1 - El mensaje de la Diosa de la Luna - Vlad
—Debes ir a Granada, España, al terminar tu campaña real. Después, regresa de inmediato al castillo. Esto es de suma importancia y tiene que hacerse.
Me quedo mirando fijamente esos cuatro ojos blancos y brillantes que se enfocan en mí. Las bocas de los gemelos se mueven al mismo tiempo, con una voz distorsionada.
—¿Para qué? —suelto con brusquedad, mientras me aprieto el puente de la nariz.
¿Por qué necesitan una visión justo ahora? Me fastidia que nos impongan esta campaña real a último momento.
Los ojos de mi hermana Alina recuperan su color normal y ella se apoya una mano en la cadera. —Escucha bien. Sabes que no podemos decir por qué. Solo haz caso.
Pone los ojos en blanco y regresa a sus visiones. Toma la mano de su hermano gemelo, provocando una ráfaga que se arremolina a nuestro alrededor.
Juntos empiezan a balbucear antes de hablar al unísono: —Algo malo se acerca… Encuentra a tu elegida… Cabello azul como la noche. Un rayo que golpea… Tan fuerte como frágil… Ojos rojos como la sangre.
Los gemelos se tambalean y sus ojos vuelven a su tono avellana. Alina y Roman se desploman en el sofá, agotados y con aspecto derrotado.
—No sabemos qué es lo que viene. Tenemos que estar preparados —dice Roman con urgencia.
—Está bien, ya oyeron a los chicos. Preparen sus cosas. Alek te acompañará y estaremos en contacto —dice mi madre, sin dejar espacio para réplicas.
Cuando todos se van, mi hermana se me acerca. —Confía en esto… —dice señalando mi corazón—. En cuanto la salves, juntos nos salvarán a nosotros. —Me da un beso en la mejilla—. Tengo muchas ganas de conocerla. Nos vemos a tu regreso.
—España. ¿Es ahí donde te has estado escondiendo? —murmuro para mis adentros.
—Eso parece, hermano. Vamos por tu Eresthai, ¿te parece? —dice Alek mientras se detiene frente a mi cuarto con su maleta lista.
—¿Por qué no podemos ir directo a España? —pregunto, intentando zafarme de toda la campaña.
Él niega con la cabeza. —No juegues con los planes de la Diosa de la Luna. Vamos a hacer esto bien. Y nada de andar de calavera con lobas mientras estemos allá. No quiero que la princesa te mate antes de que llegue al palacio.
Su sonrisa contradice su tono de mando. Pongo los ojos en blanco y le doy un empujón en el hombro...
—Primera parada: Montana, Estados Unidos —digo con el poco entusiasmo que Montana merece—. Al menos dudo que haya lobas en Montana. O al menos ninguna que yo quiera.