Ravenous |Ironstrange|

Sinopsis

𝐔𝐧𝐚 𝐢𝐧𝐯𝐢𝐭𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧, 𝐝𝐢𝐞𝐳 𝐣𝐨́𝐯𝐞𝐧𝐞𝐬 𝐲 𝐮𝐧𝐚 𝐛𝐞𝐬𝐭𝐢𝐚 𝐡𝐚𝐦𝐛𝐫𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚. Un grupo de amigos recibe una invitación para ir a una fiesta de Halloween. Pero al llegar al lugar, se dan cuenta de que han caído en una trampa y que el monstruo que los acecha tiene hambre.

Genero:
Horror/Erotica
Autor/a:
Gojo
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo Único

Tony bajó las escaleras de mármol con una expresión llena de emoción. Orientó sus piernas en dirección a la cocina. Vio a un hombre de avanzada edad que se hallaba sentado en un banco de la isla de la cocina, bebiendo un té. Estaba agradecido de que sus padres aprobaran su petición de que Jarvis viniera con él a Massachusetts. También agradecía a su buena estrella que sus padres cancelaran su visita mensual por asuntos de trabajo. Si su padre lo viera portando este disfraz, lo mataría o le daría un ataque al corazón. Howard Stark no toleraría que su hijo ridiculizara el apellido a causa de una apuesta con uno de sus amigos. Sobrellevó sus ataques de ira y golpes a causa de su alcoholismo en su niñez. Pero eso se acabó.

Afortunadamente, su querido mayordomo era un hombre comprensivo —algo de lo que carece su padre—, así que no dará el santo grito al cielo y tampoco se lo contará a su padre.

Edwin Jarvis era una mejor figura paterna que Howard.

Él alzó su vista para observar su peculiar disfraz de Halloween.

—¿Qué opinas, Jarvis? —Dio una vuelta para presentar su vestimenta.

Portaba una camisa manga larga blanca con cuello alto y de botones, un cinturón ancho marrón claro ajustando su abdomen, falda de color rojo, medias oscuras por encima de la rodilla y zapatos Mary Jane del mismo color. En su mano izquierda sostenía una pequeña canasta cubierta por una franela de cuadros rojos y blancos. Ahí aguardó sus cosas. Y el último detalle, una caperuza carmesí.

Era Caperucita Roja.

—Se ve muy bien, joven señor —comenta afable, sonriéndole.

—Vale, es la hora de irme. ¡Nos vemos más tarde, Jar!

—Recuerde estar aquí antes de la una de la madrugada, joven señor —enfatizó.

—¡Relájate, Jarvis! Estaré aquí antes. —Le guiña un ojo y le manda un beso por el aire—. ¡Te quiero, adiós!

Cuando se fue, el mayordomo sintió una opresión en el pecho. Siguió bebiendo su té. Quizás se trataba de los nervios porque Tony saldría solo en esta noche tan oscura. No había estrellas y la luna estaba cubierta por las nubes.

Dio otro sorbo. Relajándose.

Todo estará bien.


La música se oía estridentemente en toda la planta inferior de la casa. Muchos universitarios deambulaban por la sala y otros conversaban mientras bebían cerveza. Un chico rubio de traje de marinero y un chico de piel oscura usando disfraz de momia se posicionaron en un juego de vencidas, siendo este último el que más fuerza poseía. Una chica vestida de vampiresa agarró del brazo a una rubia con disfraz de hada, llevándola hacia la cocina. El DJ de la noche conversaba coqueto con una chica vestida de alien de piel verde.

El resto de los invitados vivían sumergidos en su propia burbuja y Tony entrecerró los ojos, torciendo el gesto al divisar a Barnes y Romanoff escabulléndose a escondidas al segundo piso. Era fácil adivinar lo que los dos harían arriba. El problema es que Natasha era la novia de su mejor amigo Bruce. Como él estaba enfermo de gripe, no pudo asistir y la muy desvergonzada de su novia no perdía el tiempo en tirar con su ex. Tony ya veía venir aquello y con valentía los siguió. Sabe que Romanoff es una excelente mentirosa y manipuladora, lo que significa que será su palabra contra la suya. Por ende, debe tener pruebas para desenmascararla con Bruce.

