Capítulo 1
Era un día normal, todo tranquilo.
Draeven preparaba su café en una cafetera algo anticuada, pero era lo que había podido conseguir con lo poco que ganaba. El sonido del vapor llenaba el silencio de su pequeño departamento.
Había sido un cazador de clase SS, el único en Chile, pero también el único al que habían retirado por obsesión. No por locura, sino por una idea demasiado peligrosa: el control absoluto del maná.
Mientras observaba cómo el café caía lentamente, recordaba su teoría prohibida.
Había llegado a una conclusión que contradecía todo lo que la Asociación enseñaba: el maná no debía concentrarse en un núcleo, sino fluir y almacenarse por todo el cuerpo, extendiéndose como un río invisible que potenciara cada célula, cada músculo, cada pensamiento.
—Draeven —llamaba Maite, su única amiga—.
Lo estaba buscando porque hoy era un día importante… el aniversario de la muerte de su esposa e hija.
Draeven se quedó en silencio unos segundos, con la mirada perdida en su taza. Los recuerdos lo golpearon con la misma fuerza de siempre. Las había visto morir.
No a manos de un monstruo.
No por un humano de este mundo.
Sino por algo peor: humanos de otra dimensión.
Aquel día había comenzado como cualquier otro. Los pájaros cantaban, los autos pasaban, las bicicletas llenaban las calles del centro de Santiago. Pero entonces, el cielo se rasgó.
Un portal se abrió sobre la ciudad, y de él descendieron hombres armados, humanos… pero distintos. La gente pensó que eran cazadores, así que nadie reaccionó. Hasta que fue demasiado tarde.
Atacaron sin piedad.
Entre la multitud estaba su esposa. Draeven corrió hacia ella, desenvainando su espada mientras el maná ardía en su cuerpo. Pero eran mil soldados despertados contra un solo cazador, incluso uno de rango SS. Era imposible.
Draeven era un espadachín mágico: su cuerpo danzaba entre acero y energía, pero ni su velocidad ni su poder bastaron para salvarlas.
Draeven vio cómo las decapitaban.
Por un instante, todo sonido desapareció. Ni los gritos, ni el metal chocando, ni las explosiones de maná… solo el silencio, ese silencio que lo perseguiría por el resto de su vida.
Entonces algo dentro de él se quebró.
La ira reemplazó al dolor, y el maná fluyó por todo su cuerpo como un torrente descontrolado.
Draeven atacaba y atacaba, cada golpe más rápido, más violento, más letal. Los soldados caían uno tras otro, incapaces de seguirle el ritmo.
Hasta que llegó ante su líder: el rey del otro mundo.
Sus miradas se cruzaron apenas un segundo, y con un solo corte, Draeven le arrancó la cabeza.
El cuerpo cayó al suelo, y con él, todo el ejército enemigo se detuvo.
Los humanos de la otra dimensión se replegaron, obligados a retirarse por la muerte de su rey.
Pero para Draeven, ya no había victoria posible. Solo quedaban cenizas… y silencio.
—¡Draeven! —gritó Maite, con la voz temblorosa y el rostro marcado por el susto.
Él parpadeó, volviendo lentamente a la realidad.
—Ah… perdón —murmuró, llevándose una mano a la cabeza.
Maite respiró hondo, intentando calmarse. Sabía que esos recuerdos lo atormentaban cada vez que hablaba de maná o de los portales. Sin decir más, ambos caminaron en silencio hacia el cementerio.
El cielo estaba gris, y una llovizna fina comenzaba a caer cuando llegaron.
Frente a las dos tumbas, Draeven se arrodilló. Sus manos temblaban.
Las letras de los nombres grabadas en la piedra parecían brillar con cada gota de lluvia.
—Lo intenté… —susurró, con la voz rota—. Les juro que lo intenté.
El silencio del cementerio se rompió con un rugido profundo, como si el cielo mismo se desgarrara.
Un resplandor violeta iluminó las lápidas, y frente a ellos, el aire comenzó a temblar.
—No… —susurró Draeven, poniéndose de pie—. No otra vez.
Un portal se abrió frente a las tumbas, igual que aquel día.
De él emergieron hombres con armaduras negras y ojos vacíos.
Draeven reaccionó de inmediato: el maná recorrió su cuerpo, y en un solo movimiento, atravesó al primero con su espada.
Pero eran muchos. Demasiados.
—¡Maite, corre! —gritó.
La tomó del brazo y corrieron entre las lápidas, esquivando descargas de energía y gritos inhumanos.
Cuando llegaron a la entrada, Maite cayó de rodillas, sin aire.
Draeven miró hacia atrás… y vio cómo los invasores se acercaban a las tumbas de su esposa e hija.
—No… esas no —susurró.
Dejó a Maite en un lugar seguro y volvió corriendo, con el aura morada envolviéndolo por completo.
Golpe tras golpe, cuerpo tras cuerpo, los enemigos caían.
Su respiración era fuego, su espada un relámpago.
Quedaban tres. Los derribó.
Pero su cuerpo ya no respondía.
El maná lo abandonó.
Sus rodillas tocaron el suelo, y antes de caer por completo, alcanzó a mirar una última vez las dos tumbas.
—Ahora sí… estoy en casa —murmuró, mientras el viento se llevaba su última exhalación.
—Esto… esto es la muerte —susurró Draeven mientras todo a su alrededor se volvía negro.
Pero el vacío no duró.
Poco a poco, comenzaron a aparecer destellos de color, primero tenues, luego más intensos, danzando frente a él hasta envolverlo por completo. Era como si el mundo entero estuviera hecho de luz líquida.
Y de pronto, abrió los ojos.
No estaba en su cuerpo. No estaba en su mundo.
—Joven señor —dijo una voz distante—.
Draeven miró sus manos y vio que eran pequeñas, temblorosas. Se sentía ligero, vulnerable.
Se encontraba en el cuerpo de un niño de unos diez años, en una habitación medieval con paredes de piedra, velas encendidas y un aroma a madera y pergamino antiguo.
No sabía dónde estaba.
No sabía cómo había llegado allí.
Solo sabía que algo dentro de él seguía ardiendo… esa fuerza, ese maná que siempre había controlado… aún estaba allí.