Noche I: Espectros
“Los espectros siempre nos siguen, aunque los ignoremos”
Silencio.
Las noches heladas en Kohlenberg siempre tiene un encanto especial. El bullicio mecanizado de la gran capital es un espectáculo único de vapor, humo y el dulce sonar del metal trabajando.
Cuando vives en los grandes palacios elevados, preocupado por el flujo dorado de tu empresa, peleando en bailes y cenas, construyendo alianzas con otros depredadores, la mejor recompensa es mirar las noches desde lo alto, recordar la belleza que el sacrifico personal ayuda a construir.
Desde el Volk operando las bellas e intrincadas máquinas que sustentan la ciudad. Los pequeños Kesselkinder jugueteando y robando carbón como hormigas. Esas hermosas columnas de humo negro que llevan al cielo las promesas del futuro. Hermoso, o al menos eso creí.
Todos los Jungbaronen tememos una noche de despertar. Muchos escuchamos las historias, las quejas, cuentos o suplicas, pero todos nos distraemos en la gran fiesta de fundación, la más cruel de las batallas.
En el palacio central de la ciudad, esa noche todas las familias se reúnen para celebrar en un bullicio extrañamente contenido por las grandes paredes ornamentales del edificio. Es una noche de baile y comida sin fin. Solo ahí las alianzas se crean, los pactos se hacen y tu futuro de perpetua, quien en su sano juicio podría ignorar a tal maravilloso festejo. Una celebración a nuestro extenuante trabajo en el año.
Oh al menos, suelen ser así. Esa vez no pude asistir; el pesar de mi prometida fugada me ahogaba en los vientos más gélidos de la soledad. Cuando un engranaje se va, la máquina no puede trabajar por su ausencia, y cuando a la caldera de le retira el carbón, bueno. Aunque mi padre, tan férreo y diligente me permitió faltar, la condición era simple: cierra todo y no salgas. Como cuando era un infante y me dejaba en su oficina mientras él iba a inspeccionar.
Pero mis inquietudes solo me daban vueltas. Decidí salir y fundirme en el cálido canto de la ciudad cuando lo noté: las calderas habían dejado de fumar, el metal dejó de cantar y las luces de danzar.
Oh, eso creí, pues fue el brillo blanco nacido desde el ultimo lago de la ciudad lo que robo mi soledad. Un lento andar iba inundando la ciudad en un gélido grito silencio. Desde lo alto, seguí aquella procesión acercándose a las finas puertas cerradas tras las cuales el Volk salió de sus casas, reuniéndose en el andar de esas visiones, esperándolos con una amargura palpable, incluso desde mi palacio.
Tenía que bajar a contemplarlos, al menos esa vez. Eran una marcha imparable, que cruzaba la ciudad tranquila, con rostros cansados y miradas de pena. Rostros reconocibles por aquellos que saben que ese andar es una despedida para los asesinados en las calles, los agotados en las fábricas, los perdidos y no encontrados.
Esa noche fue cuando entendí la verdad de nuestro banquete, y la vez primera que decidí salir a dejar flores a esa marcha...
Son espectros que abandonan el pináculo de la cultura, la ciudad más rica y bella de mundo. Seguro eso es por lo que sus rostros siempre están tan tristes.
...pero ¿por qué mi prometida estaba con ellos?