Precavido, entreabre la puerta. Saca su celular de la canasta y comienza a grabar, asegurándose de que ninguno de los amantes note su presencia. Hace una mueca de asco al observar cómo Natasha se empalaba la polla de Barnes, comienza a subir y bajar las caderas, apretando los labios para no gritar. Debe admitir que ella montaba como una campeona. Barnes le apretaba las tetas y le decía muchas palabras obscenas.

—Más rápido. Métete mi polla en tu coño sucio, perra.

Su estómago se revolvió. Ya tuvo suficiente de eso. Detuvo la grabación y se largó de ahí. Ya tenía lo que necesitaba y mañana visitaría a su amigo para darle la devastadora noticia de la infidelidad de su pareja. Él no quería hacerlo sufrir, pero es mejor que se entere de la traición.

Al final de los escalones se topó con Steve, vestido de pirata.

—¡Tony! —exclamó—. ¿Has visto a Bucky? Me pidió que le trajera otra cerveza, pero no lo encuentro. —Miró en derredor, sosteniendo un vaso de plástico rojo.

Tensó la mandíbula.

—No. No sé a dónde pudo ir. Yo estaba en el baño y no lo he visto. —Esquivó a Steve, encaminándose de prisa hasta llegar junto al resto de su grupo de amigos.

Wanda, vestida de bruja, y Pietro, vestido de hombre lobo, están sentados en uno de los sillones; discutiendo. Clint, disfrazado de Legolas, y Sam, vistiendo como un diablillo, jugaban en una mesa de billar. Sin pronunciar palabra, arrimó su cadera al borde de la mesa, contemplando a los chicos jugar y olvidando de lo que fue testigo hace unos minutos.

Un tiempo después, Natasha con traje de gata sexy y Bucky disfrazado de vampiro se reunieron con ellos. Steve se unió y regañó Bucky por haber ido a buscarlo sin éxito. Natasha se acerca a Tony para charlar y él se esfuerza por no soltar comentarios cargados de veneno.

Sí, él también podía ser hipócrita cuando lo ameritaba.

De pronto, la música paró. Los invitados gritan con enojo y la puerta principal es golpeada con insistencia. El dueño de la casa, Daniel Rand, atraviesa la muchedumbre para abrir la puerta, llevándose la sorpresa de ver a dos oficiales de policía. Los tres se enfrascan en una leve discusión y, al instante que Daniel suspira abatido y asintiendo con la cabeza, los oficiales se marchan a su patrulla.

—¡Señores y señoritas, la fiesta se terminó!

El coreo encolerizado de los jóvenes retumba en la casa.

—¡Cállense! —Frunce el ceño—. ¡No es mi culpa! ¡Uno de los putos vecinos se quejó y la policía ordenó que se acabara la fiesta! ¡Lo siento, chicos!

Una ola de quejidos se oye y enseguida salen del lugar con rostros disgustados. Los últimos en salir son Tony y sus amigos.

Clint se cruza de brazos exasperado.

—¡Esto es una mierda!

—Y que lo digas —concuerda Sam—. Son recién las nueve de la noche y la fiesta a penas se estaba prendiendo.

—¿Qué tal si vamos a otra fiesta? —propone Wanda—. No quiero irme a casa todavía.

—Solo quedan las fiestas de fraternidad. Pero no es seguro. Recuerden los rumores de violaciones. —Steve frota los brazos. El aire nocturno lo hizo estremecer un poco—. Además, ingresas a sus fiestas con invitación y ninguno de nosotros la recibió.

—¿Y ni nos colamos a una? —dijo Pietro.

—¿Estás loco? —reprende Natasha—. ¿Se te olvidó lo que sucedió la última vez que nos colamos en una fiesta?

—Esos de Hydra son unos imbéciles —dice Clint, sobándose la mejilla.

El celular de Barnes vibra en sus pantalones y de inmediato lo saca. Mientras lee el mensaje, una gran sonrisa se dibuja en su rostro.

