1 - Victoria
Hacía frío, estaba empapada y, sobre todo, estaba furiosa. El teléfono de Miles daba tono cada vez que intentaba llamarlo, pero él no contestaba. Al final me rendí y tiré el móvil al bolso. No me quedaba otra que caminar a casa bajo la lluvia. Él debería haber estado allí. Me dijo que me recogería del trabajo porque sabía a qué hora salía, pero ya habían pasado cuarenta y cinco minutos y ni rastro de él. Como no llevaba paraguas, dejé que la lluvia me golpeara la cabeza. Las gotas me resbalaban por la nariz. Me puse una chaqueta de lana gris muy fina para intentar entrar en calor. Estaba oscuro y sabía que debía ir por la carretera principal, pero quería llegar cuanto antes. Decidí tomar un atajo por una calle secundaria oscura. Tenía las manos heladas y mojadas, y empezaban a dolerme, así que las metí en los bolsillos de la chaqueta. Ni le hice caso al coche que venía hacia mí. Bajé la cabeza para que no me diera tanta lluvia y me quedé mirando mis estúpidos zapatos negros de trabajo. No me protegían nada del clima.
—¡Oye, perdona! —gritó un hombre. Yo lo ignoré y apreté el paso. El motor del coche volvió a rugir y finalmente miré a mi izquierda al sentir que se ponía a mi altura.
—¡He dicho que perdona! —gritó el hombre por la ventanilla abierta. Los otros que iban en el asiento del copiloto y atrás se partían de risa. Yo no estaba para aguantar tonterías, así que seguí caminando mientras ellos me pitaban sin parar. Cuando oí que se abría la puerta del coche, intenté trotar un poco. De repente, pasé de estar irritada a estar aterrorizada. Me empezaron a temblar las piernas. Me detuve en seco cuando alguien me agarró del hombro y me obligó a darme la vuelta. —Solo queríamos hablar contigo, perra —me soltó el hombre con rabia. Tenía más o menos mi estatura y llevaba la capucha puesta, tapándole casi toda la cara. Di un paso atrás y me pegué el bolso al cuerpo. Me puse en lo peor. ¿Me iban a atacar aquí mismo? Sus amigos se reían fuera del coche. Uno de ellos me miró fijamente mientras sostenía su móvil. —Dame tu número —me ordenó con firmeza.
—Tengo novio —dije con la voz temblorosa, lo cual me dio más rabia todavía. Giré la cabeza al oír que un coche negro se detenía en medio de la carretera.
—Cariño, sube al coche —dijo un hombre mientras abría la puerta del copiloto. Era un coche elegante, de color azul noche. Mis piernas se movieron hacia él antes de que mi cerebro pudiera reaccionar.
—¡Tienes suerte! —me gritó el tipo mientras yo subía. Mi cabeza se echó hacia atrás por la velocidad a la que arrancó el coche.
—¿Dónde vives? —me preguntó el conductor. Tenía una voz ronca, algo rasposa. Me acomodé en el asiento.
—En Ordsall Lane —susurré tras una pausa—. Gracias.
—No es nada —respondió. No dijo nada más y, antes de que me diera cuenta, ya estábamos al principio de mi calle. El coche se detuvo. Por fin lo miré y sentí un vuelco en el estómago. Tenía una mandíbula fuerte y marcada con una sombra de barba oscura. Su aspecto encajaba con su voz ruda. —Gracias de nuevo —dije con timidez. Él me miró. Tenía los ojos de un marrón oscuro y sus labios carnosos dibujaron una pequeña sonrisa.
—No vuelvas a caminar sola de noche. ¿Cómo te llamas? —soltó él. Parecía una pregunta, pero su actitud me hizo sentir que era una orden.
—Victoria, ¿y tú? —Yo no tenía tanta seguridad como él y se me notaba en la voz.
—Carter —respondió, recorriéndome con la mirada hasta volver a fijarse en mi cara—. ¿De dónde venías? —No parecía tener prisa por echar a una extraña de su coche, a pesar de que yo probablemente estaba empapando sus preciosos asientos.
—Soy camarera en Vino, el italiano que está cerca de...
—Lo conozco —me interrumpió Carter—. Ten cuidado. —Arrancó de nuevo y me bajé del coche. Sentía las piernas pesadas mientras subía la pequeña cuesta hacia mi bloque de pisos. Al darme la vuelta, el coche ya no estaba. Sentí un alivio repentino por estar en casa sana y salva. Solté una risita nerviosa y abrí la puerta de mi piso, pero no había nadie.
—¡Miles! —grité, pero solo hubo silencio. Tiré el bolso al suelo y fui al salón. Me dejé caer en el sofá de cuero. Estaba muerta de hambre, así que sabía que tarde o temprano tendría que levantarme a preparar algo. Pasó un rato hasta que la puerta principal se abrió. Lo oí entrar y asomó la cabeza por la puerta del salón.
—Me voy a dar una ducha —dijo Miles rápido. Llevaba su pelo castaño claro muy corto.
—¿Dónde has estado? —le exigí saber, incorporándome en el sofá. Miles echó la cabeza hacia atrás y se rio para sus adentros.
—Estaba por ahí —respondió. Yo me levanté y abrí más la puerta.
—Se supone que tenías que recogerme del trabajo —le recordé, sin ocultar mi frustración.
—Joder, lo siento, nena, se me olvidó. Estaba ocupado, ¿es que no puedo estar ocupado? —Se puso a la defensiva. Yo volví a sentarme y agarré el mando a distancia. Discutir con Miles no servía de nada; siempre tenía una respuesta para todo. Cada vez que yo tenía un problema, él se las apañaba para darle la vuelta y hacerme quedar como la mala. Cuando levanté la vista, Miles ya se había ido. Oí el ruido de la ducha y me hundí más en el sofá.