frase idiota que la mayoría de los hombres suele decir.
-Así que debes estar analizándome…- sostiene con una sonrisa divertida. Y hasta ahí llega mi límite de paciencia.
-La verdad es que no. Si lo hiciera tendría que cobrarte, ¿Eso es lo que necesitas? Podemos agendar una sesión- Abre la boca, sorprendido por mi respuesta y mi falta de tolerancia y vuelve a cerrarla sin decir palabra. Me he pasado de ruda. Lo sé. Pero mis vínculos sexoafectivos no han sido los mejores desde este tiempo atrás así que volver a encontrarme con un idiota poco profundo y con escaza capacidad reflexiva, termina por enervarme. Miro mi reloj y me pongo de pie. -Lo siento, ya es tarde y mañana debo madrugar- no es mentira lo que digo, pero me sirve como una perfecta excusa para poder marcharme de allí.
Le envío un mensaje a Sam disculpándome y regreso a la comodidad de mi apartamento cuando ya es más de medianoche.
Por la mañana siguiente me encuentro conduciendo por la tranquila avenida hacia el lugar de mi cita. Visto pantalón negro y camisa blanca; llevo el cabello recogido en un prolijo rodete y el abrigo caoba que suele acompañarme la mayor parte del invierno. El sol brilla en un cielo completamente despejado y en la radio anuncian que tendremos heladas durante la tarde. Llevo conmigo el bolso con ropa deportiva pues los sábados me gusta concurrir al Club, donde practico algún deporte y trato de descargar las tensiones de la semana. Luego de la reunión retomaré mi rutina habitual de sábado. He quedado también en llamar a mi madre, pero mis resistencias harán que lo pase por alto. Me conozco. Luego tendré sus mensajes reclamándome atención y acusándome de olvidarla.
El alto y lujoso edificio se hace presente delante de mí y vuelvo a preguntarme si será buena idea estar allí No sé quién me ha citado y me siento bastante nerviosa por conocer el tipo de propuesta que tienen para mí. Ingreso a un espacio amplio, pulcro y con decoración minimalista donde me recibe una hermosa joven en la recepción. Hay movimiento en los alrededores de personas que visten elegantes, pero no logro distinguir de qué se trata el lugar.
-Buenas tardes, ¿En qué puedo ayudarle?- pregunta la joven con seriedad. Me pregunto si le aburrirá estar allí todo el día recibiendo personas. O por lo menos su expresión denota eso.
-Soy la Dra. Isabella Moreau. Fui citada por Arthur Devereaux- anuncio. Ella presiona algunas teclas y observa la pantalla que tiene delante.
-El Señor Devereaux la espera en el piso 9, Suite 9B- me dice.
-Gracias- finalizo y me encamino a la zona de los elevadores que se encuentran pasando una escalera caracol de mármol claro, al final de la sala.
El piso 9 es silencioso y se encuentra desierto. Me detengo durante unos segundos frente a los grandes ventanales con vistas a la playa. El paisaje desde allí es espectacular. El sonido de una puerta que se abre hace que mi mirada se pose sobre el hombre que ahora me mira. Es alto y muy elegante; viste traje oscuro y tendrá alrededor de unos 50 años quizá, pero parece el tipo de personas que cuida de su aspecto. Lleva el canoso cabello peinado hacia atrás y sus ojos claros parecen entre curiosos y expectantes una vez que me ve.
-¿Isabella Moreau?- pregunta.
-Así es…- respondo.
-Arthur Devereaux- se presente extendiendo su mano; correspondo el saludo para luego pasar a la sala delante de él.
Se trata de una amplia oficina, con la extensión del mismo ventanal que observé fuera. Tiene una zona con sillones y una mesa baja de madera en el centro. Algunos cuadros abstractos decorando el lugar, aunque con las vistas desde allí, no necesita nada más. Saludo a dos personas más: una mujer de mediana edad, rubia, alta y sofisticada; el tipo de mujeres que muchas veces recibo en la clínica. Y un hombre algo más joven y robusto. La mujer se presente como Helena Rosseau, vicepresidenta y el hombre como Liam Prescott, director financiero.
-Es un placer contar con su presencia el día de hoy- dice entonces Arthur luego de que todos tomamos asiento alrededor de la mesa. Asiento con la formalidad que utilizo en el ámbito laboral y me muestro expectante ante sus palabras.
-Algunos miembros de la Junta no han podido estar presentes, pero les haremos saber las decisiones que se tomen- menciona Helena.
- Nuestro Consorcio representa a una organización privada, exclusiva, que reúne a personas de gran influencia. Se trata de un entorno que exige no solo confidencialidad, sino también un alto grado de estabilidad emocional en sus miembros- comienza Arthur cruzando sus manos sobre la mesa.
-Hemos tenido algunas… situaciones recientes. Crisis de ansiedad, retiros abruptos, rumores que preferimos cortar de raíz antes de que crezcan- añade Helena.