—Caballeros y damas, no desesperen. Johnny me envió un mensaje y nos invitó a una fiesta que organizó.

—¿Johnny Storm? No tenía idea de qué organizaría una —comentó Natasha, confundida.

—Pues lo hizo. Así que andando.

—¿Desde cuándo son amigos? —Pietro arquea una ceja.

—Me llevó bien con todos. —Guarda su celular—. ¿Vienen o no?

Steve hace una mueca.

—¿Y dónde es?

—Queda lejos, pero no es problema. Iremos en mi auto. ¿Se apuntan?

Los gemelos Maximoff asienten sin vacilar. Clint y Sam también aceptan y el resto termina accediendo luego de vacilar. Cuando se movilizaron, dos chicas vestidas de Blancanieves y Cenicienta se les acercaron.

—¡Pepper! ¡Christine! —saluda Barnes.

—Oye, Bucky. Escuchamos lo que dijiste y nos preguntábamos si podemos ir con ustedes.

—Claro, señoritas. Vengan con nosotros. —Asiente, amistoso.

—¡Gracias! —agradecen las dos.

El Toyota Avanza de Barnes está diseñado para siete pasajeros, así que tienen que acomodarse. Barnes va al volante y Steve en el asiento copiloto. A Wanda le toca sentarse en el regazo de Natasha y Pietro se sienta en las rodillas de Clint. Los demás ocupan los asientos libres.

Durante el trayecto todos se enfrascan en una conversación, menos Tony, quien sujeta con firmeza su canasta con ambas manos. Él estaba molesto. En preparatoria se enamoró de Pepper, y salieron por un tiempo hasta la llegada de Christine Palmer. Cada vez que las miraba, sentía una punzada de cólera y no, ya no albergaba sentimientos románticos por su ex, simplemente seguía indignado porque su exnovia le terminó por su despertar lésbico.

Por el rabillo del ojo se fijó cómo ellas se daban un beso.

Rodó los ojos y escuchó el timbre de su celular. Leyó el mensaje y sus labios formaron una sonrisa ladina.

Levantó la vista y vio a través de la ventana que la luna permanecía oculta.

Pero no por mucho tiempo, porque el pronóstico indicó luna llena.

Luna llena en Halloween. Perfecto.


El trayecto duró cuarenta minutos. La minivan se estacionó frente al portón de hierro forjado. Al salir del coche, más de uno tembló por el gélido viento que mecía las hojas de los árboles que rodeaba la casa.

—¿Este es el lugar? —interrogó Steve, observando desconcertado la mansión de aspecto gótico victoriano.

—Se ve como si nadie la hubiera habitado en muchos años —comenta Sam.

El jardín estaba lleno de mala hierba. Los ventanales fueron bloqueados con tablas de madera. La pintura era opaca. Las enredaderas y hierbas que casi cubren en su totalidad la fachada y se extienden hasta las dos torres son una evidencia de que la naturaleza reclama su espacio.

Sam tiene razón. Esta mansión fue abandonada desde hace mucho tiempo.

Además, la atmósfera lúgubre y tenebrosa les produce un miedo atroz.

Natasha dirige su atención a Barnes.

—¿Te equivocaste de dirección?

—No. Esta es la dirección correcta. —Camina y con cuidado abre el portón.

—¿Qué demonios estás haciendo, Bucky?

—¿Pues qué más? Voy a entrar, punk.

Todos se miran entre sí con aprehensión.

—No creo que esa sea buena idea.

—Pepper tiene razón —coincidió Tony—. Deberíamos irnos.

Un nuevo mensaje le llega a Barnes.

—Es Johnny y me pregunta si ya estamos cerca.

—Pero este lugar parece de todo menos una fiesta —protestó Clint.

—Dice que entremos porque la fiesta está en el sótano.

—¿Qué? —gritó Christine—. ¿Por qué?

—Cito: «Para que sea más terrorífico». —Se alza de hombros y de nuevo guarda su celular—. Si quieren irse, háganlo. Pero yo voy a divertirme, miedosos.

Barnes se moviliza sobre el camino de piedra. El resto del grupo se debate si entrar o marcharse. Aunque será un fastidio esperar al Uber y pasar el resto de la noche aburridos en sus habitaciones viendo una película de terror. Ellos querían divertirse esta noche.

Finalmente, Pietro y Wanda se arman de valor y siguen a Barnes. Steve, Sam y Clint los acompañan y Natasha se les une. Tony resopla y encauza sus pasos para subir los escalones del porche, siendo seguido por Pepper y su novia con el miedo calándoles en los huesos.

Barnes agarra el pomo de cristal tallado y el rechinido de la puerta abriéndose hizo que Wanda se aferrara al brazo de su hermano.

Por lo poco que pueden ver con las linternas de sus celulares, el vestíbulo está deteriorado. Las paredes descorchadas, el piso sucio, los muebles rotos y cubiertos de polvo, los techos con telarañas, y al candelabro que cuelga sobre ellos le faltan sus luces. El olor a moho y polvo les produce un poco de comezón en la nariz.

Una enorme escalera con alfombra descolorida se presenta frente a ellos, dividiéndose en la parte superior a la izquierda y a la derecha. Ninguno mueve un solo músculo y de repente Steve gira su cuerpo.

—C-chicos, lo siento. Pero yo me largo de aquí —espetó.

—T-también yo. —Sam se puso a su lado.

—Y nosotras igual. —Pepper entrelazó su mano con la de su novia.

Ellos se apresuran en abandonar la casa; no obstante, la puerta no cede. Asustado, Steve insiste, pero parece que está trancada. Los cuatro se observan con miedo absoluto. Steve y Sam patean la puerta, sin lograr que se desbloquee.

—¿Qué sucede? —preguntó Wanda con voz entrecortada.

—La puerta no abre. —Christine solloza—. Estamos atrapados.

Clint le echa una mirada hastiada a Barnes.

—¿Qué mierda es todo esto? ¿Es una broma, cierto?

—¡Te juro que no tengo nada que ver!

—¡Déjate de juegos! —Natasha clavó su dedo en el pecho de Barnes—. Johnny nunca te envió un mensaje, solamente nos estás jugando una broma. Muy bien, ya te divertiste, ahora abre la maldita puerta.

—¡Yo no estoy haciendo nada! ¡Mira! —le tiende su celular—. Ese es el mensaje.

Natasha frunce el entrecejo.

—Bucky, este mensaje fue enviado de un número desconocido.

—¡¿Qué carajos?! —Sam agarró los hombros de Barnes—. ¡Aceptaste la invitación de un extraño!

—¡El mensaje dice que es él y que ese es su nuevo número!

—¡Eres un estúpido! —Clint lo empuja—. ¡Ese no fue Johnny y tampoco hay una fiesta! ¡Caímos en una tonta broma!

—De seguro, esto es obra de Loki. —Pietro se aprieta el puente de la nariz—. Es un maldito bufón.

Todos arremeten contra Barnes, elevando sus voces y haciendo aspavientos.

Christine suspira y sus vellos se erizan al oír un extraño ruido. Ella voltea en diferentes direcciones, buscando la fuente del sonido. Con el corazón palpitándole con fuerza, se dirige al resto.

—Ey, ¿escucharon eso?

El grupo se calla y una especie de rugido resuena en el vestíbulo. Christine se aferra a Pepper, Wanda se esconde detrás de su hermano y Steve traga saliva. Sam intenta controlar su temblor y Clint se abraza a sí mismo. Natasha mira a Barnes y este le responde con una expresión de pánico. Tony se fija en un pasillo oscuro y retrocede al divisar unos ojos grandes y azules.

Temibles pasos se oyen por el largo pasillo, helando la sangre de los jóvenes. Un escalofrío electrizó sus espaldas y enseguida las chicas sueltan un grito agudo. Los chicos se paralizan, sus mandíbulas se entreabren y sus ojos están a punto de salirse de su órbita.

Paralizados por el miedo, observaron a la aterradora figura de un lobo gigante de pelaje oscuro, cuyos colmillos afilados se mostraron cuando abrió su enorme boca.