-Su reputación como psicóloga clínica, su especialidad sexualidad, y su impecable discreción la convierten en la candidata ideal para un rol muy particular: ser nuestra consultora interna, encargada de evaluar y, si es necesario, intervenir en el bienestar psicológico de nuestros miembros- plantea Arthur mientras los escucho con atención, pero sin tener la menor idea a que se refieren. Probablemente tenga que ver con algún club empresarial de figuras políticas.
-Esto no es un consultorio convencional. Los escenarios, las interacciones… incluso las normas… son distintos. Necesitamos a alguien que pueda observar sin prejuicio y actuar con precisión- dice Liam con su grave tono de voz.
-Antes de contarle más, deberá firmar un acuerdo de confidencialidad. Y si acepta, deberá saber algo: lo que verá allí será algo muy poco convencional- dice Arthur observándome detenidamente.
Mi curiosidad va en aumento. De acuerdo, no parece una propuesta como la que me estaba esperando; entiendo que se trata de personas de alta sociedad, donde posiblemente haya mucho dinero y tendré que mantener el secreto profesional incluso del ambiente. No tengo problemas con ello. De igual manera lo hago en la Clínica. Sin embargo, no dejo de sentir que hay algo más que aún no se atreven a decir, y solo espero no estar metiéndome en algún acuerdo con características dudosas, porque en ese caso me marcharé sin mirar atrás.
-De acuerdo- respondo y me entregan el documento. Me tomo el tiempo de leerlo con cuidado. Mis firmas suelen ser meditadas pues en el ámbito clínico basta con una de ellas para que se generen movimientos en el entorno de las personas. Finalmente lo hago y entrego la carpeta a Helena.
-Bien, doctora- menciona Arthur. -A partir de este momento, tiene acceso a información reservada a un círculo muy reducido- me advierte. Saca de su portafolio una tarjeta negra, gruesa, con letras plateadas que parecen grabadas a mano. La desliza delante de mí.
-Club Extreme- pronuncia con cuidado especial, como si fuera más una invitación que un simple dato. -Es una institución privada con décadas de historia. La mayoría jamás ha oído hablar de ella, y quienes lo han hecho saben que la admisión es un privilegio casi imposible- agrega
-Allí conocerá a nuestro director, Emmanuel Rinaldi. Él es… particular en su forma de dirigir. Su tarea será observar, evaluar y, si es necesario, intervenir. Pero hágalo con prudencia, pues es un hombre acostumbrado a controlar cada aspecto de su entorno- me dice Helena y su forma de hablar hacen que mi piel se estremezca.
Arthur apoya los codos en la mesa, inclinándose apenas hacia donde me encuentro.
-Tendrá libertad para moverse en las instalaciones y hablar con quien considere necesario. Sin embargo…- él hace una pausa, como si estuviese estudiando mi expresión. -Lo que vea, lo que escuche y lo que sienta allí, deberá quedarse allí. Recuerde que la observación es un arma… y en las manos equivocadas, también puede ser una amenaza- Ahora sí que comienzo a sentir una cuota de preocupación. Arthur le hace un gesto a Helena, y ella coloca otra carpeta sobre la mesa, más delgada que el contrato.
-Aquí encontrará los términos económicos- me dice con tono seco. -Su retribución será mensual, por transferencia a la cuenta que usted indique. La cifra es considerable, porque valoramos no solo su tiempo, sino su absoluta confidencialidad- miro la cifra dentro del contrato y mis ojos se amplían como platos. ¿De verdad van a pagarme esto? Comienzo a sentir que voy a ingresar en un lugar que no será nada igual a lo que he visto hasta ahora. Si la suma es tan alta sé que las responsabilidades también lo serán y si bien me genera algo de incomodidad, también adrenalina por el desafío.
-No se le pedirá un horario rígido, pero sí disponibilidad cuando se le solicite. Las citas con los miembros pueden programarse en las instalaciones o en cualquier lugar que se considere oportuno- plantea Liam.
-Sus primeros días serán de observación. No esperamos que intervenga de inmediato, sino que conozca el entorno, entienda sus códigos… y a su gente- Observo cierto destello en su mirada. -Eso incluye a nuestro director, Emmanuel Rinaldi- agrega.
-El sábado a las 20:00 horas, un coche oficial la recogerá en la puerta de su edificio. No se preocupe por encontrar la dirección por su cuenta. Al llegar, será recibida por la Maestra de Ceremonias, Sybille Marceau. Ella le mostrará las áreas comunes y le presentará al personal clave- me dice Helena.
Arthur se pone de pie y entiendo que está dando por finalizada la reunión así que hago lo mismo.
-Recuerde, doctora… este no es un trabajo convencional. El Club Extreme tiene sus propias reglas, y lo que suceda dentro no siempre se ajusta a lo que dictan los manuales. Pero creemos que cuenta con la apertura suficiente para enfrentarse a ello- me dice extendiendo su mano a modo de despedida.
Hago lo mismo con Helena y Liam y me marcho, escuchando la puerta cerrarse detrás de mí.
Mientras el elevador baja suavemente, mi mente comienza a preguntarse en qué demonios me he metido…