Pepper jaló el brazo de Christine y corrieron hacia la puerta, sin embargo, la bestia dio un salto, aprisionándolas contra el suelo con ayuda de sus patas delanteras. Christine gritó al instante en que la cabeza de Pepper fue arrancada de su cuerpo por la mandíbula del animal y el chorro de sangre le salpicó en el rostro. La bestia masticó con dificultad el cráneo, reventando los glóbulos oculares y dejando irreconocible su cara. Christine no resistió y vomitó cuando algo gelatinoso y húmedo cayó sobre los labios. Un trozo del cerebro de Pepper. Los prominentes dientes del animal destrozaron el cerebro y se lo tragó.

Luego le enterró sus afiladas garras a Christine en el pecho. Su esternón se rompió y su corazón fue atravesado. Escupió sangre por montones. Quiso gritar, pero su voz no salió. Las garras rompieron por completo el tórax y su vientre fue abierto de tajo. Varios de sus órganos fueron extraídos por la boca para ser deglutidos. La vida de sus ojos se apagó al cabo de unos segundos.

El resto permaneció quieto, alumbrando con sus celulares. La repulsión los dominó, pero continuaron viendo. No por morbosidad, sino que la escena sangrienta los dejó en un estado de shock. La bestia los observó y sus respiraciones se cortaron. De nuevo saltó y se le echó encima a Clint, comenzando a morder su cabeza. Salieron de su estado catatónico y huyeron con rapidez hacia las escaleras. Tenían que encontrar una salida.

Un sonido atronador retumbó en sus oídos y Steve cayó siseando. Se escucharon más detonaciones y el resto se desplomó en el suelo polvoriento. Los celulares que se salvaron de la caída, iluminaron al techo. Era suficiente luz para que cada uno contemplara con horror la sangre que emanaba del orificio de bala.

Alzaron la cabeza y se estremecieron al ver a Tony apuntarles con una Glock e iluminarlos con su celular.

—Tony… —balbuceó Steve, sin poder creer lo que acaba de suceder.

—Lo siento, Stevie. —Hizo un puchero triste—. Pero mi amado tiene hambre. —La sonrisa macabra que surcó sus labios les provocó escalofríos—. A decir verdad, no tenía planeado sacrificarlos. Pero Stephen planificó esto porque todavía tiene hambre y ustedes ya me tienen harto.

—¿De qué hablas? —susurra Steve—. ¿Y quién es Stephen?

—Esa imponente bestia se llama Stephen. Él le envió la invitación a Barnes haciéndose pasar por Johnny. —Rodó los ojos—. Idiota.

—Tony, por favor. ¡Déjanos ir! —rogó Natasha con lágrimas brotando de sus ojos.

Él devuelve su atención al lobo, viendo que del cuerpo de Clint solo quedan los miembros inferiores. La bestia lo miró y entonces le señaló a Natasha con la cabeza. A continuación, el animal gigante se acerca lentamente a ella, con la sangre de sus amigos en su enorme boca.

—¡No! ¡Por favor, no!

—Cometiste un grave error, Nat. —Entrecierra sus ojos—. Nunca debiste engañar a Bruce. Él se ha esforzado tanto contigo por tres años y solo recibe migajas. —Ladea una sonrisa—. Le dolerá tu partida, pero lo superará rápido cuando le confiese tu infidelidad. Buenas noches, traidora.

El aullido espectral de Natasha es silenciado cuando Stephen le clava sus garras para partirla a la mitad. La luz de la linterna que produce el celular de Tony les permite ver las viseras sobre el charco de sangre. Ellos cierran sus párpados, rehusándose a ser testigos de la horripilante muerte de su amiga. Tony ni se inmutaba por la brutal muerte ni tampoco por la trituración de huesos y carne que vino después. Se cruzó de brazos y esperó inexpresivo a que Stephen acabase de devorarla.

El siguiente en ser atacado fue Sam, rogando misericordia. Las piernas fueron arrancadas de cuajo. Él soltó un alarido, espantado por la zona que ahora se veía como una pulpa que chorrea sangre. Su cabeza fue separada de su cuerpo y por fin murió.

Tocó el turno de los Maximoff. Wanda quedó prensada en la mandíbula de la bestia, masticándola furiosamente y arrojando trozos de carnes y órganos por el piso de cerámica. Pietro trató de huir, pero el animal lo cogió y obtuvo el mismo destino de su gemela.

Steve no luchó, entregándose a la inevitable muerte. Tony torció el gesto. Steve y él se volvieron amigos porque sus padres lo eran. Llegó a considerarlo casi un hermano hasta que Barnes apareció y Steve lo dejó de lado. Por muy dolido y enojado que siga con él, tuvo piedad y le disparó en la cabeza, volándole los sesos que acabaron adornando el piso. Una muerte instantánea y menos dolorosa que las otras. El gigantesco lobo lo consumió de inmediato.

Barnes se había orinado y sus lágrimas empaparon sus mejillas. Tony caminó hasta ponerse de cuclillas frente a él. Por un segundo debió pensar que también lo asesinaría de un balazo. La siniestra sonrisa que colocó Tony le mostró que se había equivocado y que la verdadera agonía empezaría. Reemplazó la pistola por un cuchillo de carnicero que sacó de la canasta. Con un ágil movimiento, le cortó la garganta. Barnes presionó sus palmas alrededor de su cuello para detener el sangrado, pero su infierno recién comenzó cuando Tony le asestó una patada sobre su pecho y se sentó a ahorcajadas de él.

—¡Feliz Halloween! —entonó con alegría.

El cuchillo bajó, insertándose en la herida del cuello para abrirlo en canal hasta su ombligo. Hubo algo de resistencia, pero el gruñido de Stephen puso rígido a Barnes. La hemorragia le produjo un mareo y la poca fuerza que le quedaba desapareció. Sus bramidos de dolor se transformaron en sollozos cuando el lobo se situó cerca de Tony.

Al principio estaba azotado por el miedo y ahora siente una feroz necesidad de vivir. Su vida no puede terminar de esta manera. No quiere morir.

Cerró sus párpados, rindiéndose ante su inevitable final. Le hubiera gustado despedirse de sus padres y pedirles perdón por no ser un buen hijo. Morirá con tantos arrepentimientos y jamás será perdonado. Y tal vez, solo tal vez, este es su castigo.

Ya no sentía sus extremidades, sus latidos disminuían y ya no recibía aire en sus pulmones. Lo último que escuchó fueron las risas de Tony al extirparle el pene y dárselo de comer al lobo.

Ya estaba muerto al momento que Stephen enterró su boca dentro de su abdomen para comer.


Afuera, en el jardín trasero de la mansión abandonada, Tony acarició a Stephen. La bestia se convirtió en un tierno cachorro por los mimos que le daba. La lengua del animal lamió su mejilla, sacándole una risa por las cosquillas que le produjo.

—¿Disfrutaste de tu cena, Stephen? —Le dio otra lamida—. Tomaré eso como un «sí».

Súbitamente, el animal lo empujó al pasto de un cabezazo. Comenzó a olerlo y dar lametazos por debajo de su mentón. Tony se resistió al percatarse de que Stephen quería destrozar su disfraz.

—¡Espera! No quiero tener que explicarle a Jarvis por qué mi ropa quedó destruida.

Se pone de pie, retirando cada prenda para colocarla en un viejo cenador redondo de metal. Regresa con Stephen y se pone sobre sus rodillas y manos. Presiona su pecho contra la hierba y eleva su trasero. El aire helado lo estremece, pero pronto entrará en calor. Tony ya intuía que esto sucedería, así que se había preparado mientras tomaba una ducha. El consolador con nudo que usó es el único que puede ayudarlo para recibir el gran tamaño de Stephen.

Se pone de pie, retirando cada prenda para colocarla en un viejo cenador redondo de metal. Regresa con Stephen y se pone sobre sus rodillas y manos. Presiona su pecho contra la hierba y eleva su trasero. El aire helado lo estremece, pero pronto entrará en calor. Tony ya intuía que esto sucedería, así que se había preparado mientras tomaba una ducha. El consolador con nudo que usó es el único que puede ayudarlo para recibir el gran tamaño de Stephen.

Stephen patina su larga lengua sobre el agujero, humedeciéndolo. Acomoda sus patas delanteras a cada lado de la cabeza de Tony y presiona la punta de su pene en el agujero. Tony grita y aprieta los puños por la dura estocada. Las primeras embestidas siempre son dolorosas hasta que se tornan placenteras. Lanza un gemido gutural y pone los ojos en blanco cuando la punta choca contra su próstata.

Ama su forma humana. No obstante, tener sexo con su forma bestial lo sobreexcita. Y es consciente de que a Stephen le fascina.

Al terminar, Tony pierde el equilibrio y se desmaya.


—¿Qué haremos con el auto? —pregunta Stephen unas horas después—. ¿Lo enviaremos al deshuesadero de la vez pasada?

—No. Eso nos pondrá en evidencia. —Se pone su caperuza y toma la canasta, verificando que sus cosas estén ahí—. Ocultaremos el auto en la granja abandonada de tu familia.

—Es arriesgado. Podrían descubrirnos.

Stephen sube la cremallera de su sudadera. Durante su transformación, su vestimenta queda hecha jirones. Por esa razón, debe tener una bolsa con ropa de repuesto.

—Dejaremos el auto aquí en el jardín y mañana en la noche viajaremos a Nebraska.

—¿Planeas conducir más de 2.000 kilómetros durante 24 horas? —Stephen niega con la cabeza—. No lo haremos. Tengo una mejor idea: dejemos aquí el auto y nosotros lo desarmamos. Llevaremos una pieza a la vez a diferentes deshuesaderos y utilizaremos disfraces para que no nos reconozcan.

—De acuerdo. —Empiezan a caminar—. Traeré ácido sulfúrico para corroer el metal. De esa manera, nadie sospechará que nos estamos deshaciendo de un auto en buen estado.

—Conseguiré un mazo para crear abolladuras.

Transcurrió media hora y ambos están listos para irse. Tony verifica que no se ha excedido su toque de queda.

—Andando, Stephen. Quedan veinte minutos para la una.

Se montan en la motocicleta que Stephen escondió en una de las habitaciones del primer piso de la mansión.

Antes de marcharse, Tony echa un vistazo a la tétrica casa. Casi nadie sabe que este lugar le perteneció a su difunto bisabuelo Vittorio Carbonell. Solo venía aquí de vacaciones. Al fallecer, su abuela Colette heredó la propiedad y luego su madre la heredó. Las dos descuidaron la mansión, pero por algún motivo se negaron a venderla.

Le sacó una copia de las llaves y la ha usado como refugio para Stephen cuando se transforma y necesita comer.

Se sentó y se sujetó con fuerza a la cintura de su pareja. Stephen aceleró y él presionó su frente contra la espalda. El viento golpeando su rostro y la velocidad a que conducía Stephen lo relajaron, aunque eso suene algo descabellado. Bueno, matar personas y coger con un hombre lobo es una locura.

Entonces sí, ha perdido la cordura.

Conocer a Stephen en ese bar fue lo mejor que le pudo haber sucedido. Ni siquiera descubrir su secreto lo hizo huir. Estaba completamente enamorado de él. ¿Qué carajos importaba que fuera una criatura mitológica que devoraba a personas?

Al llegar a su casa, Tony se perdió en esos ojos azules grisáceos. Stephen lo besó y él rodeó su cuello. Se separaron y acarició su cabello oscuro.

Stephen Strange es un hombre hermoso y es suyo. Todo suyo.

—Nos reuniremos pasado mañana. Recuerda actuar con normalidad y, si te interrogan, tienes que decir que ellos se fueron y tú no quisiste acompañarlos. —Besa su frente—. Confiésales que estuviste conmigo.

—Quisiera que te quedaras. —Hizo una mueca, triste.

—Lo siento, tengo que volver a Nueva York.

Vuelven a besarse y Stephen se despide. Tony se queda mirando cómo se aleja hasta perderlo de vista.

Dentro de la mansión, Jarvis lo intercepta.

—¿Cómo estuvo la fiesta, joven señor?

—Divertido. —Sonrió, nihilista—. Muy divertido.